El tabú de la virginidad. (Contribuciones a la psicología del amor, III) (1918 [1917]).
«Das Tabu der Virginität (Beiträge zur Psychologie des Liebeslebens, III)»
Pocos detalles de la vida sexual de los pueblos primitivos nos provocan un sentimiento de extrañeza tan grande como su posición frente a la virginidad, la doncellez de la mujer. Es que la estima por la virginidad nos parece cosa tan establecida y natural en el varón cortejante que a punto estamos de sumirnos en desconcierto cuando se nos pide fundamentar ese juicio. La exigencia de que la novia no traiga al matrimonio el recuerdo del comercio sexual con otro hombre no es más que la aplicación consecuente del derecho de propiedad exclusiva sobre una mujer; es la esencia de la monogamia: la extensión de ese monopolio hacia el pasado.
Pero desde nuestras opiniones sobre la vida amorosa de la mujer no nos resulta difícil justificar lo que al comienzo pareció un prejuicio. El primero que satisface la añoranza de amor -larga y penosamente contenida- de la doncella, superando así las resistencias que los influjos del medio y de la educación le habían erigido, es tomado por ella en una relación duradera cuya posibilidad ya ningún otro tiene. Sobre la base de esta vivencia se establece en la mujer un estado de servidumbre que garantiza su ulterior posesión sin sobresaltos y la vuelve capaz de resistir a nuevas impresiones y tentaciones provenientes de extraños.
La expresión «servidumbre sexual» fue escogida por Von Krafft-Ebing (1892) para designar el hecho de que una persona pueda adquirir respecto de otra con quien mantiene comercio sexual un grado insólitamente alto de dependencia y heteronomía. En ocasiones esa servidumbre puede Regar muy lejos, hasta la pérdida de toda voluntad autónoma y la admisión de los mayores sacrificios del propio interés; empero, el mencionado autor no ha dejado de puntualizar que cierta medida de esa dependencia «resulta enteramente necesaria si es que el vínculo ha de tener alguna permanencia». De hecho, esa medida de servidumbre sexual es indispensable para mantener el matrimonio cultural y poner diques a las tendencias polígamas que lo amenazan; en nuestra comunidad social se cuenta con este factor.
Un «grado inusual de enamoramiento y debilidad del carácter» en una de las partes y un egoísmo irrestricto en la otra: he ahí la conjunción de la que Von Krafft-Ebinp deriva la génesis de la servidumbre sexual. Ahora bien, ciertas experiencias analíticas no permiten conformarse con ese intento de explicación simple. Más bien uno puede discernir que la magnitud de la resistencia sexual superada es el factor decisivo, unida al hecho de que esa superación posee un carácter concentrado y único. En consonancia con ello, la servidumbre es incomparablemente más frecuente e intensa en la mujer que en el varón, aunque en este último es más común en nuestro tiempo que en la antigüedad. Toda vez que hemos podido estudiar la servidumbre sexual en varones, era el resultado de la superación de. una impotencia psíquica por obra de una mujer determinada a quien el hombre en cuestión permanecía ligado desde entonces. (ver nota) Muchos matrimonios llamativos y no pocos destinos trágicos -hasta de graves consecuencias- parecen hallar su esclarecimiento en ese origen.
Si ahora pasamos a considerar la conducta de los pueblos primitivos, no la describiríamos correctamente enunciando que no atribuyen valor alguno a la virginidad y aduciendo como prueba que hacen consumar la desfloración de la joven fuera del matrimonio y antes del primer comercio conyugal. Parece, al contrario, que también para ellos la desfloración es un acto sustantivo, pero se les ha vuelto asunto de un tabú, de una prohibición que debemos llamar religiosa. En vez de reservarla para el novio y posterior marido de la muchacha, la costumbre exige que este evite esa operación. (ver nota)
No está dentro de mis propósitos recopilar de manera exhaustiva los testimonios bibliográficos de la existencia de esta prohibición normativa; tampoco estudiar su dispersión geográfica ni pesquisar todas las formas en que se exterioriza. Me limito entonces a comprobar que tal perforación del himen fuera del ulterior matrimonio es algo muy difundido entre los pueblos primitivos hoy vivientes. Así, expresa Crawley: «This marriage ceremony consists in perforation of the hymen by some appointed person other than the husband; it is most common in the lowest stages of culture, especially in Australia». (ver nota)
Ahora bien, si la desfloración no ha de resultar del primer comercio conyugal,. es preciso que sea realizada con anterioridad de alguna manera y por parte de alguien determinado. Citaré algunos pasajes del ya mencionado libro de Crawley, que nos informan sobre este punto pero dan lugar también a algunas puntualizaciones críticas.
«Entre los dieri y algunos pueblos vecinos (en Australia) es costumbre universal destruir el himen cuando la joven ha alcanzado la pubertad». (ver nota) «En las tribus Portland y Glenelg se lo hace a la novia una mujer vieja; y a veces son requeridos hombres blancos para desflorar muchachas». (ver nota)
«La ruptura artificial del himen se produce a veces en la infancia, pero comúnmente en la pubertad. ( . . . ) - A.- menudo se combina, como en Australia, con un acto ceremonial de cópula». (ver nota)
(Spencer y Gillen [1899] refieren, acerca de tribus australianas en que rigen las bien conocidas limitaciones del matrimonio exogámico:) «El himen es perforado artificialmente, y luego los hombres encargados de esa operación tienen acceso (nótese: un acceso ceremonial) a la muchacha en un orden establecido. ( . . . ) El acto consta de dos partes, la perforación y la cópula». (ver nota)
«Entre los masaj (del Africa ecuatorial), esta operación es uno de los importantes preparativos para el matrimonio». (ver nota) «Entre los sakai (Malasia), los batta (Sumatra) y los alfóer de las islas Célebes, la desfloración es ejecutada por el padre de la novia». (ver nota) «En las Filipinas había ciertos hombres cuya profesión era desflorar novias en caso de que el himen no hubiera sido destruido ya en la niñez por una mujer vieja encargada de ello». (ver nota) «En algunas tribus esquimales, la desfloración de la novia se confiaba al angekok o sacerdote». (ver nota)
Las puntualizaciones críticas que anuncié se refieren a dos puntos. Es de lamentar, en primer término, que en esas noticias no se distinga con más cuidado entre la mera destrucción del himen sin coito y el coito destinado a lograr esa ruptura. Sólo en un pasaje se nos dice de manera expresa que el proceso se descompone en dos actos: la desfloración (manual o instrumental) y el acto sexual. El material de Ploss y Bartels [1891], tan rico en otros aspectos, es inutilizable para nuestros fines porque lo expone de tal modo que el resultado anatómico del acto de la desfloración no deja sitio alguno a su significatividad psicológica. En segundo lugar, nos gustaría mucho saber en qué se diferencia en tales oportunidades el coito «ceremonial» (puramente formal, solemne, oficial) del comercio sexual regular. Los autores a que tuve acceso o eran demasiado vergonzosos para hablar de ello o también subestimaron el significado psicológico de tales detalles sexuales. Tenemos la esperanza de que el informe original de los viajeros y misioneros sea más preciso e inequívoco, pero no puedo enunciar nada seguro sobre esto dada la actual inaccesibilidad de esa bibliografía, extranjera en su mayor parte. (ver nota) Es verdad que en cuanto a este segundo punto uno puede situarse por encima de la duda reflexionando en que un seudocoito ceremonial no sería más que el sustituto y acaso el relevo de uno plenamente consumado en épocas anteriores. (ver nota)
Para explicar este tabú de la virginidad es posible aducir factores de diversa índole, que paso a examinar en rápida exposición. En la desfloración de la muchacha por regla general se derrama sangre; por eso el primer intento de explicación invoca el horror de los primitivos a la sangre, pues la consideran el asiento de la vida. Múltiples preceptos, que nada tienen que ver con la sexualidad, demuestran la existencia de este tabú de la sangre; es evidente que mantiene estrecha relación con la prohibición de matar y constituye una defensa erigida contra la originaria sed de sangre del hombre primordial, su placer de matar. Esta concepción articula el tabú de la virginidad con el tabú de la menstruación, observado casi sin excepciones. El primitivo no puede mantener exento de representaciones sádicas el enigmático fenómeno del flujo mensual catamenial. Interpreta la menstruación, sobre todo a la primera, como la mordedura de un animal mitológico, acaso como signo de comercio sexual con ese espíritu. Alguno de los informes permite discernir en este espíritu el de un antepasado, y así comprendemos, apuntalándonos en otras intelecciones, que la muchacha menstruante sea tabú como propiedad de ese espíritu ancestral.
Pero desde otro ángulo se nos advierte que no hemos de sobrestimar el influjo de un factor como el horror a la sangre. Es que este no ha podido sofocar costumbres como la circuncisión de los muchachos y los ritos todavía más crueles a que son sometidas las niñas (excisión del clítoris y de los labios menores), costumbres vigentes en parte entre aquellos mismos pueblos; y tampoco ha hecho caducar otros ceremoniales en los que se derrama sangre. No sería entonces asombroso que ese horror se superara en favor del marido para la primera cohabitación.
Una segunda explicación prescinde igualmente de lo sexual, pero tiene una proyección mucho más universal. Indica que el primitivo es presa de un apronte angustiado que lo acecha de continuo, tal y como lo aseveramos nosotros, en nuestra doctrina psicoanalítica de las neurosis, respecto de los aquejados de neurosis de angustia. Ese apronte angustiado se mostrará con la mayor intensidad en todas las situaciones que se desvíen de algún modo de lo habitual, que conlleven algo nuevo, inesperado, no comprendido, ominoso {unheimfich}. De ahí también el ceremonial, continuado ampliamente en las posteriores religiones, que se enlaza con el comienzo de cada nueva empresa, el inicio de un período de tiempo, las primicias del ser humano, de los animales y los cultivos. Los peligros que el angustiado cree cernirse sobre él nunca se le pintan tan grandes como en el inicio de la situación peligrosa, y por cierto es ese el único momento en que resulta adecuado al fin protegerse de ellos. No hay duda alguna de que el primer comercio sexual en el matrimonio posee, por su significación, títulos para ser introducido con estas medidas precautorias. Ambos intentos de explicación, el del horror a la sangre y el de la angustia ante las primicias, no se contradicen entre sí; antes bien, se refuerzan. El primer comercio sexual es por cierto un acto sospechoso, tanto más cuanto que en él por fuerza mana sangre.
Una tercera explicación -es la preferida por Crawley- destaca que el tabú de la virginidad pertenece a una vasta trama en la que se incluye la vida sexual entera. No sólo el primer coito con la mujer es tabú; lo es el comercio sexual como tal. Casi podría decirse que la mujer es en un todo tabú. Y no lo es sólo en las situaciones particulares que derivan de su vida sexual -la menstruación, el embarazo, el parto, el puerperio-, sino que aun fuera de ellas el trato con la mujer está sometido a limitaciones tan serias y profusas que tenemos todas las razones para poner en duda la supuesta libertad sexual de los salvajes. Es cierto que en determinadas ocasiones la sexualidad de los primitivos sobrepasa toda inhibición; pero en las situaciones ordinarias parece más coartada por prohibiciones que en los estadios más elevados de la cultura. Tan pronto el varón debe emprender algo especial -un viaje, una expedición de caza, una incursión guerrera- debe mantenerse apartado de la mujer, y sobre todo del comercio sexual con ella; de otro modo su fuerza quedaría paralizada y se atraería el fracaso. También en las costumbres de la vida cotidiana hay una inequívoca tendencia a la separación de los sexos. Las mujeres conviven con mujeres, y los hombres con hombres; son numerosas las tribus primitivas en las que apenas si existe una vida familiar tal como hoy la entendemos. A veces la división llega tan lejos que los miembros de un sexo no tienen permitido pronunciar los nombres personales de los miembros del otro, y las mujeres desarrollan un lenguaje con un léxico propio. Es cierto que la necesidad sexual irrumpe de continuo a través de esas barreras, pero en muchas tribus hasta las citas de los esposos tienen que producirse fuera de la casa y en secreto.
Toda vez que el primitivo ha erigido un tabú es porque teme un peligro, y no puede negarse que en todos esos preceptos de evitación se exterioriza un horror básico a la mujer. Acaso se funde en que ella es diferente del varón, parece eternamente incomprensible y misteriosa, ajena y por eso hostil. El varón teme ser debilitado por la mujer, contagiarse de su feminidad y mostrarse luego incompetente. Acaso el efecto adormecedor del coito, resolutorio de tensiones, sea arquetípico respecto de tales temores, y la percepción de la influencia que la mujer consigue sobre el hombre mediante el comercio sexual, la elevada consideración que así obtiene, quizás explique la difusión de esa angustia. Nada de esto ha caducado, sino que perdura entre nosotros.
Muchos observadores de los primitivos actuales han juzgado que su pujar amoroso es relativamente más débil y nunca alcanza las intensidades que estamos habituados a encontrar en la humanidad culta. Otros han contradicho esa apreciación, pero en todo caso los tabúes que hemos enumerado atestiguan la existencia de un poder contrario al amor, que desautoriza a la mujer como ajena y hostil.
Con expresiones que difieren poco de la terminología empleada por el psicoanálisis, Crawley señala que cada individuo se separa de los demás mediante un «taboo of personal isolation» {«tabú de aislamiento personal»}, y que justamente en sus pequeñas diferencias, no obstante su semejanza, en todo el resto, se fundamentan los sentimiento! de ajenidad y hostilidad entre ellos. Sería seductor ceder a esta idea y derivar de ese «narcisismo de las pequeñas diferencias» la hostilidad que en todos los vínculos humanos vemos batallar con éxito contra los sentimientos solidarios y yugular al mandamiento de amar al prójimo. (ver nota) El psicoanálisis cree haber discernido lo principal de los fundamentos de esa desautorización narcisista de la mujer, que linda mucho con el menosprecio, refiriéndolos al complejo de castración y su influjo sobre el juicio acerca de la mujer.
Advertimos, sin embargo, que con estas últimas reflexiones hemos incursionado muy lejos de nuestro tema. El tabú general de la mujer no arroja ninguna luz sobre los preceptos particulares que rigen el primer acto sexual con una virgen. En este punto seguimos reducidos a las dos primeras explicaciones, que invocan el horror a la sangre y a las primicias; pero aun sobre estas deberíamos decir que no aciertan el núcleo del tabú en cuestión. La base de este último es, evidentemente, el propósito de denegar o ahorrar precisamente al futuro esposo algo que es inseparable del primer acto sexual, aunque, según la puntualización que hicimos al comienzo, de ese mismo vínculo no podría menos que derivarse una particular ligazón de la mujer con ese hombre en especial.
En esta ocasión nuestra tarea no consiste en elucidar el origen y el significado último de los preceptos del tabú. Ya lo he hecho en mi libro Tótem y tabú, donde examiné la posibilidad de que el tabú tuviera por condición una ambivalencia originaria y sostuve que su génesis se situaba en los procesos de la prehistoria que llevaron a la fundación de la familia humana. Esa, intencionalidad anterior ya no se discierne en los tabúes hoy observados como norma entre los primitivos. Pero al exigir esa corroboración olvidamos demasiado fácilmente que aun los pueblos más primitivos viven dentro de una cultura muy alejada de la de los tiempos primordiales, una cultura tan antigua como la nuestra y que igualmente corresponde a un grado de desarrollo tardío, si bien diverso.
Entre los primitivos hallamos hoy al tabú ya entretejido en un sistema artificioso, en un todo semejante al que nuestros neuróticos desarrollan en sus fobias; los antiguos motivos han sido sustituidos por otros nuevos que configuran un todo armónico. Por eso, sin entrar a considerar aquellos problemas genéticos, retomaremos la intelección de que el primitivo erige un tabú donde teme un peligro. Podemos decir que este último es siempre psíquico, pues el primitivo no se ve forzado a trazar aquí dos distingos que a nosotros nos parecen inevitables. No separa el peligro material del psíquico, ni el real del imaginario. En efecto, dentro de su concepción animista del universo, llevada hasta sus consecuentes términos, todo peligro proviene de un propósito hostil de un ser animado como él, así amenace desde una fuerza natural o de otros hombres o animales. Ahora bien, por otra parte está habituado a proyectar al mundo exterior sus propias mociones internas de hostilidad; por tanto, a atribuirlas a los objetos que siente como desagradables o aun sólo como ajenos. En la mujer se discierne una fuente de tales peligros, y el primer acto sexual con ella se singulariza por un peligro particularmente intenso.
Creo que obtendremos alguna luz sobre la naturaleza de este peligro acrecentado y la razón por la cual amenaza justamente al futuro marido si indagamos con mayor atención la conducta de las mujeres de nuestro estadio cultural en iguales circunstancias. Anticipo el resultado de esa indagación: de hecho existe un peligro de esa índole, de suerte que por medio del tabú de la virginidad el primitivo se protege de un peligro correctamente vislumbrado, aunque psíquico.
Estimamos como la reacción normal tras el coito que la mujer, en el ápice de la satisfacción, abrace al varón oprimiéndolo contra sí; vemos en ello una expresión de su agradecimiento y una promesa de duradera servidumbre. Pero, bien lo sabemos, en modo alguno es la regla que también el primer comercio tenga por consecuencia esa conducta; hartas veces no significa más que un desengaño para la mujer, que permanece fría e insatisfecha, y de ordinario se requiere largo tiempo y la frecuente repetición del acto sexual para que este produzca la satisfacción también en la mujer. Desde esos casos de frigidez meramente inicial y muy pasajeros, una serie continua lleva hasta el desagradable resultado de una frigidez permanente que ningún empeño tierno del varón consigue superar. Creo que todavía no se ha llegado a entender bien esa frigidez de la mujer, y por eso reclama -salvo en los casos que pueden imputarse a la insuficiente potencia del varón- ser esclarecida, en lo posible a través de los fenómenos de que se rodea.
Preferiría no considerar en este punto los tan frecuentes intentos de huir del primer comercio sexual; en efecto, ellos son multívocos y ha de concebírselos en lo principal -aunque no en su totalidad- como expresión del universal afán defensivo de la mujer. En cambio, creo que arrojan luz sobre el enigma de la frigidez femenina ciertos casos en que la mujer, tras el primer comercio sexual y tras cada uno de los subsiguientes, expresa sin tapujos su hostilidad al varón insultándolo, levantándole la mano o pegándole de hecho. En un notable caso de esa índole que me fue posible analizar a fondo, ello acontecía a pesar de que la mujer amaba mucho a su marido y ella misma solía pedirle el coito, en el que sin ninguna duda hallaba gran satisfacción. Opino que esta rara reacción contraria es el resultado de las mismas mociones que de ordinario sólo pueden exteriorizarse como frigidez, vale decir, son capaces de atajar la reacción tierna, pero no de imponerse ellas mismas. En el caso patológico se desagrega, por así decir, en sus dos componentes eso mismo que en la frigidez, mucho más frecuente, se aúna en un efecto inhibitorio; esto es en un todo semejante a lo que hace ya tiempo hemos discernido en los llamados «síntomas de dos tiempos» de la neurosis obsesiva. (ver nota) El peligro que de ese modo se suscitaría por la desfloración de la mujer consistiría en atraerse su hostilidad, y justamente su futuro marido tendría todas las razones para evitarla.
