Lección IV. Los actos fallidos
Señoras y señores:
De la labor hasta aquí realizada podemos deducir que los actos fallidos tienen un sentido, conclusión que tomaremos como base de nuestras subsiguientes investigaciones. Haremos resaltar una vez más que no afirmamos, ni para los fines que perseguimos nos es necesario afirmar, que todo acto fallido sea significativo, aunque consideraríamos muy probable esta hipótesis. Pero nos basta con hallar que tal sentido aparece con relativa frecuencia en las diferentes clases de actos fallidos. Además, estas diversas clases ofrecen, por lo que respecta a este punto de vista, grandes diferencias. En las equivocaciones orales, escritas, etc., pueden aparecer casos de motivación puramente fisiológica, cosa, en cambio, poco probable en aquellas otras variantes de la función fallida que se basan en el olvido (olvido de nombres y propósitos, imposibilidad de encontrar objetos que uno mismo ha guardado, etc.). Sin embargo, existe un caso de pérdida en el que parece no intervenir intención alguna. Los errores que cometemos en nuestra vida cotidiana no pueden ser juzgados conforme a estos puntos de vista más que hasta cierto límite. Os ruego conservéis en vuestra memoria estas limitaciones para recordarlas cuando más adelante expliquemos cómo los actos fallidos son actos psíquicos resultantes de la interferencia de dos intenciones.
Es éste el primer resultado del psicoanálisis. La Psicología no ha sospechado jamás, hasta el momento, tales interferencias ni la posibilidad de que las mismas produjeran fenómenos de este género. Así, pues, el psicoanálisis ha extendido considerablemente la amplitud del mundo de los fenómenos psíquicos y ha conquistado para la Psicología dominios que anteriormente no formaban parte de ella. Detengámonos todavía unos instantes en la afirmación de que los actos fallidos son «actos psíquicos» y veamos si la misma expresa algo más de lo que ya anteriormente dijimos, o sea que dichos actos poseen un sentido. A mi juicio, no tenemos necesidad ninguna de ampliar el alcance de tal afirmación, pues ya nos parece de por sí harto indeterminada y susceptible de equivocadas interpretaciones. Todo lo que puede observarse en la vida anímica habrá de designarse eventualmente con el nombre de fenómeno psíquico. Mas para fijar de un modo definitivo esta calificación habremos de investigar si la manifestación psíquica dada es un efecto directo de influencias somáticas orgánicas y materiales, caso en el cual caerá fuera de la investigación psicológica, o si, por el contrario, se deriva directamente de otros procesos anímicos, más allá de los cuales comienza la serie de las influencias orgánicas. A esta última circunstancia es a la que nos atenemos para calificar a un fenómeno de proceso psíquico y, por tanto, es más apropiado dar a nuestro principio la forma siguiente: el fenómeno es significativo y posee un 'sentido', entendiendo por 'sentido', un 'significado', una 'intención', una 'tendencia' y una 'localización en un contexto psíquico continuo'.
Hay otros muchos fenómenos que se aproximan a los actos fallidos, pero a los que no conviene ya esta denominación, y son los que llamamos actos casuales y sintomáticos (Zuffalls-und Symptomhandlungen). También estos actos se muestran, como los fallidos, inmotivados y faltos de trascendencia, apareciendo, además, claramente superfluos. Pero lo que en rigor los distingue de los actos fallidos propiamente dichos es la ausencia de otra intención distinta a aquella con la que tropiezan y que por ellos queda perturbada. Se confunden, por último, con los gestos y movimientos encaminados a la expresión de las emociones. A estos actos casuales pertenecen todos aquellos pequeños actos, en apariencia carentes de objeto, que solemos realizar, tales como andar en nuestros propios vestidos o en determinadas partes del cuerpo, juguetear con los objetos que se hallan al alcance de nuestras manos, tararear o silbar automáticamente una melodía, etc. El psicoanálisis afirma que todos estos actos poseen un sentido y pueden interpretarse del mismo modo que los actos fallidos, esto es, como pequeños indicios reveladores de otros procesos psíquicos más importantes.
Habremos, pues, de concederles la categoría de actos psíquicos completos. A pesar del interés que el examen de esta nueva ampliación del campo de los fenómenos psíquicos no dejaría de presentar, prefiero no detenerme en él y reanudar el análisis de los actos fallidos, los cuales nos plantean con mucha mayor precisión los problemas más importantes del psicoanálisis. Entre las interrogaciones que hemos formulado a propósito de las funciones fallidas, las más interesantes -que, por cierto, no hemos resuelto aún- son las siguientes: hemos dicho que los actos fallidos resultan de la interferencia de dos intenciones diferentes, una de las cuales puede calificarse de perturbada y la otra de perturbadora. Las intenciones perturbadas no plantean ningún problema. En cambio, por lo que respecta a las perturbadoras, quisiéramos saber de qué género son tales intenciones capaces de perturbar otras y cuál es la relación que con estas últimas las enlaza. Permitid que escoja de nuevo la equivocación oral como representativa de toda la especie de los actos fallidos y que responda en primer lugar a la segunda de las interrogaciones planteadas.
En la equivocación oral puede haber, entre la intención perturbadora y la perturbada, una relación de contenido, y en tal caso la primera contendrá una contradicción, una rectificación o un complemento de la segunda; pero puede también suceder que no exista relación alguna entre los contenidos de ambas tendencias, y entonces el problema se hace más oscuro e interesante. Los casos que ya conocemos y otros análogos nos permiten comprender sin dificultad la primera de estas relaciones. En casi todos los casos en los que la equivocación nos hace decir lo contrario de lo que queríamos, la intención perturbadora es, en efecto, opuesta a la perturbada, y el acto fallido representa el conflicto entre las dos tendencias inconciliables. Así, el sentido de la equivocación del presidente de la Cámara puede traducirse en la frase siguiente: «Declaro abierta la sesión, aunque preferiría suspenderla.» Un diario, acusado de haberse vendido a una fracción política, se defendió en un artículo que terminaba con las palabras que siguen: «Nuestros lectores son testigos de que hemos defendido siempre el bien general de la manera más desinteresada.» Pero el redactor a quien se confió esta defensa escribió: «de la manera más interesada», equivocación que, a mi juicio, revela su verdadero pensamiento: «No tengo más remedio que escribir lo que me han encargado, pero sé que la verdad es muy distinta.» Un diputado que se proponía declarar la necesidad de decir al emperador toda la verdad, sin consideraciones (rückhaltlos), advirtió en su interior una voz que le aconsejaba no llevar tan lejos su audacia y cometió una equivocación en la que el «sin consideraciones» (rückhaltlos) quedó transformado en «sin columna vertebral» (rückgratlos), o sea «doblando el espinazo».
En los casos que ya conocéis y que nos producen la impresión de contracciones y abreviaciones, se trata de rectificaciones, agregaciones o continuaciones con las que una segunda tendencia logra manifestarse al lado de la primera. «Se han producido hechos (zum Vorschein gekommen) que yo calificaría de cochinerías (Schweinereien); resultado: «zum Vorschwein gekommen». «Las personas que comprenden estas cuestiones pueden contarse por los dedos de una mano; pero no, no existe, a decir verdad, más que una sola persona que las comprenda»; resultado: «Las personas que las comprenden pueden ser contadas con un solo dedo.» O también: «Mi marido puede comer y beber lo que él quiera; pero como en él mando yo..., podrá comer y beber lo que yo quiera.» Como se ve, en todos estos casos la equivocación se deriva directamente del contenido mismo de la intención perturbada o se halla en conexión con ella. Otro género de relación que descubrimos entre las dos intenciones interferentes nos parece un tanto extraño. Si la intención perturbadora no tiene nada que ver con el contenido de la perturbada, ¿qué origen habremos de atribuirle y cómo nos explicaremos que surja como perturbación de otra intención determinada? La observación -único medio de hallar respuesta a estas interrogaciones- nos permite darnos cuenta de que la perturbación proviene de una serie de ideas que había preocupado al sujeto poco tiempo antes y que interviene en el discurso de esta manera particular, independientemente de que haya hallado o no expresión en el mismo.
Trátese, pues, de un verdadero eco, pero que no es producido siempre o necesariamente por las palabras anteriormente pronunciadas. Tampoco falta aquí un enlace asociativo entre el elemento perturbado y el perturbador pero en lugar de residir en el contenido es puramente artificial y su constitución resulta a veces muy forzada. Expondré un ejemplo de este género, muy sencillo y observado por mí directamente. Durante una excursión por los Dolomitas encontré a dos señoras que vestían trajes de turismo. Fui acompañándolas un trozo de camino y conversamos de los placeres y molestias de las excursiones a pie. una de las señoras confesó que este ejercicio tenía su lado incómodo. «Es cierto- dijo -que no resulta nada agradable sentir sobre el cuerpo, después de haber estado andando el día entero, la blusa y la camisa empapadas en sudor.» En medio de esta frase tuvo una pequeña vacilación, que venció en el acto. Luego continuó y quiso decir: «Pero cuando se llega a casa y puede uno cambiarse de ropa...», mas en vez de la palabra «Hause» (casa) se equivocó y pronunció la palabra Hose (calzones). La señora había tenido claramente el propósito de hacer una más completa enumeración de las prendas interiores, diciendo blusa, camisa y pantalones, y por razones de conveniencia social había retenido el último nombre. Pero en la frase de contenido independiente que a continuación pronunció se abrió paso, contra su voluntad, la palabra inhibida, surgiendo en forma de desfiguración de la palabra Hause.
Podemos ahora abordar la interrogación principal cuyo examen hemos eludido por tanto tiempo, o sea la de cuáles son las intenciones que se manifiestan, de una manera tan extraordinaria, como perturbaciones de otras. Trátase evidentemente de intenciones muy distintas, pero en las que intentaremos descubrir algunos caracteres comunes. Si examinamos con este propósito una serie de ejemplos, veremos que los mismos pueden dividirse en tres grupos. En el primero reuniremos aquellos casos en los que la tendencia perturbadora es conocida por el sujeto de la equivocación y se le ha revelado además con anterioridad a la misma. Así, en el ejemplo « Vorschwein» confiesa el sujeto no sólo haber pensado que aquellos hechos merecían ser calificados de «cochinerías» (Schweinereien), sino también haber tenido la intención -que después reprimió- de manifestar verbalmente tal juicio peyorativo. El segundo grupo comprenderá aquellos casos en los que la persona que comete la equivocación reconoce en la tendencia perturbadora una tendencia personal, mas ignora que la misma se hallaba ya en actividad en ella antes de la equivocación. Acepta, pues, nuestra interpretación de esta última, pero no se muestra sorprendida por ella. En otros actos fallidos encontraremos ejemplos de esta actitud más fácilmente que en las equivocaciones orales. Por último, el tercer grupo entraña aquellos casos en los que el sujeto protesta con energía contra la interpretación que le sugerimos, y no contento con negar la existencia de la intención perturbadora antes de la equivocación, afirma que tal intención le es ajena en absoluto. Recordad el brindis del joven orador que propone hundir la prosperidad de su jefe y la respuesta un tanto grosera que hube de escuchar cuando revelé al equivocado orador su intención perturbadora.
Sobre la manera de concebir este caso no hemos podido ponernos todavía de acuerdo. Por lo que a mí concierne, la protesta del sujeto de la equivocación no me inquieta en absoluto ni me impide mantener mi interpretación; pero vosotros, impresionados por la resistencia del interesado, os preguntáis, sin duda, si no haríamos mejor en renunciar a buscar la interpretación de los casos de este género y considerarlos actos puramente fisiológicos en el sentido prepsicoanalítico. Sospecho qué es lo que os lleva a pensar así. Mi interpretación representa la hipótesis de que la persona que habla puede manifestar intenciones que ella misma ignora, pero que yo puedo descubrir guiándome por determinados indicios, y vaciláis en aceptar esta suposición tan singular y tan preñada de consecuencias. Comprendo vuestras dudas; mas he de indicaros que si queréis permanecer consecuentes con vuestra concepción de los actos fallidos, fundada en tan numerosos ejemplos, no debéis vacilar en aceptar esta última hipótesis, por desconcertante que os parezca. Si esto es imposible, no os queda otro camino que renunciar también a la comprensión, tan penosamente adquirida, de dichos actos.
Detengámonos aún un instante en lo que enlaza a los tres grupos que acabamos de establecer; esto es, en aquello que es común a los tres mecanismos de la equivocación oral. Afortunadamente, nos hallamos en presencia de un hecho irrefutable. En los dos primeros grupos, la tendencia perturbadora es reconocida por el mismo sujeto, y, además, en el primero de ellos, dicha tendencia se revela inmediatamente antes de la equivocación. Pero lo mismo en el primer grupo que en el segundo, la tendencia de que se trata se encuentra rechazada, y como la persona que habla se ha decidido a no dejarla surgir en su discurso, incurre en la equivocación; esto es, la tendencia rechazada se manifiesta a pesar del sujeto, sea modificando la expresión de la intención por él aceptada, sea confundiéndose con ella o tomando su puesto. Tal es el mecanismo de la equivocación oral. Mi punto de vista me permite explicar por el mismo mecanismo los casos del tercer grupo.
Para ello no tendré más que admitir que los tres grupos que hemos establecido se diferencian entre sí por el distinto grado de repulsa de la intención perturbadora. En el primero, esta intención existe y es percibida por el sujeto antes de hablar, siendo entonces cuando se produce la repulsa, de la cual la intención se venga con el lapsus. En el segundo, la repulsa es más adecuada, y la intención resulta ya imperceptible antes de comenzar el discurso, siendo sorprendente que una tal represión, harto profunda, no impida, sin embargo, a la intención intervenir en la producción del lapsus. Pero esta circunstancia nos facilita, en cambio, singularmente, la explicación del proceso que se desarrolla en el tercer grupo y nos da valor para admitir que en el acto fallido pueda manifestarse una tendencia rechazada desde largo tiempo atrás, de manera que el sujeto la ignora totalmente y obra con absoluta sinceridad al negar su existencia. Pero, incluso dejando a un lado el problema relativo al tercer grupo, no podéis menos de aceptar la conclusión que se deduce de la observación de los casos anteriores, o sea la de que la supresión de la intención de decir alguna cosa constituye la condición indispensable de la equivocación oral.
Podemos afirmar ahora que hemos realizado nuevos progresos en la comprensión de las funciones fallidas. Sabemos no sólo que son actos psíquicos poseedores de un sentido y una intención y resultantes de la interferencia de dos intenciones diferentes, sino también que una de estas intenciones tiene que haber sufrido antes del discurso cierta repulsa para poder manifestarse por la perturbación de la otra. Antes de llegar a ser perturbadora, tiene que haber sido a su vez perturbada. Claro es que con esto no logramos todavía una explicación completa de los fenómenos que calificamos de funciones fallidas, pues vemos en el acto surgir otras interrogaciones y presentimos, en general, que cuanto más avanzamos en nuestra comprensión de tales fenómenos, más numerosos serán los problemas que ante nosotros se presentan. Podemos preguntar, por ejemplo, por qué ha de ser tan complicado el proceso de su génesis. Cuando alguien tiene la intención de rechazar determinada tendencia, en lugar de dejarla manifestarse libremente, debíamos encontrarnos en presencia de uno de los dos casos siguientes: o la repulsa queda conseguida, y entonces nada de la tendencia perturbadora podrá surgir al exterior, o, por el contrario, fracasa, y entonces la tendencia de que se trate logrará manifestarse franca y completamente.
Pero las funciones fallidas son resultado de transacciones en las que cada una de las dos intenciones se impone en parte y en parte fracasa, resultando así que la intención amenazada no queda suprimida por completo, pero tampoco logra -salvo en casos aislados- manifestarse sin modificación alguna. Podemos, pues, suponer que la génesis de tales efectos de interferencia o transacción exige determinadas condiciones particulares, pero no tenemos la más pequeña idea de la naturaleza de las mismas, ni creo tampoco que un estudio más penetrante y detenido de los actos fallidos logre dárnosla a conocer. A mi juicio, ha de sernos de mayor utilidad explorar previamente otras oscuras regiones de la vida psíquica, pues en las analogías que esta exploración nos revele hallaremos valor para formular las hipótesis susceptibles de conducirnos a una explicación más completa de los actos fallidos. Pero aún hay otra cosa: el laborar guiándose por pequeños indicios, como aquí lo hacemos, trae consigo determinados peligros. Precisamente existe una enfermedad psíquica, llamada paranoia combinatoria, en la que los pequeños indicios son utilizados de una manera ilimitada, y claro es que no puede afirmarse que las conclusiones basadas en tales fundamentos presenten una garantía de exactitud. De estos peligros no podremos, por tanto, preservarnos, sino dando a nuestras observaciones la más amplia base posible, esto es, comprobando que las impresiones que hemos recibido en el estudio de los actos fallidos se repiten al investigar otros diversos dominios de la vida anímica.
Vamos, pues, a abandonar aquí el análisis de los actos fallidos. Mas quiero haceros previamente una advertencia. Conservad en vuestra memoria, a título de modelo, el método seguido en el estudio de estos fenómenos, método que habrá ya revelado a vuestros ojos cuáles son las intenciones de nuestra psicología. No queremos limitarnos a describir y clasificar los fenómenos; queremos también concebirlos como indicios de un mecanismo que funciona en nuestra alma y como la manifestación de tendencias que aspiran a un fin definido y laboran unas veces en la misma dirección y otras en direcciones opuestas. Intentamos, pues, formarnos una concepción dinámica de los fenómenos psíquicos, concepción en la cual los fenómenos observados pasan a segundo término, ocupando el primero las tendencias de las que se los supone indicios. No avanzaremos más en el estudio de los actos fallidos; pero podemos emprender aún una rápida excursión por sus dominios, excursión en la cual encontraremos cosas que ya conocemos y descubriremos otras nuevas. Durante ella nos seguiremos ateniendo a la división en tres grupos que hemos establecido al principio de nuestras investigaciones, o sea: 1º., la equivocación oral y sus subgrupos (equivocación en la escritura, en la lectura y falsa audición); 2º., el olvido, con sus subdivisiones correspondientes al objeto olvidado (nombres propios, palabras extranjeras, propósitos e impresiones); 3º., los actos de término erróneo, la imposibilidad de encontrar un objeto que sabemos haber colocado en un lugar determinado y los casos de pérdida definitiva. Los errores no nos interesan más que en tanto en cuanto tienen una conexión con el olvido o con los actos de término erróneo.
A pesar de haber tratado detenidamente de la equivocación oral, aún nos queda algo que añadir sobre ella. Con esta función fallida aparecen enlazados otros pequeños fenómenos afectivos, que no están por completo desprovistos de interés. No se suele reconocer gustosamente haber cometido una equivocación, y a veces sucede que no se da uno cuenta de los propios lapsus, mientras que raramente se nos escapan los de los demás. Obsérvese también que la equivocación oral es hasta cierto punto contagiosa, y que no es fácil hablar de equivocaciones sin comenzar a cometerlas por cuenta propia. Las equivocaciones más insignificantes, precisamente aquellas tras de las cuales no se oculta proceso psíquico ninguno, responden a razones nada difíciles de descubrir. Cuando a consecuencia de cualquier perturbación sobrevenida en el momento de pronunciar una palabra dada emite alguien brevemente una vocal larga, no deja nunca de alargar, en cambio, la vocal breve inmediata, cometiendo así un nuevo lapsus destinado a compensar el primero. Del mismo modo, cuando alguien pronuncia impropia o descuidadamente un diptongo, intentará corregirse pronunciando el siguiente como hubiera debido pronunciar el primero, cometiendo así una nueva equivocación compensadora. Diríase que el orador tiende a mostrar a su oyente que conoce a fondo su lengua materna y no quiere que se le tache de descuidar la pronunciación. La segunda deformación, compensadora, tiene precisamente por objeto atraer la atención del oyente sobre la primera y mostrarle que el sujeto se ha dado cuenta del error cometido. Las equivocaciones más simples, frecuentes e insignificantes, consisten en contracciones y anticipaciones que se manifiestan en partes poco aparentes del discurso.
Así, en una frase poco larga suele cometerse la equivocación de pronunciar anticipadamente la última palabra de las que se pensaban decir, error que da la impresión de cierta impaciencia por acabar la frase y testimonia, en general, cierta repugnancia del sujeto a comunicar el contenido de su pensamiento o simplemente a hablar. Llegamos de este modo a los casos límites, en los que desaparecen las diferencias entre la concepción psicoanalítica de la equivocación oral y su concepción fisiológica ordinaria. En estos casos existe, a nuestro juicio, una tendencia que perturba la intención que ha de ser expuesta en el discurso, pero que se limita a dar fe de su existencia sin revelar sus particulares intenciones. La perturbación que provoca sigue entonces determinadas influencias tonales o afinidades asociativas y podemos suponerla encaminada a desviar la atención de aquello que realmente quiere el sujeto decir. Pero ni esta perturbación de la atención ni estas afinidades asociativas bastan para caracterizar la naturaleza del proceso, aunque sí testimonian de la existencia de una intención perturbadora. Lo que no podemos lograr en estos casos es formarnos una idea de la naturaleza de dicha intención observando sus efectos, como lo conseguimos en otras formas más acentuadas de la equivocación oral.
