La dinámica de la transferencia - 1912
El tema de la transferencia, tan difícilmente agotable, ha sido tratado recientemente aquí mismo por W. Stekel en forma descriptiva. Por mi parte quiero añadir algunas observaciones encaminadas a explicar por qué la transferencia surge necesariamente en toda cura psicoanalítica y cómo llega a desempeñar en el tratamiento el papel que todos conocemos. Recordaremos, ante todo, que la acción conjunta de la disposición congénita y las influencias experimentadas durante los años infantiles determina, en cada individuo, la modalidad especial de su vida erótica, fijando los fines de la misma, las condiciones que el sujeto habrá de exigir en ella y los instintos que en ella habrá de satisfacer. Resulta, así, un clisé (o una serie de ellos), repetido, o reproducido luego regularmente, a través de toda la vida, en cuanto lo permiten las circunstancias exteriores y la naturaleza de los objetos eróticos asequibles, pero susceptible también de alguna modificación bajo la acción de las impresiones recientes. Ahora bien: nuestras investigaciones nos han revelado que sólo una parte de estas tendencias que determinan la vida erótica han realizado una evolución psíquica completa. Esta parte, vuelta hacia la realidad, se halla a disposición de la personalidad consciente y constituye uno de sus componentes. En cambio, otra parte de tales tendencias libidinosas ha quedado detenida en su desarrollo por el veto de la personalidad consciente y de la misma realidad y sólo ha podido desplegarse en la fantasía o ha permanecido confinada en lo inconsciente, totalmente ignorada por la conciencia de la personalidad. El individuo cuyas necesidades eróticas no son satisfechas por la realidad, orientará representaciones libidinosas hacia toda nueva persona que surja en su horizonte, siendo muy probable que las dos porciones de su libido, la capaz de conciencia y la inconsciente, participen en este proceso.
Es, por tanto, perfectamente normal y comprensible que la carga de libido que el individuo parcialmente insatisfecho mantiene esperanzadamente pronta se oriente también hacia la persona del médico. Conforme a nuestra hipótesis, esta carga se atendrá a ciertos modelos, se enlazará a uno de los clisés dados en el sujeto de que se trate o, dicho de otro modo, incluirá al médico en una de las «series» psíquicas que el paciente ha formado hasta entonces. Conforme a la naturaleza de las relaciones del paciente con el médico, el modelo de esta inclusión habría de ser el correspondiente a la imagen del padre (según la feliz expresión de Jung). Pero la transferencia no tiene que seguir obligadamente este prototipo, y puede establecerse también conforme a la imagen de la madre o del hermano, etc. Aquellas peculiaridades de la transferencia sobre el médico, cuya naturaleza e intensidad no pueden ya justificarse racionalmente, se nos hacen comprensibles al reflexionar que dicha transferencia no ha sido establecida únicamente por las representaciones libidinosas conscientes, sino también por las retenidas o inconscientes.
Nada más habría que decir sobre esta conducta de la transferencia si no permanecieran aún inexplicados dos puntos especialmente interesantes para el psicoanálisis. En primer lugar, no comprendemos por qué la transferencia de los sujetos neuróticos sometidos al análisis se muestra mucho más intensa que la de otras personas no analizadas, y en segundo, nos resulta enigmático porque al análisis se nos opone la transferencia como la resistencia más fuerte contra el tratamiento, mientras que fuera del análisis hemos de reconocerla como substrato del efecto terapéutico y condición del éxito. Podemos comprobar, cuantas veces queramos, que cuando cesan las asociaciones libres de un paciente, siempre puede vencerse tal agotamiento asegurándole que se halla bajo el dominio de una ocurrencia referente a la persona del médico. En cuanto damos esta explicación cesa el agotamiento o queda transformada la falta de asociaciones en una silenciación consciente de las mismas. A primera vista parece un grave inconveniente del psicoanálisis el hecho de que la transferencia, la palanca más poderosa de éxito, se transforme en él en el arma más fuerte de la resistencia. Pero a poco que reflexionemos desaparece, por lo menos, el primero de los dos problemas que aquí se nos plantean. No es cierto que la transferencia surja más intensa y desenfrenada en el psicoanálisis que fuera de él. En los sanatorios en que los nerviosos no son tratados analíticamente, la transferencia muestra también máxima intensidad y adopta las formas más indignas, llegando, a veces, hasta el sometimiento más absoluto, y no siendo nada difícil comprobar su matiz erótico. Una sutil observadora, Gabriela Reuter, ha descrito esta situación, cuando apenas existía aún el psicoanálisis, en un libro muy notable, en el que revela, además, una penetrante visión de la naturaleza y la génesis de las neurosis.
Así, pues, no debemos atribuir al psicoanálisis, sino a la neurosis misma, estos caracteres de la transferencia. En cambio, el segundo problema permanece aún en pie. Vamos a aproximarnos a él, o sea a la cuestión de por qué la transferencia se nos opone, como resistencia, en el tratamiento psicoanalítico. Representémonos la situación psicológica del tratamiento. Toda adquisición de una psiconeurosis tiene como premisa regular e indispensable el proceso descrito por Jung con el nombre de introversión de la libido, proceso consistente en la disminución de la parte de libido capaz de conciencia y orientada hacia la realidad, y el aumento correlativo de la parte inconsciente, apartada de la realidad confinada en lo inconsciente y reducida, cuando más, a alimentar las fantasías del sujeto. La libido ha emprendido (total o fragmentariamente) una regresión y así ha reanimado las imágenes infantiles. En este camino es seguida por la cura analítica, que quiere descubrir la libido, hacerla de nuevo asequible a la conciencia y ponerla al servicio de la realidad. Allí donde la investigación analítica tropieza con la libido, encastillada en sus escondites, tiene que surgir un combate. Todas las fuerzas que han motivado la regresión de la libido se alzarán, en calidad de resistencias, contra la labor analítica, para conservar la nueva situación, pues si la introversión o regresión de la libido no hubiese estado justificada por una determinada relación con el mundo exterior (generalmente por la ausencia de satisfacción), no hubiese podido tener efecto.
Pero las resistencias que aquí tienen su origen no son las únicas, ni siquiera las más intensas. La libido puesta a disposición de la personalidad se hallaba siempre bajo la atracción de los complejos inconscientes (o mejor aún: de los elementos inconscientes de estos complejos) y emprendió la regresión al debilitarse la atracción de la realidad. Para libertarla tiene que ser vencida esta atracción de lo inconsciente lo cual equivale a levantar la represión de los instintos inconscientes y de sus productos. De aquí es de donde nace la parte más importante de la resistencia que mantiene tantas veces la enfermedad, aun cuando el apartamiento de la realidad haya perdido ya su razón de ser. El análisis tiene que luchar con las resistencias emanadas de estas dos fuentes, resistencias que acompañan todos sus pasos. Cada una de las ocurrencias del sujeto y cada uno de sus actos tiene que contar con la resistencia y se presenta como una transacción entre las fuerzas favorables a la curación y las opuestas a ella.
Si perseguimos un complejo patógeno desde su representación en lo consciente (representación visible como síntoma o totalmente inaparente) hasta sus raíces en lo inconsciente, no tardamos en llegar a una región en la cual se impone de tal modo la resistencia, que las ocurrencias inmediatas han de contar con ella y presentarse como una transacción entre sus exigencias y las de la labor investigadora. La experiencia nos ha mostrado ser este el punto en que la transferencia inicia su actuación. Cuando en la materia del complejo (en el contenido del complejo) hay algo que se presta a ser transferido a la persona del médico se establece en el acto esta transferencia, produciendo la asociación inmediata y anunciándose con los signos de una resistencia; por ejemplo, con una detención de las asociaciones. De este hecho deducimos que si dicha idea ha llegado hasta la conciencia con preferencia a todas las demás posibles, es porque satisface también a la resistencia. Este proceso se repite innumerables veces en el curso de un análisis. Siempre que nos aproximamos a un complejo patógeno, es impulsado, en primer lugar, hacia la conciencia y tenazmente defendido aquel elemento del complejo que resulta adecuado para la transferencia .
Una vez vencido éste, los demás elementos del complejo no crean grandes dificultades. Cuando más se prolonga una cura analítica y más claramente va viendo el enfermo que las deformaciones del material patógeno no constituyen por sí solas una protección contra el descubrimiento del mismo, más consecuentemente se servirá de una clase de deformación que le ofrece, sin disputa, máximas ventajas: de la deformación por medio de la transferencia, llegándose así a una situación en la que todos los conflictos han de ser combatidos ya sobre el terreno de la transferencia. De este modo, la transferencia que surge en la cura analítica se nos muestra siempre, al principio, como el arma más poderosa de la resistencia y podemos deducir la conclusión de que la intensidad y la duración de la transferencia son efecto y manifestación de la resistencia. El mecanismo de la transferencia queda explicado con su referencia a la disposición de la libido, que ha permanecido fijada a imágenes infantiles. Pero la explicación de su actuación en la cura no la conseguimos hasta examinar sus relaciones con la resistencia.
¿De qué proviene que la transferencia resulte tan adecuada para constituirse en un arma de la resistencia? A primera vista no parece difícil la respuesta. Es indudable que la confesión de un impulso optativo ha de resultar más difícil cuando ha de llevarse a cabo ante la persona a la cual se refiere precisamente dicho impulso. Esta imposición provoca situaciones que parecen realmente insolubles, y esto es, precisamente, lo que quiere conseguir el analizado cuando hace coincidir con el médico el objeto de sus impulsos sentimentales. Pero una reflexión más detenida nos muestra que esta ventaja aparente no puede ofrecernos la solución del problema. Una relación de tierna y sumisa adhesión puede también ayudar a superar todas las dificultades de la confesión. Así, en circunstancias reales análogas, solemos decir: «Delante de ti no tengo por qué avergonzarme; a ti puedo decírtelo todo.» La transferencia sobre el médico podría, pues, servir lo mismo para facilitar la confesión, y no podríamos explicaros por qué provoca una dificultad.
La respuesta a esta interrogación, repetidamente planteada ya aquí, no nos es proporcionada por una más prolongada reflexión, sino por una observación que realizamos al investigar las distintas resistencias por transferencia durante la cura. Acabamos por advertir que, admitiendo tan sólo una «transferencia», no llegamos a comprender el aprovechamiento de la misma para la resistencia, y tenemos que decidirnos a distinguir una transferencia «positiva» y una «negativa», una transferencia de sentimientos cariñosos y otra de sentimientos hostiles, y examinar separadamente tales dos clases de la transferencia sobre el médico. La transferencia positiva se descompone luego, a su vez, en la de aquellos sentimientos amistosos o tiernos que son capaces de conciencia y en la de sus prolongaciones en lo inconsciente. Con respecto a estas últimas, demuestra el análisis que proceden de fuentes eróticas, y así hemos de concluir que todos los sentimientos de simpatía, amistad, confianza, etc., que entrañamos en la vida, se hallan genéticamente enlazados con la sexualidad, y por muy puros y asexuales que nos lo representemos en nuestra autopercepción consciente proceden de deseos puramente sexuales, habiendo surgido de ellos por debilitación del fin sexual. Primitivamente no conocimos más que objetos sexuales, y el psicoanálisis nos muestra que las personas meramente estimadas o respetadas de nuestra realidad pueden continuar siendo, para nuestro psiquismo inconsciente, objetos sexuales.
La solución del enigma está, por tanto, en que la transferencia sobre el médico sólo resulta apropiada para constituirse en resistencia en la cura, en cuanto es transferencia negativa, o positiva de impulsos eróticos reprimidos. Cuando removemos la transferencia, orientando la conciencia sobre ella, no desligamos de la persona del médico más que estos dos componentes del sentimiento. El otro componente, capaz de conciencia y aceptable, subsiste y constituye también, en el psicoanálisis como en los demás métodos terapéuticos, uno de los substratos del éxito. En esta medida reconocemos gustosamente que los resultados del psicoanálisis reposan en la sugestión, siempre que se entienda por sugestión aquello que, con Ferenczi, vemos nosotros en él; el influjo ejercido sobre un sujeto por medio de los fenómenos de transferencia en él posibles. Paralelamente cuidamos de la independencia final del enfermo, utilizando la sugestión para hacerle llevar a cabo una labor psíquica que trae necesariamente consigo una mejora permanente de su situación psíquica. Puede preguntarse aún por qué los fenómenos de resistencia de la transferencia surgen tan sólo en el psicoanálisis, y no en los demás tratamientos, por ejemplo, en los sanatorios. En realidad surgen también en estos casos, pero no son reconocidos como tales. La explosión de la transferencia negativa es incluso muy frecuente en los sanatorios, y el enfermo abandona el establecimiento, sin haber conseguido alivio alguno o habiendo empeorado, en cuanto surge en él esta transferencia negativa.
La transferencia erótica no llega a presenciar tan grave inconveniente en los sanatorios, pues en lugar de ser descubierta y revelada es silenciada y disminuida, como en la vida social; pero se manifiesta claramente como una resistencia a la curación, no ya impulsando al enfermo a abandonar el establecimiento -por el contrario, lo retiene en él-, sino manteniéndole apartado de la vida real. Para la curación es totalmente indiferente que el enfermo domine en el sanatorio una cualquiera angustia o inhibición; lo que importa es que se liberte también de ella en la realidad de su vida.
La transferencia negativa merecería una atención más detenida de la que podemos concederle dentro de los límites del presente trabajo. En las formas curables de psiconeurosis coexiste con la transferencia afectiva, apareciendo ambas dirigidas simultáneamente, en muchos casos, sobre la misma persona, situación para la cual ha hallado Bleuler el término de «ambivalencia». Una tal ambivalencia sentimental parece ser normal hasta cierto grado, pero a partir de él constituye una característica especial de las personas neuróticas. En la neurosis obsesiva parece ser característica de la vida instintiva una prematura «disociación de los pares de antítesis» y representar una de sus condiciones constitucionales. La ambivalencia de las directivas sentimentales nos explica mejor que nada la facultad de los neuróticos de poner sus transferencias al servicio de la resistencia. Allí donde la facultad de transferencia se ha hecho esencialmente negativa, como en los paranoides, cesa toda posibilidad de influjo y de curación. Pero con todas estas explicaciones no hemos examinado aún más que uno de los lados del fenómeno de la transferencia, y es necesario dedicar también alguna atención a otro de los aspectos del mismo. Quienes han apreciado exactamente cómo el analizado es apartado violentamente de sus relaciones reales con el médico en cuanto cae bajo el dominio de una intensa resistencia por transferencia, cómo se permite entonces infringir la regla psicoanalítica fundamental de comunicar, sin critica alguna, todo lo que acuda a su pensamiento, cómo olvida los propósitos con los que acudió al tratamiento y cómo le resultan ya indiferentes deducciones y conclusiones lógicas que poco antes hubieron de causarle máxima impresión; quienes han podido apreciar justamente todo esto sentirán la necesidad de explicárselo por la acción de otros factores distintos de los ya citados hasta aquí, y en efecto, tales factores existen, y no muy lejos; surgen nuevamente de la situación psíquica en la que la cura ha colocado el analizado.