Ahora bien, el análisis permite colegir fácilmente las mociones que colaboran en la mujer para producir aquella paradójica conducta en la que espero hallar el esclarecimiento de la frigidez. El primer coito moviliza toda una serie de tales mociones, inutilizables para la deseada actitud femenina; por cierto que algunas de ellas no necesariamente habrán de repetirse en los actos posteriores. En primer término, cabe pensar aquí en el dolor que se inflige a la virgen en la desfloración, y acaso uno se inclinaría a considerar decisivo este factor, absteniéndose de buscar otros. No obstante, el dolor mismo no consiente bien que le atribuyamos esa significatividad; más bien es preciso remplazarlo por la afrenta narcisista engendrada por la destrucción de un órgano y que hasta encuentra subrogación acorde a la ratio en el conocimiento del menor valor sexual de la desflorada. Por otra parte, las costumbres relativas a la boda entre los primitivos contienen una advertencia contra esa sobrestimación. Consignamos ya que en muchos casos el ceremonial es de dos tiempos; al desgarramiento del himen (ejecutado con la mano o con un instrumento) sigue un coito oficial o seudocoito con los subrogadores del esposo, lo cual nos muestra que el sentido del tabú no se agota en evitar la desfloración anatómica, sino que está destinado a ahorrarle al marido algo más que la reacción de su cónyuge ante la lesión dolorosa.
Hallamos otra razón de desengaño a raíz del primer coito en el hecho de que -al menos para la mujer culta- expectativa y cumplimiento no pueden coincidir en él. Hasta ese momento el comercio sexual estuvo asociado con la más fuerte prohibición; por eso mismo el comercio legal y permitido no se siente como la misma cosa. El afán de tantas novias por ocultar a los extraños sus nuevas relaciones amorosas, y aun por mantenerlas en secreto ante sus padres cuando en realidad nada constriñe a ello ni cabe esperar veto alguno, nos ilustra de manera casi cómica cuán estrecho puede llegar a ser aquel enlace. Las muchachas dicen abiertamente que su amor pierde valor para ellas si otros saben de él. En ocasiones este motivo puede volverse hiperpotente e impedir por completo el desarrollo de la capacidad de amor dentro del matrimonio. La esposa sólo reencuentra su sensibilidad tierna en una relación ¡lícita que deba mantenerse secreta, la única en la que está segura de seguir su propia voluntad libre de influencias. (ver nota)
Empero, tampoco este motivo nos permite alcanzar la profundidad requerida; por otra parte, puesto que se liga a las condiciones de la cultura, no se entrama bien con las circunstancias que imperan entre los primitivos. Mucho más sustantivo es el siguiente factor, que tiene su base en la historia de desarrollo de la libido. Los empeños del análisis nos han enseñado cuán regulares y poderosas son las primeras colocaciones de la libido. Son deseos sexuales que persisten desde la infancia -en la mujer, es casi siempre la fijación de su libido al padre o a un hermano que lo sustituya-, deseos que con harta frecuencia estuvieron dirigidos a cosas diferentes del coito o lo incluían sólo como una meta discernida sin nitidez. El marido nunca es más que un varón sustitutivo, por así decir; nunca es el genuino. Es otro -el padre, en el caso típico- quien posee el primer título a la capacidad de amor de la esposa; al marido le corresponde a lo sumo el segundo. Ahora bien, para que se desautorice a este por insatisfactorio importa cuán intensa sea la fijación y cuán tenazmente se persevere en ella. Así, la frigidez se encuentra entre las condiciones genéticas de la neurosis. Mientras mayor sea el poder del elemento psíquico dentro de la vida sexual de la esposa, más capacidad de resistencia mostrará su distribución libidinal ante la conmoción del primer acto sexual, y tanto menos avasallador le resultará el efecto de ser poseída corporalmente. La frigidez puede entonces establecerse como inhibición neurótica o allanar el terreno al desarrollo de otras neurosis; además, unas disminuciones de la potencia viril, aunque sólo sean moderadas, pueden contar mucho como coadyuvantes.
El motivo del deseo sexual temprano parece dar razón de la costumbre de los primitivos que encarga de la desfloración a un anciano, sacerdote u hombre sagrado, es decir, un sustituto del padre. Creo que desde aquí un camino recto nos lleva hasta el tan mentado jus primae noctis del señor feudal de la Edad Media. A. J. Storfer (1911) ha sustentado esta misma concepción y, además, interpretado la muy difundida institución de las «bodas de Tobías» (la costumbre de abstenerse las tres primeras noches) como un reconocimiento de los privilegios del patriarca; ya antes de él, C. G. Jung (1909) había opinado en el mismo sentido. Por lo dicho, responde en un todo a nuestra expectativa hallar también la imagen de los dioses entre los subrogados del padre encargados de la desfloración. En muchas comarcas de la India, la recién casada debía sacrificar su himen al lingam de madera, y según el informe de San Agustín, en el ceremonial nupcial romano (¿de su época?) existía la misma costumbre, claro que atemperada, pues la joven esposa sólo tenía que sentarse sobre el gigantesco falo de piedra de Príapo. (ver nota)
Otro motivo cala hasta estratos todavía más profundos; puede demostrarse que es el principal responsable de la reacción paradójica frente al marido y, en mi opinión, exterioriza su influjo también en la frigidez de la mujer. Además de las antiguas mociones ya descritas, el primer coito activa en la mujer otras por entero contrarias a la función y al papel femeninos.
Por el análisis de muchas mujeres neuróticas sabemos que atraviesan un estadio temprano en que envidian a su hermano el signo de la virilidad y se sienten perjudicadas y relegadas a raíz de su falta (en verdad, de su empequeñecimiento). Subordinamos al «complejo de castración» esta «envidia del pene». Si por «masculino» se entiende el querer ser varón, a esa conducta le cabe la designación «protesta masculina» acuñada por A. Adler [1910] para proclamar este factor como el portador de toda neurosis. En esta fase las muchachas a menudo no ocultan su envidia, ni la hostilidad derivada de esta, hacia el hermano favorecido: hasta intentan orinar de pie como él a fin de sustentar su presunta igualdad de derechos. En el ya mencionado ejemplo de la esposa que tras el coito hacía objeto de agresión franca a su marido, a quien sin embargo amaba, pude comprobar que esta fase se había presentado antes de la elección de objeto. Sólo después la libido de la niñita se volcó al padre, y entonces deseó, en vez del pene, un hijo. (ver nota)
No me sorprendería que en otros casos la secuencia de estas mociones se encontrara invertida y esa pieza del complejo de castración adquiriera eficacia sólo después de cumplida la elección de objeto. De todos modos, desde el punto de vista de la historia de desarrollo, esta fase masculina de la mujer, fase en la cual envidia al varón su pene, es más temprana y está más cerca del narcisismo originario que del amor de objeto.
Hace algún tiempo se me ofreció por azar la oportunidad de analizar el sueño de una recién casada, y pude discernirlo como reacción a su desfloración. Dejaba traslucir fácilmente el deseo de castrar a su joven esposo y guardarse su pene. Por cierto, también cabía la interpretación más inofensiva de que habría deseado la prolongación y repetición del acto; empero, muchos detalles del sueño contrariaban este sentido, y tanto el carácter como la posterior conducta de la soñante testimoniaban en favor de la concepción más grave. Ahora bien, tras esta envidia del pene sale a la luz el encono hostil de la mujer hacia el varón, nunca ausente del todo en las relaciones entre los sexos y del cual proporcionan los más claros indicios los afanes y producciones literarias de las «emancipadas». Ferenczi reconduce -no sé si ha sido el primero- esa hostilidad de la mujer, en una especulación paleobiológica, hasta la época de la diferenciación de los sexos. En el principio -opina-, la copulación se producía entre dos individuos de igual género, pero de ellos uno desarrolló un vigor mayor y compelió al más débil a tolerar la unión sexual. El encono provocado por ese sometimiento se continúa en la disposición de la mujer actual. No considero reprochable servirse de esas especulaciones siempre que se evite sobrevalorarlas.
Tras esta enumeración de los motivos de la paradójica reacción de la mujer frente a la desfloración, -que también puede rastrearse en la frigidez, nos es lícito enunciar, a modo de resumen, que la sexualidad inacabada de la mujer se descarga en el hombre que le hace conocer por primera vez el acto sexual. Pero entonces el tabú de la virginidad tiene sobrado sentido, y comprendemos el precepto de que evite tales peligros justamente el hombre destinado a mantener con esa mujer una convivencia duradera. En estadios más elevados de la cultura la apreciación de este peligro es relegada por la perspectiva de la servidumbre y sin duda también por otros motivos y seducciones. La virginidad es considerada un bien al que el hombre no debe renunciar. Pero el análisis de las querellas matrimoniales enseña que tampoco en la vida anímica de la mujer de cultura se han extinguido del todo los motivos que la constreñirían a tomar venganza por su desfloración. Creo que no puede menos que llamar la atención del observador el número insólitamente grande de casos en que la mujer permanece frígida y se siente desdichada en un primer matrimonio, en tanto que tras su disolución se convierte en una mujer tierna, que hace la felicidad de su segundo marido. La reacción arcaica se ha agotado, por así decir, en el primer objeto.
Pero tampoco en otro sentido se ha sepultado el tabú de la virginidad en nuestra vida cultural. El alma popular sabe de él, y los poetas se han servido de ese material en ocasiones. Anzengruber, en una comedia, presenta a un campesino simplote que se abstiene de desposar a la novia que le está destinada porque «es una moza tal que le costará la vida a su primer hombre». Admite entonces que se case con otro, y sólo la tomará por mujer cuando enviude y ya no sea peligrosa. El título de la pieza, Das Jungferngift {El veneno de las doncellas}, nos trae a la memoria que los domadores de serpientes hacen que el ofidio muerda primero un trocito de tela para manejarlo sin peligro. (ver nota)
El tabú de la virginidad y una pieza de su motivación ha hallado su figuración más intensa en un conocido personaje dramático, la Judith de la tragedia de Hebbel, Judith und Holofernes. Judith es una de aquellas mujeres cuya virginidad está protegida por un tabú. Su primer marido se vio paralizado la noche de bodas por una enigmática angustia y nunca más se atrevió a tocarla. «Mi hermosura es la de la belladona», dice ella; «su goce depara locura y muerte». Cuando el mariscal asirio sitia la ciudad, ella concibe el plan de seducirlo y perderlo con su hermosura, usando así un motivo patriótico para encubrir uno sexual. Tras la desfloración por ese hombre violento, envanecido de su fuerza y su audacia, ella encuentra en su indignación la fuerza para cortarle la cabeza y así convertirse en la libertadora de su pueblo. La acción de decapitar nos es bien conocida como sustituto simbólico de la de castrar; según eso, Judith es la mujer que castra al hombre que la desfloró, como lo pretendía también el sueño ya citado de una recién casada. Es evidente que Hebbel ha sexualizado adrede este relato patriótico tomado de los libros apócrifos del Antiguo Testamento, pues en el texto bíblico Judith puede gloriarse a su regreso de no haber sido mancillada, y falta toda referencia a su ominosa noche de bodas. Pero es probable que su sensibilidad de poeta registrara el antiquísimo motivo inserto en aquel relato tendencioso y no hiciera más que devolver al material su contenido primigenio.
En un certero análisis, I. Sadger (1912) ha puntualizado cómo Hebbel se vio comandado por su complejo parental en la elección de su material, y cómo en la lucha entre los sexos llegó a tomar partido casi siempre en favor de la mujer y a percibir empáticamente sus más escondidas mociones anímicas. Cita también la motivación aducida por el propio poeta para introducir esa variante, hallándola -con derecho- artificiosa y como destinada sólo a justificar de manera extrínseca y, en el fondo, a ocultar algo que le era inconciente. No quiero objetar la explicación de Sadger sobre la razón por la cual Judith, que según el relato bíblico había enviudado, tenía que convertirse en viuda virgen. Invoca el propósito de la fantasía infantil de desmentir el comercio sexual entre los padres y convertir a la madre en virgen intacta. Pero continúo: después que el poeta hubo establecido la virginidad de su heroína, su fantasía sensitiva se demorará en la reacción hostil desatada por la lesión de la virginidad.
A modo de conclusión podemos decir, pues: La desfloración no tiene sólo la consecuencia cultural de atar duraderamente la mujer al hombre; desencadena también una reacción anárquica de hostilidad al varón, que puede cobrar formas patológicas, exteriorizarse con mucha frecuencia en fenómenos inhibitorios de la vida amorosa matrimonial, y a la que es lícito atribuirle el hecho de que unas segundas nupcias sean a menudo más felices que las primeras. El extraño tabú de la virginidad, el horror con que entre los primitivos el marido esquiva la desfloración, hallan su justificación plena en esta reacción hostil.
Ahora bien, es interesante que en calidad de analistas encontremos mujeres en quienes las reacciones contrapuestas de servidumbre y hostilidad hayan llegado a expresarse permaneciendo en estrecho enlace recíproco. Hay mujeres que parecen totalmente distanciadas de sus maridos, a pesar de lo cual son vanos sus esfuerzos para desasirse de ellos. Toda vez que intentan dirigir su amor a otro hombre se interpone la imagen, del primero, a quien ya no aman. En tales casos, el análisis enseña que esas mujeres dependen como siervas de su primer marido, pero ya no por ternura. No se liberan de él porque no han consumado su venganza en él, y en los casos más acusados la moción vengativa ni siquiera ha llegado a su conciencia.
miércoles, 21 de julio de 2010
freud (1912) Sobre una degradación general de la vida erótica
Sobre una degradación general de la vida erótica - 1912
1. Si preguntamos a un psicoanalista cuál es la enfermedad para cuyo remedio se acude a él más frecuentemente, nos indicará -previa excepción de las múltiples formas de la angustia- la impotencia psíquica. Esta singular perturbación ataca a individuos de naturaleza intensamente libidinosa y se manifiesta en que los órganos ejecutivos de la sexualidad rehúsan su colaboración al acto sexual, no obstante aparecer antes y después perfectamente intactos y a pesar de existir en el sujeto una intensa inclinación psíquica a realizar dicho acto. El primer dato para la comprensión de su estado lo obtiene el paciente al observar que el fallo no se produce sino con una persona determinada y nunca con otras. Descubre así que la inhibición de su potencia viril depende de alguna cualidad del objeto sexual, y a veces indica haber advertido en su interior un obstáculo, una especie de voluntad contraria, que se oponía con éxito a su intención consciente. Pero no le es posible adivinar en qué consiste tal obstáculo interno ni qué cualidad del objeto sexual es la que lo provoca.
En esta perplejidad acaba por atribuir el primer fallo a una impresión «casual» y deduce erróneamente que su repetición se debe a la acción inhibitoria del recuerdo de dicho primer fallo, constituido en representación angustiosa. Sobre este tema de la impotencia psíquica existen ya varios estudios psicoanalíticos de diversos autores. Todo analista puede confirmar por propia experiencia médica las explicaciones en ellos ofrecidas. Se trata realmente de la acción inhibitoria de ciertos complejos psíquicos que se sustraen al conocimiento del individuo, material patógeno cuyo contenido más frecuente es la fijación incestuosa, no dominada, en la madre o la hermana. Fuera de estos complejos habrá de concederse atención a la influencia de las impresiones penosas accidentales experimentadas por el sujeto en conexión con su actividad sexual infantil y con todos aquellos factores susceptibles de disminuir la libido, que ha de ser orientada hacia el objeto sexual femenino. Al someter un caso de franca impotencia psíquica a un penetrante estudio psicoanalítico obtenemos sobre los procesos psicosexuales que en él se desarrollan los siguientes datos: el fundamento de la enfermedad es de nuevo, como muy probablemente en todas las perturbaciones neuróticas, una inhibición del proceso evolutivo que conduce a la libido hasta su estructura definitiva y normal. En el caso que nos ocupa no han llegado a fundirse las dos corrientes cuya influencia asegura una conducta erótica plenamente normal: la corriente «cariñosa» y la corriente «sensual».
De estas dos corrientes es la cariñosa la más antigua. Procede de los más tempranos años infantiles, se ha constituido tomando como base los intereses del instinto de conservación y se orienta hacia los familiares y los guardadores del niño. Integra desde un principio ciertas aportaciones de los instintos sexuales, determinados componentes eróticos más o menos visibles durante la infancia misma y comprobables siempre por medio del psicoanálisis en los individuos ulteriormente neuróticos. Corresponde a la elección de objeto primario infantil. Vemos por ella que los instintos sexuales encuentran sus primeros objetos guiándose por las valoraciones de los instintos del yo, del mismo modo que las primeras satisfacciones sexuales son experimentadas por el individuo en el ejercicio de las funciones somáticas necesarias para la conservación de la vida. El «cariño» de los padres y guardadores, que raras veces oculta por completo su carácter erótico («el niño, juguete erótico»), contribuye a acrecentar en el niño las aportaciones a las cargas psíquicas de los instintos del yo, intensificándolas en una medida susceptible de influir el curso ulterior de la evolución, sobre todo cuando concurren otras determinadas circunstancias.
Estas fijaciones cariñosas del niño perduran a través de toda la infancia y continúan incorporándose considerables magnitudes de erotismo, el cual queda desviado así de sus fines sexuales. Con la pubertad sobreviene luego la poderosa corriente «sensual», que no ignora ya sus fines. Al parecer, no deja nunca de recorrer los caminos anteriores, acumulando sobre los objetos de la elección primaria infantil magnitudes de libido mucho más amplias. Pero al tropezar aquí con el obstáculo que supone la barrera moral contra el incesto, erigida en el intervalo, tenderá a transferirse lo antes posible de dichos objetos primarios a otros, ajenos al círculo familiar del sujeto, con los cuales sea posible una vida sexual real. Estos nuevos objetos son elegidos, sin embargo, conforme al prototipo (la imagen) de los infantiles, pero con el tiempo atraen a sí todo el cariño ligado a los primitivos. El hombre abandonará a su padre y a su madre -según el precepto bíblico- para seguir a su esposa, fundiéndose entonces el cariño y la sensualidad. El máximo grado de enamoramiento sensual traerá consigo la máxima valoración psíquica. (La supervaloración normal del objeto sexual por parte del hombre.) Dos distintos factores pueden provocar el fracaso de esta evolución progresiva de la libido. En primer lugar, el grado de interdicción real que se oponga a la nueva elección de objeto, apartando de ella al individuo. No tendrá, en efecto, sentido alguno decidirse a una elección de objeto cuando no es posible elegir o no cabe elegir nada satisfactorio.
En segundo, el grado de atracción ejercido por los objetos infantiles que de abandonar se trata, grado directamente proporcional a la carga erótica de que fueron investidos en la infancia. Cuando estos factores muestran energía suficiente entra en acción el mecanismo general de la producción de las neurosis. La libido se aparta de la realidad, es acogida por la fantasía (introversión), intensifica las imágenes de los primeros objetos sexuales y se fija en ellos. Pero el obstáculo opuesto al incesto obliga a la libido orientada hacia tales objetos a permanecer en lo inconsciente. El onanismo, en el que se exterioriza la actividad de la corriente sensual, inconsciente ahora, contribuye a intensificar las indicadas fijaciones. El hecho de que el progreso evolutivo de la libido, fracasado en la realidad, quede instaurado en la fantasía mediante la sustitución de los objetos sexuales primitivos por otros ajenos al sujeto en las situaciones imaginativas conducentes a la satisfacción onanista, no modifica en nada el estado de cosas. La sustitución permite el acceso de tales fantasías a la conciencia, pero no trae consigo proceso alguno en los destinos de la libido.