Los errores en la escritura que ahora abordamos presentan tal analogía con las equivocaciones orales, que no pueden proporcionarnos nuevos puntos de vista. Sin embargo, quizá nos sea provechoso espigar un poco en este campo. Las pequeñas equivocaciones, tan frecuentes en la escritura, las contracciones y anticipaciones testimonian manifiestamente nuestra poca gana de escribir y nuestra impaciencia por terminar. Otros efectos más pronunciados permiten ya reconocer la naturaleza y la intención de la tendencia perturbadora. En general, cuando en una carta hallamos un lapsus calami podemos deducir que la persona que la ha escrito no se hallaba por completo en su estado normal; pero no siempre nos es dado establecer qué es lo que le sucedía. Análogamente a las equivocaciones orales, las cometidas en la escritura son rara vez advertidas por el sujeto. A este respecto resulta muy interesante observar los siguientes hechos: hay personas que tienen la costumbre de releer antes de expedirlas las cartas que han escrito. Otras no tienen esta costumbre; pero cuando alguna vez lo hacen por casualidad hallan siempre alguna grave equivocación que corregir. ¿Cómo explicar este hecho? Diríase que estas personas obran como si supieran que han cometido alguna equivocación al escribir. ¿Deberemos creerlo así realmente?
A la importancia práctica de las equivocaciones en la escritura aparece ligado un interesante problema. Recordáis, sin duda, el caso de aquel asesino que, haciéndose pasar por bacteriólogo, se procuraba en los Institutos científicos cultivos de microbios patógenos grandemente peligrosos y utilizaba tales cultivos para suprimir por este método ultramoderno a aquellas personas cuya desaparición le interesaba. Un día, este criminal envió a la Dirección de uno de dichos Institutos una carta, en la cual se quejaba de la ineficiencia de los cultivos que le habían sido enviados; pero cometió un lapsus calami, y en lugar de las palabras «en mis ensayos con ratones y conejos de Indias», escribió «en mis ensayos sobre personas humanas». Este error extrañó a los médicos del Instituto de referencia pero no supieron deducir de él, que yo sepa, consecuencia alguna. Ahora bien. ¿no creéis que los médicos hubieran obrado acertadamente considerando este error como una confesión e iniciando una investigación que habría evitado a tiempo los criminales designios del asesino? ¿No encontráis que en este caso la ignorancia de nuestra concepción de las funciones fallidas ha motivado una omisión infinitamente lamentable?
Por mi parte estoy seguro de que tal equivocación me hubiera parecido harto sospechosa; pero su aprovechamiento en calidad de confesión tropieza con obstáculos de extrema importancia. La cosa no es tan sencilla como parece. La equivocación en la escritura constituye un indicio incontestable, mas no basta por sí sola para justificar la iniciación de un proceso criminal. Cierto es que este lapsus testimonia de que el sujeto abrigaba la idea de infectar a sus semejantes, pero no nos permite decidir si se trata de un proyecto malvado o de una fantasía sin ningún alcance práctico. Es incluso posible que el hombre que ha cometido tal equivocación al escribir encuentre los mejores argumentos subjetivos para negar semejante fantasía y rechazarla como totalmente ajena a él. Más adelante comprenderéis mejor las posibilidades de este género, cuando tratemos de la diferencia que existe entre la realidad psíquica y la realidad material. Mas todo esto no obsta para que se trate, en este caso, de un acto fallido que ulteriormente adquirió insospechadamente importancia.
En los errores de lectura nos encontramos en presencia de una situación psíquica totalmente diferente a la de las equivocaciones orales o escritas. Una de las dos tendencias concurrentes queda reemplazada en este caso por una excitación sensorial, circunstancia que la hace, quizá, menos resistente. Aquello que tenemos que leer no es una emanación de nuestra vida psíquica, como lo son las cosas que nos proponemos escribir. Por esta razón, los errores en la lectura consisten casi siempre en una sustitución completa. La palabra que habríamos de leer queda reemplazada por otra, sin que exista necesariamente una relación de contenido entre el texto y el efecto del error, pues la sustitución se verifica generalmente en virtud de una simple semejanza entre las dos palabras. El ejemplo de Lichtenberg de leer Agamenón en lugar de engenommen (aceptado) es el mejor de todo este grupo. Si se quiere descubrir la tendencia perturbadora causa del error, debe dejarse por completo a un lado el texto falsamente leído e iniciar el examen analítico con las dos interrogaciones siguientes: 1.º ¿Cuál es la primera idea que acude al espíritu del sujeto y que se aproxima más al error cometido? 2.º ¿En qué circunstancias ha sido cometido tal error? A veces, el conocimiento de la situación basta para explicar el error. Ejemplo: un individuo que experimentó cierta necesidad natural hallándose paseando por las calles de una ciudad extranjera, vio en un primer piso de una casa una gran muestra con la inscripción Closethaus (W. C.) y tuvo tiempo de asombrarse de que la muestra estuviese en un primer piso, antes de observar que lo que en ella debía leerse no era lo que él había leído, sino Corsethaus (Corsetería). En otros casos, la equivocación en la lectura, precisa, por ser independiente del contenido del texto, de un penetrante análisis, que no podrá llevarse a cabo acertadamente más que hallándose muy ejercitado en la técnica psicoanalítica y teniendo completa confianza en ella. Pero la mayoría de las veces es más fácil obtener la explicación de un error en la lectura.
Como en el ejemplo antes citado de Lichtenberg, la palabra sustituida revela sin dificultad el círculo de ideas que constituye la fuente de la perturbación. En estos tiempos de guerra, por ejemplo, solemos leer con frecuencia aquellos nombres de ciudades y de generales o aquellas expresiones militares que oímos constantemente cada vez que nos encontramos ante palabras que con éstas tienen determinada semejanza. Lo que nos interesa y preocupa nuestro pensamiento sustituye así en la lectura a lo que nos es indiferente, y los reflejos de nuestras ideas perturban nuestras nuevas percepciones. Las equivocaciones en la lectura nos ofrecen también abundantes ejemplos, en los que la tendencia perturbadora es despertada por el mismo texto de nuestra lectura, el cual queda entonces transformado, la mayor parte de las veces, por dicha tendencia en su contrario. Trátase casi siempre en estos casos de textos cuyo contenido nos causa displacer, y el análisis nos revela que debemos hacer responsable de nuestra equivocación en su lectura al intenso deseo de rechazar lo que en ellos se afirma. En las falsas lecturas que mencionamos en primer lugar, y que son las más frecuentes, no desempeñan sino un papel muy secundario aquellos dos factores a los que en el mecanismo de las funciones fallidas tuvimos que atribuir máxima importancia. Nos referimos al conflicto entre dos tendencias y a la repulsa de una de ellas, repulsa de la que la misma se resarce por el efecto del acto fallido. No es que las equivocaciones en la lectura presenten caracteres opuestos a los de estos factores; pero la influencia del contenido ideológico que conduce al error de lectura es mucho más patente que la represión que dicho contenido hubo de sufrir anteriormente.
En las diversas modalidades del acto fallido provocado por el olvido es donde estos dos factores aparecen con mayor precisión. El olvido de propósitos es un fenómeno cuya interpretación no presenta dificultad ninguna, hasta el punto de que, como ya hemos visto, no es rechazada siquiera por los profanos. La tendencia que perturba un propósito consiste siempre en una intención contraria al mismo; esto es, en una volición opuesta, cuya única singularidad es la de escoger este medio disimulado de manifestarse en lugar de surgir francamente. Pero la existencia de esta volición contraria es incontestable, y algunas veces conseguimos también descubrir parte de las razones que la obligan a disimularse, medio por el cual alcanza siempre, con el acto fallido, el fin hacia el que tendía, mientras que, presentándose como una franca contradicción, hubiera sido seguramente rechazada. Cuando en el intervalo que separa la concepción de un propósito de su ejecución se produce un cambio importante de la situación psíquica, que hace imposible dicha ejecución, no podremos calificar ya de acto fallido el olvido del propósito de que se trate. Este olvido no nos admira ya, pues nos damos cuenta de que hubiera sido superfluo recordar el propósito, dado que la nueva situación psíquica ha hecho imposible su realización. El olvido de un proyecto no puede ser considerado como un acto fallido más que en los casos en que no podemos creer en un cambio de dicha situación.
Los casos de olvido de propósitos son, en general, tan uniformes y transparentes, que no presentan ningún interés para nuestra investigación. Sin embargo, el estudio de este acto fallido puede enseñarnos algo nuevo con relación a dos importantes cuestiones. Hemos dicho que el olvido, y, por tanto, la no ejecución de un propósito, testimonia de una volición contraria hostil al mismo. Esto es cierto; pero, según nuestras investigaciones, tal volición contraria puede ser directa o indirecta. Para mostrar qué es lo que entendemos al hablar de voluntad contraria indirecta expondremos unos cuantos ejemplos. Cuando una persona olvida recomendar un protegido suyo a una tercera persona, su olvido puede depender de que su protegido le tiene en realidad sin cuidado y que, por tanto, no tiene deseo ninguno de hacer la recomendación que le ha de favorecer. Esta será, por lo menos, la interpretación que el demandante dará al olvido de su protector. Pero la situación puede ser más complicada. La repugnancia a realizar su propósito puede provenir en el protector de una causa distinta, relacionada no con el demandante, sino con aquella persona a la que se ha de hacer la recomendación. Vemos, pues, que también en estos casos tropieza con graves obstáculos el aprovechamiento práctico de nuestras interpretaciones. A pesar de acertar en su interpretación del olvido, corre el protegido el peligro de caer en una exagerada desconfianza y mostrarse injusto para con su protector.
Análogamente, cuando alguien olvida una cita a la que prometió y se propuso acudir, el fundamento más frecuente de tal olvido debe buscarse en la escasa simpatía que el sujeto siente por la persona con la que ha quedado citado. Pero en estos casos puede también demostrar el análisis que la tendencia perturbadora no se refiere a dicha persona, sino al lugar en el que la cita debía realizarse, lugar que quisiéramos evitar a causa de un penoso recuerdo a él ligado. Otro ejemplo. Cuando olvidamos expedir una carta, la tendencia perturbadora puede tener su origen en el contenido de la misma; pero puede también suceder que dicho contenido sea por completo inocente y provenga el olvido de algo que en la carta recuerde a otra anterior que ofreció realmente motivos suficientes y directos para la aparición de la tendencia perturbadora. Podremos decir entonces que la volición contraria se ha transferido desde la carta anterior, en la cual se hallaba justificada, a la carta actual, en la que no tiene justificación alguna. Vemos así que debemos proceder con gran precaución y prudencia hasta en las interpretaciones aparentemente más exactas, pues aquello que desde el punto de vista psicológico presenta un solo significado, puede mostrarse susceptible de varias interpretaciones desde el punto de vista práctico.
Fenómenos como estos que acabamos de describir han de pareceros harto extraordinarios, y quizá os preguntéis si la voluntad contraria indirecta no imprime al proceso un carácter patológico. Por el contrario, puedo aseguraros que este proceso aparece igualmente en plena y normal salud. Mas entendámonos: no quisiera que, interpretando mal mis palabras, las creyerais una confesión de la insuficiencia de nuestras interpretaciones analíticas. La indicada posibilidad de múltiples interpretaciones del olvido de propósitos subsiste solamente en tanto que no hemos emprendido el análisis del caso y mientras nuestras interpretaciones no se basen sino en hipótesis de orden general. Una vez realizado el análisis con el auxilio del sujeto, vemos siempre, con certeza más que suficiente, si se trata de una voluntad contraria directa y cuál es la procedencia de la misma. Abordemos ahora otra cuestión diferente: Cuando en un gran número de casos hemos comprobado que el olvido de un propósito obedece a una voluntad contraria, nos sentimos alentados para extender igual solución a otra serie de casos en los que la persona analizada, en lugar de confirmar la voluntad contraria por nosotros deducida, la niega rotundamente. Pensad en los numerosos casos en los que se olvida devolver los libros prestados y pagar facturas o préstamos. En estas circunstancias habremos de atrevernos a afirmar al olvidadizo que su intención latente es la de conservar tales libros o no satisfacer sus deudas. Claro es que lo negará indignado; pero seguramente no podrá darnos otra distinta explicación de su olvido.
Diremos entonces que el sujeto tiene realmente las intenciones que le atribuimos, pero que no se da cuenta de ellas, siendo el olvido lo que a nosotros nos las ha revelado. Observaréis que llegamos aquí a una situación en la cual nos hemos encontrado ya una vez. Si queremos dar todo su desarrollo lógico a nuestras interpretaciones de los actos fallidos, cuya exactitud hemos comprobado en tantos casos, habremos de admitir obligadamente que existen en el hombre tendencias susceptibles de actuar sin que él se dé cuenta. Pero formulando este principio, nos situamos enfrente de todas las concepciones actualmente en vigor, tanto en la vida práctica como en la ciencia psicológica.
El olvido de nombres propios y palabras extranjeras puede explicarse igualmente por una intención contraria, orientada directa o indirectamente contra el nombre o la palabra de referencia. Ya en páginas anteriores os he citado varios ejemplos de repugnancia directa a ciertos nombres y palabras. Pero en este género de olvidos la causación indirecta es la más frecuente y no puede ser establecida, la mayor parte de las veces, sino después de un minucioso análisis. Así, en la actual época de guerra, durante la cual nos estamos viendo obligados a renunciar a tantas de nuestras inclinaciones afectivas, ha sufrido una gran disminución, a causa de las más singulares asociaciones, nuestra facultad de recordar nombres propios. Recientemente me ha sucedido no poder reproducir el nombre de la inofensiva ciudad morava de Bisenz, y el análisis me demostró que no se trataba en absoluto de una hostilidad mía contra dicha ciudad y que el olvido era motivado por la semejanza de su nombre con el del palacio Bisenzi, de Orvieto, en el que repetidas veces había yo pasado días agradabilísimos.
Como motivo de esta tendencia opuesta al recuerdo de un nombre hallamos aquí, por vez primera, un principio que más tarde nos revelará toda su enorme importancia para la causación de síntomas neuróticos. Trátase de la repugnancia de la memoria a evocar recuerdos que se hallan asociados con sensaciones displacientes y cuya evocación habría de renovar tales sensaciones. En esta tendencia a evitar el displacer que pueden causar los recuerdos u otros actos psíquicos, en esta fuga psíquica ante el displacer, hemos de ver el último motivo eficaz, no solamente del olvido de nombres, sino también en muchas otras funciones fallidas, tales como las torpezas o actos de término erróneo, los errores, etc. El olvido de nombres parece quedar particularmente facilitado por factores psicofisiológicos y surge, por tanto, aun en aquellos casos en los que no interviene ningún motivo de displacer. En aquellos sujetos especialmente inclinados a olvidar los nombres, la investigación analítica nos revela siempre que si determinados nombres escapan a la memoria de los mismos, no es tan sólo porque les sean desagradables o les recuerden sucesos displacientes, sino también porque pertenecen, en su psiquismo, a otros ciclos de asociaciones con los cuales se hallan en relación más estrecha. Diríase que tales nombres son retenidos por estos ciclos y se niegan a obedecer a otras asociaciones circunstanciales. Recordando los artificios de que se sirve la mnemotecnia, observaréis, no sin alguna sorpresa, que ciertos nombres quedan olvidados a consecuencia de las mismas asociaciones que se establecen intencionadamente para preservarlos del olvido.
El olvido de nombres propios, los cuales poseen, naturalmente, un distinto valor psíquico para cada sujeto, constituye el caso más típico de este género. Tomad, por ejemplo, el nombre de Teodoro. Para muchos de vosotros no presentará ningún significado particular. En cambio, para otros será el nombre de su padre, de un hermano, de un amigo o hasta el suyo propio. La experiencia analítica os demostrará que los primeros no corren riesgo alguno de olvidar que cierta persona extraña a ellos se llama así, mientras que los segundos mostrarán siempre una tendencia a rehusar a un extraño un nombre que les parece reservado a sus relaciones íntimas. Teniendo, además, en cuenta que a este obstáculo asociativo puede añadirse la acción del principio del displacer y la de un mecanismo indirecto, podréis haceros una idea exacta del grado de complicación que presenta la causación del olvido temporal de un nombre. Mas, sin embargo, un detenido análisis puede siempre desembrollar todos los hilos de esta complicada trama.
El olvido de impresiones y de sucesos vividos muestra con más claridad, y de una manera más exclusiva que el olvido de los nombres, la acción de la tendencia que intenta alejar del recuerdo todo aquello que puede sernos desagradable. Claro es que este olvido no puede ser incluido entre las funciones fallidas más que en aquellos casos en los que, observando a la luz de nuestra experiencia cotidiana, nos parece sorprendente e injustificado; por ejemplo, cuando recae sobre impresiones demasiado recientes o importantes o sobre aquellas otras cuya ausencia determinaría una laguna en un conjunto del cual guardamos un recuerdo perfecto. Las causas del olvido, en general, y especialmente del de aquellos sucesos que, como los que vivimos en nuestros primeros años infantiles, han tenido que dejar en nosotros una profundísima impresión, constituyen un problema de orden totalmente distinto, en el que la defensa contra las sensaciones de displacer desempeña, desde luego, cierto papel, pero no resulta suficiente para explicar el fenómeno en su totalidad. Lo que, desde luego, constituye un hecho incontestable es que las impresiones displacientes son olvidadas con facilidad. Este fenómeno, comprobado por numerosos psicólogos, causó al gran Darwin una impresión tan profunda, que se impuso la regla de anotar con particular cuidado las observaciones que parecían desfavorables a su teoría de que, como tuvo ocasión de confirmarlo repetidas veces, se resistían a imprimirse en su memoria.
Aquellos que oyen hablar por primera vez del olvido como medio de defensa contra los recuerdos displacientes, raramente dejan de formular la objeción de que, conforme a su propia experiencia, son más bien los recuerdos desagradables (por ejemplo, los de ofensas o humillaciones) los que más difícilmente se borran, tornando sin cesar contra el imperio de nuestra voluntad y torturándonos de continuo. El hecho es exacto, pero no así la objeción en él fundada. Debemos acostumbrarnos a tener siempre en cuenta, pues es algo de capital importancia, el hecho de que la vida psíquica es un campo de batalla en el que luchan tendencias opuestas, o para emplear un lenguaje menos dinámico, un compuesto de contradicciones y de pares antinómicos. De este modo, la existencia de una tendencia determinada no excluye la de su contraria. En nuestro psiquismo hay lugar para ambas, y de lo que se trata únicamente es de conocer las relaciones que se establecen entre tales tendencias opuestas y los efectos que emanan de cada una de ellas.
La pérdida de objetos y la imposibilidad de encontrar aquellos que sabemos haber colocado en algún lugar nos interesan particularmente a causa de las múltiples interpretaciones de que son susceptibles como funciones fallidas y de la variedad de tendencias a las cuales obedecen. Lo que es común a todos estos casos es la voluntad de perder, diferenciándose unos de otros en la razón y el objeto de la pérdida. Perdemos un objeto cuando el mismo se ha estropeado por el mucho uso, cuando pensamos reemplazarlo por otro mejor, cuando ha cesado de agradarnos, cuando procede de una persona con la cual nos hemos disgustado o cuando ha llegado a nuestras manos en circunstancias desagradables que no queremos recordar. Idénticos fines pueden atribuirse a los hechos de romper, deteriorar o dejar caer un objeto.
Asimismo parece ser que en la vida social se ha demostrado que los hijos ilegítimos y aquellos que el padre se ve obligado a reconocer son mucho más delicados y sujetos a enfermedades que los legítimos, resultado que no hay necesidad de atribuir a la grosera táctica de los «fabricantes de ángeles», pues se explica perfectamente por cierta negligencia en su cuidado y custodia. La conservación de los objetos podría muy bien tener igual explicación que, en este caso, la de los hijos. También en otras muchas ocasiones se pierden objetos que conservan todo su valor, con la sola intención de sacrificar algo a la suerte y evitar de esta manera otra pérdida que se teme. El análisis demuestra que esta manera de conjurar la suerte es aún muy común entre nosotros y que, por tanto, nuestras pérdidas constituyen a veces un sacrificio voluntario. En otros casos pueden asimismo ser expresión de un desafío o una penitencia. Vemos, pues, que la tendencia a desembarazarnos de un objeto, perdiéndolo, puede obedecer a numerosísimas y muy lejanas motivaciones. Análogamente a los demás errores utilizamos también, a veces, los actos de término erróneo o torpezas (Vergreifen) para realizar deseos que debíamos rechazar.
En estos casos se disfraza la intención bajo la forma de una feliz casualidad. Citaremos como ejemplo el caso de uno de nuestros amigos que, debiendo hacer una visita desagradable en los alrededores de la ciudad, se equivocó al cambiar de tren en una estación intermedia y subió en uno que le reintegró al punto de partida. Suele también ocurrir que cuando, durante el curso de un viaje, deseamos hacer una parada incompatible con nuestras obligaciones, en un punto intermedio, perdemos un tren como por casualidad o equivocamos un transbordo, error que nos impone la detención que deseábamos. Puedo relataros asimismo el caso de uno de mis enfermos al cual tenía yo prohibido que hablara a su querida por teléfono, y que cada vez que me telefoneaba pedía «por error» un número equivocado, y precisamente el de su querida. Otro caso interesante y que, revelándonos los preliminares del deterioro de un objeto, muestra palpablemente una importancia práctica, es la siguiente observación de un ingeniero: «Hace algún tiempo trabajaba yo con varios colegas de la Escuela Superior en una serie de complicados experimentos sobre la elasticidad, labor de la que nos habíamos encargado voluntariamente, pero que empezaba a ocuparnos más tiempo de lo que hubiésemos deseado. Yendo un día hacia el laboratorio en compañía de mi colega F., expresó éste lo desagradable que era para él, aquel día, verse obligado a perder tanto tiempo, teniendo mucho trabajo en su casa. Yo asentía a sus palabras y añadí en broma, haciendo alusión a un accidente sucedido la semana anterior: 'Por fortuna es de esperar que la máquina falle otra vez y tengamos que interrumpir el experimento.