En la persecución de la libido sustraída a la conciencia hemos penetrado en los dominios de lo inconsciente. Las reacciones que provocamos entonces muestran algunos de los caracteres peculiares a los procesos inconscientes, tal y como nos los ha dado a conocer el estudio de los sueños. Los impulsos inconscientes no quieren ser recordados, como la cura lo desea, sino que tienden a reproducir conforme a las condiciones características de lo inconsciente atemporalidad y su capacidad alucinatoria. El enfermo atribuye, del mismo modo que en el sueño, a los resultados del estimulo de sus impulsos inconscientes, actualidad y realidad; quiere dar alimento a sus pasiones sin tener en cuenta la situación real. El médico quiere obligarle a incluir tales impulsos afectivos en la marcha del tratamiento, subordinados a la observación reflexiva y estimarlos según su valor psíquico. Esta lucha entre el médico y el paciente, entre el intelecto y el instinto, entre el conocimiento y la acción, se desarrolla casi por entero en el terreno de los fenómenos de la transferencia. En este terreno ha de ser conseguida la victoria, cuya manifestación será la curación de la neurosis. Es innegable que el vencimiento de los fenómenos de la transferencia ofrece al psicoanalítico máxima dificultad; pero no debe olvidarse que precisamente estos fenómenos nos prestan el inestimable servicio de hacer actuales y manifiestos los impulsos eróticos ocultos y olvidados de los enfermos, pues, en fin de cuentas nadie puede ser vencido in absentia o in effigie.
jueves, 5 de agosto de 2010
Freud, S. (1914) Recordar, repetir y reelaborar
Recuerdo, repetición y elaboración - 1914
No me parece inútil recordar una y otra vez a los estudiosos las profundas modificaciones experimentadas por la técnica psicoanalítica desde sus primeros comienzos. Al principio, en la fase de la catarsis de Breuer, atendíamos directamente a la génesis de los síntomas y orientábamos toda nuestra labor hacia la reproducción de los procesos psíquicos de aquella situación inicial, para conseguir su derivación por medio de la actividad consciente. El recuerdo y la derivación por reacción eran los fines a los que entonces tendíamos con ayuda del estado hipnótico. Más tarde, cuando renunciamos a la hipnosis, se nos planteó la labor de deducir de las ocurrencias espontáneas del analizado aquello que no conseguía recordar. La resistencia había de ser burlada por la interpretación y la comunicación de sus resultados al enfermo. Conservamos, pues, la orientación primitiva de nuestra labor hacia las situaciones en las que surgieron los síntomas por vez primera y hacia aquellas otras que íbamos descubriendo detrás del momento en que emergía la enfermedad, pero abandonamos la derivación por reacción, sustituyéndola por la labor que el enfermo había de llevar a cabo para dominar la crítica contra sus asociaciones, en observancia de la regla psicoanalítica fundamental que le era impuesta. Por último, quedó estructurada la consecuencia técnica actual, en la cual prescindimos de una orientación fija hacia un factor o un problema determinado, nos contentamos con estudiar la superficie psíquica del paciente y utilizamos la interpretación para descubrir las resistencias que en ella emergen y comunicárselas al analizado. Se establece entonces una nueva división del trabajo. El médico revela al enfermo resistencias que él mismo desconoce, y una vez vencidas éstas, el sujeto relata sin esfuerzo alguno las situaciones y relaciones olvidadas. Naturalmente, el fin de estas técnicas ha permanecido siendo el mismo: descriptivamente, la supresión de las lagunas del recuerdo; dinámicamente, el vencimiento de las resistencias de la represión.
Debemos conservar agradecimiento a la antigua técnica hipnótica por habernos presentado aislados y esquematizados los distintos procedimientos psíquicos del análisis. Sólo así hemos podido arriesgarnos luego a crear situaciones complicadas en el análisis, sin que el mismo perdiera para nosotros su transparencia. La evocación de los recuerdos no suscitaba grandes dificultades en el tratamiento hipnótico primitivo. El paciente se transfería a una situación anterior que no parecía confundir nunca con la actual, comunicaba los procesos psíquicos a ella correspondientes en cuanto los mismos habían permanecido anormales y añadía todo lo que podía resultar de la traducción a lo consciente de los procesos inconscientes entonces. Enlazaré aquí algunas observaciones que todo analítico habrá podido comprobar prácticamente. El olvido de impresiones, escenas y sucesos se reduce casi siempre a una «retención» de los mismos. Cuando el paciente habla de este material «olvidado», rara vez deja de añadir: «En realidad, siempre he sabido perfectamente todas estas cosas; lo que pasa es que nunca me he detenido a pensar en ellas», y muchas veces se manifiesta defraudado porque no se le ocurren suficientes cosas que pueda reconocer como «olvidadas» y en las que no ha vuelto a pensar desde que sucedieron.
Este deseo queda a veces cumplido, sobre todo en las histerias de conversión. El «olvido» queda nuevamente restringido por la existencia de recuerdos encubridores. En algunos casos he experimentado la impresión de que la amnesia infantil, tan importante para nuestra teoría, es totalmente compensada por los recuerdos encubridores. En éstos no se conserva únicamente una parte de nuestra vida infantil, sino todo lo que en ella tuvo importancia esencial. Trátase tan sólo de saberlo extraer de ellos por medio del análisis. En realidad, constituyen una representación tan suficiente de los años infantiles olvidados, como el contenido manifiesto del sueño lo es de las ideas oníricas latentes. El otro grupo de procesos psíquicos susceptibles de ser opuestos como actos puramente internos a las impresiones y los sucesos vividos, o sea el constituido por las fantasías, las asociaciones, los sentimientos, etc., ha de ser estudiado separadamente en cuanto a su relación con el olvido y el recuerdo. Sucede aquí muy frecuentemente que se «recuerda» algo que no pudo nunca ser «olvidado», pues nunca fue retenido ni llegó a ser consciente y además, para el curso psíquico, parece totalmente indiferente que tal elemento fuera consciente y quedase luego olvidado o que no penetrase jamás hasta la conciencia. La convicción que el analizado adquiere en el curso del análisis es independiente de tal recuerdo.
Sobre todo en las diversas formas de las neurosis obsesiva, el olvido se limita a destruir conexiones, suprimir relaciones causales y aislar recuerdos enlazados entre sí. Por lo general, resulta imposible despertar el recuerdo de una clase especial de sucesos muy importantes correspondientes a épocas muy tempranas de la infancia y vividos entonces sin comprenderlos, pero perfectamente interpretados y comprendidos luego por el sujeto. Su conocimiento nos es procurado por los sueños, y la estructura de la neurosis nos fuerza a admitirlos, pudiendo, además, comprobar que una vez vencidas sus resistencias, el analizado no emplea contra su aceptación la ausencia de la sensación de recordar (de la sensación de que algo nos era ya conocido). De todos modos, requiere este tema tanta prudencia crítica y aporta tantas cosas nuevas y desconcertantes, que preferimos reservarlo para un trabajo aislado, en el que lo estudiaremos en material adecuado. Con la nueva técnica, el curso del análisis se hace mucho más complicado y trabajoso; algunos casos ofrecen al principio la serena facilidad habitual en el tratamiento hipnótico, aunque no tarden en tomar otro rumbo, pero lo general es que las dificultades surjan desde un principio.
Ateniéndonos a este último tipo, para caracterizar la diferencia, podemos decir que el analizado no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo, sino como acto; lo repite sin saber, naturalmente, que lo repite. Por ejemplo: el analizado no cuenta que recuerda haberse mostrado rebelde a la autoridad de sus padres, sino que se conduce en esta forma con respecto al médico. No recuerda que su investigación sexual infantil fracasó, dejándole perplejo, sino que produce una serie de sueños complicados y ocurrencias confusas y se lamenta de que nada le sale bien y de que su destino es no conseguir jamás llevar a buen término una empresa. No recuerda haberse avergonzado intensamente de ciertas actividades sexuales y haber temido que los demás las descubriesen, sino que se avergüenza del tratamiento a que ahora se encuentra sometido y procura mantenerlo secreto, etc. Sobre todo, no dejará de iniciar la cura con tal repetición. Con frecuencia, cuando hemos comunicado a un paciente de vida muy rica en acontecimientos y largo historial patológico la regla psicoanalítica fundamental y esperamos oír un torrente de confesiones, nos encontramos con que asegura no saber qué decir. Calla y afirma que no se le ocurre nada. Todo esto no es, naturalmente, más que la repetición de una actitud homosexual que se ofrece como resistencia a todo recuerdo. Mientras el sujeto permanece sometido al tratamiento no se libera de esta compulsión de repetir, y acabamos por comprender que este fenómeno constituye su manera especial de recordar.
Como es natural, nos interesará, en primer término, la relación de esta repetición obsesiva con la transferencia y la resistencia. No tardamos en advertir que la transferencia no es por sí misma más que una repetición y la repetición, la transferencia del pretérito olvidado, pero no sólo sobre el médico, sino sobre todos los demás sectores de la situación presente. Tendremos, pues, que estar preparados a que el analizado se abandone a la obsesión repetidora que sustituye en él el impulso a recordar no sólo en lo que afecta a su relación con el médico, sino también en todas las demás actividades y relaciones simultáneas de su vida; por ejemplo: cuando durante el transcurso de la cura elige un objeto erótico, se encarga de una labor o acomete una empresa. Tampoco resulta difícil reconocer la participación en la resistencia. Cuanto más intensa es ésta, más ampliamente quedará sustituido el recuerdo por la acción (repetición). La facilidad con la cual emergía en la hipnosis el recuerdo de lo olvidado, se debía precisamente a que el estado hipnótico anula de momento la acción de la resistencia. Cuando la cura comienza bajo el patrocinio de una transferencia positiva no muy acentuada, nos permite penetrar al principio, profundamente, en los recuerdos, como antes la hipnosis, y hasta los mismos síntomas patológicos permanecen acallados mientras tanto.
Pero cuando en el curso ulterior del análisis se hace hostil o muy intensa esta transferencia, el recuerdo queda sustituido en el acto por la repetición, y a partir de este momento, las resistencias van marcando la sucesión de las repeticiones. El enfermo extrae del arsenal del pasado las armas con las cuales se defiende contra la continuación de la cura y de las cuales hemos de ir despojándole poco a poco. Hemos visto ya que el analizado repite en lugar de recordar, y que lo hace bajo las condiciones de la resistencia. Vamos a ver ahora qué es realmente lo que repite. Pues bien: repite todo lo que se ha incorporado ya a su ser partiendo de las fuentes de lo reprimido: sus inhibiciones, sus tendencias inutilizadas y sus rasgos de carácter patológico. Y ahora observamos que al hacer resaltar la obsesión repetidora no hemos descubierto nada nuevo, sino que hemos completado y unificado nuestra teoría. Vemos claramente que la enfermedad del analizado no puede cesar con el comienzo del análisis y que no debemos tratarla como un hecho histórico, sino como una potencia actual. Poco a poco vamos atrayendo a nosotros cada uno de los elementos de esta enfermedad y haciéndolos entrar en el campo de acción de la cura, y mientras el enfermo los va viviendo como algo real, vamos nosotros practicando en ellos nuestra labor terapéutica, consistente, sobre todo, en la referencia del pasado.
La evocación de recuerdos durante la hipnosis tenía que producir la impresión de un experimento de laboratorio. La repetición en el tratamiento analítico, según la nueva técnica, supone evocar un trozo de vida real, y, por tanto, no puede ser innocua en todos los casos. A este punto viene a enlazarse todo el problema de la «agravación durante la cura», inevitable a veces. La iniciación del tratamiento trae ya consigo una modificación de la actitud consciente del enfermo ante su enfermedad. Generalmente, se ha limitado a dolerse de ella y a despreciarla, sin estimar debidamente su importancia; pero, por lo demás, ha continuado observando, con respecto a sus manifestaciones, la misma política de represión que antes en cuanto a sus orígenes. De este modo, puede muy bien no haber llegado aún a conocer precisamente las condiciones de su fobia, no haber advertido el contenido justo de sus ideas obsesivas o no haber aprehendido la verdadera intención de su impulso obsesivo. La cura no puede pasar por esto. El sujeto ha de tener el valor de ocupar su atención con los fenómenos de su enfermedad, a la cual no debe ya despreciar, sino considerar como un adversario digno, como una parte de su propio ser, fundada en motivos importantes y de la cual podrá extraer valiosas enseñanzas para su vida ulterior.
De esta forma preparamos desde un principio la reconciliación del sujeto con lo reprimido que se manifiesta en sus síntomas, pero, por otro lado, concedemos también a la enfermedad un cierto margen de tolerancia. Si esta nueva relación con la enfermedad agudiza algunos conflictos y hace pasar a primera línea síntomas hasta entonces poco precisos, podemos consolar fácilmente al enfermo observándole que se trata de agravaciones necesarias, pero pasajeras, y que, en definitiva, no es posible vencer a un enemigo que se mantiene ausente o no está suficientemente próximo. Pero la resistencia puede aprovechar la situación para sus fines e intentar abusar de la tolerancia concedida a la enfermedad, y entonces parece decirnos: «Mira lo que sucede cuando me veo forzada a ocuparme de estas cosas. ¿Ves cómo estaba en lo cierto abandonándolas a la represión?» Otro peligro es el de que en el curso de la cura lleguen también a ser reproducidos impulsos instintivos nuevos situados en estratos más profundos, que no habían emergido aún. Por último, aquellos actos que el paciente ejecuta fuera del campo de acción de la transferencia pueden acarrearle daños pasajeros e incluso ser elegidos de manera que anulen por completo el valor de la salud que el tratamiento tiende a restablecer.