Puede suceder así que toda la sensualidad de un joven quede ligada en lo inconsciente a objetos incestuosos o, dicho en otros términos, fijada en fantasías incestuosas inconscientes. El resultado es entonces una impotencia absoluta, que en ocasiones puede quedar reforzada por una debilitación real, simultáneamente adquirida, de los órganos genitales. La impotencia psíquica propiamente dicha exige premisas menos marcadas. La corriente sensual no ha de verse obligada a ocultarse en su totalidad detrás de la cariñosa, sino que ha de conservar energía y libertad suficientes para conquistar en parte el acceso a la realidad. Pero la actividad sexual de tales personas presenta claros signos de no hallarse sustentada por toda su plena energía instintiva psíquica, mostrándose caprichosa, fácil de perturbar, incorrecta, muchas veces, en la ejecución y poco placentera. Pero, sobre todo, se ve obligada a eludir toda aproximación a la corriente cariñosa, lo que supone una considerable limitación de la elección de objeto. La corriente sensual, permanecida activa, buscará tan sólo objetos que no despierten el recuerdo de los incestuosos prohibidos, y la impresión producida al sujeto por aquellas mujeres cuyas cualidades podrían inspirarle una valoración psíquica elevada no se resuelve en él en excitación sensual, sino en cariño eróticamente ineficaz. La vida erótica de estos individuos permanece disociada en dos direcciones, personificadas por el arte en el amor divino y el amor terreno (o animal). Si aman a una mujer, no la desean, y si la desean, no pueden amarla. Buscan objetos a los que no necesitan amar para mantener alejada su sensualidad de los objetos amados, y conforme a las leyes de la «sensibilidad del complejo» y del «retorno de lo reprimido», son víctimas del fallo singular de la impotencia psíquica en cuanto que el objeto elegido para eludir el incesto les recuerde en algún rasgo, a veces insignificante, el objeto que de eludir se trata.
Contra esta perturbación los individuos que padecen la disociación erótica descrita se acogen principalmente a la degradación psíquica del objeto sexual, reservando para el objeto incestuoso y sus subrogados la supervaloración que normalmente corresponde al objeto sexual. Dada tal degradación del objeto, su sexualidad puede ya exteriorizarse libremente, desarrollar un importante rendimiento y alcanzar intenso placer. A este resultado contribuye aún otra circunstancia. Aquellas personas en quienes las corrientes cariñosa y sensual no han confluido debidamente viven, por lo general, una vida sexual poco refinada. Perduran en ellas fines sexuales perversos, cuyo incumplimiento es percibido como una sensible disminución de placer, pero que sólo parece posible alcanzar con un objeto sexual rebajado e inestimado. Descubrimos ya los motivos de las fantasías descritas en un apartado anterior, en las cuales el adolescente rebaja a su madre al nivel de la prostituta. Tales fantasías tienden a construir, por lo menos en la imaginación, un puente sobre el abismo que separa las dos corrientes eróticas, y degradando a la madre, ganarla para objeto de la sensualidad.
2. Hemos desarrollado hasta aquí una investigación medicopsicológica de la impotencia psíquica, ajena en apariencia al título del presente estudio. Pronto se verá, sin embargo, que tal introducción nos era necesaria para llegar a nuestro verdadero tema. Hemos reducido la impotencia psíquica a la no confluencia de las corrientes cariñosa y sensual en la vida erótica y hemos atribuido esta perturbación de la evolución normal de la libido al influjo de intensas fijaciones infantiles y al obstáculo opuesto luego, en realidad, a la corriente sensual por la barrera erigida contra el incesto en el período intermedio. Contra esta teoría cabe una importante objeción: nos da demasiado; nos explica por qué ciertas personas padecen impotencia psíquica, pero nos lleva a extrañar que alguien pueda escapar a tal dolencia. En efecto, puesto que los factores señalados -la intensa fijación infantil, la barrera erigida contra el incesto y la prohibición opuesta al instinto sexual en los años inmediatos a la pubertad- son comunes a todos los hombres pertenecientes a cierto nivel cultural, sería de esperar que la impotencia psíquica fuese una enfermedad general de nuestra sociedad civilizada y no se limitase a casos individuales.
Podríamos inclinarnos a eludir tal conclusión acogiéndonos al factor cuantitativo de la causación de la enfermedad, o sea a aquella mayor o menor magnitud de las aportaciones de los distintos factores etiológicos, de la cual depende que se constituya o no un estado patológico manifiesto. Mas, aunque nada nos parece oponerse a esta conducta, no habremos de seguirla para rechazar la conclusión indicada. Por el contrario, queremos sentar la afirmación de que la impotencia psíquica se halla mucho más difundida de lo que se supone, apareciendo caracterizada por una cierta medida de esta perturbación la vida erótica del hombre civilizado. Si damos al concepto de la impotencia psíquica un sentido más amplio, no limitándolo a la imposibilidad de llevar a cabo el acto sexual, no obstante la perfecta normalidad de los órganos genitales y la intención consciente de complacerse en él, habremos de incluir también entre los individuos aquejados de tal enfermedad a aquellos sujetos a los que designados con el nombre de psicoanestésicos, los cuales pueden realizar el coito sin dificultad alguna, pero no hallan en él especial placer, hecho bastante más frecuente de lo que pudiera creerse. La investigación psicoanalítica de estos casos tropieza con los mismos factores etiológicos descubiertos en la impotencia psíquica estrictamente considerada, pero no nos procura en un principio explicación alguna de las diferencias sintomáticas. Una analogía fácilmente justificable enlaza estos casos de anestesia masculina a los de frigidez femenina, infinitamente frecuentes, siendo el mejor camino para describir y explicar la conducta erótica de tales mujeres su comparación con la impotencia psíquica del hombre, mucho más ruidosa .
Prescindiendo de tal extensión del concepto de la impotencia psíquica, y atendiendo tan sólo a las gradaciones de su sintomatología, no podemos eludir la impresión de que la conducta erótica del hombre civilizado presenta generalmente, hoy en día, el sello de la impotencia psíquica. Sólo en una limitada minoría aparecen debidamente confundidas las corrientes cariñosa y sexual. El hombre siente coartada casi siempre su actividad sexual por el respeto a la mujer, y sólo desarrolla su plena potencia con objetos sexuales degradados, circunstancia a la que coadyuva el hecho de integrar en sus fines sexuales componentes perversos, que no se atreve a satisfacer en la mujer estimada. Sólo experimenta, pues, un pleno goce sexual cuando puede entregarse sin escrúpulo a la satisfacción, cosa que no se permitirá, por ejemplo, con la mujer propia. De aquí su necesidad de un objeto sexual rebajado, de una mujer éticamente inferior, en la que no pueda suponer repugnancias estéticas y que ni conozca las demás circunstancias de su vida, ni pueda juzgarle. A tal mujer dedicará entonces sus energías sexuales, aunque su cariño pertenezca a otra de tipo más elevado. Esta necesidad de un objeto sexual degradado, al cual se enlace fisiológicamente la posibilidad de una completa satisfacción, explica la frecuencia con que los individuos pertenecientes a las más altas clases sociales buscan sus amantes, y a veces sus esposas, en clases inferiores.
No creo aventurado hacer también responsable de esta conducta erótica, tan frecuente entre los hombres de nuestras sociedades civilizadas, a los dos factores etiológicos de la impotencia psíquica propiamente dicha: la intensa fijación incestuosa infantil y la prohibición real opuesta al instinto sexual en la adolescencia. Aunque parezca desagradable y, además, paradójico, ha de afirmarse que para poder ser verdaderamente libre, y con ello verdaderamente feliz en la vida erótica, es preciso haber vencido el respeto a la mujer y el horror a la idea del incesto con la madre o la hermana. Aquellos que ante esta exigencia procedan a una seria introspección descubrirán que, en el fondo, consideran el acto sexual como algo degradante, cuya acción impurificadora no se limita al cuerpo. El origen de esta valoración, que sólo a disgusto reconocerán, habrán de buscarlo en aquella época de su juventud en la que su corriente sensual, intensamente desarrollada ya, encontraba prohibida toda satisfacción, tanto en los objetos incestuosos como en los extraños. También las mujeres aparecen sometidas en nuestro mundo civilizado a consecuencias análogas, emanadas de su educación y, además, a las resultantes de la conducta del hombre.
Para ellas es, naturalmente, tan desfavorable que el hombre no desarrolle a su lado toda su potencia como que la supervaloración inicial del enamoramiento quede sustituida por el desprecio después de la posesión. Lo que no parece existir en la mujer es la necesidad de rebajar el objeto sexual, circunstancia enlazada, seguramente, al hecho de no darse tampoco en ella nada semejante a la supervaloración masculina. Pero su largo apartamiento de la sexualidad y el confinamiento de la sensualidad en la fantasía tienen para ella otra importante consecuencia. En muchos casos no les es ya posible disociar las ideas de actividad sensual y prohibición, resultando así psíquicamente impotente, o sea frígida, cuando por fin le es permitida tal actividad. De aquí la tendencia de muchas mujeres a mantener secretas durante algún tiempo relaciones perfectamente lícitas, y para otras la posibilidad de sentir normalmente en cuanto la prohibición vuelve a quedar establecida, por ejemplo, en unas relaciones ilícitas. Infieles al marido, pueden consagrar al amante una fidelidad de segundo orden.
A mi juicio, este requisito de la prohibición, que aparece en la vida erótica femenina, puede equipararse a la necesidad de un objeto sexual degradado en el hombre. Ambos factores son consecuencia del largo intervalo exigido por la educación, con fines culturales, entre la maduración y la actividad sexual, y tienden igualmente a desvanecer la impotencia psíquica resultante de la no confluencia de las corrientes cariñosa y sensorial. El hecho de que las mismas causas produzcan en el hombre y en la mujer efectos tan distintos depende quizá de otra divergencia comprobable en su conducta sexual. La mujer no suele infringir la prohibición opuesta a la actividad sexual durante el período de espera, quedando así establecido en ella el íntimo enlace entre las ideas de prohibición y sexualidad. En cambio, el hombre infringe generalmente tal precepto, a condición de rebajar el valor del objeto, y acoge, en consecuencia, esta condición en su vida sexual ulterior. Ante la intensa corriente de opinión que propugna actualmente la necesidad de una reforma de la vida sexual, no será quizá inútil recordar que la investigación psicoanalítica no sigue tendencia alguna. Su único fin es descubrir los factores que se ocultan detrás de los fenómenos manifiestos. Verá con agrado que las reformas que se intenten utilicen sus descubrimientos para sustituir lo perjudicial por lo provechoso. Pero no puede asegurar que tales reformas no hayan de imponer a otras instituciones sacrificios distintos y quizá más graves.
3. El hecho de que el refrenamiento cultural de la vida erótica traiga consigo una degradación general de los objetos sexuales nos mueve a transferir nuestra atención, desde tales objetos, a los instintos mismos. El daño de la prohibición inicial del goce sexual se manifiesta en que su ulterior permisión en el matrimonio no proporciona ya plena satisfacción. Pero tampoco una libertad sexual ilimitada desde un principio procura mejores resultados. No es difícil comprobar que la necesidad erótica pierde considerable valor psíquico en cuanto se le hace fácil y cómoda la satisfacción. Para que la libido alcance un alto grado es necesario oponerle un obstáculo, y siempre que las resistencias naturales opuestas a la satisfacción han resultado insuficientes, han creado los hombres otras, convencionales, para que el amor constituyera verdaderamente un goce. Esto puede decirse tanto de los individuos como de los pueblos. En épocas en las que la satisfacción erótica no tropezaba con dificultades (por ejemplo, durante la decadencia de la civilización antigua), el amor perdió todo su valor, la vida quedó vacía y se hicieron necesarias enérgicas reacciones para restablecer los valores afectivos indispensables. En este sentido puede afirmarse que la corriente ascética del cristianismo creó para el amor valoraciones psíquicas que la antigüedad pagana no había podido ofrendarle jamás. Esta valoración alcanzó su máximo nivel en los monjes ascéticos, cuya vida no era sino una continua lucha contra la tentación libidinosa.
En un principio nos inclinamos, desde luego, a atribuir las dificultades aquí emergentes a cualidades generales de nuestros instintos orgánicos. Es también exacto, en general, que la importancia psíquica de un instinto crece con su prohibición. Si sometemos, por ejemplo, al tormento del hambre a cierto número de individuos muy diferentes entre sí, veremos que las diferencias individuales irán borrándose con el incremento de la imperiosa necesidad, siendo sustituidas por las manifestaciones uniformes del instinto insatisfecho. Ahora bien: ¿puede igualmente afirmarse que la satisfacción de un instinto disminuya siempre tan considerablemente su valor psíquico? Pensemos, por ejemplo, en la relación entre el bebedor y el vino. El vino procura siempre al bebedor la misma satisfacción tóxica, tantas veces comparada por los poetas a la satisfacción erótica y comparable realmente a ella, aun desde el punto de vista científico. Nunca se ha dicho que el bebedor se vea precisado a cambiar constantemente de bebida, porque cada una de ellas pierde, una vez gustada, su atractivo. Por el contrario, el hábito estrecha cada vez más apretadamente el lazo que une al bebedor con la clase de vino preferida. Tampoco sabemos que el bebedor sienta la necesidad de emigrar a un país en que el vino sea más caro o esté prohibido su consumo, para reanimar con tales incitantes el valor de su gastada satisfacción. Nada de esto sucede.
Las confesiones de nuestros grandes alcohólicos, de Boecklin, por ejemplo, sobre su relación con el vino, delatan una perfecta armonía, que podría servir de modelo a muchos matrimonios. ¿Por qué ha de ser entonces tan distinta la relación entre el amante y su objeto sexual? A mi juicio, y por extraño que parezca, habremos de sospechar que en la naturaleza misma del instinto sexual existe algo desfavorable a la emergencia de una plena satisfacción. En la evolución de este instinto, larga y complicada, destacan dos factores a los que pudiera hacerse responsables de tal dificultad. En primer lugar, a consecuencia del desdoblamiento de la elección de objeto y de la creación intermedia de la barrera contra el incesto, el objeto definitivo del instinto sexual no es nunca el primitivo, sino tan sólo un subrogado suyo. Pero el psicoanálisis nos ha demostrado que cuando el objeto primitivo de un impulso optativo sucumbe a la represión es reemplazado, en muchos casos, por una serie interminable de objetos sustitutivos, ninguno de los cuales satisface por completo. Esto nos explicaría la inconstancia en la elección de objeto, el «hambre de estímulos», tan frecuente en la vida erótica de los adultos.
En segundo lugar, sabemos que el instinto sexual se descompone al principio en una amplia serie de elementos -o, mejor dicho, nace de ella-, y que algunos de estos componentes no pueden ser luego acogidos en su estructura ulterior, debiendo ser reprimidos o destinados a fines diferentes. Trátase, sobre todo, de los componentes instintivos coprófilos, incompatibles con nuestra cultura estética desde el punto y hora, probablemente, en que la actitud vertical alejó del suelo nuestros órganos olfatorios, y, además, de gran parte de los impulsos sádicos adscritos a la vida erótica. Pero todos estos procesos evolutivos no van más allá de los estratos superiores de la complicada estructura. Los procesos fundamentales que dan origen a la excitación erótica permanecen invariados. Lo excremental se halla ligado íntima e inseparablemente a lo sexual, y la situación de los genitales -inter urinas et faeces- continúa siendo el factor determinante invariable. Modificando una conocida frase de Napoleón el Grande, pudiera decirse que «la anatomía es el destino». Los genitales mismos no han seguido tampoco la evolución general de las formas humanas hacia la belleza. Conservan su animalidad primitiva, y en el fondo tampoco el amor ha perdido nunca tal carácter. Los instintos eróticos son difícilmente educados, y las tentativas de este orden dan tan pronto resultados exiguos como excesivos. No parece posible que la cultura llegue a conseguir aquí sus propósitos sin provocar una sensible pérdida de placer, pues la pervivencia de los impulsos no utilizados se manifiesta en una disminución de la satisfacción buscada en la actividad sexual.
Deberemos, pues, familiarizarnos con la idea de que no es posible armonizar las exigencias del instinto sexual con las de la cultura, ni tampoco excluir de estas últimas el renunciamiento y el dolor, y muy en último término el peligro de la extinción de la especie humana, víctima de su desarrollo cultural. De todos modos, este tenebroso pronóstico no se funda sino en la sola sospecha de que la insatisfacción característica de nuestras sociedades civilizadas es la consecuencia necesaria de ciertas particularidades impuestas al instinto sexual por las exigencias de la cultura. Ahora bien: esta misma incapacidad de proporcionar una plena satisfacción que el instinto sexual adquiere en cuanto es sometido a las primeras normas de la civilización es, por otro lado, fuente de máximos rendimientos culturales, conseguidos mediante una sublimación progresiva de sus componentes instintivos. Pues ¿qué motivo tendrían los hombres para dar empleo distinto a sus energías instintivas sexuales si tales energías, cualquiera que fuese su distribución, proporcionasen una plena satisfacción placiente? No podrían ya libertarse de tal placer, y no realizarían progreso alguno. Parece así que la inextinguible diferencia entre las exigencias de los dos instintos -el sexual y el egoísta- los capacita para rendimientos cada vez más altos, si bien bajo un constante peligro, cuya forma actual es la neurosis, a la cual sucumben los más débiles. La ciencia no se propone atemorizar, ni consolar tampoco. Mas, por mi parte, estoy pronto a reconocer que las conclusiones apuntadas, tan extremas, deberían reposar sobre bases más amplias, y que quizá otras orientaciones evolutivas de la Humanidad lograran corregir los resultados de las que aquí hemos expuesto aisladamente.
1. Si preguntamos a un psicoanalista cuál es la enfermedad para cuyo remedio se acude a él más frecuentemente, nos indicará -previa excepción de las múltiples formas de la angustia- la impotencia psíquica. Esta singular perturbación ataca a individuos de naturaleza intensamente libidinosa y se manifiesta en que los órganos ejecutivos de la sexualidad rehúsan su colaboración al acto sexual, no obstante aparecer antes y después perfectamente intactos y a pesar de existir en el sujeto una intensa inclinación psíquica a realizar dicho acto. El primer dato para la comprensión de su estado lo obtiene el paciente al observar que el fallo no se produce sino con una persona determinada y nunca con otras. Descubre así que la inhibición de su potencia viril depende de alguna cualidad del objeto sexual, y a veces indica haber advertido en su interior un obstáculo, una especie de voluntad contraria, que se oponía con éxito a su intención consciente. Pero no le es posible adivinar en qué consiste tal obstáculo interno ni qué cualidad del objeto sexual es la que lo provoca.
En esta perplejidad acaba por atribuir el primer fallo a una impresión «casual» y deduce erróneamente que su repetición se debe a la acción inhibitoria del recuerdo de dicho primer fallo, constituido en representación angustiosa. Sobre este tema de la impotencia psíquica existen ya varios estudios psicoanalíticos de diversos autores. Todo analista puede confirmar por propia experiencia médica las explicaciones en ellos ofrecidas. Se trata realmente de la acción inhibitoria de ciertos complejos psíquicos que se sustraen al conocimiento del individuo, material patógeno cuyo contenido más frecuente es la fijación incestuosa, no dominada, en la madre o la hermana. Fuera de estos complejos habrá de concederse atención a la influencia de las impresiones penosas accidentales experimentadas por el sujeto en conexión con su actividad sexual infantil y con todos aquellos factores susceptibles de disminuir la libido, que ha de ser orientada hacia el objeto sexual femenino. Al someter un caso de franca impotencia psíquica a un penetrante estudio psicoanalítico obtenemos sobre los procesos psicosexuales que en él se desarrollan los siguientes datos: el fundamento de la enfermedad es de nuevo, como muy probablemente en todas las perturbaciones neuróticas, una inhibición del proceso evolutivo que conduce a la libido hasta su estructura definitiva y normal. En el caso que nos ocupa no han llegado a fundirse las dos corrientes cuya influencia asegura una conducta erótica plenamente normal: la corriente «cariñosa» y la corriente «sensual».