Así podremos marcharnos pronto.' En la distribución del trabajo tocó a F. regular la válvula de la prensa esto es, ir abriéndola con prudencia para dejar pasar poco a poco el líquido presionador desde los acumuladores al cilindro de la prensa hidráulica. El director del experimento se hallaba observando el manómetro, y cuando éste marcó la presión deseada, gritó: '¡Alto !' Al oír esta voz de mando, cogió F. la válvula y le dio vuelta con toda su fuerza hacia la izquierda (todas las válvulas, sin excepción, se cierran hacia la derecha). Esta falsa maniobra hizo que la presión del acumulador actuara de golpe sobre la prensa, cosa para lo cual no estaba preparada la tubería, e hiciera estallar una unión de ésta, accidente nada grave para la máquina, pero que nos obligó a abandonar el trabajo por aquel día y regresar a nuestras casas. Resulta, además, muy característico el hecho de que algún tiempo después, hablando de este incidente, no pudo F. recordar las palabras que le dije al dirigirnos juntos al laboratorio, palabras que yo recordaba con toda seguridad.» Casos como éste nos sugieren la sospecha de que si las manos de nuestros criados se transforman tantas veces en instrumentos destructores de los objetos que poseemos en nuestra casa, ello no obedece siempre a una inocente casualidad.
De igual manera podemos también preguntarnos si es por puro azar por lo que nos hacemos daño a nosotros mismos y ponemos en peligro nuestra personal integridad. El análisis de observaciones de este género habrá de darnos la solución de estas interrogaciones. Con lo que hasta aquí hemos dicho sobre las funciones fallidas no queda, desde luego, agotado el tema, pues aún habríamos de investigar y discutir numerosos puntos. Mas me consideraría satisfecho si con lo expuesto hubiera conseguido haceros renunciar a vuestras antiguas ideas sobre esta materia y disponeros a aceptar las nuevas. Por lo demás, no siento ningún escrúpulo en abandonar aquí el estudio de las funciones fallidas sin haber llegado a un completo esclarecimiento de las mismas, pues dicho estudio no habría de proporcionarnos la demostración de todos nuestros principios y nada hay que nos obligue a limitar nuestras investigaciones haciéndolas recaer únicamente sobre los materiales que las funciones fallidas nos proporcionan.
El gran valor que los actos fallidos presentan para la consecución de nuestros fines consiste en que, siendo grandemente frecuentes y no teniendo por condición estado patológico ninguno, todos podemos observarlos con facilidad en nosotros mismos. Para terminar quiero únicamente recordaros una de vuestras interrogaciones, que he dejado hasta ahora sin respuesta: Dado que, como en numerosos ejemplos hemos podido comprobar, la concepción vulgar de las funciones fallidas se aproxima a veces considerablemente a la que en estas lecciones hemos expuesto, conduciéndose los hombres en muchas ocasiones como si adivinaran el sentido de las mismas, ¿por qué se considera tan generalmente a estos fenómenos como accidentales y faltos de todo sentido, rechazando con la mayor energía su concepción psicoanalítica? Tenéis razón: es éste un hecho harto singular y necesitado de explicación. Mas en lugar de dárosla, desde luego, prefiero iros exponiendo aquellos datos cuyo encadenamiento os llevará a deducir dicha explicación por vosotros mismos y sin que preciséis para nada de mi ayuda.
jueves, 5 de agosto de 2010
Freud, S. (1915) Introducción. Lección I. En "Lecciones introductorias al psicoanálisis" Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1981, Tomo II
Lección I. Introducción
Señoras y señores: Ignoro cuántos de mis oyentes conocerán -por sus lecturas o simplemente de oídas- las teorías psicoanalíticas. Mas el título dado a esta serie de conferencias, «Lecciones introductorias al psicoanálisis», me obliga a conducirme como si no poseyerais el menor conocimiento sobre esta materia y hubierais de ser iniciados, necesariamente, en sus primeros elementos. Debo suponer, sin embargo, que sabéis que el psicoanálisis constituye un especial tratamiento de los enfermos de neurosis. Pero como en seguida os demostraré con un ejemplo sus caracteres esenciales son en un todo diferentes de los peculiares a las restantes ramas de la Medicina, y a veces resultan por completo opuestos a ellos. Generalmente, cuando sometemos a un enfermo a una técnica médica desconocida para él, procuramos disminuir a sus ojos los inconvenientes de la misma y darle la mayor cantidad posible de seguridades respecto al éxito del tratamiento. A mi juicio, obramos cuerdamente conduciéndonos así, pues este proceder aumenta las probabilidades de éxito. En cambio, al someter a un neurótico al tratamiento psicoanalítico procedemos de muy distinta forma, pues le enteramos de las dificultades que el método presenta, de su larga duración y de los esfuerzos y sacrificios que exige, y en lo que respecta al resultado le hacemos saber que no podemos prometerle nada con seguridad y que el éxito dependerá de su comportamiento, su inteligencia, su obediencia y su paciente sumisión a los consejos del médico. Claro es que esta conducta del médico psicoanalítico obedece a razones de gran peso, cuya importancia comprenderéis mas adelante.
Os ruego que no me toméis a mal el que al principio de mis lecciones observe con vosotros esta misma norma de conducta, tratándoos como el médico trata al enfermo neurótico que acude a su consulta. Mis primeras palabras han de equivaler al consejo de que no vengáis a oírme por segunda vez, pues en ellas os señalaré la inevitable imperfección de una enseñanza del psicoanálisis y las dificultades que se oponen a la formación de un juicio personal en estas materias. Os mostraré también cómo la orientación de vuestra cultura personal y todos los hábitos de vuestro pensamiento os han de inclinar en contra del psicoanálisis, y cuántas cosas deberéis vencer en vosotros mismos para dominar tal hostilidad. Naturalmente, no puedo predeciros lo que estas conferencias os harán avanzar en la comprensión del psicoanálisis; pero sí puedo, en cambio, aseguraros que vuestra asistencia a las mismas no ha de capacitaros para emprender una investigación o un tratamiento psicoanalítico. Por otro lado, si entre vosotros hubiera alguien que no se considerase satisfecho con adquirir un superficial conocimiento del psicoanálisis y deseara entrar en contacto permanente con él, trataría yo de disuadirle de tal propósito, advirtiéndole de los sinsabores que la realización del mismo habría de acarrearle. En las actuales circunstancias, la elección de esta rama científica supone la renuncia a toda posibilidad de éxito universitario, y aquel que a ella se dedique, prácticamente se hallará en medio de una sociedad que no comprenderá sus aspiraciones y que, considerándole con desconfianza y hostilidad, desencadenará contra él todos los malos espíritus que abriga en su seno. Del número de estos malos espíritus podéis formaros una idea sólo con observar los hechos a que ha dado lugar la guerra que hoy devasta a Europa.
Sin embargo, hay siempre personas para las cuales todo nuevo conocimiento posee un invencible atractivo, a pesar de los inconvenientes que el estudio del mismo pueda traer consigo. Así, pues, veré con gusto retornar a estas aulas a aquellos de vosotros en quienes tal curiosidad científica venza toda otra consideración; mas, de todos modos, era un deber mío haceros las advertencias que anteceden sobre las dificultades inherentes al estudio del psicoanálisis. La primera de tales dificultades surge en lo relativo a la enseñanza, al entrenamiento en psicoanálisis. En la enseñanza médica estáis acostumbrados a ver directamente aquello de que el profesor os habla en sus lecciones. Veis la preparación anatómica, el precipitado resultante de una reacción química o la contracción de un músculo por el efecto de la excitación de sus nervios. Más tarde se os pone en presencia del enfermo mismo y podéis observar directamente los síntomas de su dolencia, los productos del proceso morboso y, en muchos casos, incluso el germen provocador de la enfermedad. En las especialidades quirúrgicas asistís a las intervenciones curativas e incluso tenéis que ensayaros personalmente en su práctica. Hasta en la misma Psiquiatría, la observación directa de la conducta del enfermo y de sus gestos, palabras y ademanes os proporciona un numeroso acervo de datos que se grabarán profundamente en vuestra memoria. De este modo, el profesor de Medicina es constantemente un guía y un intérprete que os acompaña como a través de un museo, mientras vosotros entráis en contacto directo con los objetos y creéis adquirir por la propia percepción personal la convicción de la existencia de nuevos hechos.
Por desgracia, en el psicoanálisis no hallamos ninguna de tales facilidades de estudio. El tratamiento psicoanalítico aparece como un intercambio de palabras entre el paciente y el analista. El paciente habla, relata los acontecimientos de su vida pasada y sus impresiones presentes, se queja y confiesa sus deseos y sus emociones. El médico escucha, intenta dirigir los procesos mentales del enfermo, le moviliza, da a su atención determinadas direcciones, le proporciona esclarecimientos y observa las reacciones de comprensión o rechazo que de esta manera provoca en él. Las personas que rodean a tales enfermos, y a las cuales sólo lo groseramente visible y tangible logra convencer de la bondad de un tratamiento, al que considerarán inmejorables si trae consigo efectos teatrales semejantes a los que tanto éxito logran al desarrollarse en la pantalla cinematográfica, no prescinden nunca de expresar sus dudas de que 'por medio de una simple conversación entre el médico y el enfermo pueda conseguirse algún resultado'. Naturalmente, es este juicio tan ininteligible como falto de lógica, y los que así piensan son los mismos que aseguran que los síntomas del enfermo son simples «imaginaciones». Las palabras, primitivamente, formaban parte de la magia y conservan todavía en la actualidad algo de su antiguo poder. Por medio de palabras puede un hombre hacer feliz a un semejante o llevarle a la desesperación; por medio de palabras transmite el profesor sus conocimientos a los discípulos y arrastra tras de sí el orador a sus oyentes, determinando sus juicios y decisiones. Las palabras provocan afectos emotivos y constituyen el medio general para la influenciación recíproca de los hombres. No podremos, pues, despreciar el valor que el empleo de las mismas pueda tener en la psicoterapia, y asistiríamos con interés, en calidad de oyentes, a las palabras que transcurren entre el analista y su paciente.
Pero tampoco ésto nos está permitido. La conversación que constituye el tratamiento psicoanalítico es absolutamente secreta y no tolera la presencia de una tercera persona. Puede, naturalmente, presentarse a los alumnos, en el curso de una lección de Psiquiatría, un sujeto neurasténico o histérico; el mismo se limitará a comunicar aquellos síntomas en los que su dolencia se manifiesta pero nada más. Las informaciones imprescindibles para el análisis no las dará más que al médico, y esto únicamente en el caso de que sienta por él una particular ligazón emocional. El paciente enmudecerá en el momento en que al lado del médico surja una tercera persona indiferente. Lo que motiva esta conducta es que aquellas informaciones se refieren a lo más íntimo de su vida anímica a todo aquello que como persona social independiente tiene que ocultar a los ojos de los demás, y aparte de esto, a todo aquello que ni siquiera querría confesarse a sí mismo. Así, pues, no podréis asistir como oyentes a un tratamiento psicoanalítico, y de este modo nunca os será posible conocer el psicoanálisis sino de oídas, en el sentido estricto de esta locución. Una tal carencia de informaciones directas ha de colocaros en situación poco corriente para formar un juicio sobre nuestra disciplina; juicio que, dadas las circunstancias señaladas, habrá de depender del grado de confianza que os merezca aquel que os informa.
Suponed por un momento que habéis acudido no a una conferencia sobre Psiquiatría, sino a una lección de Historia, y que el conferenciante os habla de la vida y de los hechos guerreros de Alejandro Magno. ¿Qué razones tendréis en este caso para creer en la veracidad de su relato? A primera vista, la situación parece aún más desfavorable que en la enseñanza del psicoanálisis, pues el profesor de Historia no tomó tampoco parte en las expediciones militares de Alejandro, mientras que el psicoanalista os habla, por lo menos, de cosas en las que él mismo ha desempeñado un papel. Pero en las lecciones de Historia se da una circunstancia que os permite dar fe, sin grandes reservas, a las palabras del conferenciante. Este puede citaros los relatos de antiguos escritores contemporáneos a los hechos objeto de su lección, o, por lo menos, bastante próximos a ellos; esto es, referirse a los libros de Diodoro, Plutarco, Arriano, etcétera, y puede presentaros asimismo reproducciones de las medallas y estatuas de Alejandro y haceros ver una fotografía del mosaico pompeyano que representa la batalla de Issos. Claro es que todos estos documentos no demuestran, estrictamente considerados, sino que ya generaciones anteriores creyeron en la existencia de Alejandro y en la realidad de sus hechos heroicos, y en esta circunstancia podríais fundar de nuevo una crítica escéptica, alegando que no todo lo que sobre Alejandro se ha relatado es verosímil ni puede demostrarse detalladamente.
Sin embargo, no puedo admitir que tras de una lección de este género saliéseis del aula dudando todavía de la realidad de Alejandro Magno. Vuestra aceptación de los hechos expuestos en la conferencia obedecerá en este caso a dos principales reflexiones: la primera será la de que el conferenciante no tiene motivo alguno para haceros admitir como real algo que él mismo no considera así, y en segundo lugar, todos los libros de Historia a los que podáis ir en busca de una confirmación os relatarán los hechos, aproximadamente, en la misma forma. Si a continuación emprendéis el examen de las fuentes históricas más antiguas, deberéis tener en cuenta idénticos factores; esto es, los móviles que han podido guiar a los autores en su exposición y la concordancia de sus testimonios. En el caso de Alejandro, el resultado de este examen será seguramente tranquilizable. No así cuando se trate de personalidades tales como Moisés o Nimrod. Volviendo ahora a las dudas que puedan surgir en vosotros con respecto al grado de confianza merecido por el informante psicoanalítico, os indicaré que más adelante tendréis ocasión de apreciarlas en su justo valor. Me preguntaréis ahora -y muy justificadamente por cierto- cómo no existiendo verificación objetiva del psicoanálisis ni posibilidad alguna de demostración, puede hacerse el aprendizaje de nuestra disciplina y llegar a la convicción de la verdad de sus afirmaciones. Este aprendizaje no es, en efecto, fácil, y son muy pocos los que han podido aprenderlo correctamente; pero, naturalmente, existen un camino y un método posibles.
El psicoanálisis se aprende, en primer lugar, por el estudio de la propia personalidad, estudio que, aunque no es rigurosamente lo que acostumbramos calificar de autoobservación, se aproxima bastante a este concepto. Existe toda una serie de fenómenos anímicos muy frecuentes y generalmente conocidos, que, una vez iniciados en los principios de la técnica analítica, podemos convertir en objetos de interesantes autoanálisis, los cuales nos proporcionarán la deseada convicción de la realidad de los procesos descritos por el psicoanálisis y de la verdad de sus afirmaciones. Mas los progresos que por este camino pueden realizarse son harto limitados, y aquellos que quieran avanzar más rápidamente en el estudio de nuestra disciplina lo conseguirán, mejor que por ningún otro medio, dejándose analizar por un psicoanalista competente. De este modo, al mismo tiempo que experimentan en su propio ser los efectos del psicoanálisis, tendrán ocasión de iniciarse en todas las sutilezas de su técnica. Claro es que este medio de máxima excelencia no puede ser utilizado sino por una sola persona y nunca por una sala completa de alumnos.
Aún existe para vuestro acceso al psicoanálisis una segunda dificultad, pero ésta no es ya inherente a la esencia de nuestra disciplina, sino que depende exclusivamente de los hábitos mentales que habéis adquirido en el estudio de la Medicina. Vuestra preparación médica ha dado a vuestra actividad mental una determinada orientación, que la aleja en gran manera del psicoanálisis. Se os ha habituado a fundar en causas anatómicas las funciones orgánicas y sus perturbaciones y a explicarlas desde los puntos de vista químico y físico, concibiéndolas biológicamente; pero nunca ha sido dirigido vuestro interés a la vida psíquica, en la que, sin embargo, culmina el funcionamiento de este nuestro organismo, tan maravillosamente complicado. Resultado de esta preparación es que desconocéis en absoluto la disciplina mental psicológica y os habéis acostumbrado a mirarla con desconfianza, negándole todo carácter científico y abandonándola a los profanos, poetas, filósofos y místicos. Mas con tal conducta establecéis una desventajosa limitación de vuestra actividad médica, pues el enfermo os presentará, en primer lugar, como sucede en todas las relaciones humanas, su façade psíquica, y temo que para vuestro castigo os veáis obligados a dejarles a aquellos que con tanto desprecio calificáis de profanos, naturalistas y místicos, una gran parte del influjo terapéutico que desearíais ejercer.
No desconozco la disculpa que puede alegarse para excusar esta laguna de vuestra preparación. Fáltanos aún aquella ciencia filosófica auxiliar que podía ser una importante ayuda para vuestros propósitos médicos. Ni la Filosofía especulativa, ni la Psicología descriptiva, ni la llamada Psicología experimental, ligada a la Fisiología de los sentidos, se hallan, tal y como son enseñadas en las universidades, en estado de proporcionarnos dato ninguno útil sobre las relaciones entre lo somático y lo anímico y ofrecernos la clave necesaria para la comprensión de una perturbación cualquiera de las funciones anímicas. Dentro de la Medicina, la Psiquiatría se ocupa, ciertamente, de describir las perturbaciones psíquicas por ella observadas y de reunirlas formando cuadros clínicos; mas en sus momentos de sinceridad los mismos psiquíatras dudan de si sus exposiciones puramente descriptivas merecen realmente el nombre de ciencia. Los síntomas que integran estos cuadros clínicos nos son desconocidos en lo que respecta a su origen, su mecanismo y su recíproca conexión y no corresponden a ellos ningunas modificaciones visibles del órgano anatómico del alma, o corresponden modificaciones que no nos proporcionan el menor esclarecimiento. Tales perturbaciones anímicas no podrán ser accesibles a una influencia terapéutica más que cuando constituyan efectos secundarios de una cualquiera afección orgánica.
Es ésta la laguna que el psicoanálisis se esfuerza en hacer desaparecer, intentando dar a la Psiquiatría la base psicológica de que carece y esperando descubrir el terreno común que hará inteligible la reunión de una perturbación somática con una perturbación anímica. Con este objeto tiene que mantenerse libre de toda hipótesis de orden anatómico, químico o fisiológico extraño a su peculiar esencia y no laborar más que con conceptos auxiliares puramente psicológicos, cosa que temo contribuya no poco a hacer que os parezca aún más extraño de lo que esperabais. Encontramos, por último, una tercera dificultad, de la que no haré responsable a vuestra posición personal ni tampoco a vuestra preparación científica. Dos afirmaciones del psicoanálisis son principalmente las que causan mayor extrañeza y atraen sobre él la desaprobación general. Tropieza una de ellas con un prejuicio intelectual y la otra con un prejuicio estético y moral. No conviene, ciertamente, despreciar tales prejuicios, pues son residuos de pasadas fases, muy útiles, y hasta necesarias, de la evolución humana, y poseen un considerable poder, hallándose sostenidos por fuerzas afectivas que hacen en extremo difícil el luchar contra ellos.
La primera de tales extrañas afirmaciones del psicoanálisis es la de que los procesos psíquicos son en sí mismos inconscientes, y que los procesos conscientes no son sino actos aislados o fracciones de la vida anímica total. Recordad con relación a esto que nos hallamos, por el contrario, acostumbrados a identificar lo psíquico con lo consciente, considerando precisamente la conciencia como la característica definicional de lo psíquico y Psicología como la ciencia de los contenidos de la conciencia. Esta ecuación nos parece tan natural, que creemos hallar un absurdo manifiesto en todo aquello que la contradiga. Sin embargo, el psicoanálisis se ve obligado a oponerse en absoluto a esta identidad de lo psíquico y lo consciente. Para él lo psíquico son procesos de la naturaleza de los sentimientos, del pensamiento y de la voluntad, y afirma que existen un pensamiento inconsciente y una voluntad inconsciente. Ya con esta definición y esta afirmación se enajena el psicoanálisis, por adelantado, la simpatía de todos los partidarios del tímido cientificismo y atrae sobre sí la sospecha de no ser sino una fantástica ciencia esotérica ansiosa por construir misterios y pescar en las aguas turbias.