No es difícil justificar la táctica que en esta situación ha de seguir el médico. Su fin continúa siendo, como en un principio, la evocación del recuerdo, la reproducción en el terreno psíquico, aunque sabe muy bien que no ha de serle posible conseguirlo por medio de la nueva técnica. Se dispondrá, pues, a iniciar con el paciente una continua lucha por mantener en el terreno psíquico todos los impulsos que aquél quisiera derivar hacia la motilidad, y considera como un gran triunfo de la cura conseguir derivar por medio del recuerdo algo que el sujeto tendía a derivar por medio de un acto. Cuando la adhesión producto de la transferencia integra ya algún valor, el tratamiento consigue impedir al paciente todos los actos de repetición algo importantes y utilizar in statua nascendi el propósito de ejecutarlos como material para la labor terapéutica. La mejor manera de proteger al enfermo de los daños que puede acarrearle la ejecución de sus impulsos es comprometerle a no adoptar durante el curso del tratamiento ninguna resolución importante (elegir carrera o mujer, por ejemplo) y a esperar para ello el momento de la curación. Al mismo tiempo, respetamos la libertad personal del paciente en cuanto sea compatible con estas precauciones; no le impedimos la ejecución de propósitos poco trascendentales, aunque se trate de evidentes simplezas y no olvidemos que sólo la propia y personal experiencia hace al hombre sabio. Hay también casos en los que nos es imposible disuadir al sujeto de acometer una empresa totalmente inadecuada a sus circunstancias y que sólo mucho después van madurando y haciéndose asequibles a la elaboración analítica. En ocasiones, sucede también que no nos da tiempo de imponer a los instintos impetuosos el freno de la transferencia o que el paciente rompe, en un acto de repetición, los lazos que le ligaban al tratamiento.
Como caso extremo, citaremos el de una señora ya madura que había sufrido repetidamente estados de obnubilación, en los que abandonaba su casa y a su marido, sin que jamás hubiera podido alegar la existencia de un motivo consciente para tales fugas. Al iniciar el tratamiento analítico, mostraba una transferencia positiva bien desarrollada, pero esta transferencia creció de un modo inquietantemente rápido en los primeros días, y al cabo de una semana la paciente me «abandonó» también a mí, antes que yo hubiera tenido tiempo de hacerle alguna indicación que hubiese podido impedirle tal repetición. Pero la mejor manera de refrenar la compulsión repetidora del enfermo y convertirla en un motivo de recordar la tenemos en el manejo de la transferencia. Reconociendo en cierto modo sus derechos y dejándola actuar libremente en un sector determinado, conseguimos hacerla inofensiva y hasta útil. Le abandonamos, pues, la transferencia como un campo en el que puede desarrollarse con libertad casi completa y en el que cumplirá la función de hacer surgir ante nuestros ojos todos los instintos patógenos ocultos en la vida anímica del analizado. Cuando el paciente nos presta la mínima cooperación, consistente en respetar las condiciones de existencia del tratamiento, conseguimos siempre dar a todos los síntomas de la enfermedad una nueva significación basada en la transferencia y sustituir su neurosis vulgar por una neurosis de transferencia, de la cual puede ser curado por la labor terapéutica. La transferencia crea así una zona intermedia entre la enfermedad y la vida, y a través de esta zona va teniendo efecto la transición desde la primera a la segunda. El nuevo estado ha acogido todos los caracteres de la enfermedad, pero constituye una enfermedad artificial, asequible por todos lados a nuestra intervención. Al mismo tiempo, es también un trozo de vida real, pero provisorio y hecho posible por circunstancias especialmente favorables. De las reacciones de la repetición que surgen en la transferencia parten luego los caminos ya conocidos para la evocación de los recuerdos, los cuales surgen sin esfuerzo aparente una vez vencidas las resistencias.
Podía dar ya por terminada mi exposición si el título del presente ensayo no me obligase a describir aún otra parte de la técnica analítica. Como ya sabemos, el vencimiento de las resistencias se inicia revelando el médico al analizado la existencia y condición de las mismas, ignorada siempre por el sujeto. Ahora bien: parece ser que algunos analistas principiantes se inclinan a creer que esta labor inicial es toda la que han de llevar a cabo. En muchas ocasiones he sido llamado en consulta por médicos que se lamentaban de haber revelado al paciente su resistencia sin haber obtenido resultado positivo alguno, sino más bien una intensificación de la resistencia descubierta y una mayor complicación de la situación general. La cura parecía haber quedado estancada. Pero semejante temor resultaba siempre infundado. En realidad, la cura seguía su camino. Lo único que sucedía es que el médico había olvidado que la revelación de la resistencia no puede tener por consecuencia inmediata su desaparición. Ha de dejarse tiempo al enfermo para ahondar en la resistencia, hasta entonces desconocida para él, elaborarla y dominarla, continuando, a su pesar, el tratamiento conforme a la regla analítica fundamental. Sólo al culminar esta labor llegamos a descubrir, en colaboración con el analizado, los impulsos instintivos reprimidos que alimentaban la resistencia. En todo esto, el médico no tiene que hacer más que esperar y dejar desarrollarse un proceso que no puede ser eludido ni tampoco siempre apresurado. No olvidándose de esto se ahorrará muchas veces el error de suponer fracasado el tratamiento, cuando el mismo sigue, en realidad, directamente su camino. En la práctica esta elaboración de las resistencias puede constituir una penosa labor para el analizado y una dura prueba para la paciencia del médico. Pero también constituye parte de la labor que ejerce sobre el paciente mayor acción modificadora y la que diferencia al tratamiento analítico de todo influjo por sugestión. Teóricamente, podemos equipararla a la derivación por reacción de las magnitudes de afecto aprisionadas por la represión, proceso sin el cual no lograba eficacia alguna el tratamiento hipnótico.
No me parece inútil recordar una y otra vez a los estudiosos las profundas modificaciones experimentadas por la técnica psicoanalítica desde sus primeros comienzos. Al principio, en la fase de la catarsis de Breuer, atendíamos directamente a la génesis de los síntomas y orientábamos toda nuestra labor hacia la reproducción de los procesos psíquicos de aquella situación inicial, para conseguir su derivación por medio de la actividad consciente. El recuerdo y la derivación por reacción eran los fines a los que entonces tendíamos con ayuda del estado hipnótico. Más tarde, cuando renunciamos a la hipnosis, se nos planteó la labor de deducir de las ocurrencias espontáneas del analizado aquello que no conseguía recordar. La resistencia había de ser burlada por la interpretación y la comunicación de sus resultados al enfermo. Conservamos, pues, la orientación primitiva de nuestra labor hacia las situaciones en las que surgieron los síntomas por vez primera y hacia aquellas otras que íbamos descubriendo detrás del momento en que emergía la enfermedad, pero abandonamos la derivación por reacción, sustituyéndola por la labor que el enfermo había de llevar a cabo para dominar la crítica contra sus asociaciones, en observancia de la regla psicoanalítica fundamental que le era impuesta. Por último, quedó estructurada la consecuencia técnica actual, en la cual prescindimos de una orientación fija hacia un factor o un problema determinado, nos contentamos con estudiar la superficie psíquica del paciente y utilizamos la interpretación para descubrir las resistencias que en ella emergen y comunicárselas al analizado. Se establece entonces una nueva división del trabajo. El médico revela al enfermo resistencias que él mismo desconoce, y una vez vencidas éstas, el sujeto relata sin esfuerzo alguno las situaciones y relaciones olvidadas. Naturalmente, el fin de estas técnicas ha permanecido siendo el mismo: descriptivamente, la supresión de las lagunas del recuerdo; dinámicamente, el vencimiento de las resistencias de la represión.
Debemos conservar agradecimiento a la antigua técnica hipnótica por habernos presentado aislados y esquematizados los distintos procedimientos psíquicos del análisis. Sólo así hemos podido arriesgarnos luego a crear situaciones complicadas en el análisis, sin que el mismo perdiera para nosotros su transparencia. La evocación de los recuerdos no suscitaba grandes dificultades en el tratamiento hipnótico primitivo. El paciente se transfería a una situación anterior que no parecía confundir nunca con la actual, comunicaba los procesos psíquicos a ella correspondientes en cuanto los mismos habían permanecido anormales y añadía todo lo que podía resultar de la traducción a lo consciente de los procesos inconscientes entonces. Enlazaré aquí algunas observaciones que todo analítico habrá podido comprobar prácticamente. El olvido de impresiones, escenas y sucesos se reduce casi siempre a una «retención» de los mismos. Cuando el paciente habla de este material «olvidado», rara vez deja de añadir: «En realidad, siempre he sabido perfectamente todas estas cosas; lo que pasa es que nunca me he detenido a pensar en ellas», y muchas veces se manifiesta defraudado porque no se le ocurren suficientes cosas que pueda reconocer como «olvidadas» y en las que no ha vuelto a pensar desde que sucedieron.
Este deseo queda a veces cumplido, sobre todo en las histerias de conversión. El «olvido» queda nuevamente restringido por la existencia de recuerdos encubridores. En algunos casos he experimentado la impresión de que la amnesia infantil, tan importante para nuestra teoría, es totalmente compensada por los recuerdos encubridores. En éstos no se conserva únicamente una parte de nuestra vida infantil, sino todo lo que en ella tuvo importancia esencial. Trátase tan sólo de saberlo extraer de ellos por medio del análisis. En realidad, constituyen una representación tan suficiente de los años infantiles olvidados, como el contenido manifiesto del sueño lo es de las ideas oníricas latentes. El otro grupo de procesos psíquicos susceptibles de ser opuestos como actos puramente internos a las impresiones y los sucesos vividos, o sea el constituido por las fantasías, las asociaciones, los sentimientos, etc., ha de ser estudiado separadamente en cuanto a su relación con el olvido y el recuerdo. Sucede aquí muy frecuentemente que se «recuerda» algo que no pudo nunca ser «olvidado», pues nunca fue retenido ni llegó a ser consciente y además, para el curso psíquico, parece totalmente indiferente que tal elemento fuera consciente y quedase luego olvidado o que no penetrase jamás hasta la conciencia. La convicción que el analizado adquiere en el curso del análisis es independiente de tal recuerdo.
Sobre todo en las diversas formas de las neurosis obsesiva, el olvido se limita a destruir conexiones, suprimir relaciones causales y aislar recuerdos enlazados entre sí. Por lo general, resulta imposible despertar el recuerdo de una clase especial de sucesos muy importantes correspondientes a épocas muy tempranas de la infancia y vividos entonces sin comprenderlos, pero perfectamente interpretados y comprendidos luego por el sujeto. Su conocimiento nos es procurado por los sueños, y la estructura de la neurosis nos fuerza a admitirlos, pudiendo, además, comprobar que una vez vencidas sus resistencias, el analizado no emplea contra su aceptación la ausencia de la sensación de recordar (de la sensación de que algo nos era ya conocido). De todos modos, requiere este tema tanta prudencia crítica y aporta tantas cosas nuevas y desconcertantes, que preferimos reservarlo para un trabajo aislado, en el que lo estudiaremos en material adecuado. Con la nueva técnica, el curso del análisis se hace mucho más complicado y trabajoso; algunos casos ofrecen al principio la serena facilidad habitual en el tratamiento hipnótico, aunque no tarden en tomar otro rumbo, pero lo general es que las dificultades surjan desde un principio.
Ateniéndonos a este último tipo, para caracterizar la diferencia, podemos decir que el analizado no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo, sino como acto; lo repite sin saber, naturalmente, que lo repite. Por ejemplo: el analizado no cuenta que recuerda haberse mostrado rebelde a la autoridad de sus padres, sino que se conduce en esta forma con respecto al médico. No recuerda que su investigación sexual infantil fracasó, dejándole perplejo, sino que produce una serie de sueños complicados y ocurrencias confusas y se lamenta de que nada le sale bien y de que su destino es no conseguir jamás llevar a buen término una empresa. No recuerda haberse avergonzado intensamente de ciertas actividades sexuales y haber temido que los demás las descubriesen, sino que se avergüenza del tratamiento a que ahora se encuentra sometido y procura mantenerlo secreto, etc. Sobre todo, no dejará de iniciar la cura con tal repetición. Con frecuencia, cuando hemos comunicado a un paciente de vida muy rica en acontecimientos y largo historial patológico la regla psicoanalítica fundamental y esperamos oír un torrente de confesiones, nos encontramos con que asegura no saber qué decir. Calla y afirma que no se le ocurre nada. Todo esto no es, naturalmente, más que la repetición de una actitud homosexual que se ofrece como resistencia a todo recuerdo. Mientras el sujeto permanece sometido al tratamiento no se libera de esta compulsión de repetir, y acabamos por comprender que este fenómeno constituye su manera especial de recordar.
Como es natural, nos interesará, en primer término, la relación de esta repetición obsesiva con la transferencia y la resistencia. No tardamos en advertir que la transferencia no es por sí misma más que una repetición y la repetición, la transferencia del pretérito olvidado, pero no sólo sobre el médico, sino sobre todos los demás sectores de la situación presente. Tendremos, pues, que estar preparados a que el analizado se abandone a la obsesión repetidora que sustituye en él el impulso a recordar no sólo en lo que afecta a su relación con el médico, sino también en todas las demás actividades y relaciones simultáneas de su vida; por ejemplo: cuando durante el transcurso de la cura elige un objeto erótico, se encarga de una labor o acomete una empresa. Tampoco resulta difícil reconocer la participación en la resistencia. Cuanto más intensa es ésta, más ampliamente quedará sustituido el recuerdo por la acción (repetición). La facilidad con la cual emergía en la hipnosis el recuerdo de lo olvidado, se debía precisamente a que el estado hipnótico anula de momento la acción de la resistencia. Cuando la cura comienza bajo el patrocinio de una transferencia positiva no muy acentuada, nos permite penetrar al principio, profundamente, en los recuerdos, como antes la hipnosis, y hasta los mismos síntomas patológicos permanecen acallados mientras tanto.
Pero cuando en el curso ulterior del análisis se hace hostil o muy intensa esta transferencia, el recuerdo queda sustituido en el acto por la repetición, y a partir de este momento, las resistencias van marcando la sucesión de las repeticiones. El enfermo extrae del arsenal del pasado las armas con las cuales se defiende contra la continuación de la cura y de las cuales hemos de ir despojándole poco a poco. Hemos visto ya que el analizado repite en lugar de recordar, y que lo hace bajo las condiciones de la resistencia. Vamos a ver ahora qué es realmente lo que repite. Pues bien: repite todo lo que se ha incorporado ya a su ser partiendo de las fuentes de lo reprimido: sus inhibiciones, sus tendencias inutilizadas y sus rasgos de carácter patológico. Y ahora observamos que al hacer resaltar la obsesión repetidora no hemos descubierto nada nuevo, sino que hemos completado y unificado nuestra teoría. Vemos claramente que la enfermedad del analizado no puede cesar con el comienzo del análisis y que no debemos tratarla como un hecho histórico, sino como una potencia actual. Poco a poco vamos atrayendo a nosotros cada uno de los elementos de esta enfermedad y haciéndolos entrar en el campo de acción de la cura, y mientras el enfermo los va viviendo como algo real, vamos nosotros practicando en ellos nuestra labor terapéutica, consistente, sobre todo, en la referencia del pasado.