De estas dos corrientes es la cariñosa la más antigua. Procede de los más tempranos años infantiles, se ha constituido tomando como base los intereses del instinto de conservación y se orienta hacia los familiares y los guardadores del niño. Integra desde un principio ciertas aportaciones de los instintos sexuales, determinados componentes eróticos más o menos visibles durante la infancia misma y comprobables siempre por medio del psicoanálisis en los individuos ulteriormente neuróticos. Corresponde a la elección de objeto primario infantil. Vemos por ella que los instintos sexuales encuentran sus primeros objetos guiándose por las valoraciones de los instintos del yo, del mismo modo que las primeras satisfacciones sexuales son experimentadas por el individuo en el ejercicio de las funciones somáticas necesarias para la conservación de la vida. El «cariño» de los padres y guardadores, que raras veces oculta por completo su carácter erótico («el niño, juguete erótico»), contribuye a acrecentar en el niño las aportaciones a las cargas psíquicas de los instintos del yo, intensificándolas en una medida susceptible de influir el curso ulterior de la evolución, sobre todo cuando concurren otras determinadas circunstancias.
Estas fijaciones cariñosas del niño perduran a través de toda la infancia y continúan incorporándose considerables magnitudes de erotismo, el cual queda desviado así de sus fines sexuales. Con la pubertad sobreviene luego la poderosa corriente «sensual», que no ignora ya sus fines. Al parecer, no deja nunca de recorrer los caminos anteriores, acumulando sobre los objetos de la elección primaria infantil magnitudes de libido mucho más amplias. Pero al tropezar aquí con el obstáculo que supone la barrera moral contra el incesto, erigida en el intervalo, tenderá a transferirse lo antes posible de dichos objetos primarios a otros, ajenos al círculo familiar del sujeto, con los cuales sea posible una vida sexual real. Estos nuevos objetos son elegidos, sin embargo, conforme al prototipo (la imagen) de los infantiles, pero con el tiempo atraen a sí todo el cariño ligado a los primitivos. El hombre abandonará a su padre y a su madre -según el precepto bíblico- para seguir a su esposa, fundiéndose entonces el cariño y la sensualidad. El máximo grado de enamoramiento sensual traerá consigo la máxima valoración psíquica. (La supervaloración normal del objeto sexual por parte del hombre.) Dos distintos factores pueden provocar el fracaso de esta evolución progresiva de la libido. En primer lugar, el grado de interdicción real que se oponga a la nueva elección de objeto, apartando de ella al individuo. No tendrá, en efecto, sentido alguno decidirse a una elección de objeto cuando no es posible elegir o no cabe elegir nada satisfactorio.
En segundo, el grado de atracción ejercido por los objetos infantiles que de abandonar se trata, grado directamente proporcional a la carga erótica de que fueron investidos en la infancia. Cuando estos factores muestran energía suficiente entra en acción el mecanismo general de la producción de las neurosis. La libido se aparta de la realidad, es acogida por la fantasía (introversión), intensifica las imágenes de los primeros objetos sexuales y se fija en ellos. Pero el obstáculo opuesto al incesto obliga a la libido orientada hacia tales objetos a permanecer en lo inconsciente. El onanismo, en el que se exterioriza la actividad de la corriente sensual, inconsciente ahora, contribuye a intensificar las indicadas fijaciones. El hecho de que el progreso evolutivo de la libido, fracasado en la realidad, quede instaurado en la fantasía mediante la sustitución de los objetos sexuales primitivos por otros ajenos al sujeto en las situaciones imaginativas conducentes a la satisfacción onanista, no modifica en nada el estado de cosas. La sustitución permite el acceso de tales fantasías a la conciencia, pero no trae consigo proceso alguno en los destinos de la libido.
Puede suceder así que toda la sensualidad de un joven quede ligada en lo inconsciente a objetos incestuosos o, dicho en otros términos, fijada en fantasías incestuosas inconscientes. El resultado es entonces una impotencia absoluta, que en ocasiones puede quedar reforzada por una debilitación real, simultáneamente adquirida, de los órganos genitales. La impotencia psíquica propiamente dicha exige premisas menos marcadas. La corriente sensual no ha de verse obligada a ocultarse en su totalidad detrás de la cariñosa, sino que ha de conservar energía y libertad suficientes para conquistar en parte el acceso a la realidad. Pero la actividad sexual de tales personas presenta claros signos de no hallarse sustentada por toda su plena energía instintiva psíquica, mostrándose caprichosa, fácil de perturbar, incorrecta, muchas veces, en la ejecución y poco placentera. Pero, sobre todo, se ve obligada a eludir toda aproximación a la corriente cariñosa, lo que supone una considerable limitación de la elección de objeto. La corriente sensual, permanecida activa, buscará tan sólo objetos que no despierten el recuerdo de los incestuosos prohibidos, y la impresión producida al sujeto por aquellas mujeres cuyas cualidades podrían inspirarle una valoración psíquica elevada no se resuelve en él en excitación sensual, sino en cariño eróticamente ineficaz. La vida erótica de estos individuos permanece disociada en dos direcciones, personificadas por el arte en el amor divino y el amor terreno (o animal). Si aman a una mujer, no la desean, y si la desean, no pueden amarla. Buscan objetos a los que no necesitan amar para mantener alejada su sensualidad de los objetos amados, y conforme a las leyes de la «sensibilidad del complejo» y del «retorno de lo reprimido», son víctimas del fallo singular de la impotencia psíquica en cuanto que el objeto elegido para eludir el incesto les recuerde en algún rasgo, a veces insignificante, el objeto que de eludir se trata.
Contra esta perturbación los individuos que padecen la disociación erótica descrita se acogen principalmente a la degradación psíquica del objeto sexual, reservando para el objeto incestuoso y sus subrogados la supervaloración que normalmente corresponde al objeto sexual. Dada tal degradación del objeto, su sexualidad puede ya exteriorizarse libremente, desarrollar un importante rendimiento y alcanzar intenso placer. A este resultado contribuye aún otra circunstancia. Aquellas personas en quienes las corrientes cariñosa y sensual no han confluido debidamente viven, por lo general, una vida sexual poco refinada. Perduran en ellas fines sexuales perversos, cuyo incumplimiento es percibido como una sensible disminución de placer, pero que sólo parece posible alcanzar con un objeto sexual rebajado e inestimado. Descubrimos ya los motivos de las fantasías descritas en un apartado anterior, en las cuales el adolescente rebaja a su madre al nivel de la prostituta. Tales fantasías tienden a construir, por lo menos en la imaginación, un puente sobre el abismo que separa las dos corrientes eróticas, y degradando a la madre, ganarla para objeto de la sensualidad.
2. Hemos desarrollado hasta aquí una investigación medicopsicológica de la impotencia psíquica, ajena en apariencia al título del presente estudio. Pronto se verá, sin embargo, que tal introducción nos era necesaria para llegar a nuestro verdadero tema. Hemos reducido la impotencia psíquica a la no confluencia de las corrientes cariñosa y sensual en la vida erótica y hemos atribuido esta perturbación de la evolución normal de la libido al influjo de intensas fijaciones infantiles y al obstáculo opuesto luego, en realidad, a la corriente sensual por la barrera erigida contra el incesto en el período intermedio. Contra esta teoría cabe una importante objeción: nos da demasiado; nos explica por qué ciertas personas padecen impotencia psíquica, pero nos lleva a extrañar que alguien pueda escapar a tal dolencia. En efecto, puesto que los factores señalados -la intensa fijación infantil, la barrera erigida contra el incesto y la prohibición opuesta al instinto sexual en los años inmediatos a la pubertad- son comunes a todos los hombres pertenecientes a cierto nivel cultural, sería de esperar que la impotencia psíquica fuese una enfermedad general de nuestra sociedad civilizada y no se limitase a casos individuales.
Podríamos inclinarnos a eludir tal conclusión acogiéndonos al factor cuantitativo de la causación de la enfermedad, o sea a aquella mayor o menor magnitud de las aportaciones de los distintos factores etiológicos, de la cual depende que se constituya o no un estado patológico manifiesto. Mas, aunque nada nos parece oponerse a esta conducta, no habremos de seguirla para rechazar la conclusión indicada. Por el contrario, queremos sentar la afirmación de que la impotencia psíquica se halla mucho más difundida de lo que se supone, apareciendo caracterizada por una cierta medida de esta perturbación la vida erótica del hombre civilizado. Si damos al concepto de la impotencia psíquica un sentido más amplio, no limitándolo a la imposibilidad de llevar a cabo el acto sexual, no obstante la perfecta normalidad de los órganos genitales y la intención consciente de complacerse en él, habremos de incluir también entre los individuos aquejados de tal enfermedad a aquellos sujetos a los que designados con el nombre de psicoanestésicos, los cuales pueden realizar el coito sin dificultad alguna, pero no hallan en él especial placer, hecho bastante más frecuente de lo que pudiera creerse. La investigación psicoanalítica de estos casos tropieza con los mismos factores etiológicos descubiertos en la impotencia psíquica estrictamente considerada, pero no nos procura en un principio explicación alguna de las diferencias sintomáticas. Una analogía fácilmente justificable enlaza estos casos de anestesia masculina a los de frigidez femenina, infinitamente frecuentes, siendo el mejor camino para describir y explicar la conducta erótica de tales mujeres su comparación con la impotencia psíquica del hombre, mucho más ruidosa .
Prescindiendo de tal extensión del concepto de la impotencia psíquica, y atendiendo tan sólo a las gradaciones de su sintomatología, no podemos eludir la impresión de que la conducta erótica del hombre civilizado presenta generalmente, hoy en día, el sello de la impotencia psíquica. Sólo en una limitada minoría aparecen debidamente confundidas las corrientes cariñosa y sexual. El hombre siente coartada casi siempre su actividad sexual por el respeto a la mujer, y sólo desarrolla su plena potencia con objetos sexuales degradados, circunstancia a la que coadyuva el hecho de integrar en sus fines sexuales componentes perversos, que no se atreve a satisfacer en la mujer estimada. Sólo experimenta, pues, un pleno goce sexual cuando puede entregarse sin escrúpulo a la satisfacción, cosa que no se permitirá, por ejemplo, con la mujer propia. De aquí su necesidad de un objeto sexual rebajado, de una mujer éticamente inferior, en la que no pueda suponer repugnancias estéticas y que ni conozca las demás circunstancias de su vida, ni pueda juzgarle. A tal mujer dedicará entonces sus energías sexuales, aunque su cariño pertenezca a otra de tipo más elevado. Esta necesidad de un objeto sexual degradado, al cual se enlace fisiológicamente la posibilidad de una completa satisfacción, explica la frecuencia con que los individuos pertenecientes a las más altas clases sociales buscan sus amantes, y a veces sus esposas, en clases inferiores.
No creo aventurado hacer también responsable de esta conducta erótica, tan frecuente entre los hombres de nuestras sociedades civilizadas, a los dos factores etiológicos de la impotencia psíquica propiamente dicha: la intensa fijación incestuosa infantil y la prohibición real opuesta al instinto sexual en la adolescencia. Aunque parezca desagradable y, además, paradójico, ha de afirmarse que para poder ser verdaderamente libre, y con ello verdaderamente feliz en la vida erótica, es preciso haber vencido el respeto a la mujer y el horror a la idea del incesto con la madre o la hermana. Aquellos que ante esta exigencia procedan a una seria introspección descubrirán que, en el fondo, consideran el acto sexual como algo degradante, cuya acción impurificadora no se limita al cuerpo. El origen de esta valoración, que sólo a disgusto reconocerán, habrán de buscarlo en aquella época de su juventud en la que su corriente sensual, intensamente desarrollada ya, encontraba prohibida toda satisfacción, tanto en los objetos incestuosos como en los extraños. También las mujeres aparecen sometidas en nuestro mundo civilizado a consecuencias análogas, emanadas de su educación y, además, a las resultantes de la conducta del hombre.
Para ellas es, naturalmente, tan desfavorable que el hombre no desarrolle a su lado toda su potencia como que la supervaloración inicial del enamoramiento quede sustituida por el desprecio después de la posesión. Lo que no parece existir en la mujer es la necesidad de rebajar el objeto sexual, circunstancia enlazada, seguramente, al hecho de no darse tampoco en ella nada semejante a la supervaloración masculina. Pero su largo apartamiento de la sexualidad y el confinamiento de la sensualidad en la fantasía tienen para ella otra importante consecuencia. En muchos casos no les es ya posible disociar las ideas de actividad sensual y prohibición, resultando así psíquicamente impotente, o sea frígida, cuando por fin le es permitida tal actividad. De aquí la tendencia de muchas mujeres a mantener secretas durante algún tiempo relaciones perfectamente lícitas, y para otras la posibilidad de sentir normalmente en cuanto la prohibición vuelve a quedar establecida, por ejemplo, en unas relaciones ilícitas. Infieles al marido, pueden consagrar al amante una fidelidad de segundo orden.
A mi juicio, este requisito de la prohibición, que aparece en la vida erótica femenina, puede equipararse a la necesidad de un objeto sexual degradado en el hombre. Ambos factores son consecuencia del largo intervalo exigido por la educación, con fines culturales, entre la maduración y la actividad sexual, y tienden igualmente a desvanecer la impotencia psíquica resultante de la no confluencia de las corrientes cariñosa y sensorial. El hecho de que las mismas causas produzcan en el hombre y en la mujer efectos tan distintos depende quizá de otra divergencia comprobable en su conducta sexual. La mujer no suele infringir la prohibición opuesta a la actividad sexual durante el período de espera, quedando así establecido en ella el íntimo enlace entre las ideas de prohibición y sexualidad. En cambio, el hombre infringe generalmente tal precepto, a condición de rebajar el valor del objeto, y acoge, en consecuencia, esta condición en su vida sexual ulterior. Ante la intensa corriente de opinión que propugna actualmente la necesidad de una reforma de la vida sexual, no será quizá inútil recordar que la investigación psicoanalítica no sigue tendencia alguna. Su único fin es descubrir los factores que se ocultan detrás de los fenómenos manifiestos. Verá con agrado que las reformas que se intenten utilicen sus descubrimientos para sustituir lo perjudicial por lo provechoso. Pero no puede asegurar que tales reformas no hayan de imponer a otras instituciones sacrificios distintos y quizá más graves.
3. El hecho de que el refrenamiento cultural de la vida erótica traiga consigo una degradación general de los objetos sexuales nos mueve a transferir nuestra atención, desde tales objetos, a los instintos mismos. El daño de la prohibición inicial del goce sexual se manifiesta en que su ulterior permisión en el matrimonio no proporciona ya plena satisfacción. Pero tampoco una libertad sexual ilimitada desde un principio procura mejores resultados. No es difícil comprobar que la necesidad erótica pierde considerable valor psíquico en cuanto se le hace fácil y cómoda la satisfacción. Para que la libido alcance un alto grado es necesario oponerle un obstáculo, y siempre que las resistencias naturales opuestas a la satisfacción han resultado insuficientes, han creado los hombres otras, convencionales, para que el amor constituyera verdaderamente un goce. Esto puede decirse tanto de los individuos como de los pueblos. En épocas en las que la satisfacción erótica no tropezaba con dificultades (por ejemplo, durante la decadencia de la civilización antigua), el amor perdió todo su valor, la vida quedó vacía y se hicieron necesarias enérgicas reacciones para restablecer los valores afectivos indispensables. En este sentido puede afirmarse que la corriente ascética del cristianismo creó para el amor valoraciones psíquicas que la antigüedad pagana no había podido ofrendarle jamás. Esta valoración alcanzó su máximo nivel en los monjes ascéticos, cuya vida no era sino una continua lucha contra la tentación libidinosa.
En un principio nos inclinamos, desde luego, a atribuir las dificultades aquí emergentes a cualidades generales de nuestros instintos orgánicos. Es también exacto, en general, que la importancia psíquica de un instinto crece con su prohibición. Si sometemos, por ejemplo, al tormento del hambre a cierto número de individuos muy diferentes entre sí, veremos que las diferencias individuales irán borrándose con el incremento de la imperiosa necesidad, siendo sustituidas por las manifestaciones uniformes del instinto insatisfecho. Ahora bien: ¿puede igualmente afirmarse que la satisfacción de un instinto disminuya siempre tan considerablemente su valor psíquico? Pensemos, por ejemplo, en la relación entre el bebedor y el vino. El vino procura siempre al bebedor la misma satisfacción tóxica, tantas veces comparada por los poetas a la satisfacción erótica y comparable realmente a ella, aun desde el punto de vista científico. Nunca se ha dicho que el bebedor se vea precisado a cambiar constantemente de bebida, porque cada una de ellas pierde, una vez gustada, su atractivo. Por el contrario, el hábito estrecha cada vez más apretadamente el lazo que une al bebedor con la clase de vino preferida. Tampoco sabemos que el bebedor sienta la necesidad de emigrar a un país en que el vino sea más caro o esté prohibido su consumo, para reanimar con tales incitantes el valor de su gastada satisfacción. Nada de esto sucede.
Las confesiones de nuestros grandes alcohólicos, de Boecklin, por ejemplo, sobre su relación con el vino, delatan una perfecta armonía, que podría servir de modelo a muchos matrimonios. ¿Por qué ha de ser entonces tan distinta la relación entre el amante y su objeto sexual? A mi juicio, y por extraño que parezca, habremos de sospechar que en la naturaleza misma del instinto sexual existe algo desfavorable a la emergencia de una plena satisfacción. En la evolución de este instinto, larga y complicada, destacan dos factores a los que pudiera hacerse responsables de tal dificultad. En primer lugar, a consecuencia del desdoblamiento de la elección de objeto y de la creación intermedia de la barrera contra el incesto, el objeto definitivo del instinto sexual no es nunca el primitivo, sino tan sólo un subrogado suyo. Pero el psicoanálisis nos ha demostrado que cuando el objeto primitivo de un impulso optativo sucumbe a la represión es reemplazado, en muchos casos, por una serie interminable de objetos sustitutivos, ninguno de los cuales satisface por completo. Esto nos explicaría la inconstancia en la elección de objeto, el «hambre de estímulos», tan frecuente en la vida erótica de los adultos.
En segundo lugar, sabemos que el instinto sexual se descompone al principio en una amplia serie de elementos -o, mejor dicho, nace de ella-, y que algunos de estos componentes no pueden ser luego acogidos en su estructura ulterior, debiendo ser reprimidos o destinados a fines diferentes. Trátase, sobre todo, de los componentes instintivos coprófilos, incompatibles con nuestra cultura estética desde el punto y hora, probablemente, en que la actitud vertical alejó del suelo nuestros órganos olfatorios, y, además, de gran parte de los impulsos sádicos adscritos a la vida erótica. Pero todos estos procesos evolutivos no van más allá de los estratos superiores de la complicada estructura. Los procesos fundamentales que dan origen a la excitación erótica permanecen invariados. Lo excremental se halla ligado íntima e inseparablemente a lo sexual, y la situación de los genitales -inter urinas et faeces- continúa siendo el factor determinante invariable. Modificando una conocida frase de Napoleón el Grande, pudiera decirse que «la anatomía es el destino». Los genitales mismos no han seguido tampoco la evolución general de las formas humanas hacia la belleza. Conservan su animalidad primitiva, y en el fondo tampoco el amor ha perdido nunca tal carácter. Los instintos eróticos son difícilmente educados, y las tentativas de este orden dan tan pronto resultados exiguos como excesivos. No parece posible que la cultura llegue a conseguir aquí sus propósitos sin provocar una sensible pérdida de placer, pues la pervivencia de los impulsos no utilizados se manifiesta en una disminución de la satisfacción buscada en la actividad sexual.