Naturalmente, vosotros no podéis comprender aún con qué derecho califico de prejuicio un principio de una naturaleza tan abstracta como el de que «lo anímico es lo consciente», y no podéis adivinar por qué caminos se ha podido llegar a la negación de lo inconsciente -suponiendo que exista- y qué ventajas puede proporcionar una tal negación. A primera vista parece por completo ociosa la discusión de si se ha de hacer coincidir lo psíquico con lo consciente, o, por el contrario, extender los dominios de lo primero más allá de los límites de la conciencia; no obstante, puedo aseguraros que la aceptación de los procesos psíquicos inconscientes inicia en la ciencia una nueva orientación decisiva. Esta primera afirmación -un tanto osada- del psicoanálisis posee un íntimo enlace, que ni siquiera sospecháis, con el segundo de los principios esenciales que el mismo ha deducido de sus investigaciones. Contiene este segundo principio la afirmación de que determinados impulsos instintivos, que únicamente pueden ser calificados de sexuales, tanto en el amplio sentido de esta palabra como en su sentido estricto, desempeñan un papel, cuya importancia no ha sido hasta el momento suficientemente reconocida, en la causación de las enfermedades nerviosas y psíquicas y, además, coadyuvan con aportaciones nada despreciables a la génesis de las más altas creaciones culturales, artísticas y sociales del espíritu humano.
Mi experiencia me ha demostrado que la aversión suscitada por este resultado de la investigación psicoanalítica constituye la fuente más importante de las resistencias con las que la misma ha tropezado. ¿Queréis saber qué explicación damos a este hecho? Creemos que la cultura ha sido creada obedeciendo al impulso de las necesidades vitales y a costa de la satisfacción de los instintos, y que es de continuo creada de nuevo, en gran parte, del mismo modo, pues cada individuo que entra en la sociedad humana repite, en provecho de la colectividad, el sacrificio de la satisfacción de sus instintos. Entre las fuerzas instintivas así sacrificadas desempeñan un importantísimo papel los impulsos sexuales, los cuales son aquí objeto de una sublimación; esto es, son desviados de sus fines sexuales y dirigidos a fines socialmente más elevados, faltos ya de todo carácter sexual. Pero esta organización resulta harto inestable; los instintos sexuales quedan insuficientemente domados y en cada uno de aquellos individuos que han de coadyuvar a la obra civilizadora perdura el peligro de que los instintos sexuales resistan tal trato.
Por su parte, la sociedad cree que el mayor peligro para su labor civilizadora sería la liberación de los instintos sexuales y el retorno de los mismos a sus fines primitivos y, por tanto, no gusta de que se le recuerde esta parte, un tanto escabrosa, de los fundamentos en los que se basa, ni muestra interés ninguno en que la energía de los instintos sexuales sea reconocida en toda su importancia y se revele, a cada uno de los individuos que constituyen la colectividad social, la magnitud de la influencia que sobre sus actos pueda ejercer la vida sexual. Por el contrario, adopta un método de educación que tiende, en general, a desviar la atención de lo referente a la vida sexual. Todo esto nos explica por qué la sociedad se niega a aceptar el resultado antes expuesto de las investigaciones psicoanalíticas y quisiera inutilizarlo, declarándolo repulsivo desde el punto de vista estético, condenable desde el punto de vista moral y peligroso por todos conceptos. Mas no es con reproches de este género como se puede destruir un resultado objetivo de un trabajo científico. Para que una controversia tenga algún valor habrá de desarrollarse dentro de los dominios intelectuales. Ahora bien: dentro de la naturaleza humana se halla el que nos inclinamos a considerar equivocado lo que nos causaría displacer aceptar como cierto, y esta tendencia encuentra fácilmente argumento para rechazar, en nombre del intelecto, aquello sobre lo que recae. De esta forma convierte la sociedad lo desagradable en equivocado; discute las verdades del psicoanálisis con argumentos lógicos y objetivos, pero que proceden de fuentes emocionales; y opone estas objeciones, en calidad de prejuicios contra toda tentativa de refutación.
Por nuestra parte, podemos afirmar que al formular el principio de que tratamos no hemos tenido en vista finalidad tendenciosa alguna. Nuestro único fin era el de exponer un hecho que creemos haber establecido con toda seguridad al cabo de una cuidadosa labor. Creemos, pues, deber protestar contra la mezcla de tales consideraciones prácticas en la labor científica, y lo haremos, desde luego, aun antes de investigar si los temores que estas consideraciones tratan de imponernos son o no justificados. Tales son algunas de las dificultades con las que tropezaréis si queréis dedicaros al estudio del psicoanálisis, dificultades que ya son harto considerables para el principio de una labor científica. Si su perspectiva no os asusta, podremos continuar estas lecciones.
Señoras y señores: Ignoro cuántos de mis oyentes conocerán -por sus lecturas o simplemente de oídas- las teorías psicoanalíticas. Mas el título dado a esta serie de conferencias, «Lecciones introductorias al psicoanálisis», me obliga a conducirme como si no poseyerais el menor conocimiento sobre esta materia y hubierais de ser iniciados, necesariamente, en sus primeros elementos. Debo suponer, sin embargo, que sabéis que el psicoanálisis constituye un especial tratamiento de los enfermos de neurosis. Pero como en seguida os demostraré con un ejemplo sus caracteres esenciales son en un todo diferentes de los peculiares a las restantes ramas de la Medicina, y a veces resultan por completo opuestos a ellos. Generalmente, cuando sometemos a un enfermo a una técnica médica desconocida para él, procuramos disminuir a sus ojos los inconvenientes de la misma y darle la mayor cantidad posible de seguridades respecto al éxito del tratamiento. A mi juicio, obramos cuerdamente conduciéndonos así, pues este proceder aumenta las probabilidades de éxito. En cambio, al someter a un neurótico al tratamiento psicoanalítico procedemos de muy distinta forma, pues le enteramos de las dificultades que el método presenta, de su larga duración y de los esfuerzos y sacrificios que exige, y en lo que respecta al resultado le hacemos saber que no podemos prometerle nada con seguridad y que el éxito dependerá de su comportamiento, su inteligencia, su obediencia y su paciente sumisión a los consejos del médico. Claro es que esta conducta del médico psicoanalítico obedece a razones de gran peso, cuya importancia comprenderéis mas adelante.
Os ruego que no me toméis a mal el que al principio de mis lecciones observe con vosotros esta misma norma de conducta, tratándoos como el médico trata al enfermo neurótico que acude a su consulta. Mis primeras palabras han de equivaler al consejo de que no vengáis a oírme por segunda vez, pues en ellas os señalaré la inevitable imperfección de una enseñanza del psicoanálisis y las dificultades que se oponen a la formación de un juicio personal en estas materias. Os mostraré también cómo la orientación de vuestra cultura personal y todos los hábitos de vuestro pensamiento os han de inclinar en contra del psicoanálisis, y cuántas cosas deberéis vencer en vosotros mismos para dominar tal hostilidad. Naturalmente, no puedo predeciros lo que estas conferencias os harán avanzar en la comprensión del psicoanálisis; pero sí puedo, en cambio, aseguraros que vuestra asistencia a las mismas no ha de capacitaros para emprender una investigación o un tratamiento psicoanalítico. Por otro lado, si entre vosotros hubiera alguien que no se considerase satisfecho con adquirir un superficial conocimiento del psicoanálisis y deseara entrar en contacto permanente con él, trataría yo de disuadirle de tal propósito, advirtiéndole de los sinsabores que la realización del mismo habría de acarrearle. En las actuales circunstancias, la elección de esta rama científica supone la renuncia a toda posibilidad de éxito universitario, y aquel que a ella se dedique, prácticamente se hallará en medio de una sociedad que no comprenderá sus aspiraciones y que, considerándole con desconfianza y hostilidad, desencadenará contra él todos los malos espíritus que abriga en su seno. Del número de estos malos espíritus podéis formaros una idea sólo con observar los hechos a que ha dado lugar la guerra que hoy devasta a Europa.
Sin embargo, hay siempre personas para las cuales todo nuevo conocimiento posee un invencible atractivo, a pesar de los inconvenientes que el estudio del mismo pueda traer consigo. Así, pues, veré con gusto retornar a estas aulas a aquellos de vosotros en quienes tal curiosidad científica venza toda otra consideración; mas, de todos modos, era un deber mío haceros las advertencias que anteceden sobre las dificultades inherentes al estudio del psicoanálisis. La primera de tales dificultades surge en lo relativo a la enseñanza, al entrenamiento en psicoanálisis. En la enseñanza médica estáis acostumbrados a ver directamente aquello de que el profesor os habla en sus lecciones. Veis la preparación anatómica, el precipitado resultante de una reacción química o la contracción de un músculo por el efecto de la excitación de sus nervios. Más tarde se os pone en presencia del enfermo mismo y podéis observar directamente los síntomas de su dolencia, los productos del proceso morboso y, en muchos casos, incluso el germen provocador de la enfermedad. En las especialidades quirúrgicas asistís a las intervenciones curativas e incluso tenéis que ensayaros personalmente en su práctica. Hasta en la misma Psiquiatría, la observación directa de la conducta del enfermo y de sus gestos, palabras y ademanes os proporciona un numeroso acervo de datos que se grabarán profundamente en vuestra memoria. De este modo, el profesor de Medicina es constantemente un guía y un intérprete que os acompaña como a través de un museo, mientras vosotros entráis en contacto directo con los objetos y creéis adquirir por la propia percepción personal la convicción de la existencia de nuevos hechos.
Por desgracia, en el psicoanálisis no hallamos ninguna de tales facilidades de estudio. El tratamiento psicoanalítico aparece como un intercambio de palabras entre el paciente y el analista. El paciente habla, relata los acontecimientos de su vida pasada y sus impresiones presentes, se queja y confiesa sus deseos y sus emociones. El médico escucha, intenta dirigir los procesos mentales del enfermo, le moviliza, da a su atención determinadas direcciones, le proporciona esclarecimientos y observa las reacciones de comprensión o rechazo que de esta manera provoca en él. Las personas que rodean a tales enfermos, y a las cuales sólo lo groseramente visible y tangible logra convencer de la bondad de un tratamiento, al que considerarán inmejorables si trae consigo efectos teatrales semejantes a los que tanto éxito logran al desarrollarse en la pantalla cinematográfica, no prescinden nunca de expresar sus dudas de que 'por medio de una simple conversación entre el médico y el enfermo pueda conseguirse algún resultado'. Naturalmente, es este juicio tan ininteligible como falto de lógica, y los que así piensan son los mismos que aseguran que los síntomas del enfermo son simples «imaginaciones». Las palabras, primitivamente, formaban parte de la magia y conservan todavía en la actualidad algo de su antiguo poder. Por medio de palabras puede un hombre hacer feliz a un semejante o llevarle a la desesperación; por medio de palabras transmite el profesor sus conocimientos a los discípulos y arrastra tras de sí el orador a sus oyentes, determinando sus juicios y decisiones. Las palabras provocan afectos emotivos y constituyen el medio general para la influenciación recíproca de los hombres. No podremos, pues, despreciar el valor que el empleo de las mismas pueda tener en la psicoterapia, y asistiríamos con interés, en calidad de oyentes, a las palabras que transcurren entre el analista y su paciente.
Pero tampoco ésto nos está permitido. La conversación que constituye el tratamiento psicoanalítico es absolutamente secreta y no tolera la presencia de una tercera persona. Puede, naturalmente, presentarse a los alumnos, en el curso de una lección de Psiquiatría, un sujeto neurasténico o histérico; el mismo se limitará a comunicar aquellos síntomas en los que su dolencia se manifiesta pero nada más. Las informaciones imprescindibles para el análisis no las dará más que al médico, y esto únicamente en el caso de que sienta por él una particular ligazón emocional. El paciente enmudecerá en el momento en que al lado del médico surja una tercera persona indiferente. Lo que motiva esta conducta es que aquellas informaciones se refieren a lo más íntimo de su vida anímica a todo aquello que como persona social independiente tiene que ocultar a los ojos de los demás, y aparte de esto, a todo aquello que ni siquiera querría confesarse a sí mismo. Así, pues, no podréis asistir como oyentes a un tratamiento psicoanalítico, y de este modo nunca os será posible conocer el psicoanálisis sino de oídas, en el sentido estricto de esta locución. Una tal carencia de informaciones directas ha de colocaros en situación poco corriente para formar un juicio sobre nuestra disciplina; juicio que, dadas las circunstancias señaladas, habrá de depender del grado de confianza que os merezca aquel que os informa.
Suponed por un momento que habéis acudido no a una conferencia sobre Psiquiatría, sino a una lección de Historia, y que el conferenciante os habla de la vida y de los hechos guerreros de Alejandro Magno. ¿Qué razones tendréis en este caso para creer en la veracidad de su relato? A primera vista, la situación parece aún más desfavorable que en la enseñanza del psicoanálisis, pues el profesor de Historia no tomó tampoco parte en las expediciones militares de Alejandro, mientras que el psicoanalista os habla, por lo menos, de cosas en las que él mismo ha desempeñado un papel. Pero en las lecciones de Historia se da una circunstancia que os permite dar fe, sin grandes reservas, a las palabras del conferenciante. Este puede citaros los relatos de antiguos escritores contemporáneos a los hechos objeto de su lección, o, por lo menos, bastante próximos a ellos; esto es, referirse a los libros de Diodoro, Plutarco, Arriano, etcétera, y puede presentaros asimismo reproducciones de las medallas y estatuas de Alejandro y haceros ver una fotografía del mosaico pompeyano que representa la batalla de Issos. Claro es que todos estos documentos no demuestran, estrictamente considerados, sino que ya generaciones anteriores creyeron en la existencia de Alejandro y en la realidad de sus hechos heroicos, y en esta circunstancia podríais fundar de nuevo una crítica escéptica, alegando que no todo lo que sobre Alejandro se ha relatado es verosímil ni puede demostrarse detalladamente.
Sin embargo, no puedo admitir que tras de una lección de este género saliéseis del aula dudando todavía de la realidad de Alejandro Magno. Vuestra aceptación de los hechos expuestos en la conferencia obedecerá en este caso a dos principales reflexiones: la primera será la de que el conferenciante no tiene motivo alguno para haceros admitir como real algo que él mismo no considera así, y en segundo lugar, todos los libros de Historia a los que podáis ir en busca de una confirmación os relatarán los hechos, aproximadamente, en la misma forma. Si a continuación emprendéis el examen de las fuentes históricas más antiguas, deberéis tener en cuenta idénticos factores; esto es, los móviles que han podido guiar a los autores en su exposición y la concordancia de sus testimonios. En el caso de Alejandro, el resultado de este examen será seguramente tranquilizable. No así cuando se trate de personalidades tales como Moisés o Nimrod. Volviendo ahora a las dudas que puedan surgir en vosotros con respecto al grado de confianza merecido por el informante psicoanalítico, os indicaré que más adelante tendréis ocasión de apreciarlas en su justo valor. Me preguntaréis ahora -y muy justificadamente por cierto- cómo no existiendo verificación objetiva del psicoanálisis ni posibilidad alguna de demostración, puede hacerse el aprendizaje de nuestra disciplina y llegar a la convicción de la verdad de sus afirmaciones. Este aprendizaje no es, en efecto, fácil, y son muy pocos los que han podido aprenderlo correctamente; pero, naturalmente, existen un camino y un método posibles.
El psicoanálisis se aprende, en primer lugar, por el estudio de la propia personalidad, estudio que, aunque no es rigurosamente lo que acostumbramos calificar de autoobservación, se aproxima bastante a este concepto. Existe toda una serie de fenómenos anímicos muy frecuentes y generalmente conocidos, que, una vez iniciados en los principios de la técnica analítica, podemos convertir en objetos de interesantes autoanálisis, los cuales nos proporcionarán la deseada convicción de la realidad de los procesos descritos por el psicoanálisis y de la verdad de sus afirmaciones. Mas los progresos que por este camino pueden realizarse son harto limitados, y aquellos que quieran avanzar más rápidamente en el estudio de nuestra disciplina lo conseguirán, mejor que por ningún otro medio, dejándose analizar por un psicoanalista competente. De este modo, al mismo tiempo que experimentan en su propio ser los efectos del psicoanálisis, tendrán ocasión de iniciarse en todas las sutilezas de su técnica. Claro es que este medio de máxima excelencia no puede ser utilizado sino por una sola persona y nunca por una sala completa de alumnos.
Aún existe para vuestro acceso al psicoanálisis una segunda dificultad, pero ésta no es ya inherente a la esencia de nuestra disciplina, sino que depende exclusivamente de los hábitos mentales que habéis adquirido en el estudio de la Medicina. Vuestra preparación médica ha dado a vuestra actividad mental una determinada orientación, que la aleja en gran manera del psicoanálisis. Se os ha habituado a fundar en causas anatómicas las funciones orgánicas y sus perturbaciones y a explicarlas desde los puntos de vista químico y físico, concibiéndolas biológicamente; pero nunca ha sido dirigido vuestro interés a la vida psíquica, en la que, sin embargo, culmina el funcionamiento de este nuestro organismo, tan maravillosamente complicado. Resultado de esta preparación es que desconocéis en absoluto la disciplina mental psicológica y os habéis acostumbrado a mirarla con desconfianza, negándole todo carácter científico y abandonándola a los profanos, poetas, filósofos y místicos. Mas con tal conducta establecéis una desventajosa limitación de vuestra actividad médica, pues el enfermo os presentará, en primer lugar, como sucede en todas las relaciones humanas, su façade psíquica, y temo que para vuestro castigo os veáis obligados a dejarles a aquellos que con tanto desprecio calificáis de profanos, naturalistas y místicos, una gran parte del influjo terapéutico que desearíais ejercer.
No desconozco la disculpa que puede alegarse para excusar esta laguna de vuestra preparación. Fáltanos aún aquella ciencia filosófica auxiliar que podía ser una importante ayuda para vuestros propósitos médicos. Ni la Filosofía especulativa, ni la Psicología descriptiva, ni la llamada Psicología experimental, ligada a la Fisiología de los sentidos, se hallan, tal y como son enseñadas en las universidades, en estado de proporcionarnos dato ninguno útil sobre las relaciones entre lo somático y lo anímico y ofrecernos la clave necesaria para la comprensión de una perturbación cualquiera de las funciones anímicas. Dentro de la Medicina, la Psiquiatría se ocupa, ciertamente, de describir las perturbaciones psíquicas por ella observadas y de reunirlas formando cuadros clínicos; mas en sus momentos de sinceridad los mismos psiquíatras dudan de si sus exposiciones puramente descriptivas merecen realmente el nombre de ciencia. Los síntomas que integran estos cuadros clínicos nos son desconocidos en lo que respecta a su origen, su mecanismo y su recíproca conexión y no corresponden a ellos ningunas modificaciones visibles del órgano anatómico del alma, o corresponden modificaciones que no nos proporcionan el menor esclarecimiento. Tales perturbaciones anímicas no podrán ser accesibles a una influencia terapéutica más que cuando constituyan efectos secundarios de una cualquiera afección orgánica.
Es ésta la laguna que el psicoanálisis se esfuerza en hacer desaparecer, intentando dar a la Psiquiatría la base psicológica de que carece y esperando descubrir el terreno común que hará inteligible la reunión de una perturbación somática con una perturbación anímica. Con este objeto tiene que mantenerse libre de toda hipótesis de orden anatómico, químico o fisiológico extraño a su peculiar esencia y no laborar más que con conceptos auxiliares puramente psicológicos, cosa que temo contribuya no poco a hacer que os parezca aún más extraño de lo que esperabais. Encontramos, por último, una tercera dificultad, de la que no haré responsable a vuestra posición personal ni tampoco a vuestra preparación científica. Dos afirmaciones del psicoanálisis son principalmente las que causan mayor extrañeza y atraen sobre él la desaprobación general. Tropieza una de ellas con un prejuicio intelectual y la otra con un prejuicio estético y moral. No conviene, ciertamente, despreciar tales prejuicios, pues son residuos de pasadas fases, muy útiles, y hasta necesarias, de la evolución humana, y poseen un considerable poder, hallándose sostenidos por fuerzas afectivas que hacen en extremo difícil el luchar contra ellos.
La primera de tales extrañas afirmaciones del psicoanálisis es la de que los procesos psíquicos son en sí mismos inconscientes, y que los procesos conscientes no son sino actos aislados o fracciones de la vida anímica total. Recordad con relación a esto que nos hallamos, por el contrario, acostumbrados a identificar lo psíquico con lo consciente, considerando precisamente la conciencia como la característica definicional de lo psíquico y Psicología como la ciencia de los contenidos de la conciencia. Esta ecuación nos parece tan natural, que creemos hallar un absurdo manifiesto en todo aquello que la contradiga. Sin embargo, el psicoanálisis se ve obligado a oponerse en absoluto a esta identidad de lo psíquico y lo consciente. Para él lo psíquico son procesos de la naturaleza de los sentimientos, del pensamiento y de la voluntad, y afirma que existen un pensamiento inconsciente y una voluntad inconsciente. Ya con esta definición y esta afirmación se enajena el psicoanálisis, por adelantado, la simpatía de todos los partidarios del tímido cientificismo y atrae sobre sí la sospecha de no ser sino una fantástica ciencia esotérica ansiosa por construir misterios y pescar en las aguas turbias.