La evocación de recuerdos durante la hipnosis tenía que producir la impresión de un experimento de laboratorio. La repetición en el tratamiento analítico, según la nueva técnica, supone evocar un trozo de vida real, y, por tanto, no puede ser innocua en todos los casos. A este punto viene a enlazarse todo el problema de la «agravación durante la cura», inevitable a veces. La iniciación del tratamiento trae ya consigo una modificación de la actitud consciente del enfermo ante su enfermedad. Generalmente, se ha limitado a dolerse de ella y a despreciarla, sin estimar debidamente su importancia; pero, por lo demás, ha continuado observando, con respecto a sus manifestaciones, la misma política de represión que antes en cuanto a sus orígenes. De este modo, puede muy bien no haber llegado aún a conocer precisamente las condiciones de su fobia, no haber advertido el contenido justo de sus ideas obsesivas o no haber aprehendido la verdadera intención de su impulso obsesivo. La cura no puede pasar por esto. El sujeto ha de tener el valor de ocupar su atención con los fenómenos de su enfermedad, a la cual no debe ya despreciar, sino considerar como un adversario digno, como una parte de su propio ser, fundada en motivos importantes y de la cual podrá extraer valiosas enseñanzas para su vida ulterior.
De esta forma preparamos desde un principio la reconciliación del sujeto con lo reprimido que se manifiesta en sus síntomas, pero, por otro lado, concedemos también a la enfermedad un cierto margen de tolerancia. Si esta nueva relación con la enfermedad agudiza algunos conflictos y hace pasar a primera línea síntomas hasta entonces poco precisos, podemos consolar fácilmente al enfermo observándole que se trata de agravaciones necesarias, pero pasajeras, y que, en definitiva, no es posible vencer a un enemigo que se mantiene ausente o no está suficientemente próximo. Pero la resistencia puede aprovechar la situación para sus fines e intentar abusar de la tolerancia concedida a la enfermedad, y entonces parece decirnos: «Mira lo que sucede cuando me veo forzada a ocuparme de estas cosas. ¿Ves cómo estaba en lo cierto abandonándolas a la represión?» Otro peligro es el de que en el curso de la cura lleguen también a ser reproducidos impulsos instintivos nuevos situados en estratos más profundos, que no habían emergido aún. Por último, aquellos actos que el paciente ejecuta fuera del campo de acción de la transferencia pueden acarrearle daños pasajeros e incluso ser elegidos de manera que anulen por completo el valor de la salud que el tratamiento tiende a restablecer.
No es difícil justificar la táctica que en esta situación ha de seguir el médico. Su fin continúa siendo, como en un principio, la evocación del recuerdo, la reproducción en el terreno psíquico, aunque sabe muy bien que no ha de serle posible conseguirlo por medio de la nueva técnica. Se dispondrá, pues, a iniciar con el paciente una continua lucha por mantener en el terreno psíquico todos los impulsos que aquél quisiera derivar hacia la motilidad, y considera como un gran triunfo de la cura conseguir derivar por medio del recuerdo algo que el sujeto tendía a derivar por medio de un acto. Cuando la adhesión producto de la transferencia integra ya algún valor, el tratamiento consigue impedir al paciente todos los actos de repetición algo importantes y utilizar in statua nascendi el propósito de ejecutarlos como material para la labor terapéutica. La mejor manera de proteger al enfermo de los daños que puede acarrearle la ejecución de sus impulsos es comprometerle a no adoptar durante el curso del tratamiento ninguna resolución importante (elegir carrera o mujer, por ejemplo) y a esperar para ello el momento de la curación. Al mismo tiempo, respetamos la libertad personal del paciente en cuanto sea compatible con estas precauciones; no le impedimos la ejecución de propósitos poco trascendentales, aunque se trate de evidentes simplezas y no olvidemos que sólo la propia y personal experiencia hace al hombre sabio. Hay también casos en los que nos es imposible disuadir al sujeto de acometer una empresa totalmente inadecuada a sus circunstancias y que sólo mucho después van madurando y haciéndose asequibles a la elaboración analítica. En ocasiones, sucede también que no nos da tiempo de imponer a los instintos impetuosos el freno de la transferencia o que el paciente rompe, en un acto de repetición, los lazos que le ligaban al tratamiento.
Como caso extremo, citaremos el de una señora ya madura que había sufrido repetidamente estados de obnubilación, en los que abandonaba su casa y a su marido, sin que jamás hubiera podido alegar la existencia de un motivo consciente para tales fugas. Al iniciar el tratamiento analítico, mostraba una transferencia positiva bien desarrollada, pero esta transferencia creció de un modo inquietantemente rápido en los primeros días, y al cabo de una semana la paciente me «abandonó» también a mí, antes que yo hubiera tenido tiempo de hacerle alguna indicación que hubiese podido impedirle tal repetición. Pero la mejor manera de refrenar la compulsión repetidora del enfermo y convertirla en un motivo de recordar la tenemos en el manejo de la transferencia. Reconociendo en cierto modo sus derechos y dejándola actuar libremente en un sector determinado, conseguimos hacerla inofensiva y hasta útil. Le abandonamos, pues, la transferencia como un campo en el que puede desarrollarse con libertad casi completa y en el que cumplirá la función de hacer surgir ante nuestros ojos todos los instintos patógenos ocultos en la vida anímica del analizado. Cuando el paciente nos presta la mínima cooperación, consistente en respetar las condiciones de existencia del tratamiento, conseguimos siempre dar a todos los síntomas de la enfermedad una nueva significación basada en la transferencia y sustituir su neurosis vulgar por una neurosis de transferencia, de la cual puede ser curado por la labor terapéutica. La transferencia crea así una zona intermedia entre la enfermedad y la vida, y a través de esta zona va teniendo efecto la transición desde la primera a la segunda. El nuevo estado ha acogido todos los caracteres de la enfermedad, pero constituye una enfermedad artificial, asequible por todos lados a nuestra intervención. Al mismo tiempo, es también un trozo de vida real, pero provisorio y hecho posible por circunstancias especialmente favorables. De las reacciones de la repetición que surgen en la transferencia parten luego los caminos ya conocidos para la evocación de los recuerdos, los cuales surgen sin esfuerzo aparente una vez vencidas las resistencias.
Podía dar ya por terminada mi exposición si el título del presente ensayo no me obligase a describir aún otra parte de la técnica analítica. Como ya sabemos, el vencimiento de las resistencias se inicia revelando el médico al analizado la existencia y condición de las mismas, ignorada siempre por el sujeto. Ahora bien: parece ser que algunos analistas principiantes se inclinan a creer que esta labor inicial es toda la que han de llevar a cabo. En muchas ocasiones he sido llamado en consulta por médicos que se lamentaban de haber revelado al paciente su resistencia sin haber obtenido resultado positivo alguno, sino más bien una intensificación de la resistencia descubierta y una mayor complicación de la situación general. La cura parecía haber quedado estancada. Pero semejante temor resultaba siempre infundado. En realidad, la cura seguía su camino. Lo único que sucedía es que el médico había olvidado que la revelación de la resistencia no puede tener por consecuencia inmediata su desaparición. Ha de dejarse tiempo al enfermo para ahondar en la resistencia, hasta entonces desconocida para él, elaborarla y dominarla, continuando, a su pesar, el tratamiento conforme a la regla analítica fundamental. Sólo al culminar esta labor llegamos a descubrir, en colaboración con el analizado, los impulsos instintivos reprimidos que alimentaban la resistencia. En todo esto, el médico no tiene que hacer más que esperar y dejar desarrollarse un proceso que no puede ser eludido ni tampoco siempre apresurado. No olvidándose de esto se ahorrará muchas veces el error de suponer fracasado el tratamiento, cuando el mismo sigue, en realidad, directamente su camino. En la práctica esta elaboración de las resistencias puede constituir una penosa labor para el analizado y una dura prueba para la paciencia del médico. Pero también constituye parte de la labor que ejerce sobre el paciente mayor acción modificadora y la que diferencia al tratamiento analítico de todo influjo por sugestión. Teóricamente, podemos equipararla a la derivación por reacción de las magnitudes de afecto aprisionadas por la represión, proceso sin el cual no lograba eficacia alguna el tratamiento hipnótico.
Freud, S. (1917) Lección XXVIII. La terapia analítica
Lección XXVIII. La terapia analítica
Señoras y señores: Sabéis ya cuál es la materia que hoy vamos a tratar. Me habéis preguntado, en efecto, cómo, reconociendo que nuestra influencia reposaba esencialmente sobre la transferencia; esto es, sobre la sugestión, no nos servíamos directamente de esta última en nuestra terapia analítica, y habéis afirmado, además, que la capital importancia asignada a la sugestión no puede por menos de haceros dudar de la objetividad de nuestros descubrimientos psicológicos. A todo esto he prometido contestaros detalladamente. La sugestión directa es aquella que se encamina contra la manifestación de los síntomas y constituye un combate entre nuestra autoridad y las razones del estado patológico. Recurriendo a ella, prescindimos en absoluto de tales razones y no exigimos del enfermo sino que cese de manifestarlas por medio de síntomas. Poco importa entonces que sumamos o no al paciente en la hipnosis. Con su habitual perspicacia observó ya Bernheim que la sugestión constituye la esencia de los fenómenos del hipnotismo, no siendo la hipnosis sino un efecto de la misma, o sea un estado sugerido.
Fundándose en esta razón, practicó preferentemente la sugestión en estado de vigilia, procedimiento por medio del cual pueden alcanzarse iguales resultados que por el de la sugestión durante el sueño hipnótico. ¿Qué es lo que en esta cuestión os interesa más: los datos experimentales o las consideraciones teóricas? Empezaremos por los primeros. Personalmente he sido alumno de Bernheim, a cuyas explicaciones asistí en Nancy el año 1889, y del que he traducido al alemán el libro sobre la sugestión. Durante años enteros apliqué a mi vez el tratamiento hipnótico, combinándolo primero con la sugestión prohibitiva y después con la exploración interrogando al enfermo por el método de Breuer.
Poseo, por tanto, experiencia suficiente para hablar de los efectos del tratamiento hipnótico o sugestivo. Un viejo aforismo médico afirma que una terapéutica ideal debe obrar rápidamente, producir resultados seguros y no causar molestias al enfermo. Pues bien: el método de Berhneim llenaba por lo menos dos de estas condiciones. Mucho más rápido que el procedimiento analítico, no imponía al paciente la menor fatiga ni le ocasionaba perturbación alguna. En cambio, para el médico se hacía, a la larga, monótono tener que recurrir en todos los casos a un mismo procedimiento para poner fin a la existencia de síntomas variadísimos, y esto sin poder llegar nunca a darse cuenta de la significación y efecto de cada uno, labor nada científica y más bien semejante a la magia, al exorcismo o la prestidigitación. Claro es que esta falta de atractivo de la labor terapéutica no significaba nada ante el interés del enfermo. Pero por otro lado resultaba que el método de que nos ocupamos carecía en absoluto de seguridad. Aplicable a unos pacientes, no lo era, en cambio, a otros, y esta misma arbitraria inseguridad se reflejaba en sus resultados, los cuales carecían, además, de duración. Poco tiempo después de dar por terminado el tratamiento solía sufrir el enfermo una recaída o se veía atacado por otra enfermedad del mismo género.
En estos casos podía recurrirse de nuevo al hipnotismo; pero competentes hombres de ciencia habían hecho observar que con el frecuente empleo de este medio se corría el peligro de anular la independencia del enfermo, creando un hábito semejante al de los narcóticos. Por otro lado, aun en aquellos casos, muy poco frecuentes, en los que nuestra labor alcanzaba un éxito completo y definitivo, permanecíamos en la ignorancia de los factores a que el mismo se debía. En una ocasión pude observar que la reproducción de un grave estado patológico, y cuya curación habíamos conseguido después de un corto tratamiento hipnótico, coincidió con la emergencia en la enferma de sentimientos hostiles hacia mi persona. Reanudando el tratamiento, logré una nueva curación, aún más completa que la primera, en cuanto me fue dado hacer que la paciente se reconciliara conmigo; pero, al poco tiempo, una nueva aparición de los sentimientos hostiles trajo consigo una segunda recaída. Otra de mis enfermas, cuyas crisis nerviosas había yo logrado suprimir por largas temporadas mediante la hipnoterapia, se arrojó súbitamente a mi cuello en ocasión de hallarme dedicado a prestarle mis cuidados durante un acceso particularmente rebelde. Hechos de este género nos obligan, lo queramos o no, a plantearnos el problema de la naturaleza y el origen de la autoridad sugestiva.
Todos estos conocimientos experimentales nos muestran que renunciando a la sugestión directa no nos privamos de nada indispensable. Permitidme ahora formular sobre este tema algunas consideraciones. La aplicación de la hipnoterapia no impone a médico y paciente sino un mínimo esfuerzo, y se armonizan a maravilla con aquella opinión que sobre las neurosis profesa aún la mayoría de los médicos, opinión que les hace decir a sus pacientes neuróticos: «No tiene usted nada, pues se trata de perturbaciones puramente nerviosas, de las que puedo libertarle en pocos minutos y con sólo algunas palabras.» Pero nuestro punto de vista de las leyes energéticas rechaza la posibilidad de desplazar sin esfuerzo una enorme masa, atacándola directamente y sin ayuda de un herramental apropiado, labor tan imposible de realizar en las neurosis como en la mecánica. Sin embargo, me doy cuenta que este argumento no es intachable. Existe eso que se llama efecto de gatillo.
Los conocimientos que merced al psicoanálisis hemos adquirido nos permiten describir las diferencias que existen entre la sugestión hipnótica y la sugestión psicoanalítica en la forma siguiente: La terapéutica hipnótica intenta encubrir y disfrazar algo existente en la vida psíquica. Por el contrario, la terapéutica analítica intenta hacerlo emerger clara y precisamente, y suprimirlo después. La primera actúa como un procedimiento cosmético; la segunda, como un procedimiento quirúrgico. Aquélla utiliza la sugestión para prohibir los síntomas y reforzar las represiones, pero deja intactos todos los procesos que han conducido a la formación de síntomas. Inversamente, la terapéutica analítica intenta, al encontrarse ante conflictos que han engendrado síntomas, remontarse hasta la misma raíz y se sirve de la sugestión para modificar en el sentido deseado el destino de estos conflictos. La terapéutica hipnótica deja al enfermo en una absoluta pasividad, no suscita en él modificación alguna y, por tanto, no le provee tampoco de medio alguno de defensa contra una nueva causa de perturbaciones patológicas. El tratamiento analítico impone al médico y al enfermo penosos esfuerzos que tienden a levantar resistencias internas; pero una vez dominadas éstas, queda la vida psíquica del paciente modificada de un modo duradero, transportada a un grado evolutivo superior y protegida contra toda nueva posibilidad patógena. Esta lucha contra las resistencias constituye la labor esencial del tratamiento analítico e incumbe al enfermo mismo, en cuya ayuda acude el médico auxiliándole con la sugestión, que actúa sobre él en un sentido educativo. De este modo, se ha dicho, muy justificadamente, que el tratamiento psicoanalítico es una especie de posteducación.