Deberemos, pues, familiarizarnos con la idea de que no es posible armonizar las exigencias del instinto sexual con las de la cultura, ni tampoco excluir de estas últimas el renunciamiento y el dolor, y muy en último término el peligro de la extinción de la especie humana, víctima de su desarrollo cultural. De todos modos, este tenebroso pronóstico no se funda sino en la sola sospecha de que la insatisfacción característica de nuestras sociedades civilizadas es la consecuencia necesaria de ciertas particularidades impuestas al instinto sexual por las exigencias de la cultura. Ahora bien: esta misma incapacidad de proporcionar una plena satisfacción que el instinto sexual adquiere en cuanto es sometido a las primeras normas de la civilización es, por otro lado, fuente de máximos rendimientos culturales, conseguidos mediante una sublimación progresiva de sus componentes instintivos. Pues ¿qué motivo tendrían los hombres para dar empleo distinto a sus energías instintivas sexuales si tales energías, cualquiera que fuese su distribución, proporcionasen una plena satisfacción placiente? No podrían ya libertarse de tal placer, y no realizarían progreso alguno. Parece así que la inextinguible diferencia entre las exigencias de los dos instintos -el sexual y el egoísta- los capacita para rendimientos cada vez más altos, si bien bajo un constante peligro, cuya forma actual es la neurosis, a la cual sucumben los más débiles. La ciencia no se propone atemorizar, ni consolar tampoco. Mas, por mi parte, estoy pronto a reconocer que las conclusiones apuntadas, tan extremas, deberían reposar sobre bases más amplias, y que quizá otras orientaciones evolutivas de la Humanidad lograran corregir los resultados de las que aquí hemos expuesto aisladamente.
Freud (1905) :La metamorfosis de la pubertad. En: Tres ensayos de una teoría sexual
Freud (1905) :La metamorfosis de la pubertad. En: Tres ensayos de una teoría sexual
Con el advenimiento de la pubertad comienzan las transformaciones que han de llevar la vida sexual infantil hacia su definitiva constitución normal. El instinto sexual, hasta entonces predominantemente autoerótico, encuentra por fin el objeto sexual. Hasta este momento actuaba partiendo de instintos aislados y de zonas erógenas qué, independientemente unas de otras, buscaban como único fin sexual determinado placer. Ahora aparece un nuevo fin sexual, a cuya consecución tienden de consumo todos los instintos parciales, al paso de las zonas erógenas se subordinan a la primacía de la zona genital. Dado que el nuevo fin sexual determina funciones diferentes para cada uno de los dos sexos, las evoluciones sexuales respectivas divergirán considerablemente. La del hombre es la más consecuente y la más asequible a nuestro conocimiento, mientras que en la de la mujer aparece una especie de regresión. La normalidad de la vida sexual se produce por la confluencia de las dos corrientes dirigidas sobre el objeto sexual y el fin sexual, la de ternura y la de sensualidad, la primera de las cuales acoge en sí lo que resta del florecimiento infantil de la sexualidad, constituyendo este proceso algo como la perforación de un túnel comenzada por ambos extremos simultáneamente. El nuevo fin sexual, consistente, en el hombre, en la descarga de los productos sexuales, no es totalmente distinto del antiguo fin que se proponía tan sólo la consecución del placer, pues precisamente a este acto final del proceso sexual se enlaza un máximo placer. El instinto sexual se pone ahora al servicio de la función reproductora; puede decirse que se hace altruista. Para que esta transformación quede perfectamente conseguida tiene que ser facilitada por la disposición original y por todas las peculiaridades del instinto. Como siempre que en el organismo han de establecerse nuevas síntesis y conexiones para formar un complicado mecanismo, aparece también aquí el peligro de perturbaciones morbosas por defectuosa constitución de estos nuevos órdenes. Todas las perturbaciones morbosas de la vida sexual pueden considerarse justificadamente como inhibición del desarrollo.
Primacía de las zonas genitales y placer preliminar
Ante nuestros ojos aparecen claramente el punto inicial y el final del proceso evolutivo descrito; pero las transiciones merced a las cuales va constituyéndose este desarrollo permanecen todavía en la oscuridad y tendremos que dejar sin resolver más de un problema con ellas ligado. Se ha escogido como lo esencial en los procesos de la pubertad lo más singular de los mismos; esto es, el manifiesto crecimiento de los genitales exteriores, que durante el período de latencia de la niñez había quedado interrumpido hasta cierto punto. Simultáneamente, el desarrollo de los genitales internos ha avanzado tanto que pueden ya ser capaces de proporcionar productos sexuales, o, en el sexo femenino, acogerlos para la formación de un nuevo ser. De esta manera queda constituido un complicado aparato que espera su utilización. Este aparato debe ser puesto en actividad por estímulos apropiados, los cuales pueden llegar a él por tres caminos diferentes: partiendo del mundo exterior, por excitación de las zonas erógenas que ya conocemos; del interior orgánico, por caminos que aún han de ser investigados, y de la vida anímica, que constituye un almacén de impresiones exteriores y una estación receptora de estímulos internos. Por todos estos tres caminos puede surgir la misma cosa: un estado que se denomina «excitación sexual» y se manifiesta por signos de dos géneros: anímicos y somáticos. Los signos anímicos consisten en una peculiar sensación de tensión, de un carácter altamente apremiante. Entre los diversos signos físicos aparece, en primer término, una serie de transformaciones de los genitales que tienen un sentido indudable, el de hallarse estos dispuestos al acto sexual; o sea, preparados para su ejecución (erección del miembro viril y lubricación de la vagina).
La tensión sexual.- El carácter de tensión de la excitación sexual plantea un problema, cuya solución se muestra tan difícil como importante sería para la inteligencia de los procesos sexuales. A pesar de la diversidad de opiniones reinante sobre esta cuestión en la Psicología moderna, he de mantener mi aserto de que una sensación de tensión tiene que ser de carácter displaciente. Prueba de ello es que tal sensación trae consigo un impulso a modificar la situación psicológica, cosa totalmente opuesta a la naturaleza del placer. Pero si se cuenta la tensión de la excitación sexual entre las sensaciones displacientes se tropieza en seguida con que dicha tensión es sentida como un placer. La tensión provocada por los procesos sexuales aparece siempre acompañada de placer, e incluso, las modificaciones preparatorias del aparato genital traen consigo una especie de satisfacción. ¿Cómo conciliar, entonces, la tensión displaciente con la sensación de placer? Todo lo que se enlaza al problema del placer y el dolor toca en uno de los puntos más sensibles de la Psicología moderna. Procuraremos extraer del examen del caso particular aquí planteado la mayor suma de datos posibles, sin abarcar el problema en su totalidad. Consideremos primero la forma en que las zonas erógenas se someten al nuevo orden. Como ya sabemos, desempeñan en la iniciación de la excitación sexual un papel muy importante. Los ojos, que forman la zona erógena más alejada del objeto sexual, son también la más frecuentemente estimulada en el proceso de la elección por aquella excitación especial que emana de la belleza del objeto, a cuyas excelencias damos, así, el nombre de «estímulos» o «encantos». Esta excitación origina, al mismo tiempo que un determinado placer, un incremento de la excitación sexual o un llamamiento a la misma. Si a esto se añade la excitación de otra zona erógena, por ejemplo, de la mano que toca, el efecto es el mismo: una sensación de placer, incrementada en seguida por el placer producido por las transformaciones preparatorias, y, simultáneamente, una nueva elevación de la tensión sexual, que se convierte pronto en un displacer claramente perceptible cuando no le es permitido producir nuevo placer. Más transparente es aún otro caso: cuando, por ejemplo, en una persona no excitada sexualmente se estimula una zona erógena por medio de un tocamiento. Este tocamiento hace surgir una sensación de placer; pero al mismo tiempo es más apto que ningún otro proceso para despertar la excitación sexual que demanda una mayoración de placer. El problema está en cómo el placer experimentado hace surgir la necesidad de un placer mayor (es tocar el pecho de una mujer).
Mecanismo del placer preliminar. -Claramente aparece el papel desempeñado en esta cuestión por las zonas erógenas. Lo que era aplicable a una puede aplicarse a las demás. Todas ellas son utilizadas para producir, bajo un estímulo apropiado, determinada aportación de placer, de la cual surge la elevación de la tensión, que por su parte debe hacer surgir la energía motora necesaria para llevar a término el acto sexual. La penúltima fase del mismo es, nuevamente, la apropiada excitación de una zona erógena, de la zona genital misma en el glans penis, por el objeto más apropiado para ello; esto es, la mucosa vaginal; bajo el placer que esta excitación produce se gana ahora, por caminos reflejos, la energía motora necesaria para hacer brotar la materia seminal. Este último placer es el de mayor intensidad y se diferencia de los demás en su mecanismo, siendo producido totalmente por una descarga y constituyendo un placer de satisfacción, con el cual se extingue temporalmente la tensión de la libido. No me parece injustificado fijar por medio de un término especial esta diferencia esencial entre el placer producido por la excitación de las zonas erógenas y el producido por la descarga de la materia sexual. El primero puede ser denominado apropiadamente placer preliminar, en oposición al placer final o placer satisfactorio de la actividad sexual.
El placer preliminar es el mismo que ya hubieron de provocar, aunque en menor escala, los instintos sexuales infantiles. El placer final es nuevo y, por tanto, se halla ligado probablemente a condiciones que no han aparecido hasta la pubertad. La fórmula para la nueva función de las zonas erógenas sería la siguiente: son utilizadas para hacer posible la aparición de mayor placer de satisfacción por medio del placer preliminar que producen y que se iguala al que producían en la vida infantil. Hace poco tiempo he podido explicar otro ejemplo, perteneciente a un sector psíquico totalmente distinto, y en el cual un mayor efecto de placer era conseguido por medio de una sensación menor, que actuaba como cebo. También allí teníamos ocasión de aproximarnos a la esencia del placer.
Peligros del placer preliminar. -La conexión del placer preliminar con la vida sexual infantil queda corroborada por la función patógena que el primero puede ejercer. El mecanismo en que está incluido el placer preliminar entraña un peligro para la consecución del fin sexual normal; peligro que aparece cuando en un momento cualquiera de los procesos sexuales preparatorios resulta el placer preliminar demasiado grande, y su parte de tensión, demasiado pequeña. En este caso desaparece la energía instintiva necesaria para llevar a cabo o continuar el proceso sexual; el camino se acorta, y la acción preparatoria correspondiente se sustituye al fin sexual normal.
La práctica psicoanalítica nos ha revelado que esta sustitución indeseable tiene como premisa un excesivo aprovechamiento anterior de la zona erógena o el instinto parcial correspondiente, para la consecución de placer, durante la infancia. Si a esta premisa infantil se agregan luego otros factores que tiendan a crear una fijación, surgirá fácilmente una coerción de carácter obsesivo, que se opondrá a la inclusión del placer preliminar de que se trate en un nuevo mecanismo. Muchas perversiones no son, en efecto, sino tal detención en los actos preparatorios del proceso sexual. La mejor garantía para este fallo del mecanismo sexual por la acción del placer preliminar estaría en una preformación infantil de la primacía de la zona genital. Esta primacía puede comenzar a indicarse en la segunda infancia (entre los ocho años y la pubertad). Las zonas genitales se conducen ya en esta época casi del mismo modo que en la madurez, apareciendo como substrato de excitaciones y de modificaciones preparatorias al ser experimentado un placer procedente de la satisfacción de otras zonas erógenas, aunque tales efectos carezcan aún de todo fin; eso es, no aporten nada conducente a la continuación del proceso sexual. Así, pues, ya en los años infantiles surge con el placer de satisfacción una cierta tensión sexual, si bien menos constante y más limitada. Se nos hace ahora comprensible cómo al tratar de las fuentes de la sexualidad pudimos afirmar justificadamente que el proceso de que venimos tratando actuaba produciendo una satisfacción sexual y, al mismo tiempo, como excitante sexual. Por último, observamos también qué en un principio exageramos las diferencias entre la vida sexual infantil y la del adulto, debiendo ahora rectificar tales exageraciones. Las manifestaciones infantiles de la sexualidad no determinan tan sólo las desviaciones, sino también la estructura normal de la vida sexual del adulto.
El problema de la excitación sexual
Hemos dejado sin aclarar el origen y la esencia de la tensión sexual, que surge simultáneamente con el placer en la satisfacción de las zonas erógenas. La hipótesis más próxima, o sea, la de que esta tensión surja del mismo placer no sólo es por sí mismo inverosímil, sino que sucumbe a la observación de que en el máximo placer, o sea, el ligado a la descarga de los productos sexuales, no se produce tensión ninguna, sino que, por el contrario, cesa ésta en absoluto. El placer y la tensión sexuales no pueden, por tanto, estar ligados más que de un modo indirecto.
Función de las materias sexuales. -Además de qué normalmente sólo la descarga de las materias sexuales pone fin a la excitación sexual, existen otros puntos de apoyo para relacionar la tensión sexual con los productos sexuales. En una vida continente acostumbra el aparato sexual descargarse de la materia sexual en períodos variables, pero no totalmente irregulares; descarga que va acompañada de una sensación de placer y tiene lugar durante una alucinación onírica nocturna, cuyo contenido es el acto sexual. En este proceso -la polución nocturna- es difícil negarse a reconocer que la tensión sexual, que sabe hallar como sustitutivo del acto sexual el corto camino alucinatorio, es una función de la acumulación de semen en el continente de los productos sexuales. En el mismo sentido testimonian las experiencias hechas sobre el agotamiento del mecanismo sexual.
Cuando el acopio de semen se agota, no sólo es imposible la ejecución del acto sexual, sino que también falla la excitabilidad de las zonas erógenas, cuyo apropiado estímulo es incapaz entonces de producir placer. De este modo vemos que hasta para la excitabilidad de las zonas erógenas es imprescindible un determinado grado de tensión sexual. Nos vemos, pues, impulsados a aceptar la hipótesis -qué si no me equivoco está muy generalmente difundida- de que la acumulación de las materias sexuales crea y mantiene la tensión sexual quizá por el hecho de que la presión de estos productos sobre las paredes de los continentes actúa como estímulo sobre un centro medular, el cual transmite su excitación a centros superiores, surgiendo entonces en la conciencia la sensación de tensión. Si la excitación de las zonas erógenas eleva la tensión, ello tiene que suceder en razón a que dichas zonas están en una previa conexión anatómica con estos centros, en los que elevan el grado de la excitación, poniendo en marcha el acto sexual cuando la excitación es suficiente o estimulando cuando no lo es la producción de las materias sexuales. El punto débil de esta teoría, aceptada por Krafft-Ebing en su descripción de los procesos sexuales, está en que, habiendo sido construida para explicar la actividad sexual del hombre adulto, dedica escasa atención a tres circunstancias, cuya explicación debería igualmente proporcionar. Son estas circunstancias las que se dan en la mujer, en el niño y en el castrado masculino. En estos tres casos no existe, en el mismo sentido que en el hombre, una acumulación de productos sexuales, lo cual quita valencia general a la teoría. Quizá puedan encontrarse, sin embargo, datos que permitan incluir en ellas estos casos. De todos modos queda indicado que no se debe atribuir al efecto de la acumulación de productos sexuales funciones para las que parece incapaz.
Valoración de los órganos sexuales internos. -De observaciones verificadas en algunos castrados masculinos, en los que excepcionalmente la libido no había experimentado modificación ninguna tras de la castración, parece poder deducirse que la excitación sexual puede ser en un grado importante independiente de la producción de materiales sexuales. Además, es ya muy conocido que enfermedades que han destruido la producción de células sexuales masculinas han dejado intactas la libido y la potencia del individuo, no produciendo en el mismo más efecto que la esterilidad. No es tan maravilloso, como supone C. Rieger, el que la pérdida de las glándulas seminales masculinas en la edad madura pueda tener lugar sin producir influencia ninguna sobre la conducta psíquica del individuo. La castración efectuada en épocas anteriores a la pubertad se acerca, en cambio, en sus resultados, a una desaparición de los caracteres sexuales; más, también en esto pudiera influir, además de la pérdida de las glándulas sexuales, una detención en el desarrollo de otros factores, ligado con la desaparición de aquéllas.
Teoría química. -Los experimentos verificados en animales vertebrados, efectuando la ablación de las glándulas seminales (testículos y ovarios), y el correspondiente injerto de nuevos órganos de este género (Lipschütz, 1919, locus citato, pág. 13) han aclarado, por fin, parcialmente el origen de la excitación sexual, rechazando aún más la importancia de una supuesta acumulación de los productos sexuales celulares. Ha sido posible realizar así el experimento (E. Steinach) de transformar un macho en hembra, y viceversa, experimento en el cual la conducta psicosexual del animal se transforma al mismo tiempo y en igual sentido que sus caracteres sexuales somáticos. Esta influencia determinante sexual no es, sin embargo, atribuible a la glándula seminal, que produce las células específicas sexuales (espermatozoo-óvulo), sino al tejido intersticial de la misma, el cual ha sido denominado «glándula de la pubertad». Es muy posible que investigaciones subsiguientes descubran que la glándula de la pubertad posee normalmente una disposición hermafrodita, con la cual quedaría fundamentada automáticamente la teoría de la bisexualidad de los animales superiores, y ya es, por el momento, muy verosímil que no sea esta glándula el único órgano relacionado con la producción de la excitación sexual y los caracteres sexuales. De todos modos, este nuevo descubrimiento biológico se relaciona con el anteriormente verificado sobre la significación de la glándula tiroides para la sexualidad.
Debemos, pues, creer que en la parte intersticial de las glándulas seminales se producen materias químicas especiales, que son acogidas por la corriente sanguínea, produciendo la carga de tensión sexual de determinadas partes del sistema nervioso central. Nos son ya conocidos varios ejemplos de tal transformación de una excitación tóxica, producida por sustancias tóxicas introducidas en el organismo, en una excitación especial de un órgano. Cómo se origina la excitación sexual por estimulación de las zonas erógenas, dada una previa carga de los aparatos centrales, y qué mezcla de efectos excitantes, puramente tóxicos o fisiológicos, aparecen en estos procesos sexuales, es cosa de la que no podemos tratar ni siquiera hipotéticamente, pues no constituye una labor que pueda emprenderse por ahora. Como esencial para esta concepción de los procesos sexuales nos bastará por el momento la hipótesis de la existencia de materias especiales derivadas del metabolismo sexual. Esta concepción, aparentemente caprichosa, está apoyada por un conocimiento poco tenido en cuenta, pero muy digno de que se le dé mayor importancia: aquellas neurosis que sólo pueden ser referidas a perturbaciones de la vida sexual muestran la mayor analogía clínica con los fenómenos de intoxicación y abstinencia, consecutivos a la ingestión habitual de materias tóxicas productoras de placer (alcaloides).
La teoría de la libido
Estas hipótesis sobre el fundamento químico de la excitación sexual se hallan de perfecto acuerdo con las representaciones auxiliares que hubimos de crear para llegar a la comprensión de las manifestaciones psíquicas de la vida sexual. Hemos fijado el concepto de la libido como una fuerza cuantitativamente variable, que nos permite medir los procesos y las transformaciones de la excitación sexual. Separamos esta libido, por su origen particular, de la energía en que deben basarse los procesos anímicos, y, por tanto, le atribuimos también un carácter cualitativo. En la distinción entre energías psíquicas libidinosas y otras de carácter distinto expresamos la suposición de que los procesos sexuales del organismo se diferencian, por un quimismo particular, de los procesos de la nutrición. El análisis de las perversiones y psiconeurosis nos ha llevado al conocimiento de que esta excitación sexual no es producida únicamente por los órganos llamados sexuales, sino por todos los del cuerpo. Construimos, por tanto, la idea de un libidoquantum, cuya representación psíquica denominamos «libido del yo» (ichlibido), y cuya producción, aumento, disminución, distribución y desplazamiento deben ofrecernos las posibilidades de explicación de los fenómenos psicosexuales observados.