Naturalmente, vosotros no podéis comprender aún con qué derecho califico de prejuicio un principio de una naturaleza tan abstracta como el de que «lo anímico es lo consciente», y no podéis adivinar por qué caminos se ha podido llegar a la negación de lo inconsciente -suponiendo que exista- y qué ventajas puede proporcionar una tal negación. A primera vista parece por completo ociosa la discusión de si se ha de hacer coincidir lo psíquico con lo consciente, o, por el contrario, extender los dominios de lo primero más allá de los límites de la conciencia; no obstante, puedo aseguraros que la aceptación de los procesos psíquicos inconscientes inicia en la ciencia una nueva orientación decisiva. Esta primera afirmación -un tanto osada- del psicoanálisis posee un íntimo enlace, que ni siquiera sospecháis, con el segundo de los principios esenciales que el mismo ha deducido de sus investigaciones. Contiene este segundo principio la afirmación de que determinados impulsos instintivos, que únicamente pueden ser calificados de sexuales, tanto en el amplio sentido de esta palabra como en su sentido estricto, desempeñan un papel, cuya importancia no ha sido hasta el momento suficientemente reconocida, en la causación de las enfermedades nerviosas y psíquicas y, además, coadyuvan con aportaciones nada despreciables a la génesis de las más altas creaciones culturales, artísticas y sociales del espíritu humano.
Mi experiencia me ha demostrado que la aversión suscitada por este resultado de la investigación psicoanalítica constituye la fuente más importante de las resistencias con las que la misma ha tropezado. ¿Queréis saber qué explicación damos a este hecho? Creemos que la cultura ha sido creada obedeciendo al impulso de las necesidades vitales y a costa de la satisfacción de los instintos, y que es de continuo creada de nuevo, en gran parte, del mismo modo, pues cada individuo que entra en la sociedad humana repite, en provecho de la colectividad, el sacrificio de la satisfacción de sus instintos. Entre las fuerzas instintivas así sacrificadas desempeñan un importantísimo papel los impulsos sexuales, los cuales son aquí objeto de una sublimación; esto es, son desviados de sus fines sexuales y dirigidos a fines socialmente más elevados, faltos ya de todo carácter sexual. Pero esta organización resulta harto inestable; los instintos sexuales quedan insuficientemente domados y en cada uno de aquellos individuos que han de coadyuvar a la obra civilizadora perdura el peligro de que los instintos sexuales resistan tal trato.
Por su parte, la sociedad cree que el mayor peligro para su labor civilizadora sería la liberación de los instintos sexuales y el retorno de los mismos a sus fines primitivos y, por tanto, no gusta de que se le recuerde esta parte, un tanto escabrosa, de los fundamentos en los que se basa, ni muestra interés ninguno en que la energía de los instintos sexuales sea reconocida en toda su importancia y se revele, a cada uno de los individuos que constituyen la colectividad social, la magnitud de la influencia que sobre sus actos pueda ejercer la vida sexual. Por el contrario, adopta un método de educación que tiende, en general, a desviar la atención de lo referente a la vida sexual. Todo esto nos explica por qué la sociedad se niega a aceptar el resultado antes expuesto de las investigaciones psicoanalíticas y quisiera inutilizarlo, declarándolo repulsivo desde el punto de vista estético, condenable desde el punto de vista moral y peligroso por todos conceptos. Mas no es con reproches de este género como se puede destruir un resultado objetivo de un trabajo científico. Para que una controversia tenga algún valor habrá de desarrollarse dentro de los dominios intelectuales. Ahora bien: dentro de la naturaleza humana se halla el que nos inclinamos a considerar equivocado lo que nos causaría displacer aceptar como cierto, y esta tendencia encuentra fácilmente argumento para rechazar, en nombre del intelecto, aquello sobre lo que recae. De esta forma convierte la sociedad lo desagradable en equivocado; discute las verdades del psicoanálisis con argumentos lógicos y objetivos, pero que proceden de fuentes emocionales; y opone estas objeciones, en calidad de prejuicios contra toda tentativa de refutación.
Por nuestra parte, podemos afirmar que al formular el principio de que tratamos no hemos tenido en vista finalidad tendenciosa alguna. Nuestro único fin era el de exponer un hecho que creemos haber establecido con toda seguridad al cabo de una cuidadosa labor. Creemos, pues, deber protestar contra la mezcla de tales consideraciones prácticas en la labor científica, y lo haremos, desde luego, aun antes de investigar si los temores que estas consideraciones tratan de imponernos son o no justificados. Tales son algunas de las dificultades con las que tropezaréis si queréis dedicaros al estudio del psicoanálisis, dificultades que ya son harto considerables para el principio de una labor científica. Si su perspectiva no os asusta, podremos continuar estas lecciones.
Freud, S. (1915) Los instintos y sus destinos. Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva, Tomo II
Los instintos y sus destinos - 1915
Hemos oído expresar más de una vez la opinión de que una ciencia debe hallarse edificada sobre conceptos fundamentales, claros y precisamente definidos. En realidad, ninguna ciencia, ni aun la más exacta comienza por tales definiciones. El verdadero principio de la actividad científica consiste más bien en la descripción de fenómenos, que luego son agrupados, ordenados y relacionados entre sí.
Ya en esta descripción se hace inevitable aplicar al material determinadas ideas abstractas extraídas de diversos sectores y, desde luego, no únicamente de la observación del nuevo conjunto de fenómenos descritos. Más imprescindibles aún resultan tales ideas -los ulteriores principios fundamentales de la ciencia- en la subsiguiente elaboración de la materia. Al principio han de presentar cierto grado de indeterminación, y es imposible hablar de una clara delimitación de su contenido. Mientras permanecen en este estado, nos concertamos sobre su significación por medio de repetidas referencias al material del que parecen derivadas, pero que en realidad les es subordinado. Presentan, pues, estrictamente consideradas, el carácter de convenciones, circunstancia en la que todo depende de que no sean elegidas arbitrariamente, sino que se hallen determinadas por importantes relaciones con la materia empírica, relaciones que creemos adivinar antes de hacérsenos asequibles su conocimiento y demostración. Sólo después de una más profunda investigación del campo de fenómenos de que se trate resulta posible precisar más sus conceptos fundamentales científicos y modificarlos progresivamente, de manera a extender en gran medida su esfera de aplicación haciéndolos así irrebatibles. Este podrá ser el momento de concretarlos en definiciones. Pero el progreso del conocimiento no tolera tampoco la inalterabilidad de las definiciones. Como nos lo evidencia el ejemplo de la Física, también los «conceptos fundamentales» fijados en definiciones experimentan una perpetua modificación del contenido.
Un semejante principio básico convencional, todavía algo oscuro, pero del que no podemos prescindir en Psicología, es el del instinto ('Trieb'). Intentaremos establecer su significación, aportándole contenido desde diversos sectores. En primer lugar, desde el campo de la Fisiología. Esta ciencia nos ha dado el concepto del estímulo y el esquema del arco reflejo, concepto según el cual un estímulo aportado desde el exterior al tejido vivo (de la sustancia nerviosa) es derivado hacia el exterior por medio de la acción. Esta acción logra su fin sustrayendo la sustancia estimulada a la influencia del estímulo, alejándola de la esfera de actuación del mismo. ¿Cuál es ahora la relación del «instinto» con el «estímulo»? Nada nos impide subordinar el concepto de instinto al de estímulo. El instinto sería entonces un estímulo para lo psíquico. Mas en seguida advertimos la improcedencia de equiparar el instinto al estímulo psíquico. Para lo psíquico existen, evidentemente, otros estímulos distintos de los instintivos y que se comportan más bien de un modo análogo a los fisiológicos. Así, cuando la retina es herida por una intensa luz, no nos hallamos ante un estímulo instintivo. Sí, en cambio, cuando se hace perceptible la sequedad de las mucosas bucales o la irritación de las del estómago.
Tenemos ya material bastante para distinguir los estímulos instintivos de otros (fisiológicos) que actúan sobre lo anímico. En primer lugar, los estímulos instintivos no proceden del mundo exterior, sino del interior del organismo. Por esta razón actúan diferentemente sobre lo anímico y exigen, para su supresión, distintos actos. Pero, además, para dejar fijadas las características esenciales del estímulo, basta con admitir que actúa como un impulso único, pudiendo ser, por tanto, suprimido mediante un único acto adecuado, cuyo tipo será la fuga motora ante la fuente de la cual emana. Naturalmente, pueden tales impulsos repetirse y sumarse; pero esto no modifica en nada la interpretación del proceso ni las condiciones de la supresión del estímulo. El instinto, en cambio, no actúa nunca como una fuerza de impacto momentánea, sino siempre como una fuerza constante. No procediendo del mundo exterior, sino del interior del cuerpo, la fuga es ineficaz contra él. Al estímulo instintivo lo denominaremos mejor necesidad, y lo que suprime esta necesidad es la satisfacción. Esta puede ser alcanzada únicamente por una transformación adecuada de la fuente de estímulo interna.
Coloquémonos ahora en la situación de un ser viviente, desprovisto casi en absoluto de medios de defensa y no orientado aún en el mundo, que recibe estímulos en su sustancia nerviosa. Este ser llegará muy pronto a realizar una primera diferenciación y a adquirir una primera orientación. Por un lado, percibirá estímulos a los que le es posible sustraerse mediante una acción muscular (fuga), y atribuirá estos estímulos al mundo exterior. Pero también percibirá otros, contra los cuales resulta ineficaz tal acción y que conservan, a pesar de la misma, su carácter constantemente apremiante. Estos últimos constituirán un signo característico del mundo interior y una demostración de la existencia de necesidades instintivas. La sustancia perceptora del ser viviente hallará así, en la eficacia de su actividad muscular, un punto de apoyo para distinguir un «exterior» de un «interior».
Encontramos, pues, la esencia del instinto primeramente en sus caracteres principales, su origen de fuentes de estímulo situadas en el interior del organismo y su aparición como fuerza constante, y derivamos de ella otra de sus cualidades: la ineficacia de la fuga para su supresión. Pero durante estas reflexiones hubimos de descubrir algo que nos fuerza a una nueva confesión. No sólo aplicamos a nuestro material determinadas convenciones como conceptos fundamentales, sino que nos servimos, además, de algunos complicados postulados para guiarnos en la elaboración del mundo de los fenómenos psicológicos. Ya hemos delineado antes en términos generales lo más importante de este postulado; quédanos tan sólo hacerlo resaltar expresamente. Es de naturaleza biológico, labora con el concepto de la intención (eventualmente con el de la conveniencia) y su contenido es como sigue: el sistema nervioso es un aparato al que compete la función de suprimir los estímulos que hasta él llegan, a reducirlos a su mínimo nivel, y que, si ello fuera posible, quisiera mantenerse libre de todo estímulo. Admitiendo interinamente esta idea, sin parar mientes en su determinación, atribuiremos, en general, al sistema nervioso la labor del control de los estímulos. Vemos entonces cuánto complica el sencillo esquema fisiológico de reflejos la introducción de los instintos.
Los estímulos exteriores no plantean más problemas que el de sustraerse a ellos, cosa que sucede por medio de movimientos musculares, uno de los cuales acaba por alcanzar tal fin y se convierte entonces, como el más adecuado, en disposición hereditaria. En cambio, los estímulos instintivos nacidos en el interior del cuerpo no pueden ser suprimidos por medio de este mecanismo. Plantean, pues, exigencias mucho más elevadas al sistema nervioso, le inducen a complicadísimas actividades, íntimamente relacionadas entre sí, que modifican ampliamente el mundo exterior hasta hacerle ofrecer la satisfacción de la fuente de estímulo interna, y manteniendo una inevitable aportación continua de estímulos, le fuerzan a renunciar a su propósito ideal de conservarse alejado de ellos. Podemos, pues, concluir que los instintos y no los estímulos externos son los verdaderos motores de los progresos que han llevado a su actual desarrollo al sistema nervioso, tan inagotablemente capaz de rendimiento. Nada se opone a la suposición de que los instintos mismos son, por lo menos en parte, residuos de efectos por estímulos externos que en el curso de la filogénesis actuaron modificativamente sobre la sustancia viva.
Cuando después hallamos que toda actividad, incluso la del aparato anímico más desarrollado, se encuentra sometida al principio del placer, o sea que es regulada automáticamente por sensaciones de la serie «placer-displacer», nos resulta ya difícil rechazar la hipótesis inmediata de que estas sensaciones reproducen la forma en la que se desarrolla el control de los estímulos, y seguramente en el sentido de que la sensación de displacer se halla relacionada con un incremento del estímulo y la de placer con una disminución del mismo. Mantendremos la amplia indeterminación de esta hipótesis hasta que consigamos adivinar la naturaleza de la relación entre la serie «placer-displacer» y las oscilaciones de las magnitudes de estímulo que actúan sobre la vida anímica. Desde luego han de ser posibles muy diversas y complicadas relaciones de este género. Si consideramos la vida anímica desde el punto de vista biológico, se nos muestra el «instinto» como un concepto límite entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo, que arriban al alma, y como una magnitud de la exigencia de trabajo impuesta a lo anímico a consecuencia de su conexión con lo somático.
Podemos discutir ahora algunos términos empleados en relación con el concepto del instinto, tales como perentoriedad, fin, objeto y fuente del instinto. Por perentoriedad ('Drang') de un instinto se entiende su factor motor, esto es, la suma de fuerza o la cantidad de exigencia de trabajo que representa. Este carácter perentorio es una cualidad general de los instintos e incluso constituye la esencia de los mismos. Cada instinto es una magnitud de actividad, y al hablar negligentemente de instintos pasivos se alude tan sólo a instintos de fin pasivo.
El fin ('Ziel') de un instinto es siempre la satisfacción, que sólo puede ser alcanzada por la supresión del estado de estimulación de la fuente del instinto. Pero aun cuando el fin último de todo instinto es invariable, puede haber diversos caminos que conduzcan a él, de manera que para cada instinto pueden existir diferentes fines próximos susceptibles de ser combinados o sustituidos entre sí. La experiencia nos permite hablar también de instintos coartados en su fin, esto es, de procesos a los que se permite avanzar cierto espacio hacia la satisfacción del instinto, pero que experimentan luego una inhibición o una desviación. Hemos de admitir que también con tales procesos se halla enlazada una satisfacción parcial.
El objeto ('Objekt') del instinto es la cosa en la cual o por medio de la cual puede el instinto alcanzar su satisfacción. Es lo más variable del instinto; no se halla enlazado a él originariamente, sino subordinado a él a consecuencia de su adecuación al logro de la satisfacción. No es necesariamente algo exterior al sujeto, sino que puede ser una parte cualquiera de su propio cuerpo y es susceptible de ser sustituido indefinidamente por otro en el curso de los destinos de la vida del instinto. Este desplazamiento del instinto desempeña importantísimas funciones. Puede presentarse el caso de que el mismo objeto sirva simultáneamente a la satisfacción de varios instintos (el caso de la confluencia de los instintos, según Alfredo Adler). Cuando un instinto aparece ligado de un modo especialmente íntimo y estrecho al objeto, hablamos de una fijación de dicho instinto. Esta fijación tiene efecto con gran frecuencia en períodos muy tempranos del desarrollo de los instintos y pone fin a la movilidad del instinto de que se trate, oponiéndose intensamente a su separación del objeto. Por fuente ('Quelle') del instinto se entiende aquel proceso somático que se desarrolla en un órgano o una parte del cuerpo, y es representado en la vida anímica por el instinto. Se ignora si este proceso es regularmente de naturaleza química o puede corresponder también al desarrollo de otras fuerzas; por ejemplo, de fuerzas mecánicas. El estudio de las fuentes del instinto no corresponde ya a la Psicología. Aunque el hecho de nacer de fuentes somáticas sea en realidad lo decisivo para el instinto, éste no se nos da a conocer en la vida anímica sino por sus fines. Para la investigación psicológica no es absolutamente indispensable más preciso conocimiento de las fuentes del instinto, y muchas veces pueden ser deducidas éstas del examen de los fines del instinto.
¿Habremos de suponer que los diversos instintos procedentes de lo somático y que actúan sobre lo psíquico se hallan también caracterizados por cualidades diferentes y actúan por esta causa de un modo cualitativamente distinto de la vida anímica? A nuestro juicio, no. Bastará más bien admitir simplemente que todos los instintos son cualitativamente iguales y que su efecto no depende sino de las magnitudes de excitación que llevan consigo y quizá de ciertas funciones de esta cantidad. Las diferencias que presentan las funciones psíquicas de los diversos instintos pueden atribuirse a la diversidad de las fuentes de estos últimos. Más adelante, y en una distinta relación, llegaremos, de todos modos, a aclarar lo que el problema de la cualidad de los instintos significa. ¿Cuántos y cuáles instintos habremos de contar? Queda abierto aquí un amplio margen a la arbitrariedad, pues nada podemos objetar a aquellos que hacen uso de los conceptos de instinto de juego, de destrucción o de sociabilidad cuando la materia lo demanda y lo permite la limitación del análisis psicológico. Sin embargo, no deberá perderse de vista la posibilidad de que estas motivaciones instintivas, tan especializadas, sean susceptibles de una mayor descomposición en lo que a las fuentes del instinto se refiere, resultando así que sólo los instintos primitivos, aquellos no posibles de disecar más allá, podrían aspirar a una significación.
Por nuestra parte, hemos propuesto distinguir dos grupos de estos instintos primitivos: el de los instintos del yo o instintos de conservación y el de los instintos sexuales. Esta división no constituye una hipótesis necesaria, como la que antes hubimos de establecer sobre la intención biológica del aparato anímico. No es sino una construcción auxiliar, que sólo mantendremos mientras nos sea útil y cuya sustitución por otra no puede modificar sino muy poco los resultados de nuestra labor descriptiva y ordenadora. La ocasión de establecerla ha surgido en el curso evolutivo del psicoanálisis, cuyo primer objeto fueron las psiconeurosis o, más precisamente, aquel grupo de psiconeurosis a las que damos el nombre de «neurosis de transferencia» (la histeria y la neurosis obsesiva), estudio que nos llevó al conocimiento de que en la raíz de cada una de tales afecciones existía un conflicto entre las aspiraciones de la sexualidad y las del yo. Es muy posible que un más penetrante análisis de las restantes afecciones neuróticas (y ante todo de las psiconeurosis narcisistas, o sea de las esquizofrenias) nos impongan una modificación de esta fórmula y con ella una distinta agrupación de los instintos primitivos. Mas por ahora no conocemos tal nueva fórmula ni hemos hallado ningún argumento desfavorable a la oposición de instintos del yo e instintos sexuales.
Dudo mucho de que la elaboración del material psicológico pueda proporcionarnos datos decisivos para la diferenciación y clasificación de los instintos. A los fines de esta elaboración parece más bien necesario aplicar al material determinadas hipótesis sobre la vida instintiva, y sería deseable que tales hipótesis pudieran ser tomadas de un sector diferente y transferidas luego al de la Psicología. Aquello que en esta cuestión nos suministra la Biología no se opone, ciertamente, a la diferenciación de instintos del yo e instintos sexuales. La Biología enseña que la sexualidad no puede equipararse a las demás funciones del individuo, dado que sus propósitos van más allá del mismo y aspiran a la producción de nuevos individuos, o sea a la conservación de la especie. Nos muestra además, como igualmente justificadas, dos distintas concepciones de la relación entre el yo y la sexualidad; una, para la cual es el individuo lo principal, la sexualidad una de sus actividades y la satisfacción sexual una de sus necesidades, y otra, que considera al individuo como un accesorio temporal y pasajero del plasma germinativo casi inmortal, que le fue confiado por el proceso de generación. La hipótesis de que la función sexual se distingue de las demás por un quimismo especial aparece también integrada, según creo, en la investigación biológica de Ehrlich.
Dado que el estudio de la vida instintiva desde la mira consciente presenta dificultades casi insuperables, continúa siendo la investigación psicoanalítica de las perturbaciones anímicas la fuente principal de nuestro conocimiento. Pero correlativamente al curso de su desarrollo, no nos ha suministrado hasta ahora el psicoanálisis datos satisfactorios más que sobre los instintos sexuales, por ser éste el único grupo de instintos que le ha sido posible aislar y considerar por separado en las psiconeurosis. Con la extensión del psicoanálisis a las demás afecciones neuróticas quedará también cimentado seguramente nuestro conocimiento de los instintos del yo, aunque parece imprudente esperar hallar en este campo de investigación condiciones análogamente favorables a la labor observadora.
De los instintos sexuales podemos decir, en general, lo siguiente: son muy numerosos, proceden de múltiples y diversas fuentes orgánicas, actúan al principio independientemente unos de otros y sólo ulteriormente quedan reunidos en una síntesis más o menos perfecta. El fin al que cada uno de ellos tiende es la consecución del placer del órgano, y sólo después de su síntesis entran al servicio de la procreación, con lo cual se evidencian entonces, generalmente, como instintos sexuales. En su primera aparición se apoyan ante todo en los instintos de conservación, de los cuales no se separan luego sino muy poco a poco, siguiendo también en la elección de objeto los caminos que los instintos del yo les marcan. Parte de ellos permanece asociada a través de toda la vida a los instintos del yo, aportándoles componentes libidinosos que pasan fácilmente inadvertidos durante la función normal y sólo se hacen claramente perceptibles en el comienzo de una enfermedad. Se caracterizan por la facilidad con la que se reemplazan unos a otros y por su capacidad de cambiar indefinidamente de objeto. Estas últimas cualidades les hacen aptos para funciones muy alejadas de sus primitivos actos finales (es decir, capaces de sublimación).
Siendo los instintos sexuales aquellos en cuyo conocimiento hemos avanzado más hasta el día, limitaremos a ellos nuestra investigación de los destinos por los cuales pasan los instintos en el curso del desarrollo y de la vida. De estos destinos nos ha dado a conocer la observación los siguientes:
La transformación en lo contrario.
La orientación hacia la propia persona.