Creo haberos hecho comprender en qué se diferencia de la hipnoterapia nuestro procedimiento de aplicar la sugestión. Reducida ésta a la transferencia, vemos claramente las razones a que obedecen tanto la arbitraria inseguridad del tratamiento hipnótico como la exactitud del analítico, en el que pueden ser calculados hasta los últimos efectos. En la aplicación de la hipnosis dependemos de la capacidad de transferencia del enfermo y nos es imposible ejercer el menor influjo sobre tal capacidad. La transferencia del individuo que vamos a hipnotizar puede ser negativa, o, lo que es más general, ambivalente. Asimismo puede el sujeto hallarse protegido por determinadas disposiciones particulares contra toda transferencia. Pero nada de esto nos es dado averiguar en la hipnoterapia. En cambio, con el psicoanálisis laboramos sobre la misma transferencia, suprimimos todo lo que a ella se opone y perfeccionamos nuestro principal instrumento de trabajo, siéndonos así posible extraer un provecho mucho más considerable del poder de la sugestión, la cual no queda ya al capricho del enfermo, sino que es dirigida por nosotros tanto como alcance ser accesible a su influjo.
Me diréis ahora que lo importante no es el nombre que demos a la fuerza motriz de nuestro análisis -transferencia o sugestión -, sino el indudable peligro existente de que la influencia ejercida sobre el sujeto quite todo valor objetivo a nuestros descubrimientos. Aquello que resulta provechoso desde el punto de vista terapéutico puede, en cambio, ser contrario a la investigación. Es ésta la objeción que con mayor frecuencia se opone al psicoanálisis, y debemos convenir en que, aun siendo errónea, no podemos, sin embargo, rechazarla como absurda. Pero si fuera acertada, quedaría reducido el psicoanálisis a un tratamiento sugestivo particularmente eficaz, y sus afirmaciones sobre las influencias vitales, la dinámica psíquica y lo inconsciente carecerían de todo valor. Así piensan, en efecto, nuestros adversarios, para los que nuestras interpretaciones de los sucesos sexuales -cuando no estos sucesos mismos- no son sino un exclusivo producto de nuestra corrompida imaginación, sugerido luego por nosotros al sujeto. Es más fácil refutar estas reflexiones recurriendo a la experiencia que por medio de consideraciones teóricas. Todos aquellos que han practicado el psicoanálisis conocen muy bien la imposibilidad de sugestionar a los enfermos hasta tal punto. No es, desde luego, difícil hacerles aceptar una determinada teoría y compartir un error del médico.
Comportándose el paciente como cualquier otro sujeto, por ejemplo, un alumno [frente a su profesor], pero en este caso se habrá influido únicamente sobre su inteligencia y no sobre su enfermedad. La solución de sus conflictos y la supresión de sus resistencias no se consiguen más que cuando les hemos proporcionado representaciones anticipatorias que en ellos coinciden con la realidad. Aquello que en las hipótesis del médico no corresponde a esta realidad, queda espontáneamente eliminado en el curso del análisis y debe ser retirado y reemplazado por hipótesis más exactas. Por medio de una técnica apropiada intentamos siempre evitar posibles éxitos prematuros de la sugestión; pero aun en los casos en que éstos llegan a presentarse, ello no supone mal ninguno, pues nunca nos contentamos con los primeros resultados obtenidos ni damos por terminado el análisis hasta esclarecer totalmente el caso, cegar todas las lagunas mnémicas y descubrir las causas desencadenantes de las represiones. En los resultados obtenidos con excesiva rapidez vemos más bien un obstáculo que una ayuda de nuestra labor analítica; los destruimos, resolviendo la transferencia sobre la que reposan. Siendo realmente este último rasgo lo que diferencia el tratamiento analítico del puramente sugestivo y aleja de los resultados obtenidos por el análisis la sospecha de no ser sino efectos de la sugestión. En otros tratamientos sugestivos, la transferencia es cuidadosamente respetada y no sufre modificación alguna.
Por el contrario, el tratamiento analítico tiene por objeto la transferencia misma, a la que procura disectar cualquiera que sea la forma que revista. Por último al final de todo tratamiento analítico la transferencia debe ser liberada. De este modo, el éxito de nuestra labor no reposa sobre la sugestión pura y simple, sino sobre los resultados obtenidos merced a la misma, o sea sobre la supresión de las resistencias interiores y sobre las modificaciones internas alcanzadas en el enfermo. En contra de la génesis de sugestiones aisladas actúa también el hecho de que durante el tratamiento tenemos que luchar sin descanso contra resistencias que saben transformarse en transferencias negativas (hostiles). Además, muchos de los resultados del análisis que pudiéramos suponer producto de la sugestión quedan confirmados en otro terreno libre de toda sospecha. Sobre los dementes precoces y los paranoicos no puede, en efecto, ejercerse influencia sugestiva ninguna, y sin embargo, lo que estos enfermos nos relatan sobre sus traducciones de símbolos y sus fantasías coinciden por completo con los resultados de nuestras investigaciones sobre lo inconsciente en las neurosis de transferencia y corrobora así la exactitud objetiva de nuestras discutidas interpretaciones. Concediendo en esta cuestión un amplio margen de confianza al psicoanálisis, no creo podáis caer en error.
Completaremos ahora la exposición del mecanismo de la curación, expresándola en las fórmulas de la teoría de la libido. El neurótico es incapaz de gozar y de obrar; de gozar, porque su libido no se halla dirigida sobre ningún objeto real; de obrar, porque se halla obligado a gastar toda su energía para mantener a su libido en estado de represión y protegerse contra sus asaltos. No podrá curar más que cuando el conflicto entre su yo y su libido haya terminado y tener de nuevo el yo la libido a su disposición. La misión terapéutica consiste, pues, en desligar la libido de sus ataduras actuales, sustraídas al yo, y ponerla nuevamente al servicio de este último. Mas, ¿dónde se halla localizada la libido del neurótico? La respuesta a esta interrogación no es nada difícil de encontrar. La libido del neurótico se halla adherida a los síntomas, los cuales procuran al sujeto una satisfacción sustitutiva, la única por el momento posible. Habremos, pues, de apoderarnos de los síntomas y hacerlos desaparecer, labor que es precisamente la que el enfermo demanda de nosotros. Para ello nos es necesario remontarnos hasta sus orígenes, despertar el conflicto a que deben sus génesis y orientarlo hacia una distinta solución, haciendo actuar aquellas fuerzas motivacionales que en la época en que los síntomas nacieron no se hallaban a disposición del enfermo. Esta revisión del proceso que culminó en la represión no se guía sino fragmentariamente por las huellas que dicho proceso dejó tras de sí.
La labor principal es la de crear, partiendo de la actitud del enfermo con respecto al médico, esto es, de la transferencia, nuevas ediciones de los antiguos conflictos. En éstas, tenderá el enfermo a conducirse de igual manera que en el conflicto primitivo; pero nosotros, haciendo actuar en él todas sus fuerzas psíquicas disponibles; le haremos llegar a una diferente solución. La transferencia se convierte en este modo en el campo de batalla sobre el cual deben combatir todas las fuerzas en lucha. Toda la libido y todo lo que se le opone se hayan concentradas en la actitud del enfermo con respecto al médico, produciéndose inevitablemente una separación entre los síntomas y la libido, y quedando los primeros despojados de todo revestimiento libidinoso. En lugar de la enfermedad propiamente dicha aparece una nueva artificialmente provocada; esto es, la enfermedad de la transferencia, y los objetos tan variados como irreales de la libido quedan sustituidos por uno solo, aunque igualmente fantástico: la persona del médico. Pero la sugestión a la que el médico recurre lleva la lucha que se desarrolla en derredor de ese objeto a la más elevada fase psíquica, de manera que no nos hallamos ya sino ante un conflicto psíquico normal. Evitando una nueva represión, ponemos término a la separación entre el yo y la libido, y restablecemos la unidad psíquica de la persona. Cuando la libido se desliga por fin del objeto pasajero que supone la persona del médico, no puede ya retornar a sus objetos anteriores y se mantiene a disposición del yo. Las potencias con las que hemos tenido que combatir durante esta labor terapéutica son, por un lado, la antipatía del yo hacia determinadas orientaciones de la libido, antipatía que se manifiesta en la tendencia a la represión; y por otro, la fuerza de adherencia, o como pudiéramos decir, la viscosidad de la libido, que no abandona voluntariamente los objetos sobre los cuales ha llegado alguna vez a catectizar.
La labor terapéutica puede, pues, descomponerse en dos fases: en la primera, toda la libido se desliga de los síntomas para fijarse y concentrarse en las transferencias. En la segunda se desarrolla el combate en derredor del nuevo objeto, del cual acabamos por desligar la libido. Este resultado favorable no podrá obtenerse más que consiguiendo, durante este nuevo conflicto, impedir una nueva represión, a favor de la cual escaparía otra vez la libido del yo al refugiarse en lo inconsciente, represión que es evitada por la modificación que el yo ha sufrido bajo la influencia de la sugestión médica. Merced al trabajo de interpretación que transforma lo inconsciente en consciente, se amplía el yo a expensas de dicho inconsciente, haciéndose, bajo la influencia de los consejos que recibe, más conciliador con respecto a la libido, y disponiéndose a concederle una determinada satisfacción. Los rechazos que el enfermo experimentaba ante las exigencias de la libido se atenúan al mismo tiempo, merced a la posibilidad en que el mismo encuentra de disponer de parte de ella por la sublimación. Cuanto más próximas a esta descripción ideal resulten la evolución y la sucesión de los procesos en el curso del tratamiento psicoanalítico, mayor será el éxito de éste, que, en cambio, puede quedar limitado tanto por la insuficiente movilidad de la libido, que no se deja fácilmente desligar de los objetos a los que se ha fijado, como por la rigidez del narcisismo, que no admite la transferencia de un objeta a otro sino hasta un cierto límite. Lo que quizá os podrá facilitar la comprensión de la dinámica del proceso curativo es el hecho de que interceptamos toda la libido que se había sustraído al dominio del yo, atrayendo sobre nosotros, con ayuda de la transferencia, una parte de la misma.
Las localizaciones de la libido que sobrevienen durante el tratamiento y después del mismo no autorizan a formular conclusión alguna directa sobre su localización durante el estado patológico. Supongamos que tengamos éxito de llevar un caso a un favorable resultado al descubrir y resolver una fuerte transferencia-paterna hacia el médico. En estas circunstancias nos equivocaríamos deduciendo que dicha fijación inconsciente de la libido del enfermo a la persona de su padre constituyó desde un principio el nódulo de la enfermedad, pues la transferencia-paterna descubierta no es sino el lugar en el que hemos conseguido apoderarnos de la libido, la cual no llegó a localizarse en él sino después de pasar por muy diversas vicisitudes. El terreno sobre el que combatimos no constituye necesariamente una de las posiciones importantes del enemigo, el cual no se halla obligado a organizar la defensa de la capital de su territorio, precisamente ante las puertas de la misma. Sólo después de haber resuelto una vez más la transferencia es cuando podemos reconstruir mentalmente la localización de la libido durante la enfermedad.
Situándonos en el punto de vista de la teoría de la libido, podemos añadir aún algunas últimas consideraciones sobre los sueños: los sueños de los neuróticos nos sirven de igual modo que sus actos fallidos y sus asociaciones libres para penetrar el sentido de los síntomas y descubrir la localización de la libido. Bajo la forma de realizaciones de deseos nos muestran aquellos sentimientos optativos que sucumbieron a una represión y los objetos a los que se halla ligada la libido sustraída al yo. Por esta razón, desempeña la interpretación de los sueños un tan importante papel en el psicoanálisis e incluso constituye en muchos casos y durante largo tiempo su principal instrumento de trabajo. Sabemos ya que el estado de reposo tiene como tal el efecto de relajar las represiones. A consecuencia de esta disminución del peso que sobre él gravita, puede el deseo reprimido revestir en el sueño una expresión más precisa que la que le ofrece el síntoma en la vida despierta. De este modo constituye el estudio del sueño el acceso más cómodo al conocimiento de lo inconsciente reprimido, de lo cual forma parte la libido sustraída al dominio del yo.
Los sueños de los neuróticos no difieren, sin embargo, esencialmente de los soñados por individuos de salud normal, e incluso resulta muy difícil distinguir unos de otros. Será absurdo querer dar de los sueños de los sujetos neuróticos una explicación que no fuese valedera para los sueños de los normales. Deberemos, pues, afirmar que la diferencia que existe entre la neurosis y la salud no se manifiesta sino en la vida despierta y desaparece en la vida onírica, circunstancia que nos permite aplicar y extender al hombre normal muchas de las conclusiones deducidas de las relaciones entre los sueños y los síntomas de los neuróticos. Reconociendo, por tanto, que el hombre sano posee también en su vida psíquica aquello que hace posible la formación de los sueños y la de los síntomas; y deduciremos que análogamente al neurótico, lleva a cabo represiones, realiza un determinado gasto psíquico para mantenerlas y oculta en su sistema inconsciente deseos reprimidos, provistos aún de energía. Por último, estableceremos también la conclusión de que una parte de su libido se halla sustraída al dominio de su «yo». El hombre sano es, por tanto, un neurótico en potencia, pero el único síntoma que puede producir es el fenómeno onírico. Claro es que esto no pasa de ser una apariencia, pues sometiendo la vida despierta del hombre normal -pretendidamente sana- a un examen más penetrante, descubrimos que se halla colmada de una multitud de síntomas, aunque insignificantes y de escasa importancia práctica.
La diferencia entre la salud nerviosa y la neurosis no es, pues, sino una diferencia relativa a la vida práctica y depende del grado de goce y de actividad de que la persona es todavía capaz, reduciéndose probablemente a las proporciones relativas que existen entre las cantidades de energía que permanecen libres y aquellas que se hallan inmovilizadas a consecuencia de la represión. Trátase, pues, de una diferencia de orden cuantitativo y no cualitativo. No creo necesario recordaros que este punto de vista proporciona una base teórica a la convicción que ya hemos expresado de que las neurosis son curables en principio, aunque tengan su base en una predisposición constitucional. Esto es todo lo que la identidad que existe entre los sueños de los hombres sanos y los de los neuróticos nos autoriza a concluir sobre la característica de la salud; pero por lo que al sueño mismo respecta, resultan de esta identidad otras consecuencias, esto es, las de que no es posible desligar el sueño de las relaciones que presenta con los síntomas neuróticos, que no debemos creer suficientemente definida su naturaleza declarando que no es otra cosa que una arcaica forma expresiva de determinadas ideas y pensamientos; sino, debemos suponer que revela localizaciones de la libido y catexias de objeto realmente existentes.