Esta libido del yo no aparece cómodamente asequible al estudio analítico más que cuando ha encontrado su empleo psíquico en el revestimiento de objetos sexuales; esto es, cuando se ha convertido en «libido del objeto». La vemos entonces concentrarse en objetos, fijarse en ellos, o en ocasiones abandonándolos, trasladándose de unos a otros, y dirigiendo desde estas posiciones la actividad sexual del individuo, que conduce a la satisfacción; esto es, a la extensión parcial y temporal de la libido. El psicoanálisis de las llamadas neurosis de transferencia (histeria y neurosis obsesiva) nos permite hallar aquí un fijo y seguro conocimiento. De los destinos de la libido del objeto podemos aún averiguar que es retirada de los objetos, quedando flotante en determinados estados de tensión, hasta recaer de nuevo en el yo, de manera a volver a convertirse en libido del yo. Esta libido del yo la denominamos, en oposición a la del objeto, libido «narcisista». Desde el psicoanálisis miramos como desde una frontera, cuya transgresión no nos está permitida, la actuación de la libido narcisista y nos formamos una idea de su relación con la del objeto. La libido del yo o libido narcisista aparece como una gran represa de la cual parten las corrientes de revestimiento del objeto y a la cual retornan. El revestimiento del yo por la libido narcisista se nos muestra como el estado original, que aparece en la primera infancia y es encubierto por las posteriores emanaciones de la libido, pero que en realidad permanece siempre latente detrás de las mismas.
La misión de una teoría de las perturbaciones neuróticas y psicóticas, fundada en el concepto de la libido, debe ser expresar todos los fenómenos y procesos observados en los términos de la economía de la misma. Es fácil adivinar que los destinos de la libido del yo alcanzarán en tal teoría la máxima importancia, especialmente en aquellos casos en que se trate de la explicación de las más profundas perturbaciones psicóticas. La dificultad aparece en el hecho de que el instrumento de nuestras investigaciones -el psicoanálisis- no nos proporciona, por lo pronto, datos seguros más que sobre las transformaciones de la libido del objeto, pero no es capaz de separar la libido del yo de las otras energías actuantes en el mismo. Una continuación de la teoría de la libido es en consecuencia sólo posible, por lo pronto, en un camino especulativo; pero sería renunciar a todo lo ganado por medio de la observación psicoanalítica si, conforme a lo expuesto por C. G. Jung, se huyese del concepto mismo de la libido, haciéndola coincidir con la fuerza instintiva psíquica. La separación de las emociones instintivas sexuales de las demás y, por tanto, la limitación de las primeras del concepto de la libido, encuentra fuerte apoyo en la hipótesis antes discutida de un quimismo especial de la función sexual.
Diferenciación de los sexos
Sabido es que hasta la pubertad no aparece una definida diferenciación entre el carácter masculino y el femenino, antítesis que influye más decisivamente que ninguna otra sobre el curso de la vida humana. Sin embargo, las disposiciones masculina y femenina resultan ya claramente reconocibles en la infancia. El desarrollo de los diques sexuales (pudor, repugnancia, compasión, etc.) aparece en las niñas más tempranamente y encontrando una resistencia menor que en los niños. Asimismo, es en las niñas mucho mayor la inclinación a la represión sexual, y cuando surgen en ellas instintos parciales de la sexualidad escogen con preferencia la forma pasiva. La actividad autoerótica de las zonas erógenas es en ambos sexos la misma, y por esta coincidencia falta en los años infantiles una diferenciación sexual tal y como aparece después de la pubertad. Con referencia a las manifestaciones sexuales autoeróticas y masturbaciones pudiera decirse que la sexualidad de las niñas tiene un absoluto carácter masculino, y si fuera posible atribuir un contenido más preciso a los conceptos «masculino» y «femenino», se podría también sentar la afirmación de que la libido es regularmente de naturaleza masculina, aparezca en el hombre o en la mujer e independientemente de su objeto, sea éste el hombre o la mujer.
Desde que llegamos al conocimiento de la teoría de la bisexualidad consideramos este factor como el que aquí ha de darnos la pauta, y opinamos qué sin tener en cuenta la bisexualidad no podrá llegarse a la inteligencia de las manifestaciones sexuales observables en el hombre y en la mujer.
Zonas directivas en el hombre y en la mujer. -Sentado esto, sólo añadiremos las siguientes observaciones: en la niña, la zona erógena directiva es el clítoris, localización homóloga a la de la zona erógena directiva masculina en el glande. Todo lo que he podido investigar sobre la masturbación en las niñas se refería exclusivamente al clítoris y no a las otras partes de los genitales exteriores, importante para las funciones sexuales posteriores. Dudo que la niña, bajo la influencia de la seducción o de la corrupción, llegue a otra cosa que a la masturbación clitoridiana, y si esto sucede alguna vez, ello constituye una rara excepción. Las descargas espontáneas de la excitación sexual, tan frecuentes en las niñas, se manifiestan en contracciones del clítoris, y las frecuentes erecciones del mismo hacen posible a la niña el juzgar acertadamente y sin indicación alguna exterior las manifestaciones sexuales del sexo contrario, transfiriendo simplemente al sexo masculino las sensaciones de sus propios procesos sexuales.
Si se quiere comprender la evolución que convierte a la niña en mujer tiene que seguirse el camino recorrido por esta excitabilidad del clítoris. La pubertad, que produce en el niño aquel grave avance de la libido de que ya tratamos, se caracteriza en la niña por una nueva ola de represión que recae precisamente sobre la sexualidad clitoridiana. Lo que sucumbe a la represión es un trozo de vida sexual masculina. La fortificación de los obstáculos sexuales creada por esta represión de la pubertad en la mujer constituye después un estímulo más para la libido del hombre y obliga a la misma a elevar sus rendimientos. Con el grado de la libido se eleva entonces también la sobrevaloración sexual, que recae con toda su fuerza en la mujer que se niega al hombre y rechaza su propia sexualidad. El clítoris conserva entonces el papel de cuando es excitado en el por fin consentido acto sexual, transmitir esta excitación a los órganos femeninos vecinos, así como una astilla de pino es utilizada para transmitir el fuego a la demás leña, más difícil de prender. Con frecuencia es necesario determinado tiempo para que llegue a verificarse por completo esta transferencia, y durante esta época la joven permanece totalmente anestésica. Esta anestesia puede ser duradera cuando la zona clitoridiana se niega a transmitir su excitabilidad, cosa que sucede cuando durante los años infantiles ha sido excesiva su actividad erógena.
Conocido es que la anestesia en la mujer es, con frecuencia, sólo aparente y local. Son anestésicas en la entrada de la vagina, pero en ningún modo inexcitables en el clítoris y hasta en otras zonas. A estas causas erógenas de la anestesia se juntan después las psíquicas, igualmente determinadas por represión. Cuando la transferencia de la excitabilidad erógena desde el clítoris a la entrada de la vagina queda establecida, ha cambiado la mujer la zona directiva de su posterior actividad sexual, mientras que el hombre conserva la suya sin cambio alguno desde la niñez. En este cambio de las zonas erógenas directivas, así como en el avance represivo de la pubertad qué, echa a un lado la virilidad infantil, yacen las condiciones principales para la facilidad de adquisición de la neurosis por la mujer, especialmente de la histeria. Estas condiciones están ligadas, por tanto, íntimamente con la esencia de la femineidad.
El hallazgo de objeto
Mientras qué por los procesos de la pubertad queda fijada la primacía de las zonas erógenas, y la erección del miembro viril indica apremiantemente al sujeto el nuevo fin sexual, esto es, la penetración en una cavidad excitadora de la zona genital, tiene lugar en los dominios psíquicos el hallazgo de objeto, momento que se ha venido preparando desde la más temprana niñez. Cuando la primitiva satisfacción sexual estaba aún ligada con la absorción de alimentos, el instinto sexual tenía en el pecho materno un objeto sexual exterior al cuerpo del niño. Este objeto sexual desaparece después, y quizá precisamente en la época en que fue posible para el niño construir la representación total de la persona a la cual pertenecía el órgano productor de satisfacción. El instinto sexual se hace en este momento autoerótico, hasta que, terminado el período de latencia, vuelve a formarse la relación primitiva. No sin gran fundamento ha llegado a ser la succión del niño del pecho de la madre modelo de toda relación erótica. El hallazgo de objeto no es realmente más que un retorno al pasado.
Objeto sexual de la época de lactancia. -De estas primeras y más importantes relaciones sexuales queda gran parte como resto, después de separada la actividad sexual, de la alimentación. Este resto prepara la elección del objeto; esto es, ayuda a volver a constituir la felicidad perdida. Durante todo el período de latencia aprende el niño a amar a las personas que satisfacen sus necesidades y le auxilian en su carencia de adaptación a la vida. Y aprende a amarlas conforme al modelo y como una continuación de sus relaciones de lactancia con la madre o la nodriza. Quizá no se quiera aceptar el hecho de que el tierno sentimiento y la estimación del niño hacia las personas que le cuidan haya de indentificarse con el amor sexual; pero, en mi opinión, una investigación psicológica cuidadosa fijará siempre y sin dejar lugar a dudas esta identidad. La relación del niño con dichas personas es para él una inagotable fuente de excitación sexual y de satisfacción de las zonas erógenas. La madre, sobre todo, atiende al niño con sentimiento procedente de su propia vida sexual, y le acaricia, besa y mece tomándole claramente como sustitutivo de un completo objeto sexual.
La madre se horrorizaría probablemente al conocer esta explicación y ver que con su ternura despierta el instinto sexual de su hijo y prepara su posterior intensidad. Considera sus actos como manifestaciones de «puro» amor asexual, puesto que evita con todo cuidado excitar los genitales del niño más de los imprescindiblemente necesario al proceder a la higiene de su cuerpo. Pero el instinto sexual no es tan sólo despertado por excitaciones de la zona genital. Lo que llamamos ternura exteriorizará notablemente un día el efecto ejercido sobre las zonas erógenas. Si la madre comprendiera mejor la alta significación del instinto para la total vida psíquica y para todas las funciones éticas y anímicas, no se haría ningún reproche aun cuando admitiera totalmente nuestra concepción. Enseñando a amar a su hijo, no hace más que cumplir uno de sus deberes. El niño tiene que llegar a ser un hombre completo, con necesidades sexuales enérgicas, y llevar a cabo durante su vida todo aquello a lo que el instinto impulsa al hombre. Un exceso de ternura materna quizá sea perjudicial para el niño por acelerar su madurez sexual, acostumbrarle mal y hacerle incapaz, en posteriores épocas de su vida, de renunciar temporalmente al amor o contentarse con una pequeña parte de él. Los niños que demuestran ser insaciables en su demanda de ternura materna presentan con ello uno de los más claros síntomas de futura nerviosidad. Por otra parte, los padres neurópatas son, en general, los más inclinados a una ternura sin medida, despertando así en sus hijos, antes que nadie y por sus caricias, la disposición a posteriores enfermedades neuróticas. Vemos, pues, que los padres neuróticos disponen de un camino distinto de la herencia para legar a sus hijos su enfermedad.
Angustia infantil. -Los mismos niños se conducen desde sus años más tempranos como si su dependencia hacia las personas que los cuidan fuera de la naturaleza del amor sexual. La angustia de los niños no es, en un principio, más que una manifestación de que echan de menos la presencia de la persona querida. Así, experimentan miedo ante personas desconocidas y se asustan de la oscuridad porque en ella no ven a la persona amada, tranquilizándose cuando ésta les coge de la mano. Se exagera el efecto de los relatos terroríficos de las niñeras cuando se culpa a éstas de originar el miedo en los niños que tienen a su cuidado. Aquellos niños inclinados a terrores infantiles son precisamente los que pueden ser influidos por tales relatos, que no ejercen, en cambio, acción alguna sobre aquellos otros no predispuestos. Y precisamente al miedo no se inclinan más que los niños que poseen un instinto sexual exagerado, desarrollado prematuramente o devenido exigente por un exceso de mimo. El niño se conduce aquí como el adulto, transformando en angustia su libido cuando no logra satisfacerla, así como el adulto se conducirá completamente igual que el niño cuando por insatisfacción de su libido haya llegado a contraer la neurosis, pues comenzará a angustiarse en cuanto esté solo, esto es, sin una persona de cuyo amor se crea seguro, e intentará hacer desaparecer este miedo por los procedimientos más infantiles.
Diques contra el incesto. -Cuando la ternura de los padres hacia el niño ha evitado felizmente desarrollar de una manera prematura el instinto sexual del mismo; esto es, despertarlo antes de alcanzadas las condiciones físicas de la pubertad, y despertarlo de tal manera, que la excitación anímica se abra paso hasta el sistema genital, puede acabar de cumplir su misión, dirigiendo a este niño en la edad de la madurez en la elección del objeto sexual. Lo más fácil para el niño será elegir, como objeto sexual, a aquellas mismas personas a las que ha amado y ama desde su niñez con una libido que podríamos calificar de mitigada . Más por la avanzada época en que tiene lugar la maduración sexual se ha llegado al momento en que es necesario alzar; al lado de otros diques sexuales, los que han de oponerse a la tendencia al incesto; esto es, inculcar al niño aquellos preceptos morales que excluyen de la elección de objeto a las personas queridas durante la niñez y a los parientes consanguíneos. El respeto de estos límites es, ante todo, una exigencia civilizadora de la sociedad, que tiene que defenderse de la concentración, en la familia, de intereses que le son necesarios para la constitución de unidades sociales más elevadas, y actúa, por tanto, en todos, y especialmente en el adolescente, para desatar o aflojar los lazos contraídos en la niñez con la familia.
La elección de objeto es llevada a cabo al principio tan sólo imaginativamente, pues la vida sexual de la juventud en maduración tiene apenas otro campo de acción que el de las fantasías; esto es, el de las representaciones no destinadas a convertirse en actos. En estas fantasías resurgen en todos los hombres las tendencias infantiles, fortificadas ahora por la energía somática, y entre ellas, con frecuencia, y en primer lugar, la impulsión sexual del niño hacia sus padres, diferenciada, en la mayoría de los casos, por la atracción de los sexos; esto es, del hijo por la madre y de la hija por el padre. Simultáneamente al vencimiento y repulsa de estas fantasías claramente incestuosas tiene lugar una de las reacciones psíquicas más importantes y también más dolorosas de la pubertad: la liberación del individuo de la autoridad de sus padres, por medio de la cual queda creada la contradicción de la nueva generación con respecto a la antigua, tan importante para el progreso de la civilización. En todas las estaciones del proceso evolutivo por las que el sujeto debe pasar quedan fijos algunos individuos, y así hay personas que no han vencido nunca la autoridad de los padres y no han conseguido retirar de ellos por completo o en absoluto su ternura. Estos casos están constituidos en su mayoría por muchachas que para alegría de sus padres conservan después de la pubertad todo su amor infantil hacia ellos. Y es muy instructivo comprobar que tales muchachas repugnan en su ulterior vida matrimonial conceder a sus maridos lo que les es debido. Llegan a ser esposas frías y permanecen sexualmente anestésicas. Esto nos muestra que el amor hacia los padres, aparentemente asexual, y el amor sexual proceden de las mismas fuentes; esto es, que el primero no corresponde más que a una fijación infantil de la libido.
Cuanto más se acerca uno a las hondas perturbaciones del desarrollo psicosexual, más innegable aparece la importancia de la elección de objeto incestuoso. En los psiconeuróticos queda relegada a lo inconsciente, a consecuencia de la repulsa sexual, una gran parte o la totalidad de las actividades psicosexuales de la elección de objeto. Para las muchachas de una exagerada necesidad de ternura y un horror igualmente exagerado ante las exigencias reales de la vida sexual, llega a ser una tentación irresistible asegurarse, por una parte, la idea del amor asexual en su vida y esconder, por otra, su libido detrás de una ternura que puedan exteriorizar sin autorreproches, conservando así, durante toda la vida, su inclinación infantil hacia los padres o hermanos, que volvió a surgir en ellas al llegar a la pubertad. El psicoanálisis puede demostrar sin trabajo alguno a estas personas que están enamoradas, en el sentido corriente de la palabra, de sus parientes consanguíneos, investigando sus pensamientos inconscientes y atrayéndolos a su conciencia con la ayuda de los síntomas y de otras manifestaciones de la enfermedad. También en los casos en que una persona, primitivamente sana, ha enfermado después de una desgraciada experiencia erótica, puede verse claramente que el mecanismo de tal aparición de la enfermedad es el retorno de su libido a las personas que prefirió durante su infancia.
Influencia duradera de la elección infantil de objeto. -Tampoco aquellos que han evitado la fijación incestuosa de su libido puede decirse que han escapado por completo a la influencia de la misma. Un claro eco de esta fase evolutiva está constituido por el hecho de qué, como suele ser muy frecuente, el primer amor del adolescente recaiga en una mujer ya madura, así como el de la muchacha en un hombre entrado en años y revestido de autoridad, o sea, en uno y otro sexo, personas que para el sujeto presentan analogía con la madre o el padre, respectivamente. La elección de objeto se verifica siempre más o menos libremente conforme a este patrón. Ante todo, busca el hombre, en su objeto sexual, la semejanza con aquella imagen de su madre que, en su más temprana edad, quedó impresa en su memoria. Aquellos casos en los que la madre, viva aún, ve con hostilidad la elección de objeto realizada por su hijo, constituyen una afirmación de nuestra hipótesis. Dada esta importancia de las relaciones infantiles con los padres para la posterior elección del objeto sexual, es fácil comprender que cada perturbación de estas relaciones infantiles origine después los más graves resultados para la vida sexual posterior a la pubertad. Los celos del amante no carecen tampoco nunca de una raíz infantil o, por lo menos, de algo infantil que eleva su intensidad. Las diferencias entre los mismos padres, los matrimonios desgraciados, producen en los hijos la más grave predisposición a un desarrollo sexual perturbado o a la adquisición de enfermedades neuróticas. La inclinación infantil hacia los padres es quizá el más importante, pero no el único de los sentimientos, qué, renovados en la pubertad, marcan después el camino a la elección de objeto. Otros factores del mismo origen permiten al hombre, siempre en relación con su infancia, desarrollar más de una única serie sexual y exigir muy diferentes condiciones para la elección de objeto.
Prevención de la inversión. -Uno de los requisitos de la elección normal de objeto es el de recaer precisamente en el sexo contrario. Como hemos visto, no llega a efectuarse así sin alguna vacilación. Los primeros sentimientos subsiguientes a la pubertad aparecen -sin que ello constituya una falta duradera- como totalmente erróneos. Dessoir ha llamado muy justificadamente la atención sobre la exagerada inclinación que aparece regularmente entre los adolescentes por sus compañeros del mismo sexo. El poder más importante entre los que se oponen a una inversión duradera del objeto sexual es, ciertamente, la atracción que manifiestan los caracteres sexuales opuestos, unos por otros. La explicación de este fenómeno no encuentra lugar apropiado dentro de nuestro estudio ; pero sí haremos constar que tal atracción no alcanza por sí sola a excluir totalmente la inversión, siendo necesario que aparezcan otros factores auxiliares. Ante todo, el obstáculo autoritario de la sociedad. En aquellos países en que la inversión no es considerada como un delito, puede verse que corresponde por completo a la inclinación sexual de un considerable número de individuos. Además, debe aceptarse, con respecto al hombre, el hecho de que los recuerdos infantiles de las ternuras de la madre y de otras personas femeninas ayudan enérgicamente a dirigir su elección hacia la mujer y por otro lado, la restricción de las actividades sexuales tempranamente experimentada por parte del padre y la posición de competividad con respecto a él desvían al sujeto de las personas de su mismo sexo.