La represión.
La sublimación.
No proponiéndonos tratar aquí de la sublimación, y exigiendo la represión capítulo aparte, quédannos tan sólo la descripción y discusión de los dos primeros puntos. Por fuerzas motivacionales que actúan en contra de llevar a buen término un instinto en forma no modificada, podemos representarnos también sus destinos como modalidades de la defensa contra los instintos. La transformación en lo contrario se descompone, al someterla a un detenido examen, en dos distintos procesos, el cambio de un instinto desde la actividad a la pasividad y la inversión de contenido. Estos dos procesos, de esencia totalmente distinta, habrán de ser considerados separadamente.
Ejemplos del primer proceso son los pares antitéticos «sadismo-masoquismo» y «placer visual (escopofilia), exhibición». La transformación en lo contrario alcanza sólo a los fines del instinto. El fin activo -atormentar, ver- es sustituido por el pasivo -ser atormentado, ser visto-. La inversión de contenido se nos muestra en un solo ejemplo: la transformación del amor en odio. La orientación hacia la propia persona queda aclarada en cuanto reflexionamos que el masoquismo no es sino un sadismo dirigido contra el propio yo y que la exhibición entraña la contemplación del propio cuerpo. La observación analítica demuestra de un modo indubitable que el masoquista comparte el goce activo de la agresión a su propia persona y el exhibicionista el resultante de la desnudez de su propio cuerpo. Así, pues, lo esencial del proceso es el cambio de objeto, con permanencia del mismo fin. No puede ocultársenos que en estos ejemplos coinciden la orientación hacia la propia persona y la transformación desde la actividad a la pasividad.
Por tanto, para hacer resaltar claramente las relaciones resulta precisa una más profunda investigación. En el par antitético «sadismo-masoquismo» puede representarse el proceso en la forma siguiente:
a) El sadismo consiste en la violencia ejercida contra una persona distinta como objeto.
b) Este objeto es abandonado y sustituido por el propio sujeto. Con la orientación hacia la propia persona queda realizada también la transformación del fin activo del instinto en un fin pasivo.
c) Es buscada nuevamente como objeto una persona diferente, que a consecuencia de la transformación del fin tiene que encargarse del papel de 'sujeto'.
El caso c) es el de lo que vulgarmente se conoce con el nombre de masoquismo. También en él es alcanzada la satisfacción por el camino del sadismo primitivo, transfiriéndose en fantasía el pasivo yo a su lugar anterior, abandonado ahora al sujeto extraño. Es muy dudoso que exista una satisfacción masoquista más directa. No parece existir un masoquismo primitivo no nacido del sadismo en la forma descrita. La conducta del instinto sádico en la neurosis obsesiva demuestra que la hipótesis de la fase b) no es nada superflua. En la neurosis obsesiva hallamos la orientación hacia la propia persona sin la pasividad con respecto a otra.
La transformación no llega más que hasta la fase b). El deseo de atormentar se convierte en autotormento y autocastigo, no en masoquismo. El verbo activo no se convierte en pasivo, sino en un verbo reflexivo intermedio. Para la concepción del sadismo hemos de tener en cuenta que este instinto parece perseguir, a más de su fin general (o quizá mejor, dentro del mismo), un especialísimo acto final. Además de la humillación y el dominio, el causar dolor. Ahora bien, el psicoanálisis parece demostrar que el causar dolor no se halla integrado entre los actos finales primitivos del instinto. El niño sádico no tiende a causar dolor ni se lo propone expresamente. Pero una vez llevada a efecto la transformación en masoquismo, resulta el dolor muy apropiado para suministrar un fin pasivo masoquista, pues todo nos lleva a admitir que también las sensaciones dolorosas, como en general todas las displacientes, se extienden a la excitación sexual y originan un estado placiente que lleva al sujeto a aceptar de buen grado el displacer del dolor. Una vez que el experimentar dolor ha llegado a ser un fin masoquista, puede surgir también regresivamente el fin sádico de causar dolor, y de este dolor goza también aquel que lo inflige a otros, identificándose, de un modo masoquista, con el objeto que sufre el dolor. Naturalmente aquello que se goza en ambos casos no es el dolor mismo, sino la excitación sexual concomitante, cosa especialmente cómoda para el sádico. El goce del dolor sería, pues, un fin originariamente masoquista; pero que sólo se convierte en fin instintivo en alguien primitivamente sádico.
Para completar nuestra exposición añadiremos que la compasión no puede ser descrita como un resultado de la transformación de los instintos en el sadismo, sino que se requiere del concepto formación reactiva contra el instinto. Más adelante examinaremos esta distinción.
La investigación de otro par antitético de los instintos, cuyo fin es la contemplación y la exhibición (escopofilia y exhibicionismo en el lenguaje de las perversiones) nos proporciona resultados distintos y más sencillos. También aquí podemos establecer las mismas fases que en el caso anterior:
a) La contemplación como actividad orientada hacia un objeto ajeno.
b) El abandono del objeto, la orientación del instinto de contemplación hacia una parte del cuerpo de la propia persona, y con ello la transformación en pasividad y el establecimiento del nuevo fin: el de ser contemplado.
c) El establecimiento de un nuevo sujeto al que la persona se muestra para ser por él contemplado. Es casi indudable que el fin activo aparece antes que el pasivo, precediendo la contemplación a la exhibición. Pero surge aquí una importante diferencia con el caso del sadismo, diferencia consistente en que en el instinto de escopofilia hallamos aún una fase anterior a la señalada con la letra a). El instinto de escopofilia es, en efecto, autoerótico al principio de su actividad; posee un objeto, pero lo encuentra en el propio cuerpo. Sólo más tarde es llevado (por el camino de la comparación) a cambiar este objeto por una parte análoga del cuerpo ajeno (fase a). Esta fase preliminar es interesante por surgir de ella las dos situaciones del par antitético resultante, según el cambio tenga efecto en un lugar o en otro.
El esquema del instinto de escopofilia podría establecerse como sigue:
a) Uno contempla un órgano sexual = Un órgano sexual es contemplado por uno mismo.
b) Uno contempla un objeto ajeno (escopofilia activa).
c) Un objeto que puede ser uno mismo o parte de uno es contemplado por una persona ajena (exhibicionismo).
Tal fase preliminar no se presenta en el sadismo, el cual se orienta desde un principio hacia un objeto ajeno. De todos modos no sería absurdo deducirla de los esfuerzos del niño que quiere tomar el control de sus propios miembros. A los dos ejemplos de instintos que aquí venimos considerando puede serles aplicada la observación de que la transformación de los instintos por cambio de actividad en pasividad y por orientación hacia la propia persona nunca se realiza en la totalidad del contingente instintivo. El primitivo sentido activo del instinto continúa subsistiendo en cierto grado junto al sentido pasivo ulterior, incluso en aquellos casos en los que el proceso de transformación del instinto ha sido muy amplio. La única afirmación exacta sobre el instinto de escopofilia sería la de que todas las fases evolutivas del instinto, tanto la fase preliminar autoerótica como la estructura final activa o pasiva, continúan existiendo conjuntamente, y esta afirmación se hace indiscutible cuando en lugar de los actos a que llevan los instintos tomamos como base de nuestro juicio el mecanismo de la satisfacción. Quizá resulte aún justificada otra distinta concepción y descripción. La vida de cada instinto puede considerarse dividida en diversas series de ondas, temporalmente separadas e iguales, dentro de la unidad de tiempo (arbitraria), semejantes a sucesivas erupciones de lava.
Podemos así representarnos que la primera y primitiva erupción del instinto continúa sin experimentar transformación ni desarrollo ningunos. El impulso siguiente experimentaría, en cambio, desde su principio una modificación, quizá la transición de actividad a la pasividad, y se sumaría con este nuevo carácter a la onda anterior, y así sucesivamente. Si consideramos entonces los movimientos instintivos, desde su principio hasta un punto determinado, la descrita sucesión de las ondas tiene que ofrecernos el cuadro de un desarrollo determinado del instinto. El hecho de que en tal época ulterior del desarrollo de un impulso instintivo se observa, junto a cada movimiento instintivo, su contrario (pasivo), merece ser expresamente acentuado con el nombre de ambivalencia, acertadamente introducido por Bleuler. La subsistencia de las fases intermedias y la historia de la evolución del instinto nos han aproximado a la inteligencia de esta evolución. La amplitud de la ambivalencia varía mucho, según hemos podido comprobar, en los distintos individuos, grupos humanos o razas. Los casos de amplia ambivalencia en individuos contemporáneos pueden ser interpretados como casos de herencia arcaica, pues todo nos lleva a suponer que la participación en la vida instintiva de impulsos activos en forma no modificada fue en épocas primitivas mucho mayor que hoy.
Nos hemos acostumbrado a denominar narcisismo la temprana fase del yo, durante la cual se satisfacen autoeróticamente los instintos sexuales del mismo, sin entrar de momento a discutir la relación entre autoerotismo y narcisismo. De este modo diremos que la fase preliminar del instinto de escopofilia, en la cual el placer visual tiene como objeto el propio cuerpo, pertenece al narcisismo y es una formación narcisista. De ella se desarrolla el instinto de escopofilia activo, abandonando el narcisismo; en cambio, el instinto de escopofilia pasivo conservaría el objeto narcisista. Igualmente, la transformación del sadismo en masoquismo significa un retorno al objeto narcisista, mientras que en ambos casos es sustituido el sujeto narcisista por identificación con otro yo ajeno. Teniendo en cuenta la fase preliminar narcisista del sadismo antes establecida, nos acercamos así al conocimiento más general de que la orientación de los instintos hacia el propio yo y la inversión de la actividad a la pasividad dependen de la organización narcisista del yo y llevan impreso el sello de esta fase. Corresponden quizá a las tentativas de defensa, realizadas con otros medios en fases superiores del desarrollo del yo.
Recordemos aquí que hasta ahora sólo hemos traído a discusión los dos pares antitéticos «sadismo-masoquismo» y «escopofilia-exhibición». Son éstos los instintos sexuales ambivalentes mejor conocidos. Los demás componentes de la función sexual ulterior no son aún suficientemente asequibles al análisis para que podamos discutirlos de un modo análogo. Podemos decir de ellos, en general, que actúan autoeróticamente, esto es, que su objeto es pasado por alto ante el órgano que constituye su fuente y coincide casi siempre con él. Aunque el objeto del instinto de escopofilia es también al principio una parte del propio cuerpo, no es, sin embargo, el ojo mismo; y en el sadismo, la fuente orgánica, probablemente la musculatura capaz de acción, señala inequívocamente otro objeto distinto, aunque también en el propio cuerpo. En los instintos autoeróticos es tan decisivo el papel de la fuente orgánica, que, según una hipótesis de P. Federn (1913) y L. Jekels (1913), la forma y la función del órgano deciden la actividad o pasividad del fin del instinto. El cambio de contenido de un instinto en su contrario no se observa sino en un único caso; en la conversión del amor en odio. Estos dos sentimientos aparecen también muchas veces orientados conjuntamente hacia un solo y mismo objeto, ofreciéndonos así el más importante ejemplo de ambivalencia de sentimientos.
Este caso del amor y el odio adquiere un especial interés, por la circunstancia de no encajar en nuestro esquema de los instintos. No puede dudarse de la íntima relación entre estos dos contrarios sentimentales y la vida sexual, pero hemos de resistirnos a considerar el amor como un particular instinto parcial de la sexualidad, de la misma manera de los otros que hemos estado discutiendo. Preferiríamos ver en el amor la expresión de la tendencia sexual total, pero tampoco acaba esto de satisfacernos, y no sabemos cómo representarnos el contenido opuesto de esta tendencia. El amor es susceptible de tres antítesis y no de una sola. Aparte de la antítesis «amar-odiar», existe la de «amar-ser amado», y, además el amor y el odio, tomados conjuntamente, se oponen a la indiferencia. De estas tres antítesis, la segunda -«amar-ser amado»- corresponde a la transformación de la actividad a la pasividad, y puede ser referida, como el instinto de escopofilia, a una situación fundamental, la de amarse a sí mismo, situación que es para nosotros la característica del narcisismo. Según que el objeto o el sujeto sean cambiados por otros ajenos, resulta la finalidad activa de amar o la pasiva de ser amado, próxima al narcisismo.
Quizá nos aproximemos más a la comprensión de las múltiples antítesis del amor reflexionando que la vida anímica es dominada en general por tres polarizaciones; esto es, por las tres antítesis siguientes:
Sujeto (yo) - Objeto (mundo exterior).
Placer-Displacer.
Actividad-Pasividad.
La antítesis yo-no yo (lo exterior) (sujeto-objeto) es impuesta al individuo muy tempranamente, como ya indicamos, por la experiencia de que puede hacer cesar, mediante una acción muscular, los estímulos exteriores, careciendo, en cambio, de toda defensa contra los estímulos instintivos. Ante todo esta antítesis conserva una absoluta soberanía en lo referente a la función intelectual y crea para la investigación la situación fundamental, que no puede ser ya modificada por ningún esfuerzo. La polarización «placer-displacer» acompaña a una serie de sensaciones, cuya insuperada importancia para la decisión de nuestros actos (voluntad) hemos acentuado ya. La antítesis «actividad-pasividad» no debe confundirse con la de «yo-sujeto exterior-objeto». El yo se conduce pasivamente con respecto al mundo exterior en tanto en cuanto recibe de él estímulos, y activamente cuando a dichos estímulos reacciona. Sus instintos le imponen una especialísima actividad con respecto al mundo exterior, de manera que, acentuando lo esencial, podríamos decir lo siguiente: el yo-sujeto es pasivo con respecto a los estímulos exteriores, pero activo a través de sus propios instintos. La antítesis «activo-pasivo» se funde luego con la de «masculino-femenino», que antes de esta fusión carecía de significación psicológica. La unión de la actividad con la masculinidad y de la pasividad con la femineidad nos sale al encuentro como un hecho biológico, pero no es en ningún modo tan regularmente total y exclusiva como se está inclinado a suponer.
Las tres polarizaciones anímicas establecen entre sí importantes conexiones. Existe una situación primitiva psíquica en la cual coinciden dos de ellas. El yo se encuentra originariamente al principio de la vida anímica, revestido (catectizado) de instintos, y es en parte capaz de satisfacer sus instintos en sí mismo. A este estado le damos el nombre de «narcisismo», y calificamos de autoerótica a la posibilidad de satisfacción correspondiente. El mundo exterior no atrae a sí en esta época interés (catexias) ninguno (en términos generales) y es indiferente a la satisfacción. Así, pues, durante ella coincide el yo-sujeto con lo placiente y el mundo exterior con lo indiferente (o displaciente a veces, como fuente de estímulos). Si definimos, por lo pronto, el amor como la relación del yo con sus fuentes de placer, la situación en la que el yo se ama a sí mismo con exclusión de todo otro objeto y se muestra indiferente al mundo exterior, nos aclarará la primera de las relaciones antitéticas en las que hemos hallado al «amor». El yo no precisa del mundo exterior en tanto en cuanto es autoerótico; pero recibe de él objetos a consecuencia de los procesos de los instintos de conservación y no puede por menos de sentir como displacientes, durante algún tiempo, los estímulos instintivos interiores. Bajo el dominio del principio del placer se realiza luego en él un desarrollo ulterior. Acoge en su yo los objetos que le son ofrecidos en tanto en cuanto constituyen fuentes de placer y se los introyecta (según la expresión de Ferenczi), alejando, por otra parte, de sí aquello que en su propio interior constituye motivo de displacer. (Véase más adelante el mecanismo de la proyección.)
Pasamos así desde el primitivo yo de realidad, que ha diferenciado el interior del exterior conforme a exactos signos objetivos, a un yo de placer, que antepone a todos los signos el carácter placiente. El mundo exterior se divide para él en una parte placiente, que se incorpora, y un resto, extraño a él. Ha separado del propio yo una parte que proyecta al mundo exterior y percibe como hostil a él. Después de esta nueva ordenación queda nuevamente establecida la coincidencia de las dos polarizaciones, o sea la del yo-sujeto con placer y la del mundo exterior con el displacer (antes indiferencia).
Con la entrada del objeto en la fase del narcisismo primario alcanza también su desarrollo la segunda antítesis del amor: el odio. El objeto es aportado primeramente al yo, como ya hemos visto, por los instintos de conservación, que lo toman del mundo exterior, y no puede negarse que también el primitivo sentido del odio es el de la relación contra el mundo exterior, ajeno al yo y aportador de estímulos. La indiferencia le cede el lugar al odio o a la aversión, después de haber surgido primeramente como precursora del mismo. El mundo externo, el objeto y lo odiado habrían sido al principio idénticos. Cuando luego demuestra el objeto ser una fuente de placer es amado, pero también incorporado al yo, de manera que para el yo de placer purificado coincide de nuevo el objeto con lo ajeno y lo odiado.
Observamos también ahora que así como el par antitético «amor-indiferencia» refleja la polarización «yo-mundo exterior», la segunda antítesis «amor-odio» reproduce la polarización «placer-displacer» enlazada con la primera. Después de la sustitución de la etapa puramente narcisista por la objetal, el placer y el displacer significan relaciones del yo con el objeto. Cuando el objeto llega a ser fuente de sensaciones de placer, surge una tendencia motora que aspira a acercarlo e incorporarlo al yo. Hablamos entonces de la «atracción» ejercida por el objeto productor de placer y decimos que lo «amamos». Inversamente, cuando el objeto es fuente de displacer, nace una tendencia que aspira a aumentar su distancia del yo, repitiendo con él la primitiva tentativa de fuga ante el mundo exterior emisor de estímulos. Sentimos la «repulsa» del objeto y lo odiamos; odio que puede intensificarse hasta la tendencia a la agresión contra el objeto y el propósito de destruirlo.
En último término, podríamos decir que el instinto «ama» al objeto al que tiende para lograr su satisfacción. En cambio, nos parece extraño e impropio oír que un instinto «odia» a un objeto, y de este modo caemos en la cuenta de que los conceptos de «amor» y «odio» no son aplicables a las relaciones de los instintos con sus objetos, debiendo ser reservados para la relación del yo total con los objetos. Pero la observación de los usos del lenguaje, tan significativos siempre, nos muestra una nueva limitación de la significación del amor y el odio. De los objetos que sirven a la conservación del yo no decimos que los amamos sino acentuamos que necesitamos de ellos, añadiendo quizá una relación distinta por medio de palabras expresivas de un amor muy disminuido, tales como las de 'agradar', 'gustar', 'interesar'. Así, pues, la palabra «amar» se inscribe cada vez más en la esfera de la pura relación de placer del yo con el objeto y se fija, por último, a los objetos estrictamente sexuales y a aquellos otros que satisfacen las necesidades de los instintos sexuales sublimados. La separación entre instintos del yo e instintos sexuales que hemos impuesto a nuestra psicología demuestra así hallarse en armonía con el espíritu de nuestro idioma. El hecho de que no acostumbramos decir que un instinto sexual ama a su objeto y veamos el más adecuado empleo de la palabra «amar» en la relación del yo con un objeto sexual, nos enseña que su empleo en tal relación comienza únicamente con la síntesis de todos los instintos parciales de la sexualidad, bajo la primacía de los genitales y al servicio de la reproducción.
Es de observar que en el uso de la palabra «odiar» no aparece esa relación tan íntima con el placer sexual y la función sexual; por el contrario, la relación de displacer parece ser aquí la única decisiva. El yo odia, aborrece y persigue con propósitos destructores a todos los objetos que llega a suponerlos una fuente de sensaciones de displacer, constituyendo una privación de la satisfacción sexual o de la satisfacción de necesidades de conservación. Puede incluso afirmarse que el verdadero prototipo de la relación de odio no procede de la vida sexual, sino de la lucha del yo por su conservación y mantención. La relación entre el odio y el amor, que se nos presentan como completas antítesis de contenidos, no es, pues, nada sencilla. El odio y el amor no han surgido de la disociación de un todo original, sino que tienen diverso origen y han pasado por un desarrollo distinto y particular cada uno, antes de constituirse en antítesis bajo la influencia de la relación «placer-displacer». Se nos plantea aquí la labor de reunir todo lo que sobre la génesis del amor y el odio sabemos.
El amor procede de la capacidad del yo de satisfacer autoeróticamente, por la adquisición de placer orgánico, algunos de sus impulsos instintivos. Originariamente narcisista, pasa luego a los objetos que han sido incorporados al yo ampliado y expresa la tendencia motora del yo hacia estos objetos, considerados como fuentes de placer. Se enlaza íntimamente con la actividad de los instintos sexuales ulteriores y, una vez realizada la síntesis de estos instintos, coincide con la totalidad de la tendencia sexual. Mientras los instintos sexuales pasan por su complicado desarrollo, aparecen etapas preliminares del amor en calidad de fines sexuales provisorios. La primera de estas etapas es de incorporación o devorar, modalidad del amor que resulta compatible con la supresión de la existencia separada del objeto y puede, por tanto, ser calificada de ambivalente. En la fase superior de la organización pregenital sádicoanal surge la aspiración al objeto en la forma de impulso al dominio, impulso para el cual es indiferente el daño o la destrucción del objeto. Esta forma y fase preliminar del amor apenas se diferencia del odio en su conducta para con el objeto. Hasta el establecimiento de la organización genital no se constituye el amor en antítesis del odio.
El odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor. Nace de la repulsa primitiva del mundo exterior emisor de estímulos por parte del yo narcisista primitivo. Como expresión de la reacción de displacer provocada por los objetos, permanece siempre en íntima relación con los instintos de conservación, en forma tal que los instintos del yo y los sexuales entran fácilmente en una antítesis que reproduce la del amor y el odio. Cuando los instintos del yo dominan la función sexual, como sucede en la fase de la organización sádico-anal, prestan al fin del instinto los caracteres del odio. La historia de la génesis y de las relaciones del amor nos hace comprensible su frecuentísima ambivalencia, o sea la circunstancia de aparecer acompañado de sentimientos de odio orientados hacia el mismo objeto. El odio mezclado al amor procede en parte de las fases preliminares del amor, no superadas aún por completo, y en parte de reacciones de repulsa de los instintos del yo, los cuales pueden alegar motivos reales y actuales en los frecuentes conflictos entre los intereses del yo y los del amor. Así, pues, en ambos casos, el odio mezclado tiene su fuente en los instintos de conservación del yo. Cuando la relación amorosa con un objeto determinado queda rota, no es extraño ver surgir el odio en su lugar, circunstancia que nos da la impresión de una transformación del odio en amor. Más allá de esta descripción nos lleva ya la teoría de que en tal caso el odio realmente motivado es reforzado por la regresión del amor a la fase preliminar sádica, de manera que el odio recibe un carácter erótico, asegurándose la continuidad de una relación amorosa.
La tercera antítesis del amor, o sea la transformación de amar en ser amado, corresponde a la influencia de la polarización de actividad y pasividad y queda subordinada al mismo juicio que los casos del instinto de escopofilia y del sadismo. Sintetizando, podemos decir que los destinos de los instintos consisten esencialmente en que los impulsos instintivos son sometidos a la influencia de las tres grandes polarizaciones que dominan la vida anímica. De estas tres polarizaciones podríamos decir que la de «actividad-pasividad» es la biológica; la de «yo-mundo exterior», la de realidad, y la de «placer-displacer», la polaridad económica. Otro de los destinos de los instintos -la represión- forma parte de la investigación que sigue.
Hemos oído expresar más de una vez la opinión de que una ciencia debe hallarse edificada sobre conceptos fundamentales, claros y precisamente definidos. En realidad, ninguna ciencia, ni aun la más exacta comienza por tales definiciones. El verdadero principio de la actividad científica consiste más bien en la descripción de fenómenos, que luego son agrupados, ordenados y relacionados entre sí.
Ya en esta descripción se hace inevitable aplicar al material determinadas ideas abstractas extraídas de diversos sectores y, desde luego, no únicamente de la observación del nuevo conjunto de fenómenos descritos. Más imprescindibles aún resultan tales ideas -los ulteriores principios fundamentales de la ciencia- en la subsiguiente elaboración de la materia. Al principio han de presentar cierto grado de indeterminación, y es imposible hablar de una clara delimitación de su contenido. Mientras permanecen en este estado, nos concertamos sobre su significación por medio de repetidas referencias al material del que parecen derivadas, pero que en realidad les es subordinado. Presentan, pues, estrictamente consideradas, el carácter de convenciones, circunstancia en la que todo depende de que no sean elegidas arbitrariamente, sino que se hallen determinadas por importantes relaciones con la materia empírica, relaciones que creemos adivinar antes de hacérsenos asequibles su conocimiento y demostración. Sólo después de una más profunda investigación del campo de fenómenos de que se trate resulta posible precisar más sus conceptos fundamentales científicos y modificarlos progresivamente, de manera a extender en gran medida su esfera de aplicación haciéndolos así irrebatibles. Este podrá ser el momento de concretarlos en definiciones. Pero el progreso del conocimiento no tolera tampoco la inalterabilidad de las definiciones. Como nos lo evidencia el ejemplo de la Física, también los «conceptos fundamentales» fijados en definiciones experimentan una perpetua modificación del contenido.
Un semejante principio básico convencional, todavía algo oscuro, pero del que no podemos prescindir en Psicología, es el del instinto ('Trieb'). Intentaremos establecer su significación, aportándole contenido desde diversos sectores. En primer lugar, desde el campo de la Fisiología. Esta ciencia nos ha dado el concepto del estímulo y el esquema del arco reflejo, concepto según el cual un estímulo aportado desde el exterior al tejido vivo (de la sustancia nerviosa) es derivado hacia el exterior por medio de la acción. Esta acción logra su fin sustrayendo la sustancia estimulada a la influencia del estímulo, alejándola de la esfera de actuación del mismo. ¿Cuál es ahora la relación del «instinto» con el «estímulo»? Nada nos impide subordinar el concepto de instinto al de estímulo. El instinto sería entonces un estímulo para lo psíquico. Mas en seguida advertimos la improcedencia de equiparar el instinto al estímulo psíquico. Para lo psíquico existen, evidentemente, otros estímulos distintos de los instintivos y que se comportan más bien de un modo análogo a los fisiológicos. Así, cuando la retina es herida por una intensa luz, no nos hallamos ante un estímulo instintivo. Sí, en cambio, cuando se hace perceptible la sequedad de las mucosas bucales o la irritación de las del estómago.
Tenemos ya material bastante para distinguir los estímulos instintivos de otros (fisiológicos) que actúan sobre lo anímico. En primer lugar, los estímulos instintivos no proceden del mundo exterior, sino del interior del organismo. Por esta razón actúan diferentemente sobre lo anímico y exigen, para su supresión, distintos actos. Pero, además, para dejar fijadas las características esenciales del estímulo, basta con admitir que actúa como un impulso único, pudiendo ser, por tanto, suprimido mediante un único acto adecuado, cuyo tipo será la fuga motora ante la fuente de la cual emana. Naturalmente, pueden tales impulsos repetirse y sumarse; pero esto no modifica en nada la interpretación del proceso ni las condiciones de la supresión del estímulo. El instinto, en cambio, no actúa nunca como una fuerza de impacto momentánea, sino siempre como una fuerza constante. No procediendo del mundo exterior, sino del interior del cuerpo, la fuga es ineficaz contra él. Al estímulo instintivo lo denominaremos mejor necesidad, y lo que suprime esta necesidad es la satisfacción. Esta puede ser alcanzada únicamente por una transformación adecuada de la fuente de estímulo interna.
Coloquémonos ahora en la situación de un ser viviente, desprovisto casi en absoluto de medios de defensa y no orientado aún en el mundo, que recibe estímulos en su sustancia nerviosa. Este ser llegará muy pronto a realizar una primera diferenciación y a adquirir una primera orientación. Por un lado, percibirá estímulos a los que le es posible sustraerse mediante una acción muscular (fuga), y atribuirá estos estímulos al mundo exterior. Pero también percibirá otros, contra los cuales resulta ineficaz tal acción y que conservan, a pesar de la misma, su carácter constantemente apremiante. Estos últimos constituirán un signo característico del mundo interior y una demostración de la existencia de necesidades instintivas. La sustancia perceptora del ser viviente hallará así, en la eficacia de su actividad muscular, un punto de apoyo para distinguir un «exterior» de un «interior».
Encontramos, pues, la esencia del instinto primeramente en sus caracteres principales, su origen de fuentes de estímulo situadas en el interior del organismo y su aparición como fuerza constante, y derivamos de ella otra de sus cualidades: la ineficacia de la fuga para su supresión. Pero durante estas reflexiones hubimos de descubrir algo que nos fuerza a una nueva confesión. No sólo aplicamos a nuestro material determinadas convenciones como conceptos fundamentales, sino que nos servimos, además, de algunos complicados postulados para guiarnos en la elaboración del mundo de los fenómenos psicológicos. Ya hemos delineado antes en términos generales lo más importante de este postulado; quédanos tan sólo hacerlo resaltar expresamente. Es de naturaleza biológico, labora con el concepto de la intención (eventualmente con el de la conveniencia) y su contenido es como sigue: el sistema nervioso es un aparato al que compete la función de suprimir los estímulos que hasta él llegan, a reducirlos a su mínimo nivel, y que, si ello fuera posible, quisiera mantenerse libre de todo estímulo. Admitiendo interinamente esta idea, sin parar mientes en su determinación, atribuiremos, en general, al sistema nervioso la labor del control de los estímulos. Vemos entonces cuánto complica el sencillo esquema fisiológico de reflejos la introducción de los instintos.
Los estímulos exteriores no plantean más problemas que el de sustraerse a ellos, cosa que sucede por medio de movimientos musculares, uno de los cuales acaba por alcanzar tal fin y se convierte entonces, como el más adecuado, en disposición hereditaria. En cambio, los estímulos instintivos nacidos en el interior del cuerpo no pueden ser suprimidos por medio de este mecanismo. Plantean, pues, exigencias mucho más elevadas al sistema nervioso, le inducen a complicadísimas actividades, íntimamente relacionadas entre sí, que modifican ampliamente el mundo exterior hasta hacerle ofrecer la satisfacción de la fuente de estímulo interna, y manteniendo una inevitable aportación continua de estímulos, le fuerzan a renunciar a su propósito ideal de conservarse alejado de ellos. Podemos, pues, concluir que los instintos y no los estímulos externos son los verdaderos motores de los progresos que han llevado a su actual desarrollo al sistema nervioso, tan inagotablemente capaz de rendimiento. Nada se opone a la suposición de que los instintos mismos son, por lo menos en parte, residuos de efectos por estímulos externos que en el curso de la filogénesis actuaron modificativamente sobre la sustancia viva.
Cuando después hallamos que toda actividad, incluso la del aparato anímico más desarrollado, se encuentra sometida al principio del placer, o sea que es regulada automáticamente por sensaciones de la serie «placer-displacer», nos resulta ya difícil rechazar la hipótesis inmediata de que estas sensaciones reproducen la forma en la que se desarrolla el control de los estímulos, y seguramente en el sentido de que la sensación de displacer se halla relacionada con un incremento del estímulo y la de placer con una disminución del mismo. Mantendremos la amplia indeterminación de esta hipótesis hasta que consigamos adivinar la naturaleza de la relación entre la serie «placer-displacer» y las oscilaciones de las magnitudes de estímulo que actúan sobre la vida anímica. Desde luego han de ser posibles muy diversas y complicadas relaciones de este género. Si consideramos la vida anímica desde el punto de vista biológico, se nos muestra el «instinto» como un concepto límite entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo, que arriban al alma, y como una magnitud de la exigencia de trabajo impuesta a lo anímico a consecuencia de su conexión con lo somático.
Podemos discutir ahora algunos términos empleados en relación con el concepto del instinto, tales como perentoriedad, fin, objeto y fuente del instinto. Por perentoriedad ('Drang') de un instinto se entiende su factor motor, esto es, la suma de fuerza o la cantidad de exigencia de trabajo que representa. Este carácter perentorio es una cualidad general de los instintos e incluso constituye la esencia de los mismos. Cada instinto es una magnitud de actividad, y al hablar negligentemente de instintos pasivos se alude tan sólo a instintos de fin pasivo.
El fin ('Ziel') de un instinto es siempre la satisfacción, que sólo puede ser alcanzada por la supresión del estado de estimulación de la fuente del instinto. Pero aun cuando el fin último de todo instinto es invariable, puede haber diversos caminos que conduzcan a él, de manera que para cada instinto pueden existir diferentes fines próximos susceptibles de ser combinados o sustituidos entre sí. La experiencia nos permite hablar también de instintos coartados en su fin, esto es, de procesos a los que se permite avanzar cierto espacio hacia la satisfacción del instinto, pero que experimentan luego una inhibición o una desviación. Hemos de admitir que también con tales procesos se halla enlazada una satisfacción parcial.
El objeto ('Objekt') del instinto es la cosa en la cual o por medio de la cual puede el instinto alcanzar su satisfacción. Es lo más variable del instinto; no se halla enlazado a él originariamente, sino subordinado a él a consecuencia de su adecuación al logro de la satisfacción. No es necesariamente algo exterior al sujeto, sino que puede ser una parte cualquiera de su propio cuerpo y es susceptible de ser sustituido indefinidamente por otro en el curso de los destinos de la vida del instinto. Este desplazamiento del instinto desempeña importantísimas funciones. Puede presentarse el caso de que el mismo objeto sirva simultáneamente a la satisfacción de varios instintos (el caso de la confluencia de los instintos, según Alfredo Adler). Cuando un instinto aparece ligado de un modo especialmente íntimo y estrecho al objeto, hablamos de una fijación de dicho instinto. Esta fijación tiene efecto con gran frecuencia en períodos muy tempranos del desarrollo de los instintos y pone fin a la movilidad del instinto de que se trate, oponiéndose intensamente a su separación del objeto. Por fuente ('Quelle') del instinto se entiende aquel proceso somático que se desarrolla en un órgano o una parte del cuerpo, y es representado en la vida anímica por el instinto. Se ignora si este proceso es regularmente de naturaleza química o puede corresponder también al desarrollo de otras fuerzas; por ejemplo, de fuerzas mecánicas. El estudio de las fuentes del instinto no corresponde ya a la Psicología. Aunque el hecho de nacer de fuentes somáticas sea en realidad lo decisivo para el instinto, éste no se nos da a conocer en la vida anímica sino por sus fines. Para la investigación psicológica no es absolutamente indispensable más preciso conocimiento de las fuentes del instinto, y muchas veces pueden ser deducidas éstas del examen de los fines del instinto.
¿Habremos de suponer que los diversos instintos procedentes de lo somático y que actúan sobre lo psíquico se hallan también caracterizados por cualidades diferentes y actúan por esta causa de un modo cualitativamente distinto de la vida anímica? A nuestro juicio, no. Bastará más bien admitir simplemente que todos los instintos son cualitativamente iguales y que su efecto no depende sino de las magnitudes de excitación que llevan consigo y quizá de ciertas funciones de esta cantidad. Las diferencias que presentan las funciones psíquicas de los diversos instintos pueden atribuirse a la diversidad de las fuentes de estos últimos. Más adelante, y en una distinta relación, llegaremos, de todos modos, a aclarar lo que el problema de la cualidad de los instintos significa. ¿Cuántos y cuáles instintos habremos de contar? Queda abierto aquí un amplio margen a la arbitrariedad, pues nada podemos objetar a aquellos que hacen uso de los conceptos de instinto de juego, de destrucción o de sociabilidad cuando la materia lo demanda y lo permite la limitación del análisis psicológico. Sin embargo, no deberá perderse de vista la posibilidad de que estas motivaciones instintivas, tan especializadas, sean susceptibles de una mayor descomposición en lo que a las fuentes del instinto se refiere, resultando así que sólo los instintos primitivos, aquellos no posibles de disecar más allá, podrían aspirar a una significación.
Por nuestra parte, hemos propuesto distinguir dos grupos de estos instintos primitivos: el de los instintos del yo o instintos de conservación y el de los instintos sexuales. Esta división no constituye una hipótesis necesaria, como la que antes hubimos de establecer sobre la intención biológica del aparato anímico. No es sino una construcción auxiliar, que sólo mantendremos mientras nos sea útil y cuya sustitución por otra no puede modificar sino muy poco los resultados de nuestra labor descriptiva y ordenadora. La ocasión de establecerla ha surgido en el curso evolutivo del psicoanálisis, cuyo primer objeto fueron las psiconeurosis o, más precisamente, aquel grupo de psiconeurosis a las que damos el nombre de «neurosis de transferencia» (la histeria y la neurosis obsesiva), estudio que nos llevó al conocimiento de que en la raíz de cada una de tales afecciones existía un conflicto entre las aspiraciones de la sexualidad y las del yo. Es muy posible que un más penetrante análisis de las restantes afecciones neuróticas (y ante todo de las psiconeurosis narcisistas, o sea de las esquizofrenias) nos impongan una modificación de esta fórmula y con ella una distinta agrupación de los instintos primitivos. Mas por ahora no conocemos tal nueva fórmula ni hemos hallado ningún argumento desfavorable a la oposición de instintos del yo e instintos sexuales.
Dudo mucho de que la elaboración del material psicológico pueda proporcionarnos datos decisivos para la diferenciación y clasificación de los instintos. A los fines de esta elaboración parece más bien necesario aplicar al material determinadas hipótesis sobre la vida instintiva, y sería deseable que tales hipótesis pudieran ser tomadas de un sector diferente y transferidas luego al de la Psicología. Aquello que en esta cuestión nos suministra la Biología no se opone, ciertamente, a la diferenciación de instintos del yo e instintos sexuales. La Biología enseña que la sexualidad no puede equipararse a las demás funciones del individuo, dado que sus propósitos van más allá del mismo y aspiran a la producción de nuevos individuos, o sea a la conservación de la especie. Nos muestra además, como igualmente justificadas, dos distintas concepciones de la relación entre el yo y la sexualidad; una, para la cual es el individuo lo principal, la sexualidad una de sus actividades y la satisfacción sexual una de sus necesidades, y otra, que considera al individuo como un accesorio temporal y pasajero del plasma germinativo casi inmortal, que le fue confiado por el proceso de generación. La hipótesis de que la función sexual se distingue de las demás por un quimismo especial aparece también integrada, según creo, en la investigación biológica de Ehrlich.
Dado que el estudio de la vida instintiva desde la mira consciente presenta dificultades casi insuperables, continúa siendo la investigación psicoanalítica de las perturbaciones anímicas la fuente principal de nuestro conocimiento. Pero correlativamente al curso de su desarrollo, no nos ha suministrado hasta ahora el psicoanálisis datos satisfactorios más que sobre los instintos sexuales, por ser éste el único grupo de instintos que le ha sido posible aislar y considerar por separado en las psiconeurosis. Con la extensión del psicoanálisis a las demás afecciones neuróticas quedará también cimentado seguramente nuestro conocimiento de los instintos del yo, aunque parece imprudente esperar hallar en este campo de investigación condiciones análogamente favorables a la labor observadora.
De los instintos sexuales podemos decir, en general, lo siguiente: son muy numerosos, proceden de múltiples y diversas fuentes orgánicas, actúan al principio independientemente unos de otros y sólo ulteriormente quedan reunidos en una síntesis más o menos perfecta. El fin al que cada uno de ellos tiende es la consecución del placer del órgano, y sólo después de su síntesis entran al servicio de la procreación, con lo cual se evidencian entonces, generalmente, como instintos sexuales. En su primera aparición se apoyan ante todo en los instintos de conservación, de los cuales no se separan luego sino muy poco a poco, siguiendo también en la elección de objeto los caminos que los instintos del yo les marcan. Parte de ellos permanece asociada a través de toda la vida a los instintos del yo, aportándoles componentes libidinosos que pasan fácilmente inadvertidos durante la función normal y sólo se hacen claramente perceptibles en el comienzo de una enfermedad. Se caracterizan por la facilidad con la que se reemplazan unos a otros y por su capacidad de cambiar indefinidamente de objeto. Estas últimas cualidades les hacen aptos para funciones muy alejadas de sus primitivos actos finales (es decir, capaces de sublimación).
Siendo los instintos sexuales aquellos en cuyo conocimiento hemos avanzado más hasta el día, limitaremos a ellos nuestra investigación de los destinos por los cuales pasan los instintos en el curso del desarrollo y de la vida. De estos destinos nos ha dado a conocer la observación los siguientes:
La transformación en lo contrario.
La orientación hacia la propia persona.
La represión.
La sublimación.
No proponiéndonos tratar aquí de la sublimación, y exigiendo la represión capítulo aparte, quédannos tan sólo la descripción y discusión de los dos primeros puntos. Por fuerzas motivacionales que actúan en contra de llevar a buen término un instinto en forma no modificada, podemos representarnos también sus destinos como modalidades de la defensa contra los instintos. La transformación en lo contrario se descompone, al someterla a un detenido examen, en dos distintos procesos, el cambio de un instinto desde la actividad a la pasividad y la inversión de contenido. Estos dos procesos, de esencia totalmente distinta, habrán de ser considerados separadamente.
Ejemplos del primer proceso son los pares antitéticos «sadismo-masoquismo» y «placer visual (escopofilia), exhibición». La transformación en lo contrario alcanza sólo a los fines del instinto. El fin activo -atormentar, ver- es sustituido por el pasivo -ser atormentado, ser visto-. La inversión de contenido se nos muestra en un solo ejemplo: la transformación del amor en odio. La orientación hacia la propia persona queda aclarada en cuanto reflexionamos que el masoquismo no es sino un sadismo dirigido contra el propio yo y que la exhibición entraña la contemplación del propio cuerpo. La observación analítica demuestra de un modo indubitable que el masoquista comparte el goce activo de la agresión a su propia persona y el exhibicionista el resultante de la desnudez de su propio cuerpo. Así, pues, lo esencial del proceso es el cambio de objeto, con permanencia del mismo fin. No puede ocultársenos que en estos ejemplos coinciden la orientación hacia la propia persona y la transformación desde la actividad a la pasividad.
Por tanto, para hacer resaltar claramente las relaciones resulta precisa una más profunda investigación. En el par antitético «sadismo-masoquismo» puede representarse el proceso en la forma siguiente:
a) El sadismo consiste en la violencia ejercida contra una persona distinta como objeto.
b) Este objeto es abandonado y sustituido por el propio sujeto. Con la orientación hacia la propia persona queda realizada también la transformación del fin activo del instinto en un fin pasivo.
c) Es buscada nuevamente como objeto una persona diferente, que a consecuencia de la transformación del fin tiene que encargarse del papel de 'sujeto'.