Próximo ya el término de mi exposición, os sentís quizá defraudados al comprobar que en el capítulo relativo al tratamiento psicoanalítico me he limitado a consideraciones puramente teóricas y no os he dicho nada sobre las condiciones en las que puede iniciarse dicho tratamiento ni sobre los resultados que éste provoca. Me he limitado a la teoría, porque no entraba en mis propósitos ofreceros una guía práctica para el ejercicio del psicoanálisis. Y tenía varias razones para no hablaros de sus procedimientos ni de sus resultados. Ya en mis primeras conferencias hube de indicaros que en condiciones favorables logramos éxitos terapéuticos nada inferiores a los más acabados que puedan obtenerse en el dominio de la Medicina interna; y puedo añadir ahora que los éxitos debidos al psicoanálisis no son alcanzables por ningún otro método de tratamiento. Insistiendo sobre esta cuestión, me haría sospechoso de querer ahogar con un ruidoso reclamo el coro ya demasiado alborotador de nuestros denigradores. Ciertos «colegas» han llegado o amenazar a los psicoanalistas, incluso en reuniones profesionales, con revelar a todos la esterilidad de nuestro tratamiento, publicando la lista de nuestros fracasos e incluso la de los desastrosos resultados de que se ha hecho culpable nuestra disciplina. Pero aun haciendo abstracción del odioso carácter de semejante medida, que no sería sino una vil denuncia, la publicación con que se nos amenaza no autorizaría juicio ninguno sobre la eficacia terapéutica del análisis. La terapéutica analítica es, como sabéis, de muy reciente creación. Ha sido necesario mucho tiempo para fijar su técnica, y ésta sólo puede ser hecha durante la labor misma y bajo la influencia de la experiencia en aumento. A consecuencia de las dificultades que presenta la enseñanza de esta rama, el médico que comienza a ejercer el psicoanálisis queda más que ningún otro especialista abandonado a sus propias fuerzas para perfeccionarse en su arte, de manera que los resultados que puede obtener en el curso de sus primeros años de ejercicio no prueban nada ni en pro ni en contra de la eficacia del tratamiento analítico.
Muchos intentos de tratamiento han fracasado al principio del psicoanálisis porque se verificaban en casos en los que este procedimiento es inaplicable y que hoy excluimos de su indicación, pero precisamente merced a tales intentos es como hemos podido establecer nuestras indicaciones y contraindicaciones. No podíamos saber a priori que la paranoia y la demencia precoz en sus formas pronunciadas eran inaccesibles al psicoanálisis, y teníamos todavía el derecho de ensayar este método en enfermedades muy diversas. Justo es, sin embargo, decir que la mayoría de los fracasos de estos primeros años deben ser atribuidos menos a la inexperiencia del médico o la elección inadecuada del objeto que a circunstancias externas desfavorables. Hasta ahora no hemos hablado aquí sino de las resistencias internas opuestas por el enfermo inevitables, pero que pueden ser dominables. Pero existen también obstáculos externos, derivados del ambiente en el que el enfermo vive y creados por los que le rodean, obstáculos que no presentan interés alguno teórico, pero sí una gran importancia práctica. El tratamiento psicoanalítico es comparable a una intervención quirúrgica, y como ésta, no puede desarrollarse sino en condiciones en que las probabilidades del fracaso se hallen reducidas a un mínimo. Conocidas son todas las precauciones de que el cirujano se rodea -habitación apropiada, buena luz, ayudantes, ausencia de los parientes del enfermo, etc.-. ¿Cuántas operaciones terminarían favorablemente si tuvieran que ser practicadas en presencia de todos los miembros de la familia reunidos en derredor del cirujano y el enfermo, metiendo la nariz en el campo operatorio y gritando a cada incisión que el bisturí practicase? En el tratamiento psicoanalítico, la intervención de los familiares del enfermo constituye un peligro contra el que no tenemos defensa.
Poseemos armas contra las resistencias interiores procedentes del sujeto y que sabemos inevitables. Pero, ¿cómo defendernos contra las resistencias exteriores? Por lo que a la familia del paciente respecta, es imposible hacerla entrar en razón y decidirla a mantenerse alejada de todo el tratamiento, sin que tampoco resulte conveniente establecer un acuerdo con ella, pues entonces corremos el peligro de perder la confianza del enfermo, el cual exige con perfecta razón que la persona a la que se confía esté de su parte. Aquellos que saben qué discordias desgarran con frecuencia a una familia no se asombrarán de comprobar en la práctica del psicoanálisis que los allegados del enfermo se hallan muchas veces más interesados que el paciente quede como es en la curación. En los casos, muy frecuentes, en que la neurosis se halla relacionada con disensiones surgidas entre miembros de una misma familia, aquellos que gozan de buena salud no vacilan ni un solo momento cuando se trata de escoger entre su propio interés y la curación del enfermo. No debe, pues, extrañarnos que un marido no acepte con gusto un tratamiento que trae consigo, como con razón sospecha, la revelación de todo un catálogo de sus pecados. Así, pues, nosotros, psicoanalistas, no nos asombramos de estas cosas y declinamos todo autorreproche cuando nuestro tratamiento fracasa o debe ser interrumpido porque la resistencia del marido acude a intensificar la de su mujer. Habíamos emprendido algo que en las circunstancias dadas resulta irrealizable.
No os citaré sino un solo ejemplo de este género, en el que consideraciones puramente médicas me impusieron el papel de víctima silenciosa. Hace algunos años emprendí el tratamiento psicoanalítico de una joven atacada de una angustia tal, que no podía ni salir a la calle ni quedarse sola en su casa. Poco a poco, la enferma acabó por confesarme que su imaginación había quedado terriblemente impresionada por el descubrimiento de las relaciones amorosas de su madre con un rico amigo de la casa. Mas por torpeza o por un cruel refinamiento descubrió a su madre lo que sucedía en las sesiones de psicoanálisis: cambiando de actitud con respecto a su madre, obligándola, como único medio de evitar una crisis de angustia, a permanecer constantemente a su lado y oponiéndose a que saliera nunca de la casa. Ante esta conducta de su hija, comprendió la madre que la angustia que a la paciente aquejaba se había convertido en un medio de tenerla a ella prisionera e impedirle entrevistarse con su amante. Alegando el éxito de un tratamiento hidroterápico al que ella se había sometido en una anterior enfermedad nerviosa, impuso la interrupción de la cura psicoanalítica y recluyó a la joven en un sanatorio de enfermos nerviosos, en el que durante muchos años se la presentó como 'una pobre víctima del psicoanálisis'. Por mi parte, fui objeto de indignados reproches y críticas a causa del mal resultado del tratamiento; pero el secreto profesional me ha obligado a guardar silencio, hasta que mucho después he averiguado, por un colega que visita dicho sanatorio y ha tenido ocasión de ver a la joven agorafóbica, que las relaciones entre la madre y el rico amigo de la familia eran públicamente notorias y probablemente consentidas por el marido y padre. Así, pues, fue a este pretendido secreto al que sacrificó el tratamiento.
En los años que precedieron a la guerra, en los que la gran afluencia de extranjeros me hizo independiente del favor o disfavor de mi ciudad natal, llegué a imponerme la regla de no emprender jamás el tratamiento de un enfermo que no fuese sui juris en las relaciones esenciales de la vida, independiente por completo. Pero claro es que no todo psicoanalista puede imponerse esta regla. De todos modos, no quiero que de estas consideraciones sobre el peligro que representan los familiares del enfermo deduzcáis que el mismo debe ser separado de su familia y que, por tanto, no puede aplicarse nuestro tratamiento más que a los pensionistas de los sanatorios para neuróticos. Nada de eso; es mucho más ventajoso para los enfermos, cuando no se hallan en un estado de grave agotamiento, permanecer durante la cura en las mismas condiciones en las que deben resolver los problemas que ante ellos se plantean. Bastará, en estos casos, con que sus allegados no neutralicen esta ventaja con su intervención ni manifiesten, en general, ninguna hostilidad hacia los esfuerzos del médico. ¿Pero cómo se propondrían influir en tal dirección factores inaccesibles a nosotros? Como ya ven, lo mucho que el éxito o el fracaso del tratamiento depende, es en gran manera del medio social y el grado de cultura de la familia del sujeto.
¿No encontráis que todo esto no es muy apropiado para darnos una alta idea de la eficacia del psicoanálisis como método terapéutico, aunque hagamos depender de factores exteriores interferentes la mayoría de nuestros fracasos? Varios partidarios del psicoanálisis me invitaron a oponer una estadística de éxitos a la colección de fracasos que se nos reprochan; pero yo no he aceptado su consejo y he alegado en apoyo de mi negativa que cuando una estadística se compone de elementos muy diferentes entre sí -como lo son los casos con afecciones neuróticas sometidos hasta hoy al análisis-, carece de todo valor probatorio. Además, el intervalo de que pudiéramos tener cuenta es demasiado breve para que podamos afirmar que se trata de curaciones durables, y en muchos casos no nos es tampoco posible arriesgar ninguna afirmación sobre este punto. Estos últimos casos corresponden a aquellas personas que han mostrado especial interés en ocultar tanto su enfermedad como su tratamiento y cuya curación me ha sido preciso mantener secreta. Pero lo que más que otra consideración cualquiera me ha hecho declinar este consejo es la experiencia que poseo de la irracional actitud que la generalidad adopta ante las cuestiones terapéuticas y de la escasa posibilidad de convencer a nadie por medio de argumentos lógicos, aunque sean extraídos de la experiencia y de la observación.
Una novedad terapéutica es arbitrariamente aceptada unas veces con un ruidoso entusiasmo, como sucedió con la primera tuberculina de Koch, o con una absoluta desconfianza, como sucedió con la vacuna, verdaderamente benéfica, de Jenner, que tiene todavía hoy en día adversarios irreducibles. El psicoanálisis ha tropezado siempre con un prejuicio manifiesto. Cuando hablábamos de la curación de un caso difícil, se nos respondía que ello no probaba nada, pues nuestro enfermo hubiera curado aunque no hubiera sido sometido a nuestro tratamiento. En cambio, cuando una enferma que ha pasado ya por cuatro ciclos de depresión y de manía, y sometida, durante una pausa consecutiva a la melancolía, al tratamiento psicoanalítico se encuentra tres semanas después del mismo al principio de un nuevo período de manía, todos los miembros de la familia, con la aprobación de cualquier alta autoridad médica llamada a consulta, expresan la convicción de que esta nueva crisis no puede ser sino consecuencia del tratamiento intentado. Contra los prejuicios no hay solución alguna; es necesario esperar y dejar que el tiempo vaya erosionándolos. Llega un día en que los mismos hombres piensan sobre las mismas cosas de muy distinta manera que el día anterior. Mas, ¿por qué no pensaron la víspera como piensan hoy? Es esto algo que queda en un oscuro misterio.
Es, sin embargo, posible que el prejuicio contra la terapéutica analítica se halle ya en vías de disminución y quiero ver una prueba de ello en la difusión continua de nuestras teorías y en el aumento, en determinados países, del número de médicos que practican el psicoanálisis. Cuando yo era un joven médico he visto acoger en los círculos médicos el tratamiento por la sugestión hipnótica con la misma indignación que después hubo de despertar el psicoanálisis y que ahora lo oponen al análisis gente de puntos de vista 'moderados'. Pero el hipnotismo no ha cumplido como agente terapéutico todo lo que al principio prometía. Nosotros, psicoanalistas, debemos considerarnos como sus legítimos herederos, y no olvidamos todos los alientos y las explicaciones teóricas que a él debemos. Las desventajas que se reprochan al psicoanálisis se reducen, en el fondo, a fenómenos pasajeros producidos por la exageración de los conflictos en los casos de análisis torpemente hechos o bruscamente interrumpidos. Ahora que sabéis como nos conducimos con los enfermos, podéis juzgar si nuestra labor puede causar un perjuicio duradero.
Cierto es que el análisis se presta a abusos en diversas formas y que la transferencia constituye un instrumento peligroso entre las manos de un médico poco concienzudo. Pero ¿conocéis acaso un método o un procedimiento terapéutico que no se preste al abuso? El bisturí tiene que cortar bien si ha de constituir un instrumento de curación. Llegado al término de estas lecciones, quiero hacer constar, sin que ello constituya un mero artificio oratorio, que reconozco y lamento todos los defectos y las lagunas de mi exposición. Lamento, sobre todo, haberos prometido retornar sobre un determinado tema, al que aludí de pasada, y no haber podido cumplir mi promesa a consecuencia del rumbo que hubieron de tomar después mis explicaciones. De todos modos, habéis de tener en cuenta que la materia cuya exposición he emprendido ante vosotros se halla aún en pleno desarrollo y que por tanto, su exposición ha de resultar, como ella, incompleta. Más de una vez he reunido en mis conferencias todo el material necesario para deducir una conclusión; pero me he abstenido de ello, pues mi propósito no era el de haceros peritos en estas materias, sino tan sólo proporcionaros algunos esclarecimientos e incitaros a su más profundo estudio.
Señoras y señores: Sabéis ya cuál es la materia que hoy vamos a tratar. Me habéis preguntado, en efecto, cómo, reconociendo que nuestra influencia reposaba esencialmente sobre la transferencia; esto es, sobre la sugestión, no nos servíamos directamente de esta última en nuestra terapia analítica, y habéis afirmado, además, que la capital importancia asignada a la sugestión no puede por menos de haceros dudar de la objetividad de nuestros descubrimientos psicológicos. A todo esto he prometido contestaros detalladamente. La sugestión directa es aquella que se encamina contra la manifestación de los síntomas y constituye un combate entre nuestra autoridad y las razones del estado patológico. Recurriendo a ella, prescindimos en absoluto de tales razones y no exigimos del enfermo sino que cese de manifestarlas por medio de síntomas. Poco importa entonces que sumamos o no al paciente en la hipnosis. Con su habitual perspicacia observó ya Bernheim que la sugestión constituye la esencia de los fenómenos del hipnotismo, no siendo la hipnosis sino un efecto de la misma, o sea un estado sugerido.
Fundándose en esta razón, practicó preferentemente la sugestión en estado de vigilia, procedimiento por medio del cual pueden alcanzarse iguales resultados que por el de la sugestión durante el sueño hipnótico. ¿Qué es lo que en esta cuestión os interesa más: los datos experimentales o las consideraciones teóricas? Empezaremos por los primeros. Personalmente he sido alumno de Bernheim, a cuyas explicaciones asistí en Nancy el año 1889, y del que he traducido al alemán el libro sobre la sugestión. Durante años enteros apliqué a mi vez el tratamiento hipnótico, combinándolo primero con la sugestión prohibitiva y después con la exploración interrogando al enfermo por el método de Breuer.