Ambos factores son valederos también con respecto a la muchacha, cuya actividad sexual se halla bajo la guarda especial de la madre. De esta manera se constituye una relación hostil con respecto al propio sexo, que influye decisivamente en la elección de objeto, orientándola hacia lo normal. La educación del niño por personas masculinas (en la antigüedad los esclavos) parece favorecer la homosexualidad. En la aristocracia contemporánea, la frecuencia de la inversión se hace comprensible por el empleo de servidumbre masculina y por la escasez de cuidados personales de que la madre hace objeto a sus hijos. En algunos histéricos ha podido demostrarse que la temprana desaparición de uno de los padres, por muerte o divorcio, motivando la acumulación de todo el amor del niño en la persona restante, fue la condición para el sexo de la persona elegida después como objeto sexual, haciendo posible así la inversión duradera.
Con el advenimiento de la pubertad comienzan las transformaciones que han de llevar la vida sexual infantil hacia su definitiva constitución normal. El instinto sexual, hasta entonces predominantemente autoerótico, encuentra por fin el objeto sexual. Hasta este momento actuaba partiendo de instintos aislados y de zonas erógenas qué, independientemente unas de otras, buscaban como único fin sexual determinado placer. Ahora aparece un nuevo fin sexual, a cuya consecución tienden de consumo todos los instintos parciales, al paso de las zonas erógenas se subordinan a la primacía de la zona genital. Dado que el nuevo fin sexual determina funciones diferentes para cada uno de los dos sexos, las evoluciones sexuales respectivas divergirán considerablemente. La del hombre es la más consecuente y la más asequible a nuestro conocimiento, mientras que en la de la mujer aparece una especie de regresión. La normalidad de la vida sexual se produce por la confluencia de las dos corrientes dirigidas sobre el objeto sexual y el fin sexual, la de ternura y la de sensualidad, la primera de las cuales acoge en sí lo que resta del florecimiento infantil de la sexualidad, constituyendo este proceso algo como la perforación de un túnel comenzada por ambos extremos simultáneamente. El nuevo fin sexual, consistente, en el hombre, en la descarga de los productos sexuales, no es totalmente distinto del antiguo fin que se proponía tan sólo la consecución del placer, pues precisamente a este acto final del proceso sexual se enlaza un máximo placer. El instinto sexual se pone ahora al servicio de la función reproductora; puede decirse que se hace altruista. Para que esta transformación quede perfectamente conseguida tiene que ser facilitada por la disposición original y por todas las peculiaridades del instinto. Como siempre que en el organismo han de establecerse nuevas síntesis y conexiones para formar un complicado mecanismo, aparece también aquí el peligro de perturbaciones morbosas por defectuosa constitución de estos nuevos órdenes. Todas las perturbaciones morbosas de la vida sexual pueden considerarse justificadamente como inhibición del desarrollo.
Primacía de las zonas genitales y placer preliminar
Ante nuestros ojos aparecen claramente el punto inicial y el final del proceso evolutivo descrito; pero las transiciones merced a las cuales va constituyéndose este desarrollo permanecen todavía en la oscuridad y tendremos que dejar sin resolver más de un problema con ellas ligado. Se ha escogido como lo esencial en los procesos de la pubertad lo más singular de los mismos; esto es, el manifiesto crecimiento de los genitales exteriores, que durante el período de latencia de la niñez había quedado interrumpido hasta cierto punto. Simultáneamente, el desarrollo de los genitales internos ha avanzado tanto que pueden ya ser capaces de proporcionar productos sexuales, o, en el sexo femenino, acogerlos para la formación de un nuevo ser. De esta manera queda constituido un complicado aparato que espera su utilización. Este aparato debe ser puesto en actividad por estímulos apropiados, los cuales pueden llegar a él por tres caminos diferentes: partiendo del mundo exterior, por excitación de las zonas erógenas que ya conocemos; del interior orgánico, por caminos que aún han de ser investigados, y de la vida anímica, que constituye un almacén de impresiones exteriores y una estación receptora de estímulos internos. Por todos estos tres caminos puede surgir la misma cosa: un estado que se denomina «excitación sexual» y se manifiesta por signos de dos géneros: anímicos y somáticos. Los signos anímicos consisten en una peculiar sensación de tensión, de un carácter altamente apremiante. Entre los diversos signos físicos aparece, en primer término, una serie de transformaciones de los genitales que tienen un sentido indudable, el de hallarse estos dispuestos al acto sexual; o sea, preparados para su ejecución (erección del miembro viril y lubricación de la vagina).
La tensión sexual.- El carácter de tensión de la excitación sexual plantea un problema, cuya solución se muestra tan difícil como importante sería para la inteligencia de los procesos sexuales. A pesar de la diversidad de opiniones reinante sobre esta cuestión en la Psicología moderna, he de mantener mi aserto de que una sensación de tensión tiene que ser de carácter displaciente. Prueba de ello es que tal sensación trae consigo un impulso a modificar la situación psicológica, cosa totalmente opuesta a la naturaleza del placer. Pero si se cuenta la tensión de la excitación sexual entre las sensaciones displacientes se tropieza en seguida con que dicha tensión es sentida como un placer. La tensión provocada por los procesos sexuales aparece siempre acompañada de placer, e incluso, las modificaciones preparatorias del aparato genital traen consigo una especie de satisfacción. ¿Cómo conciliar, entonces, la tensión displaciente con la sensación de placer? Todo lo que se enlaza al problema del placer y el dolor toca en uno de los puntos más sensibles de la Psicología moderna. Procuraremos extraer del examen del caso particular aquí planteado la mayor suma de datos posibles, sin abarcar el problema en su totalidad. Consideremos primero la forma en que las zonas erógenas se someten al nuevo orden. Como ya sabemos, desempeñan en la iniciación de la excitación sexual un papel muy importante. Los ojos, que forman la zona erógena más alejada del objeto sexual, son también la más frecuentemente estimulada en el proceso de la elección por aquella excitación especial que emana de la belleza del objeto, a cuyas excelencias damos, así, el nombre de «estímulos» o «encantos». Esta excitación origina, al mismo tiempo que un determinado placer, un incremento de la excitación sexual o un llamamiento a la misma. Si a esto se añade la excitación de otra zona erógena, por ejemplo, de la mano que toca, el efecto es el mismo: una sensación de placer, incrementada en seguida por el placer producido por las transformaciones preparatorias, y, simultáneamente, una nueva elevación de la tensión sexual, que se convierte pronto en un displacer claramente perceptible cuando no le es permitido producir nuevo placer. Más transparente es aún otro caso: cuando, por ejemplo, en una persona no excitada sexualmente se estimula una zona erógena por medio de un tocamiento. Este tocamiento hace surgir una sensación de placer; pero al mismo tiempo es más apto que ningún otro proceso para despertar la excitación sexual que demanda una mayoración de placer. El problema está en cómo el placer experimentado hace surgir la necesidad de un placer mayor (es tocar el pecho de una mujer).
Mecanismo del placer preliminar. -Claramente aparece el papel desempeñado en esta cuestión por las zonas erógenas. Lo que era aplicable a una puede aplicarse a las demás. Todas ellas son utilizadas para producir, bajo un estímulo apropiado, determinada aportación de placer, de la cual surge la elevación de la tensión, que por su parte debe hacer surgir la energía motora necesaria para llevar a término el acto sexual. La penúltima fase del mismo es, nuevamente, la apropiada excitación de una zona erógena, de la zona genital misma en el glans penis, por el objeto más apropiado para ello; esto es, la mucosa vaginal; bajo el placer que esta excitación produce se gana ahora, por caminos reflejos, la energía motora necesaria para hacer brotar la materia seminal. Este último placer es el de mayor intensidad y se diferencia de los demás en su mecanismo, siendo producido totalmente por una descarga y constituyendo un placer de satisfacción, con el cual se extingue temporalmente la tensión de la libido. No me parece injustificado fijar por medio de un término especial esta diferencia esencial entre el placer producido por la excitación de las zonas erógenas y el producido por la descarga de la materia sexual. El primero puede ser denominado apropiadamente placer preliminar, en oposición al placer final o placer satisfactorio de la actividad sexual.
El placer preliminar es el mismo que ya hubieron de provocar, aunque en menor escala, los instintos sexuales infantiles. El placer final es nuevo y, por tanto, se halla ligado probablemente a condiciones que no han aparecido hasta la pubertad. La fórmula para la nueva función de las zonas erógenas sería la siguiente: son utilizadas para hacer posible la aparición de mayor placer de satisfacción por medio del placer preliminar que producen y que se iguala al que producían en la vida infantil. Hace poco tiempo he podido explicar otro ejemplo, perteneciente a un sector psíquico totalmente distinto, y en el cual un mayor efecto de placer era conseguido por medio de una sensación menor, que actuaba como cebo. También allí teníamos ocasión de aproximarnos a la esencia del placer.
Peligros del placer preliminar. -La conexión del placer preliminar con la vida sexual infantil queda corroborada por la función patógena que el primero puede ejercer. El mecanismo en que está incluido el placer preliminar entraña un peligro para la consecución del fin sexual normal; peligro que aparece cuando en un momento cualquiera de los procesos sexuales preparatorios resulta el placer preliminar demasiado grande, y su parte de tensión, demasiado pequeña. En este caso desaparece la energía instintiva necesaria para llevar a cabo o continuar el proceso sexual; el camino se acorta, y la acción preparatoria correspondiente se sustituye al fin sexual normal.
La práctica psicoanalítica nos ha revelado que esta sustitución indeseable tiene como premisa un excesivo aprovechamiento anterior de la zona erógena o el instinto parcial correspondiente, para la consecución de placer, durante la infancia. Si a esta premisa infantil se agregan luego otros factores que tiendan a crear una fijación, surgirá fácilmente una coerción de carácter obsesivo, que se opondrá a la inclusión del placer preliminar de que se trate en un nuevo mecanismo. Muchas perversiones no son, en efecto, sino tal detención en los actos preparatorios del proceso sexual. La mejor garantía para este fallo del mecanismo sexual por la acción del placer preliminar estaría en una preformación infantil de la primacía de la zona genital. Esta primacía puede comenzar a indicarse en la segunda infancia (entre los ocho años y la pubertad). Las zonas genitales se conducen ya en esta época casi del mismo modo que en la madurez, apareciendo como substrato de excitaciones y de modificaciones preparatorias al ser experimentado un placer procedente de la satisfacción de otras zonas erógenas, aunque tales efectos carezcan aún de todo fin; eso es, no aporten nada conducente a la continuación del proceso sexual. Así, pues, ya en los años infantiles surge con el placer de satisfacción una cierta tensión sexual, si bien menos constante y más limitada. Se nos hace ahora comprensible cómo al tratar de las fuentes de la sexualidad pudimos afirmar justificadamente que el proceso de que venimos tratando actuaba produciendo una satisfacción sexual y, al mismo tiempo, como excitante sexual. Por último, observamos también qué en un principio exageramos las diferencias entre la vida sexual infantil y la del adulto, debiendo ahora rectificar tales exageraciones. Las manifestaciones infantiles de la sexualidad no determinan tan sólo las desviaciones, sino también la estructura normal de la vida sexual del adulto.
El problema de la excitación sexual
Hemos dejado sin aclarar el origen y la esencia de la tensión sexual, que surge simultáneamente con el placer en la satisfacción de las zonas erógenas. La hipótesis más próxima, o sea, la de que esta tensión surja del mismo placer no sólo es por sí mismo inverosímil, sino que sucumbe a la observación de que en el máximo placer, o sea, el ligado a la descarga de los productos sexuales, no se produce tensión ninguna, sino que, por el contrario, cesa ésta en absoluto. El placer y la tensión sexuales no pueden, por tanto, estar ligados más que de un modo indirecto.
Función de las materias sexuales. -Además de qué normalmente sólo la descarga de las materias sexuales pone fin a la excitación sexual, existen otros puntos de apoyo para relacionar la tensión sexual con los productos sexuales. En una vida continente acostumbra el aparato sexual descargarse de la materia sexual en períodos variables, pero no totalmente irregulares; descarga que va acompañada de una sensación de placer y tiene lugar durante una alucinación onírica nocturna, cuyo contenido es el acto sexual. En este proceso -la polución nocturna- es difícil negarse a reconocer que la tensión sexual, que sabe hallar como sustitutivo del acto sexual el corto camino alucinatorio, es una función de la acumulación de semen en el continente de los productos sexuales. En el mismo sentido testimonian las experiencias hechas sobre el agotamiento del mecanismo sexual.
Cuando el acopio de semen se agota, no sólo es imposible la ejecución del acto sexual, sino que también falla la excitabilidad de las zonas erógenas, cuyo apropiado estímulo es incapaz entonces de producir placer. De este modo vemos que hasta para la excitabilidad de las zonas erógenas es imprescindible un determinado grado de tensión sexual. Nos vemos, pues, impulsados a aceptar la hipótesis -qué si no me equivoco está muy generalmente difundida- de que la acumulación de las materias sexuales crea y mantiene la tensión sexual quizá por el hecho de que la presión de estos productos sobre las paredes de los continentes actúa como estímulo sobre un centro medular, el cual transmite su excitación a centros superiores, surgiendo entonces en la conciencia la sensación de tensión. Si la excitación de las zonas erógenas eleva la tensión, ello tiene que suceder en razón a que dichas zonas están en una previa conexión anatómica con estos centros, en los que elevan el grado de la excitación, poniendo en marcha el acto sexual cuando la excitación es suficiente o estimulando cuando no lo es la producción de las materias sexuales. El punto débil de esta teoría, aceptada por Krafft-Ebing en su descripción de los procesos sexuales, está en que, habiendo sido construida para explicar la actividad sexual del hombre adulto, dedica escasa atención a tres circunstancias, cuya explicación debería igualmente proporcionar. Son estas circunstancias las que se dan en la mujer, en el niño y en el castrado masculino. En estos tres casos no existe, en el mismo sentido que en el hombre, una acumulación de productos sexuales, lo cual quita valencia general a la teoría. Quizá puedan encontrarse, sin embargo, datos que permitan incluir en ellas estos casos. De todos modos queda indicado que no se debe atribuir al efecto de la acumulación de productos sexuales funciones para las que parece incapaz.
Valoración de los órganos sexuales internos. -De observaciones verificadas en algunos castrados masculinos, en los que excepcionalmente la libido no había experimentado modificación ninguna tras de la castración, parece poder deducirse que la excitación sexual puede ser en un grado importante independiente de la producción de materiales sexuales. Además, es ya muy conocido que enfermedades que han destruido la producción de células sexuales masculinas han dejado intactas la libido y la potencia del individuo, no produciendo en el mismo más efecto que la esterilidad. No es tan maravilloso, como supone C. Rieger, el que la pérdida de las glándulas seminales masculinas en la edad madura pueda tener lugar sin producir influencia ninguna sobre la conducta psíquica del individuo. La castración efectuada en épocas anteriores a la pubertad se acerca, en cambio, en sus resultados, a una desaparición de los caracteres sexuales; más, también en esto pudiera influir, además de la pérdida de las glándulas sexuales, una detención en el desarrollo de otros factores, ligado con la desaparición de aquéllas.
Teoría química. -Los experimentos verificados en animales vertebrados, efectuando la ablación de las glándulas seminales (testículos y ovarios), y el correspondiente injerto de nuevos órganos de este género (Lipschütz, 1919, locus citato, pág. 13) han aclarado, por fin, parcialmente el origen de la excitación sexual, rechazando aún más la importancia de una supuesta acumulación de los productos sexuales celulares. Ha sido posible realizar así el experimento (E. Steinach) de transformar un macho en hembra, y viceversa, experimento en el cual la conducta psicosexual del animal se transforma al mismo tiempo y en igual sentido que sus caracteres sexuales somáticos. Esta influencia determinante sexual no es, sin embargo, atribuible a la glándula seminal, que produce las células específicas sexuales (espermatozoo-óvulo), sino al tejido intersticial de la misma, el cual ha sido denominado «glándula de la pubertad». Es muy posible que investigaciones subsiguientes descubran que la glándula de la pubertad posee normalmente una disposición hermafrodita, con la cual quedaría fundamentada automáticamente la teoría de la bisexualidad de los animales superiores, y ya es, por el momento, muy verosímil que no sea esta glándula el único órgano relacionado con la producción de la excitación sexual y los caracteres sexuales. De todos modos, este nuevo descubrimiento biológico se relaciona con el anteriormente verificado sobre la significación de la glándula tiroides para la sexualidad.
Debemos, pues, creer que en la parte intersticial de las glándulas seminales se producen materias químicas especiales, que son acogidas por la corriente sanguínea, produciendo la carga de tensión sexual de determinadas partes del sistema nervioso central. Nos son ya conocidos varios ejemplos de tal transformación de una excitación tóxica, producida por sustancias tóxicas introducidas en el organismo, en una excitación especial de un órgano. Cómo se origina la excitación sexual por estimulación de las zonas erógenas, dada una previa carga de los aparatos centrales, y qué mezcla de efectos excitantes, puramente tóxicos o fisiológicos, aparecen en estos procesos sexuales, es cosa de la que no podemos tratar ni siquiera hipotéticamente, pues no constituye una labor que pueda emprenderse por ahora. Como esencial para esta concepción de los procesos sexuales nos bastará por el momento la hipótesis de la existencia de materias especiales derivadas del metabolismo sexual. Esta concepción, aparentemente caprichosa, está apoyada por un conocimiento poco tenido en cuenta, pero muy digno de que se le dé mayor importancia: aquellas neurosis que sólo pueden ser referidas a perturbaciones de la vida sexual muestran la mayor analogía clínica con los fenómenos de intoxicación y abstinencia, consecutivos a la ingestión habitual de materias tóxicas productoras de placer (alcaloides).
La teoría de la libido
Estas hipótesis sobre el fundamento químico de la excitación sexual se hallan de perfecto acuerdo con las representaciones auxiliares que hubimos de crear para llegar a la comprensión de las manifestaciones psíquicas de la vida sexual. Hemos fijado el concepto de la libido como una fuerza cuantitativamente variable, que nos permite medir los procesos y las transformaciones de la excitación sexual. Separamos esta libido, por su origen particular, de la energía en que deben basarse los procesos anímicos, y, por tanto, le atribuimos también un carácter cualitativo. En la distinción entre energías psíquicas libidinosas y otras de carácter distinto expresamos la suposición de que los procesos sexuales del organismo se diferencian, por un quimismo particular, de los procesos de la nutrición. El análisis de las perversiones y psiconeurosis nos ha llevado al conocimiento de que esta excitación sexual no es producida únicamente por los órganos llamados sexuales, sino por todos los del cuerpo. Construimos, por tanto, la idea de un libidoquantum, cuya representación psíquica denominamos «libido del yo» (ichlibido), y cuya producción, aumento, disminución, distribución y desplazamiento deben ofrecernos las posibilidades de explicación de los fenómenos psicosexuales observados.
Esta libido del yo no aparece cómodamente asequible al estudio analítico más que cuando ha encontrado su empleo psíquico en el revestimiento de objetos sexuales; esto es, cuando se ha convertido en «libido del objeto». La vemos entonces concentrarse en objetos, fijarse en ellos, o en ocasiones abandonándolos, trasladándose de unos a otros, y dirigiendo desde estas posiciones la actividad sexual del individuo, que conduce a la satisfacción; esto es, a la extensión parcial y temporal de la libido. El psicoanálisis de las llamadas neurosis de transferencia (histeria y neurosis obsesiva) nos permite hallar aquí un fijo y seguro conocimiento. De los destinos de la libido del objeto podemos aún averiguar que es retirada de los objetos, quedando flotante en determinados estados de tensión, hasta recaer de nuevo en el yo, de manera a volver a convertirse en libido del yo. Esta libido del yo la denominamos, en oposición a la del objeto, libido «narcisista». Desde el psicoanálisis miramos como desde una frontera, cuya transgresión no nos está permitida, la actuación de la libido narcisista y nos formamos una idea de su relación con la del objeto. La libido del yo o libido narcisista aparece como una gran represa de la cual parten las corrientes de revestimiento del objeto y a la cual retornan. El revestimiento del yo por la libido narcisista se nos muestra como el estado original, que aparece en la primera infancia y es encubierto por las posteriores emanaciones de la libido, pero que en realidad permanece siempre latente detrás de las mismas.