El caso c) es el de lo que vulgarmente se conoce con el nombre de masoquismo. También en él es alcanzada la satisfacción por el camino del sadismo primitivo, transfiriéndose en fantasía el pasivo yo a su lugar anterior, abandonado ahora al sujeto extraño. Es muy dudoso que exista una satisfacción masoquista más directa. No parece existir un masoquismo primitivo no nacido del sadismo en la forma descrita. La conducta del instinto sádico en la neurosis obsesiva demuestra que la hipótesis de la fase b) no es nada superflua. En la neurosis obsesiva hallamos la orientación hacia la propia persona sin la pasividad con respecto a otra.
La transformación no llega más que hasta la fase b). El deseo de atormentar se convierte en autotormento y autocastigo, no en masoquismo. El verbo activo no se convierte en pasivo, sino en un verbo reflexivo intermedio. Para la concepción del sadismo hemos de tener en cuenta que este instinto parece perseguir, a más de su fin general (o quizá mejor, dentro del mismo), un especialísimo acto final. Además de la humillación y el dominio, el causar dolor. Ahora bien, el psicoanálisis parece demostrar que el causar dolor no se halla integrado entre los actos finales primitivos del instinto. El niño sádico no tiende a causar dolor ni se lo propone expresamente. Pero una vez llevada a efecto la transformación en masoquismo, resulta el dolor muy apropiado para suministrar un fin pasivo masoquista, pues todo nos lleva a admitir que también las sensaciones dolorosas, como en general todas las displacientes, se extienden a la excitación sexual y originan un estado placiente que lleva al sujeto a aceptar de buen grado el displacer del dolor. Una vez que el experimentar dolor ha llegado a ser un fin masoquista, puede surgir también regresivamente el fin sádico de causar dolor, y de este dolor goza también aquel que lo inflige a otros, identificándose, de un modo masoquista, con el objeto que sufre el dolor. Naturalmente aquello que se goza en ambos casos no es el dolor mismo, sino la excitación sexual concomitante, cosa especialmente cómoda para el sádico. El goce del dolor sería, pues, un fin originariamente masoquista; pero que sólo se convierte en fin instintivo en alguien primitivamente sádico.
Para completar nuestra exposición añadiremos que la compasión no puede ser descrita como un resultado de la transformación de los instintos en el sadismo, sino que se requiere del concepto formación reactiva contra el instinto. Más adelante examinaremos esta distinción.
La investigación de otro par antitético de los instintos, cuyo fin es la contemplación y la exhibición (escopofilia y exhibicionismo en el lenguaje de las perversiones) nos proporciona resultados distintos y más sencillos. También aquí podemos establecer las mismas fases que en el caso anterior:
a) La contemplación como actividad orientada hacia un objeto ajeno.
b) El abandono del objeto, la orientación del instinto de contemplación hacia una parte del cuerpo de la propia persona, y con ello la transformación en pasividad y el establecimiento del nuevo fin: el de ser contemplado.
c) El establecimiento de un nuevo sujeto al que la persona se muestra para ser por él contemplado. Es casi indudable que el fin activo aparece antes que el pasivo, precediendo la contemplación a la exhibición. Pero surge aquí una importante diferencia con el caso del sadismo, diferencia consistente en que en el instinto de escopofilia hallamos aún una fase anterior a la señalada con la letra a). El instinto de escopofilia es, en efecto, autoerótico al principio de su actividad; posee un objeto, pero lo encuentra en el propio cuerpo. Sólo más tarde es llevado (por el camino de la comparación) a cambiar este objeto por una parte análoga del cuerpo ajeno (fase a). Esta fase preliminar es interesante por surgir de ella las dos situaciones del par antitético resultante, según el cambio tenga efecto en un lugar o en otro.
El esquema del instinto de escopofilia podría establecerse como sigue:
a) Uno contempla un órgano sexual = Un órgano sexual es contemplado por uno mismo.
b) Uno contempla un objeto ajeno (escopofilia activa).
c) Un objeto que puede ser uno mismo o parte de uno es contemplado por una persona ajena (exhibicionismo).
Tal fase preliminar no se presenta en el sadismo, el cual se orienta desde un principio hacia un objeto ajeno. De todos modos no sería absurdo deducirla de los esfuerzos del niño que quiere tomar el control de sus propios miembros. A los dos ejemplos de instintos que aquí venimos considerando puede serles aplicada la observación de que la transformación de los instintos por cambio de actividad en pasividad y por orientación hacia la propia persona nunca se realiza en la totalidad del contingente instintivo. El primitivo sentido activo del instinto continúa subsistiendo en cierto grado junto al sentido pasivo ulterior, incluso en aquellos casos en los que el proceso de transformación del instinto ha sido muy amplio. La única afirmación exacta sobre el instinto de escopofilia sería la de que todas las fases evolutivas del instinto, tanto la fase preliminar autoerótica como la estructura final activa o pasiva, continúan existiendo conjuntamente, y esta afirmación se hace indiscutible cuando en lugar de los actos a que llevan los instintos tomamos como base de nuestro juicio el mecanismo de la satisfacción. Quizá resulte aún justificada otra distinta concepción y descripción. La vida de cada instinto puede considerarse dividida en diversas series de ondas, temporalmente separadas e iguales, dentro de la unidad de tiempo (arbitraria), semejantes a sucesivas erupciones de lava.
Podemos así representarnos que la primera y primitiva erupción del instinto continúa sin experimentar transformación ni desarrollo ningunos. El impulso siguiente experimentaría, en cambio, desde su principio una modificación, quizá la transición de actividad a la pasividad, y se sumaría con este nuevo carácter a la onda anterior, y así sucesivamente. Si consideramos entonces los movimientos instintivos, desde su principio hasta un punto determinado, la descrita sucesión de las ondas tiene que ofrecernos el cuadro de un desarrollo determinado del instinto. El hecho de que en tal época ulterior del desarrollo de un impulso instintivo se observa, junto a cada movimiento instintivo, su contrario (pasivo), merece ser expresamente acentuado con el nombre de ambivalencia, acertadamente introducido por Bleuler. La subsistencia de las fases intermedias y la historia de la evolución del instinto nos han aproximado a la inteligencia de esta evolución. La amplitud de la ambivalencia varía mucho, según hemos podido comprobar, en los distintos individuos, grupos humanos o razas. Los casos de amplia ambivalencia en individuos contemporáneos pueden ser interpretados como casos de herencia arcaica, pues todo nos lleva a suponer que la participación en la vida instintiva de impulsos activos en forma no modificada fue en épocas primitivas mucho mayor que hoy.
Nos hemos acostumbrado a denominar narcisismo la temprana fase del yo, durante la cual se satisfacen autoeróticamente los instintos sexuales del mismo, sin entrar de momento a discutir la relación entre autoerotismo y narcisismo. De este modo diremos que la fase preliminar del instinto de escopofilia, en la cual el placer visual tiene como objeto el propio cuerpo, pertenece al narcisismo y es una formación narcisista. De ella se desarrolla el instinto de escopofilia activo, abandonando el narcisismo; en cambio, el instinto de escopofilia pasivo conservaría el objeto narcisista. Igualmente, la transformación del sadismo en masoquismo significa un retorno al objeto narcisista, mientras que en ambos casos es sustituido el sujeto narcisista por identificación con otro yo ajeno. Teniendo en cuenta la fase preliminar narcisista del sadismo antes establecida, nos acercamos así al conocimiento más general de que la orientación de los instintos hacia el propio yo y la inversión de la actividad a la pasividad dependen de la organización narcisista del yo y llevan impreso el sello de esta fase. Corresponden quizá a las tentativas de defensa, realizadas con otros medios en fases superiores del desarrollo del yo.
Recordemos aquí que hasta ahora sólo hemos traído a discusión los dos pares antitéticos «sadismo-masoquismo» y «escopofilia-exhibición». Son éstos los instintos sexuales ambivalentes mejor conocidos. Los demás componentes de la función sexual ulterior no son aún suficientemente asequibles al análisis para que podamos discutirlos de un modo análogo. Podemos decir de ellos, en general, que actúan autoeróticamente, esto es, que su objeto es pasado por alto ante el órgano que constituye su fuente y coincide casi siempre con él. Aunque el objeto del instinto de escopofilia es también al principio una parte del propio cuerpo, no es, sin embargo, el ojo mismo; y en el sadismo, la fuente orgánica, probablemente la musculatura capaz de acción, señala inequívocamente otro objeto distinto, aunque también en el propio cuerpo. En los instintos autoeróticos es tan decisivo el papel de la fuente orgánica, que, según una hipótesis de P. Federn (1913) y L. Jekels (1913), la forma y la función del órgano deciden la actividad o pasividad del fin del instinto. El cambio de contenido de un instinto en su contrario no se observa sino en un único caso; en la conversión del amor en odio. Estos dos sentimientos aparecen también muchas veces orientados conjuntamente hacia un solo y mismo objeto, ofreciéndonos así el más importante ejemplo de ambivalencia de sentimientos.
Este caso del amor y el odio adquiere un especial interés, por la circunstancia de no encajar en nuestro esquema de los instintos. No puede dudarse de la íntima relación entre estos dos contrarios sentimentales y la vida sexual, pero hemos de resistirnos a considerar el amor como un particular instinto parcial de la sexualidad, de la misma manera de los otros que hemos estado discutiendo. Preferiríamos ver en el amor la expresión de la tendencia sexual total, pero tampoco acaba esto de satisfacernos, y no sabemos cómo representarnos el contenido opuesto de esta tendencia. El amor es susceptible de tres antítesis y no de una sola. Aparte de la antítesis «amar-odiar», existe la de «amar-ser amado», y, además el amor y el odio, tomados conjuntamente, se oponen a la indiferencia. De estas tres antítesis, la segunda -«amar-ser amado»- corresponde a la transformación de la actividad a la pasividad, y puede ser referida, como el instinto de escopofilia, a una situación fundamental, la de amarse a sí mismo, situación que es para nosotros la característica del narcisismo. Según que el objeto o el sujeto sean cambiados por otros ajenos, resulta la finalidad activa de amar o la pasiva de ser amado, próxima al narcisismo.
Quizá nos aproximemos más a la comprensión de las múltiples antítesis del amor reflexionando que la vida anímica es dominada en general por tres polarizaciones; esto es, por las tres antítesis siguientes:
Sujeto (yo) - Objeto (mundo exterior).
Placer-Displacer.
Actividad-Pasividad.
La antítesis yo-no yo (lo exterior) (sujeto-objeto) es impuesta al individuo muy tempranamente, como ya indicamos, por la experiencia de que puede hacer cesar, mediante una acción muscular, los estímulos exteriores, careciendo, en cambio, de toda defensa contra los estímulos instintivos. Ante todo esta antítesis conserva una absoluta soberanía en lo referente a la función intelectual y crea para la investigación la situación fundamental, que no puede ser ya modificada por ningún esfuerzo. La polarización «placer-displacer» acompaña a una serie de sensaciones, cuya insuperada importancia para la decisión de nuestros actos (voluntad) hemos acentuado ya. La antítesis «actividad-pasividad» no debe confundirse con la de «yo-sujeto exterior-objeto». El yo se conduce pasivamente con respecto al mundo exterior en tanto en cuanto recibe de él estímulos, y activamente cuando a dichos estímulos reacciona. Sus instintos le imponen una especialísima actividad con respecto al mundo exterior, de manera que, acentuando lo esencial, podríamos decir lo siguiente: el yo-sujeto es pasivo con respecto a los estímulos exteriores, pero activo a través de sus propios instintos. La antítesis «activo-pasivo» se funde luego con la de «masculino-femenino», que antes de esta fusión carecía de significación psicológica. La unión de la actividad con la masculinidad y de la pasividad con la femineidad nos sale al encuentro como un hecho biológico, pero no es en ningún modo tan regularmente total y exclusiva como se está inclinado a suponer.
Las tres polarizaciones anímicas establecen entre sí importantes conexiones. Existe una situación primitiva psíquica en la cual coinciden dos de ellas. El yo se encuentra originariamente al principio de la vida anímica, revestido (catectizado) de instintos, y es en parte capaz de satisfacer sus instintos en sí mismo. A este estado le damos el nombre de «narcisismo», y calificamos de autoerótica a la posibilidad de satisfacción correspondiente. El mundo exterior no atrae a sí en esta época interés (catexias) ninguno (en términos generales) y es indiferente a la satisfacción. Así, pues, durante ella coincide el yo-sujeto con lo placiente y el mundo exterior con lo indiferente (o displaciente a veces, como fuente de estímulos). Si definimos, por lo pronto, el amor como la relación del yo con sus fuentes de placer, la situación en la que el yo se ama a sí mismo con exclusión de todo otro objeto y se muestra indiferente al mundo exterior, nos aclarará la primera de las relaciones antitéticas en las que hemos hallado al «amor». El yo no precisa del mundo exterior en tanto en cuanto es autoerótico; pero recibe de él objetos a consecuencia de los procesos de los instintos de conservación y no puede por menos de sentir como displacientes, durante algún tiempo, los estímulos instintivos interiores. Bajo el dominio del principio del placer se realiza luego en él un desarrollo ulterior. Acoge en su yo los objetos que le son ofrecidos en tanto en cuanto constituyen fuentes de placer y se los introyecta (según la expresión de Ferenczi), alejando, por otra parte, de sí aquello que en su propio interior constituye motivo de displacer. (Véase más adelante el mecanismo de la proyección.)
Pasamos así desde el primitivo yo de realidad, que ha diferenciado el interior del exterior conforme a exactos signos objetivos, a un yo de placer, que antepone a todos los signos el carácter placiente. El mundo exterior se divide para él en una parte placiente, que se incorpora, y un resto, extraño a él. Ha separado del propio yo una parte que proyecta al mundo exterior y percibe como hostil a él. Después de esta nueva ordenación queda nuevamente establecida la coincidencia de las dos polarizaciones, o sea la del yo-sujeto con placer y la del mundo exterior con el displacer (antes indiferencia).
Con la entrada del objeto en la fase del narcisismo primario alcanza también su desarrollo la segunda antítesis del amor: el odio. El objeto es aportado primeramente al yo, como ya hemos visto, por los instintos de conservación, que lo toman del mundo exterior, y no puede negarse que también el primitivo sentido del odio es el de la relación contra el mundo exterior, ajeno al yo y aportador de estímulos. La indiferencia le cede el lugar al odio o a la aversión, después de haber surgido primeramente como precursora del mismo. El mundo externo, el objeto y lo odiado habrían sido al principio idénticos. Cuando luego demuestra el objeto ser una fuente de placer es amado, pero también incorporado al yo, de manera que para el yo de placer purificado coincide de nuevo el objeto con lo ajeno y lo odiado.
Observamos también ahora que así como el par antitético «amor-indiferencia» refleja la polarización «yo-mundo exterior», la segunda antítesis «amor-odio» reproduce la polarización «placer-displacer» enlazada con la primera. Después de la sustitución de la etapa puramente narcisista por la objetal, el placer y el displacer significan relaciones del yo con el objeto. Cuando el objeto llega a ser fuente de sensaciones de placer, surge una tendencia motora que aspira a acercarlo e incorporarlo al yo. Hablamos entonces de la «atracción» ejercida por el objeto productor de placer y decimos que lo «amamos». Inversamente, cuando el objeto es fuente de displacer, nace una tendencia que aspira a aumentar su distancia del yo, repitiendo con él la primitiva tentativa de fuga ante el mundo exterior emisor de estímulos. Sentimos la «repulsa» del objeto y lo odiamos; odio que puede intensificarse hasta la tendencia a la agresión contra el objeto y el propósito de destruirlo.
En último término, podríamos decir que el instinto «ama» al objeto al que tiende para lograr su satisfacción. En cambio, nos parece extraño e impropio oír que un instinto «odia» a un objeto, y de este modo caemos en la cuenta de que los conceptos de «amor» y «odio» no son aplicables a las relaciones de los instintos con sus objetos, debiendo ser reservados para la relación del yo total con los objetos. Pero la observación de los usos del lenguaje, tan significativos siempre, nos muestra una nueva limitación de la significación del amor y el odio. De los objetos que sirven a la conservación del yo no decimos que los amamos sino acentuamos que necesitamos de ellos, añadiendo quizá una relación distinta por medio de palabras expresivas de un amor muy disminuido, tales como las de 'agradar', 'gustar', 'interesar'. Así, pues, la palabra «amar» se inscribe cada vez más en la esfera de la pura relación de placer del yo con el objeto y se fija, por último, a los objetos estrictamente sexuales y a aquellos otros que satisfacen las necesidades de los instintos sexuales sublimados. La separación entre instintos del yo e instintos sexuales que hemos impuesto a nuestra psicología demuestra así hallarse en armonía con el espíritu de nuestro idioma. El hecho de que no acostumbramos decir que un instinto sexual ama a su objeto y veamos el más adecuado empleo de la palabra «amar» en la relación del yo con un objeto sexual, nos enseña que su empleo en tal relación comienza únicamente con la síntesis de todos los instintos parciales de la sexualidad, bajo la primacía de los genitales y al servicio de la reproducción.
Es de observar que en el uso de la palabra «odiar» no aparece esa relación tan íntima con el placer sexual y la función sexual; por el contrario, la relación de displacer parece ser aquí la única decisiva. El yo odia, aborrece y persigue con propósitos destructores a todos los objetos que llega a suponerlos una fuente de sensaciones de displacer, constituyendo una privación de la satisfacción sexual o de la satisfacción de necesidades de conservación. Puede incluso afirmarse que el verdadero prototipo de la relación de odio no procede de la vida sexual, sino de la lucha del yo por su conservación y mantención. La relación entre el odio y el amor, que se nos presentan como completas antítesis de contenidos, no es, pues, nada sencilla. El odio y el amor no han surgido de la disociación de un todo original, sino que tienen diverso origen y han pasado por un desarrollo distinto y particular cada uno, antes de constituirse en antítesis bajo la influencia de la relación «placer-displacer». Se nos plantea aquí la labor de reunir todo lo que sobre la génesis del amor y el odio sabemos.
El amor procede de la capacidad del yo de satisfacer autoeróticamente, por la adquisición de placer orgánico, algunos de sus impulsos instintivos. Originariamente narcisista, pasa luego a los objetos que han sido incorporados al yo ampliado y expresa la tendencia motora del yo hacia estos objetos, considerados como fuentes de placer. Se enlaza íntimamente con la actividad de los instintos sexuales ulteriores y, una vez realizada la síntesis de estos instintos, coincide con la totalidad de la tendencia sexual. Mientras los instintos sexuales pasan por su complicado desarrollo, aparecen etapas preliminares del amor en calidad de fines sexuales provisorios. La primera de estas etapas es de incorporación o devorar, modalidad del amor que resulta compatible con la supresión de la existencia separada del objeto y puede, por tanto, ser calificada de ambivalente. En la fase superior de la organización pregenital sádicoanal surge la aspiración al objeto en la forma de impulso al dominio, impulso para el cual es indiferente el daño o la destrucción del objeto. Esta forma y fase preliminar del amor apenas se diferencia del odio en su conducta para con el objeto. Hasta el establecimiento de la organización genital no se constituye el amor en antítesis del odio.
El odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor. Nace de la repulsa primitiva del mundo exterior emisor de estímulos por parte del yo narcisista primitivo. Como expresión de la reacción de displacer provocada por los objetos, permanece siempre en íntima relación con los instintos de conservación, en forma tal que los instintos del yo y los sexuales entran fácilmente en una antítesis que reproduce la del amor y el odio. Cuando los instintos del yo dominan la función sexual, como sucede en la fase de la organización sádico-anal, prestan al fin del instinto los caracteres del odio. La historia de la génesis y de las relaciones del amor nos hace comprensible su frecuentísima ambivalencia, o sea la circunstancia de aparecer acompañado de sentimientos de odio orientados hacia el mismo objeto. El odio mezclado al amor procede en parte de las fases preliminares del amor, no superadas aún por completo, y en parte de reacciones de repulsa de los instintos del yo, los cuales pueden alegar motivos reales y actuales en los frecuentes conflictos entre los intereses del yo y los del amor. Así, pues, en ambos casos, el odio mezclado tiene su fuente en los instintos de conservación del yo. Cuando la relación amorosa con un objeto determinado queda rota, no es extraño ver surgir el odio en su lugar, circunstancia que nos da la impresión de una transformación del odio en amor. Más allá de esta descripción nos lleva ya la teoría de que en tal caso el odio realmente motivado es reforzado por la regresión del amor a la fase preliminar sádica, de manera que el odio recibe un carácter erótico, asegurándose la continuidad de una relación amorosa.
La tercera antítesis del amor, o sea la transformación de amar en ser amado, corresponde a la influencia de la polarización de actividad y pasividad y queda subordinada al mismo juicio que los casos del instinto de escopofilia y del sadismo. Sintetizando, podemos decir que los destinos de los instintos consisten esencialmente en que los impulsos instintivos son sometidos a la influencia de las tres grandes polarizaciones que dominan la vida anímica. De estas tres polarizaciones podríamos decir que la de «actividad-pasividad» es la biológica; la de «yo-mundo exterior», la de realidad, y la de «placer-displacer», la polaridad económica. Otro de los destinos de los instintos -la represión- forma parte de la investigación que sigue.
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