Poseo, por tanto, experiencia suficiente para hablar de los efectos del tratamiento hipnótico o sugestivo. Un viejo aforismo médico afirma que una terapéutica ideal debe obrar rápidamente, producir resultados seguros y no causar molestias al enfermo. Pues bien: el método de Berhneim llenaba por lo menos dos de estas condiciones. Mucho más rápido que el procedimiento analítico, no imponía al paciente la menor fatiga ni le ocasionaba perturbación alguna. En cambio, para el médico se hacía, a la larga, monótono tener que recurrir en todos los casos a un mismo procedimiento para poner fin a la existencia de síntomas variadísimos, y esto sin poder llegar nunca a darse cuenta de la significación y efecto de cada uno, labor nada científica y más bien semejante a la magia, al exorcismo o la prestidigitación. Claro es que esta falta de atractivo de la labor terapéutica no significaba nada ante el interés del enfermo. Pero por otro lado resultaba que el método de que nos ocupamos carecía en absoluto de seguridad. Aplicable a unos pacientes, no lo era, en cambio, a otros, y esta misma arbitraria inseguridad se reflejaba en sus resultados, los cuales carecían, además, de duración. Poco tiempo después de dar por terminado el tratamiento solía sufrir el enfermo una recaída o se veía atacado por otra enfermedad del mismo género.
En estos casos podía recurrirse de nuevo al hipnotismo; pero competentes hombres de ciencia habían hecho observar que con el frecuente empleo de este medio se corría el peligro de anular la independencia del enfermo, creando un hábito semejante al de los narcóticos. Por otro lado, aun en aquellos casos, muy poco frecuentes, en los que nuestra labor alcanzaba un éxito completo y definitivo, permanecíamos en la ignorancia de los factores a que el mismo se debía. En una ocasión pude observar que la reproducción de un grave estado patológico, y cuya curación habíamos conseguido después de un corto tratamiento hipnótico, coincidió con la emergencia en la enferma de sentimientos hostiles hacia mi persona. Reanudando el tratamiento, logré una nueva curación, aún más completa que la primera, en cuanto me fue dado hacer que la paciente se reconciliara conmigo; pero, al poco tiempo, una nueva aparición de los sentimientos hostiles trajo consigo una segunda recaída. Otra de mis enfermas, cuyas crisis nerviosas había yo logrado suprimir por largas temporadas mediante la hipnoterapia, se arrojó súbitamente a mi cuello en ocasión de hallarme dedicado a prestarle mis cuidados durante un acceso particularmente rebelde. Hechos de este género nos obligan, lo queramos o no, a plantearnos el problema de la naturaleza y el origen de la autoridad sugestiva.
Todos estos conocimientos experimentales nos muestran que renunciando a la sugestión directa no nos privamos de nada indispensable. Permitidme ahora formular sobre este tema algunas consideraciones. La aplicación de la hipnoterapia no impone a médico y paciente sino un mínimo esfuerzo, y se armonizan a maravilla con aquella opinión que sobre las neurosis profesa aún la mayoría de los médicos, opinión que les hace decir a sus pacientes neuróticos: «No tiene usted nada, pues se trata de perturbaciones puramente nerviosas, de las que puedo libertarle en pocos minutos y con sólo algunas palabras.» Pero nuestro punto de vista de las leyes energéticas rechaza la posibilidad de desplazar sin esfuerzo una enorme masa, atacándola directamente y sin ayuda de un herramental apropiado, labor tan imposible de realizar en las neurosis como en la mecánica. Sin embargo, me doy cuenta que este argumento no es intachable. Existe eso que se llama efecto de gatillo.
Los conocimientos que merced al psicoanálisis hemos adquirido nos permiten describir las diferencias que existen entre la sugestión hipnótica y la sugestión psicoanalítica en la forma siguiente: La terapéutica hipnótica intenta encubrir y disfrazar algo existente en la vida psíquica. Por el contrario, la terapéutica analítica intenta hacerlo emerger clara y precisamente, y suprimirlo después. La primera actúa como un procedimiento cosmético; la segunda, como un procedimiento quirúrgico. Aquélla utiliza la sugestión para prohibir los síntomas y reforzar las represiones, pero deja intactos todos los procesos que han conducido a la formación de síntomas. Inversamente, la terapéutica analítica intenta, al encontrarse ante conflictos que han engendrado síntomas, remontarse hasta la misma raíz y se sirve de la sugestión para modificar en el sentido deseado el destino de estos conflictos. La terapéutica hipnótica deja al enfermo en una absoluta pasividad, no suscita en él modificación alguna y, por tanto, no le provee tampoco de medio alguno de defensa contra una nueva causa de perturbaciones patológicas. El tratamiento analítico impone al médico y al enfermo penosos esfuerzos que tienden a levantar resistencias internas; pero una vez dominadas éstas, queda la vida psíquica del paciente modificada de un modo duradero, transportada a un grado evolutivo superior y protegida contra toda nueva posibilidad patógena. Esta lucha contra las resistencias constituye la labor esencial del tratamiento analítico e incumbe al enfermo mismo, en cuya ayuda acude el médico auxiliándole con la sugestión, que actúa sobre él en un sentido educativo. De este modo, se ha dicho, muy justificadamente, que el tratamiento psicoanalítico es una especie de posteducación.
Creo haberos hecho comprender en qué se diferencia de la hipnoterapia nuestro procedimiento de aplicar la sugestión. Reducida ésta a la transferencia, vemos claramente las razones a que obedecen tanto la arbitraria inseguridad del tratamiento hipnótico como la exactitud del analítico, en el que pueden ser calculados hasta los últimos efectos. En la aplicación de la hipnosis dependemos de la capacidad de transferencia del enfermo y nos es imposible ejercer el menor influjo sobre tal capacidad. La transferencia del individuo que vamos a hipnotizar puede ser negativa, o, lo que es más general, ambivalente. Asimismo puede el sujeto hallarse protegido por determinadas disposiciones particulares contra toda transferencia. Pero nada de esto nos es dado averiguar en la hipnoterapia. En cambio, con el psicoanálisis laboramos sobre la misma transferencia, suprimimos todo lo que a ella se opone y perfeccionamos nuestro principal instrumento de trabajo, siéndonos así posible extraer un provecho mucho más considerable del poder de la sugestión, la cual no queda ya al capricho del enfermo, sino que es dirigida por nosotros tanto como alcance ser accesible a su influjo.
Me diréis ahora que lo importante no es el nombre que demos a la fuerza motriz de nuestro análisis -transferencia o sugestión -, sino el indudable peligro existente de que la influencia ejercida sobre el sujeto quite todo valor objetivo a nuestros descubrimientos. Aquello que resulta provechoso desde el punto de vista terapéutico puede, en cambio, ser contrario a la investigación. Es ésta la objeción que con mayor frecuencia se opone al psicoanálisis, y debemos convenir en que, aun siendo errónea, no podemos, sin embargo, rechazarla como absurda. Pero si fuera acertada, quedaría reducido el psicoanálisis a un tratamiento sugestivo particularmente eficaz, y sus afirmaciones sobre las influencias vitales, la dinámica psíquica y lo inconsciente carecerían de todo valor. Así piensan, en efecto, nuestros adversarios, para los que nuestras interpretaciones de los sucesos sexuales -cuando no estos sucesos mismos- no son sino un exclusivo producto de nuestra corrompida imaginación, sugerido luego por nosotros al sujeto. Es más fácil refutar estas reflexiones recurriendo a la experiencia que por medio de consideraciones teóricas. Todos aquellos que han practicado el psicoanálisis conocen muy bien la imposibilidad de sugestionar a los enfermos hasta tal punto. No es, desde luego, difícil hacerles aceptar una determinada teoría y compartir un error del médico.
Comportándose el paciente como cualquier otro sujeto, por ejemplo, un alumno [frente a su profesor], pero en este caso se habrá influido únicamente sobre su inteligencia y no sobre su enfermedad. La solución de sus conflictos y la supresión de sus resistencias no se consiguen más que cuando les hemos proporcionado representaciones anticipatorias que en ellos coinciden con la realidad. Aquello que en las hipótesis del médico no corresponde a esta realidad, queda espontáneamente eliminado en el curso del análisis y debe ser retirado y reemplazado por hipótesis más exactas. Por medio de una técnica apropiada intentamos siempre evitar posibles éxitos prematuros de la sugestión; pero aun en los casos en que éstos llegan a presentarse, ello no supone mal ninguno, pues nunca nos contentamos con los primeros resultados obtenidos ni damos por terminado el análisis hasta esclarecer totalmente el caso, cegar todas las lagunas mnémicas y descubrir las causas desencadenantes de las represiones. En los resultados obtenidos con excesiva rapidez vemos más bien un obstáculo que una ayuda de nuestra labor analítica; los destruimos, resolviendo la transferencia sobre la que reposan. Siendo realmente este último rasgo lo que diferencia el tratamiento analítico del puramente sugestivo y aleja de los resultados obtenidos por el análisis la sospecha de no ser sino efectos de la sugestión. En otros tratamientos sugestivos, la transferencia es cuidadosamente respetada y no sufre modificación alguna.
Por el contrario, el tratamiento analítico tiene por objeto la transferencia misma, a la que procura disectar cualquiera que sea la forma que revista. Por último al final de todo tratamiento analítico la transferencia debe ser liberada. De este modo, el éxito de nuestra labor no reposa sobre la sugestión pura y simple, sino sobre los resultados obtenidos merced a la misma, o sea sobre la supresión de las resistencias interiores y sobre las modificaciones internas alcanzadas en el enfermo. En contra de la génesis de sugestiones aisladas actúa también el hecho de que durante el tratamiento tenemos que luchar sin descanso contra resistencias que saben transformarse en transferencias negativas (hostiles). Además, muchos de los resultados del análisis que pudiéramos suponer producto de la sugestión quedan confirmados en otro terreno libre de toda sospecha. Sobre los dementes precoces y los paranoicos no puede, en efecto, ejercerse influencia sugestiva ninguna, y sin embargo, lo que estos enfermos nos relatan sobre sus traducciones de símbolos y sus fantasías coinciden por completo con los resultados de nuestras investigaciones sobre lo inconsciente en las neurosis de transferencia y corrobora así la exactitud objetiva de nuestras discutidas interpretaciones. Concediendo en esta cuestión un amplio margen de confianza al psicoanálisis, no creo podáis caer en error.
Completaremos ahora la exposición del mecanismo de la curación, expresándola en las fórmulas de la teoría de la libido. El neurótico es incapaz de gozar y de obrar; de gozar, porque su libido no se halla dirigida sobre ningún objeto real; de obrar, porque se halla obligado a gastar toda su energía para mantener a su libido en estado de represión y protegerse contra sus asaltos. No podrá curar más que cuando el conflicto entre su yo y su libido haya terminado y tener de nuevo el yo la libido a su disposición. La misión terapéutica consiste, pues, en desligar la libido de sus ataduras actuales, sustraídas al yo, y ponerla nuevamente al servicio de este último. Mas, ¿dónde se halla localizada la libido del neurótico? La respuesta a esta interrogación no es nada difícil de encontrar. La libido del neurótico se halla adherida a los síntomas, los cuales procuran al sujeto una satisfacción sustitutiva, la única por el momento posible. Habremos, pues, de apoderarnos de los síntomas y hacerlos desaparecer, labor que es precisamente la que el enfermo demanda de nosotros. Para ello nos es necesario remontarnos hasta sus orígenes, despertar el conflicto a que deben sus génesis y orientarlo hacia una distinta solución, haciendo actuar aquellas fuerzas motivacionales que en la época en que los síntomas nacieron no se hallaban a disposición del enfermo. Esta revisión del proceso que culminó en la represión no se guía sino fragmentariamente por las huellas que dicho proceso dejó tras de sí.
La labor principal es la de crear, partiendo de la actitud del enfermo con respecto al médico, esto es, de la transferencia, nuevas ediciones de los antiguos conflictos. En éstas, tenderá el enfermo a conducirse de igual manera que en el conflicto primitivo; pero nosotros, haciendo actuar en él todas sus fuerzas psíquicas disponibles; le haremos llegar a una diferente solución. La transferencia se convierte en este modo en el campo de batalla sobre el cual deben combatir todas las fuerzas en lucha. Toda la libido y todo lo que se le opone se hayan concentradas en la actitud del enfermo con respecto al médico, produciéndose inevitablemente una separación entre los síntomas y la libido, y quedando los primeros despojados de todo revestimiento libidinoso. En lugar de la enfermedad propiamente dicha aparece una nueva artificialmente provocada; esto es, la enfermedad de la transferencia, y los objetos tan variados como irreales de la libido quedan sustituidos por uno solo, aunque igualmente fantástico: la persona del médico. Pero la sugestión a la que el médico recurre lleva la lucha que se desarrolla en derredor de ese objeto a la más elevada fase psíquica, de manera que no nos hallamos ya sino ante un conflicto psíquico normal. Evitando una nueva represión, ponemos término a la separación entre el yo y la libido, y restablecemos la unidad psíquica de la persona. Cuando la libido se desliga por fin del objeto pasajero que supone la persona del médico, no puede ya retornar a sus objetos anteriores y se mantiene a disposición del yo. Las potencias con las que hemos tenido que combatir durante esta labor terapéutica son, por un lado, la antipatía del yo hacia determinadas orientaciones de la libido, antipatía que se manifiesta en la tendencia a la represión; y por otro, la fuerza de adherencia, o como pudiéramos decir, la viscosidad de la libido, que no abandona voluntariamente los objetos sobre los cuales ha llegado alguna vez a catectizar.
La labor terapéutica puede, pues, descomponerse en dos fases: en la primera, toda la libido se desliga de los síntomas para fijarse y concentrarse en las transferencias. En la segunda se desarrolla el combate en derredor del nuevo objeto, del cual acabamos por desligar la libido. Este resultado favorable no podrá obtenerse más que consiguiendo, durante este nuevo conflicto, impedir una nueva represión, a favor de la cual escaparía otra vez la libido del yo al refugiarse en lo inconsciente, represión que es evitada por la modificación que el yo ha sufrido bajo la influencia de la sugestión médica. Merced al trabajo de interpretación que transforma lo inconsciente en consciente, se amplía el yo a expensas de dicho inconsciente, haciéndose, bajo la influencia de los consejos que recibe, más conciliador con respecto a la libido, y disponiéndose a concederle una determinada satisfacción. Los rechazos que el enfermo experimentaba ante las exigencias de la libido se atenúan al mismo tiempo, merced a la posibilidad en que el mismo encuentra de disponer de parte de ella por la sublimación. Cuanto más próximas a esta descripción ideal resulten la evolución y la sucesión de los procesos en el curso del tratamiento psicoanalítico, mayor será el éxito de éste, que, en cambio, puede quedar limitado tanto por la insuficiente movilidad de la libido, que no se deja fácilmente desligar de los objetos a los que se ha fijado, como por la rigidez del narcisismo, que no admite la transferencia de un objeta a otro sino hasta un cierto límite. Lo que quizá os podrá facilitar la comprensión de la dinámica del proceso curativo es el hecho de que interceptamos toda la libido que se había sustraído al dominio del yo, atrayendo sobre nosotros, con ayuda de la transferencia, una parte de la misma.