La misión de una teoría de las perturbaciones neuróticas y psicóticas, fundada en el concepto de la libido, debe ser expresar todos los fenómenos y procesos observados en los términos de la economía de la misma. Es fácil adivinar que los destinos de la libido del yo alcanzarán en tal teoría la máxima importancia, especialmente en aquellos casos en que se trate de la explicación de las más profundas perturbaciones psicóticas. La dificultad aparece en el hecho de que el instrumento de nuestras investigaciones -el psicoanálisis- no nos proporciona, por lo pronto, datos seguros más que sobre las transformaciones de la libido del objeto, pero no es capaz de separar la libido del yo de las otras energías actuantes en el mismo. Una continuación de la teoría de la libido es en consecuencia sólo posible, por lo pronto, en un camino especulativo; pero sería renunciar a todo lo ganado por medio de la observación psicoanalítica si, conforme a lo expuesto por C. G. Jung, se huyese del concepto mismo de la libido, haciéndola coincidir con la fuerza instintiva psíquica. La separación de las emociones instintivas sexuales de las demás y, por tanto, la limitación de las primeras del concepto de la libido, encuentra fuerte apoyo en la hipótesis antes discutida de un quimismo especial de la función sexual.
Diferenciación de los sexos
Sabido es que hasta la pubertad no aparece una definida diferenciación entre el carácter masculino y el femenino, antítesis que influye más decisivamente que ninguna otra sobre el curso de la vida humana. Sin embargo, las disposiciones masculina y femenina resultan ya claramente reconocibles en la infancia. El desarrollo de los diques sexuales (pudor, repugnancia, compasión, etc.) aparece en las niñas más tempranamente y encontrando una resistencia menor que en los niños. Asimismo, es en las niñas mucho mayor la inclinación a la represión sexual, y cuando surgen en ellas instintos parciales de la sexualidad escogen con preferencia la forma pasiva. La actividad autoerótica de las zonas erógenas es en ambos sexos la misma, y por esta coincidencia falta en los años infantiles una diferenciación sexual tal y como aparece después de la pubertad. Con referencia a las manifestaciones sexuales autoeróticas y masturbaciones pudiera decirse que la sexualidad de las niñas tiene un absoluto carácter masculino, y si fuera posible atribuir un contenido más preciso a los conceptos «masculino» y «femenino», se podría también sentar la afirmación de que la libido es regularmente de naturaleza masculina, aparezca en el hombre o en la mujer e independientemente de su objeto, sea éste el hombre o la mujer.
Desde que llegamos al conocimiento de la teoría de la bisexualidad consideramos este factor como el que aquí ha de darnos la pauta, y opinamos qué sin tener en cuenta la bisexualidad no podrá llegarse a la inteligencia de las manifestaciones sexuales observables en el hombre y en la mujer.
Zonas directivas en el hombre y en la mujer. -Sentado esto, sólo añadiremos las siguientes observaciones: en la niña, la zona erógena directiva es el clítoris, localización homóloga a la de la zona erógena directiva masculina en el glande. Todo lo que he podido investigar sobre la masturbación en las niñas se refería exclusivamente al clítoris y no a las otras partes de los genitales exteriores, importante para las funciones sexuales posteriores. Dudo que la niña, bajo la influencia de la seducción o de la corrupción, llegue a otra cosa que a la masturbación clitoridiana, y si esto sucede alguna vez, ello constituye una rara excepción. Las descargas espontáneas de la excitación sexual, tan frecuentes en las niñas, se manifiestan en contracciones del clítoris, y las frecuentes erecciones del mismo hacen posible a la niña el juzgar acertadamente y sin indicación alguna exterior las manifestaciones sexuales del sexo contrario, transfiriendo simplemente al sexo masculino las sensaciones de sus propios procesos sexuales.
Si se quiere comprender la evolución que convierte a la niña en mujer tiene que seguirse el camino recorrido por esta excitabilidad del clítoris. La pubertad, que produce en el niño aquel grave avance de la libido de que ya tratamos, se caracteriza en la niña por una nueva ola de represión que recae precisamente sobre la sexualidad clitoridiana. Lo que sucumbe a la represión es un trozo de vida sexual masculina. La fortificación de los obstáculos sexuales creada por esta represión de la pubertad en la mujer constituye después un estímulo más para la libido del hombre y obliga a la misma a elevar sus rendimientos. Con el grado de la libido se eleva entonces también la sobrevaloración sexual, que recae con toda su fuerza en la mujer que se niega al hombre y rechaza su propia sexualidad. El clítoris conserva entonces el papel de cuando es excitado en el por fin consentido acto sexual, transmitir esta excitación a los órganos femeninos vecinos, así como una astilla de pino es utilizada para transmitir el fuego a la demás leña, más difícil de prender. Con frecuencia es necesario determinado tiempo para que llegue a verificarse por completo esta transferencia, y durante esta época la joven permanece totalmente anestésica. Esta anestesia puede ser duradera cuando la zona clitoridiana se niega a transmitir su excitabilidad, cosa que sucede cuando durante los años infantiles ha sido excesiva su actividad erógena.
Conocido es que la anestesia en la mujer es, con frecuencia, sólo aparente y local. Son anestésicas en la entrada de la vagina, pero en ningún modo inexcitables en el clítoris y hasta en otras zonas. A estas causas erógenas de la anestesia se juntan después las psíquicas, igualmente determinadas por represión. Cuando la transferencia de la excitabilidad erógena desde el clítoris a la entrada de la vagina queda establecida, ha cambiado la mujer la zona directiva de su posterior actividad sexual, mientras que el hombre conserva la suya sin cambio alguno desde la niñez. En este cambio de las zonas erógenas directivas, así como en el avance represivo de la pubertad qué, echa a un lado la virilidad infantil, yacen las condiciones principales para la facilidad de adquisición de la neurosis por la mujer, especialmente de la histeria. Estas condiciones están ligadas, por tanto, íntimamente con la esencia de la femineidad.
El hallazgo de objeto
Mientras qué por los procesos de la pubertad queda fijada la primacía de las zonas erógenas, y la erección del miembro viril indica apremiantemente al sujeto el nuevo fin sexual, esto es, la penetración en una cavidad excitadora de la zona genital, tiene lugar en los dominios psíquicos el hallazgo de objeto, momento que se ha venido preparando desde la más temprana niñez. Cuando la primitiva satisfacción sexual estaba aún ligada con la absorción de alimentos, el instinto sexual tenía en el pecho materno un objeto sexual exterior al cuerpo del niño. Este objeto sexual desaparece después, y quizá precisamente en la época en que fue posible para el niño construir la representación total de la persona a la cual pertenecía el órgano productor de satisfacción. El instinto sexual se hace en este momento autoerótico, hasta que, terminado el período de latencia, vuelve a formarse la relación primitiva. No sin gran fundamento ha llegado a ser la succión del niño del pecho de la madre modelo de toda relación erótica. El hallazgo de objeto no es realmente más que un retorno al pasado.
Objeto sexual de la época de lactancia. -De estas primeras y más importantes relaciones sexuales queda gran parte como resto, después de separada la actividad sexual, de la alimentación. Este resto prepara la elección del objeto; esto es, ayuda a volver a constituir la felicidad perdida. Durante todo el período de latencia aprende el niño a amar a las personas que satisfacen sus necesidades y le auxilian en su carencia de adaptación a la vida. Y aprende a amarlas conforme al modelo y como una continuación de sus relaciones de lactancia con la madre o la nodriza. Quizá no se quiera aceptar el hecho de que el tierno sentimiento y la estimación del niño hacia las personas que le cuidan haya de indentificarse con el amor sexual; pero, en mi opinión, una investigación psicológica cuidadosa fijará siempre y sin dejar lugar a dudas esta identidad. La relación del niño con dichas personas es para él una inagotable fuente de excitación sexual y de satisfacción de las zonas erógenas. La madre, sobre todo, atiende al niño con sentimiento procedente de su propia vida sexual, y le acaricia, besa y mece tomándole claramente como sustitutivo de un completo objeto sexual.
La madre se horrorizaría probablemente al conocer esta explicación y ver que con su ternura despierta el instinto sexual de su hijo y prepara su posterior intensidad. Considera sus actos como manifestaciones de «puro» amor asexual, puesto que evita con todo cuidado excitar los genitales del niño más de los imprescindiblemente necesario al proceder a la higiene de su cuerpo. Pero el instinto sexual no es tan sólo despertado por excitaciones de la zona genital. Lo que llamamos ternura exteriorizará notablemente un día el efecto ejercido sobre las zonas erógenas. Si la madre comprendiera mejor la alta significación del instinto para la total vida psíquica y para todas las funciones éticas y anímicas, no se haría ningún reproche aun cuando admitiera totalmente nuestra concepción. Enseñando a amar a su hijo, no hace más que cumplir uno de sus deberes. El niño tiene que llegar a ser un hombre completo, con necesidades sexuales enérgicas, y llevar a cabo durante su vida todo aquello a lo que el instinto impulsa al hombre. Un exceso de ternura materna quizá sea perjudicial para el niño por acelerar su madurez sexual, acostumbrarle mal y hacerle incapaz, en posteriores épocas de su vida, de renunciar temporalmente al amor o contentarse con una pequeña parte de él. Los niños que demuestran ser insaciables en su demanda de ternura materna presentan con ello uno de los más claros síntomas de futura nerviosidad. Por otra parte, los padres neurópatas son, en general, los más inclinados a una ternura sin medida, despertando así en sus hijos, antes que nadie y por sus caricias, la disposición a posteriores enfermedades neuróticas. Vemos, pues, que los padres neuróticos disponen de un camino distinto de la herencia para legar a sus hijos su enfermedad.
Angustia infantil. -Los mismos niños se conducen desde sus años más tempranos como si su dependencia hacia las personas que los cuidan fuera de la naturaleza del amor sexual. La angustia de los niños no es, en un principio, más que una manifestación de que echan de menos la presencia de la persona querida. Así, experimentan miedo ante personas desconocidas y se asustan de la oscuridad porque en ella no ven a la persona amada, tranquilizándose cuando ésta les coge de la mano. Se exagera el efecto de los relatos terroríficos de las niñeras cuando se culpa a éstas de originar el miedo en los niños que tienen a su cuidado. Aquellos niños inclinados a terrores infantiles son precisamente los que pueden ser influidos por tales relatos, que no ejercen, en cambio, acción alguna sobre aquellos otros no predispuestos. Y precisamente al miedo no se inclinan más que los niños que poseen un instinto sexual exagerado, desarrollado prematuramente o devenido exigente por un exceso de mimo. El niño se conduce aquí como el adulto, transformando en angustia su libido cuando no logra satisfacerla, así como el adulto se conducirá completamente igual que el niño cuando por insatisfacción de su libido haya llegado a contraer la neurosis, pues comenzará a angustiarse en cuanto esté solo, esto es, sin una persona de cuyo amor se crea seguro, e intentará hacer desaparecer este miedo por los procedimientos más infantiles.
Diques contra el incesto. -Cuando la ternura de los padres hacia el niño ha evitado felizmente desarrollar de una manera prematura el instinto sexual del mismo; esto es, despertarlo antes de alcanzadas las condiciones físicas de la pubertad, y despertarlo de tal manera, que la excitación anímica se abra paso hasta el sistema genital, puede acabar de cumplir su misión, dirigiendo a este niño en la edad de la madurez en la elección del objeto sexual. Lo más fácil para el niño será elegir, como objeto sexual, a aquellas mismas personas a las que ha amado y ama desde su niñez con una libido que podríamos calificar de mitigada . Más por la avanzada época en que tiene lugar la maduración sexual se ha llegado al momento en que es necesario alzar; al lado de otros diques sexuales, los que han de oponerse a la tendencia al incesto; esto es, inculcar al niño aquellos preceptos morales que excluyen de la elección de objeto a las personas queridas durante la niñez y a los parientes consanguíneos. El respeto de estos límites es, ante todo, una exigencia civilizadora de la sociedad, que tiene que defenderse de la concentración, en la familia, de intereses que le son necesarios para la constitución de unidades sociales más elevadas, y actúa, por tanto, en todos, y especialmente en el adolescente, para desatar o aflojar los lazos contraídos en la niñez con la familia.
La elección de objeto es llevada a cabo al principio tan sólo imaginativamente, pues la vida sexual de la juventud en maduración tiene apenas otro campo de acción que el de las fantasías; esto es, el de las representaciones no destinadas a convertirse en actos. En estas fantasías resurgen en todos los hombres las tendencias infantiles, fortificadas ahora por la energía somática, y entre ellas, con frecuencia, y en primer lugar, la impulsión sexual del niño hacia sus padres, diferenciada, en la mayoría de los casos, por la atracción de los sexos; esto es, del hijo por la madre y de la hija por el padre. Simultáneamente al vencimiento y repulsa de estas fantasías claramente incestuosas tiene lugar una de las reacciones psíquicas más importantes y también más dolorosas de la pubertad: la liberación del individuo de la autoridad de sus padres, por medio de la cual queda creada la contradicción de la nueva generación con respecto a la antigua, tan importante para el progreso de la civilización. En todas las estaciones del proceso evolutivo por las que el sujeto debe pasar quedan fijos algunos individuos, y así hay personas que no han vencido nunca la autoridad de los padres y no han conseguido retirar de ellos por completo o en absoluto su ternura. Estos casos están constituidos en su mayoría por muchachas que para alegría de sus padres conservan después de la pubertad todo su amor infantil hacia ellos. Y es muy instructivo comprobar que tales muchachas repugnan en su ulterior vida matrimonial conceder a sus maridos lo que les es debido. Llegan a ser esposas frías y permanecen sexualmente anestésicas. Esto nos muestra que el amor hacia los padres, aparentemente asexual, y el amor sexual proceden de las mismas fuentes; esto es, que el primero no corresponde más que a una fijación infantil de la libido.
Cuanto más se acerca uno a las hondas perturbaciones del desarrollo psicosexual, más innegable aparece la importancia de la elección de objeto incestuoso. En los psiconeuróticos queda relegada a lo inconsciente, a consecuencia de la repulsa sexual, una gran parte o la totalidad de las actividades psicosexuales de la elección de objeto. Para las muchachas de una exagerada necesidad de ternura y un horror igualmente exagerado ante las exigencias reales de la vida sexual, llega a ser una tentación irresistible asegurarse, por una parte, la idea del amor asexual en su vida y esconder, por otra, su libido detrás de una ternura que puedan exteriorizar sin autorreproches, conservando así, durante toda la vida, su inclinación infantil hacia los padres o hermanos, que volvió a surgir en ellas al llegar a la pubertad. El psicoanálisis puede demostrar sin trabajo alguno a estas personas que están enamoradas, en el sentido corriente de la palabra, de sus parientes consanguíneos, investigando sus pensamientos inconscientes y atrayéndolos a su conciencia con la ayuda de los síntomas y de otras manifestaciones de la enfermedad. También en los casos en que una persona, primitivamente sana, ha enfermado después de una desgraciada experiencia erótica, puede verse claramente que el mecanismo de tal aparición de la enfermedad es el retorno de su libido a las personas que prefirió durante su infancia.
Influencia duradera de la elección infantil de objeto. -Tampoco aquellos que han evitado la fijación incestuosa de su libido puede decirse que han escapado por completo a la influencia de la misma. Un claro eco de esta fase evolutiva está constituido por el hecho de qué, como suele ser muy frecuente, el primer amor del adolescente recaiga en una mujer ya madura, así como el de la muchacha en un hombre entrado en años y revestido de autoridad, o sea, en uno y otro sexo, personas que para el sujeto presentan analogía con la madre o el padre, respectivamente. La elección de objeto se verifica siempre más o menos libremente conforme a este patrón. Ante todo, busca el hombre, en su objeto sexual, la semejanza con aquella imagen de su madre que, en su más temprana edad, quedó impresa en su memoria. Aquellos casos en los que la madre, viva aún, ve con hostilidad la elección de objeto realizada por su hijo, constituyen una afirmación de nuestra hipótesis. Dada esta importancia de las relaciones infantiles con los padres para la posterior elección del objeto sexual, es fácil comprender que cada perturbación de estas relaciones infantiles origine después los más graves resultados para la vida sexual posterior a la pubertad. Los celos del amante no carecen tampoco nunca de una raíz infantil o, por lo menos, de algo infantil que eleva su intensidad. Las diferencias entre los mismos padres, los matrimonios desgraciados, producen en los hijos la más grave predisposición a un desarrollo sexual perturbado o a la adquisición de enfermedades neuróticas. La inclinación infantil hacia los padres es quizá el más importante, pero no el único de los sentimientos, qué, renovados en la pubertad, marcan después el camino a la elección de objeto. Otros factores del mismo origen permiten al hombre, siempre en relación con su infancia, desarrollar más de una única serie sexual y exigir muy diferentes condiciones para la elección de objeto.
Prevención de la inversión. -Uno de los requisitos de la elección normal de objeto es el de recaer precisamente en el sexo contrario. Como hemos visto, no llega a efectuarse así sin alguna vacilación. Los primeros sentimientos subsiguientes a la pubertad aparecen -sin que ello constituya una falta duradera- como totalmente erróneos. Dessoir ha llamado muy justificadamente la atención sobre la exagerada inclinación que aparece regularmente entre los adolescentes por sus compañeros del mismo sexo. El poder más importante entre los que se oponen a una inversión duradera del objeto sexual es, ciertamente, la atracción que manifiestan los caracteres sexuales opuestos, unos por otros. La explicación de este fenómeno no encuentra lugar apropiado dentro de nuestro estudio ; pero sí haremos constar que tal atracción no alcanza por sí sola a excluir totalmente la inversión, siendo necesario que aparezcan otros factores auxiliares. Ante todo, el obstáculo autoritario de la sociedad. En aquellos países en que la inversión no es considerada como un delito, puede verse que corresponde por completo a la inclinación sexual de un considerable número de individuos. Además, debe aceptarse, con respecto al hombre, el hecho de que los recuerdos infantiles de las ternuras de la madre y de otras personas femeninas ayudan enérgicamente a dirigir su elección hacia la mujer y por otro lado, la restricción de las actividades sexuales tempranamente experimentada por parte del padre y la posición de competividad con respecto a él desvían al sujeto de las personas de su mismo sexo.
Ambos factores son valederos también con respecto a la muchacha, cuya actividad sexual se halla bajo la guarda especial de la madre. De esta manera se constituye una relación hostil con respecto al propio sexo, que influye decisivamente en la elección de objeto, orientándola hacia lo normal. La educación del niño por personas masculinas (en la antigüedad los esclavos) parece favorecer la homosexualidad. En la aristocracia contemporánea, la frecuencia de la inversión se hace comprensible por el empleo de servidumbre masculina y por la escasez de cuidados personales de que la madre hace objeto a sus hijos. En algunos histéricos ha podido demostrarse que la temprana desaparición de uno de los padres, por muerte o divorcio, motivando la acumulación de todo el amor del niño en la persona restante, fue la condición para el sexo de la persona elegida después como objeto sexual, haciendo posible así la inversión duradera.
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