Las localizaciones de la libido que sobrevienen durante el tratamiento y después del mismo no autorizan a formular conclusión alguna directa sobre su localización durante el estado patológico. Supongamos que tengamos éxito de llevar un caso a un favorable resultado al descubrir y resolver una fuerte transferencia-paterna hacia el médico. En estas circunstancias nos equivocaríamos deduciendo que dicha fijación inconsciente de la libido del enfermo a la persona de su padre constituyó desde un principio el nódulo de la enfermedad, pues la transferencia-paterna descubierta no es sino el lugar en el que hemos conseguido apoderarnos de la libido, la cual no llegó a localizarse en él sino después de pasar por muy diversas vicisitudes. El terreno sobre el que combatimos no constituye necesariamente una de las posiciones importantes del enemigo, el cual no se halla obligado a organizar la defensa de la capital de su territorio, precisamente ante las puertas de la misma. Sólo después de haber resuelto una vez más la transferencia es cuando podemos reconstruir mentalmente la localización de la libido durante la enfermedad.
Situándonos en el punto de vista de la teoría de la libido, podemos añadir aún algunas últimas consideraciones sobre los sueños: los sueños de los neuróticos nos sirven de igual modo que sus actos fallidos y sus asociaciones libres para penetrar el sentido de los síntomas y descubrir la localización de la libido. Bajo la forma de realizaciones de deseos nos muestran aquellos sentimientos optativos que sucumbieron a una represión y los objetos a los que se halla ligada la libido sustraída al yo. Por esta razón, desempeña la interpretación de los sueños un tan importante papel en el psicoanálisis e incluso constituye en muchos casos y durante largo tiempo su principal instrumento de trabajo. Sabemos ya que el estado de reposo tiene como tal el efecto de relajar las represiones. A consecuencia de esta disminución del peso que sobre él gravita, puede el deseo reprimido revestir en el sueño una expresión más precisa que la que le ofrece el síntoma en la vida despierta. De este modo constituye el estudio del sueño el acceso más cómodo al conocimiento de lo inconsciente reprimido, de lo cual forma parte la libido sustraída al dominio del yo.
Los sueños de los neuróticos no difieren, sin embargo, esencialmente de los soñados por individuos de salud normal, e incluso resulta muy difícil distinguir unos de otros. Será absurdo querer dar de los sueños de los sujetos neuróticos una explicación que no fuese valedera para los sueños de los normales. Deberemos, pues, afirmar que la diferencia que existe entre la neurosis y la salud no se manifiesta sino en la vida despierta y desaparece en la vida onírica, circunstancia que nos permite aplicar y extender al hombre normal muchas de las conclusiones deducidas de las relaciones entre los sueños y los síntomas de los neuróticos. Reconociendo, por tanto, que el hombre sano posee también en su vida psíquica aquello que hace posible la formación de los sueños y la de los síntomas; y deduciremos que análogamente al neurótico, lleva a cabo represiones, realiza un determinado gasto psíquico para mantenerlas y oculta en su sistema inconsciente deseos reprimidos, provistos aún de energía. Por último, estableceremos también la conclusión de que una parte de su libido se halla sustraída al dominio de su «yo». El hombre sano es, por tanto, un neurótico en potencia, pero el único síntoma que puede producir es el fenómeno onírico. Claro es que esto no pasa de ser una apariencia, pues sometiendo la vida despierta del hombre normal -pretendidamente sana- a un examen más penetrante, descubrimos que se halla colmada de una multitud de síntomas, aunque insignificantes y de escasa importancia práctica.
La diferencia entre la salud nerviosa y la neurosis no es, pues, sino una diferencia relativa a la vida práctica y depende del grado de goce y de actividad de que la persona es todavía capaz, reduciéndose probablemente a las proporciones relativas que existen entre las cantidades de energía que permanecen libres y aquellas que se hallan inmovilizadas a consecuencia de la represión. Trátase, pues, de una diferencia de orden cuantitativo y no cualitativo. No creo necesario recordaros que este punto de vista proporciona una base teórica a la convicción que ya hemos expresado de que las neurosis son curables en principio, aunque tengan su base en una predisposición constitucional. Esto es todo lo que la identidad que existe entre los sueños de los hombres sanos y los de los neuróticos nos autoriza a concluir sobre la característica de la salud; pero por lo que al sueño mismo respecta, resultan de esta identidad otras consecuencias, esto es, las de que no es posible desligar el sueño de las relaciones que presenta con los síntomas neuróticos, que no debemos creer suficientemente definida su naturaleza declarando que no es otra cosa que una arcaica forma expresiva de determinadas ideas y pensamientos; sino, debemos suponer que revela localizaciones de la libido y catexias de objeto realmente existentes.
Próximo ya el término de mi exposición, os sentís quizá defraudados al comprobar que en el capítulo relativo al tratamiento psicoanalítico me he limitado a consideraciones puramente teóricas y no os he dicho nada sobre las condiciones en las que puede iniciarse dicho tratamiento ni sobre los resultados que éste provoca. Me he limitado a la teoría, porque no entraba en mis propósitos ofreceros una guía práctica para el ejercicio del psicoanálisis. Y tenía varias razones para no hablaros de sus procedimientos ni de sus resultados. Ya en mis primeras conferencias hube de indicaros que en condiciones favorables logramos éxitos terapéuticos nada inferiores a los más acabados que puedan obtenerse en el dominio de la Medicina interna; y puedo añadir ahora que los éxitos debidos al psicoanálisis no son alcanzables por ningún otro método de tratamiento. Insistiendo sobre esta cuestión, me haría sospechoso de querer ahogar con un ruidoso reclamo el coro ya demasiado alborotador de nuestros denigradores. Ciertos «colegas» han llegado o amenazar a los psicoanalistas, incluso en reuniones profesionales, con revelar a todos la esterilidad de nuestro tratamiento, publicando la lista de nuestros fracasos e incluso la de los desastrosos resultados de que se ha hecho culpable nuestra disciplina. Pero aun haciendo abstracción del odioso carácter de semejante medida, que no sería sino una vil denuncia, la publicación con que se nos amenaza no autorizaría juicio ninguno sobre la eficacia terapéutica del análisis. La terapéutica analítica es, como sabéis, de muy reciente creación. Ha sido necesario mucho tiempo para fijar su técnica, y ésta sólo puede ser hecha durante la labor misma y bajo la influencia de la experiencia en aumento. A consecuencia de las dificultades que presenta la enseñanza de esta rama, el médico que comienza a ejercer el psicoanálisis queda más que ningún otro especialista abandonado a sus propias fuerzas para perfeccionarse en su arte, de manera que los resultados que puede obtener en el curso de sus primeros años de ejercicio no prueban nada ni en pro ni en contra de la eficacia del tratamiento analítico.
Muchos intentos de tratamiento han fracasado al principio del psicoanálisis porque se verificaban en casos en los que este procedimiento es inaplicable y que hoy excluimos de su indicación, pero precisamente merced a tales intentos es como hemos podido establecer nuestras indicaciones y contraindicaciones. No podíamos saber a priori que la paranoia y la demencia precoz en sus formas pronunciadas eran inaccesibles al psicoanálisis, y teníamos todavía el derecho de ensayar este método en enfermedades muy diversas. Justo es, sin embargo, decir que la mayoría de los fracasos de estos primeros años deben ser atribuidos menos a la inexperiencia del médico o la elección inadecuada del objeto que a circunstancias externas desfavorables. Hasta ahora no hemos hablado aquí sino de las resistencias internas opuestas por el enfermo inevitables, pero que pueden ser dominables. Pero existen también obstáculos externos, derivados del ambiente en el que el enfermo vive y creados por los que le rodean, obstáculos que no presentan interés alguno teórico, pero sí una gran importancia práctica. El tratamiento psicoanalítico es comparable a una intervención quirúrgica, y como ésta, no puede desarrollarse sino en condiciones en que las probabilidades del fracaso se hallen reducidas a un mínimo. Conocidas son todas las precauciones de que el cirujano se rodea -habitación apropiada, buena luz, ayudantes, ausencia de los parientes del enfermo, etc.-. ¿Cuántas operaciones terminarían favorablemente si tuvieran que ser practicadas en presencia de todos los miembros de la familia reunidos en derredor del cirujano y el enfermo, metiendo la nariz en el campo operatorio y gritando a cada incisión que el bisturí practicase? En el tratamiento psicoanalítico, la intervención de los familiares del enfermo constituye un peligro contra el que no tenemos defensa.
Poseemos armas contra las resistencias interiores procedentes del sujeto y que sabemos inevitables. Pero, ¿cómo defendernos contra las resistencias exteriores? Por lo que a la familia del paciente respecta, es imposible hacerla entrar en razón y decidirla a mantenerse alejada de todo el tratamiento, sin que tampoco resulte conveniente establecer un acuerdo con ella, pues entonces corremos el peligro de perder la confianza del enfermo, el cual exige con perfecta razón que la persona a la que se confía esté de su parte. Aquellos que saben qué discordias desgarran con frecuencia a una familia no se asombrarán de comprobar en la práctica del psicoanálisis que los allegados del enfermo se hallan muchas veces más interesados que el paciente quede como es en la curación. En los casos, muy frecuentes, en que la neurosis se halla relacionada con disensiones surgidas entre miembros de una misma familia, aquellos que gozan de buena salud no vacilan ni un solo momento cuando se trata de escoger entre su propio interés y la curación del enfermo. No debe, pues, extrañarnos que un marido no acepte con gusto un tratamiento que trae consigo, como con razón sospecha, la revelación de todo un catálogo de sus pecados. Así, pues, nosotros, psicoanalistas, no nos asombramos de estas cosas y declinamos todo autorreproche cuando nuestro tratamiento fracasa o debe ser interrumpido porque la resistencia del marido acude a intensificar la de su mujer. Habíamos emprendido algo que en las circunstancias dadas resulta irrealizable.
No os citaré sino un solo ejemplo de este género, en el que consideraciones puramente médicas me impusieron el papel de víctima silenciosa. Hace algunos años emprendí el tratamiento psicoanalítico de una joven atacada de una angustia tal, que no podía ni salir a la calle ni quedarse sola en su casa. Poco a poco, la enferma acabó por confesarme que su imaginación había quedado terriblemente impresionada por el descubrimiento de las relaciones amorosas de su madre con un rico amigo de la casa. Mas por torpeza o por un cruel refinamiento descubrió a su madre lo que sucedía en las sesiones de psicoanálisis: cambiando de actitud con respecto a su madre, obligándola, como único medio de evitar una crisis de angustia, a permanecer constantemente a su lado y oponiéndose a que saliera nunca de la casa. Ante esta conducta de su hija, comprendió la madre que la angustia que a la paciente aquejaba se había convertido en un medio de tenerla a ella prisionera e impedirle entrevistarse con su amante. Alegando el éxito de un tratamiento hidroterápico al que ella se había sometido en una anterior enfermedad nerviosa, impuso la interrupción de la cura psicoanalítica y recluyó a la joven en un sanatorio de enfermos nerviosos, en el que durante muchos años se la presentó como 'una pobre víctima del psicoanálisis'. Por mi parte, fui objeto de indignados reproches y críticas a causa del mal resultado del tratamiento; pero el secreto profesional me ha obligado a guardar silencio, hasta que mucho después he averiguado, por un colega que visita dicho sanatorio y ha tenido ocasión de ver a la joven agorafóbica, que las relaciones entre la madre y el rico amigo de la familia eran públicamente notorias y probablemente consentidas por el marido y padre. Así, pues, fue a este pretendido secreto al que sacrificó el tratamiento.
En los años que precedieron a la guerra, en los que la gran afluencia de extranjeros me hizo independiente del favor o disfavor de mi ciudad natal, llegué a imponerme la regla de no emprender jamás el tratamiento de un enfermo que no fuese sui juris en las relaciones esenciales de la vida, independiente por completo. Pero claro es que no todo psicoanalista puede imponerse esta regla. De todos modos, no quiero que de estas consideraciones sobre el peligro que representan los familiares del enfermo deduzcáis que el mismo debe ser separado de su familia y que, por tanto, no puede aplicarse nuestro tratamiento más que a los pensionistas de los sanatorios para neuróticos. Nada de eso; es mucho más ventajoso para los enfermos, cuando no se hallan en un estado de grave agotamiento, permanecer durante la cura en las mismas condiciones en las que deben resolver los problemas que ante ellos se plantean. Bastará, en estos casos, con que sus allegados no neutralicen esta ventaja con su intervención ni manifiesten, en general, ninguna hostilidad hacia los esfuerzos del médico. ¿Pero cómo se propondrían influir en tal dirección factores inaccesibles a nosotros? Como ya ven, lo mucho que el éxito o el fracaso del tratamiento depende, es en gran manera del medio social y el grado de cultura de la familia del sujeto.
¿No encontráis que todo esto no es muy apropiado para darnos una alta idea de la eficacia del psicoanálisis como método terapéutico, aunque hagamos depender de factores exteriores interferentes la mayoría de nuestros fracasos? Varios partidarios del psicoanálisis me invitaron a oponer una estadística de éxitos a la colección de fracasos que se nos reprochan; pero yo no he aceptado su consejo y he alegado en apoyo de mi negativa que cuando una estadística se compone de elementos muy diferentes entre sí -como lo son los casos con afecciones neuróticas sometidos hasta hoy al análisis-, carece de todo valor probatorio. Además, el intervalo de que pudiéramos tener cuenta es demasiado breve para que podamos afirmar que se trata de curaciones durables, y en muchos casos no nos es tampoco posible arriesgar ninguna afirmación sobre este punto. Estos últimos casos corresponden a aquellas personas que han mostrado especial interés en ocultar tanto su enfermedad como su tratamiento y cuya curación me ha sido preciso mantener secreta. Pero lo que más que otra consideración cualquiera me ha hecho declinar este consejo es la experiencia que poseo de la irracional actitud que la generalidad adopta ante las cuestiones terapéuticas y de la escasa posibilidad de convencer a nadie por medio de argumentos lógicos, aunque sean extraídos de la experiencia y de la observación.
Una novedad terapéutica es arbitrariamente aceptada unas veces con un ruidoso entusiasmo, como sucedió con la primera tuberculina de Koch, o con una absoluta desconfianza, como sucedió con la vacuna, verdaderamente benéfica, de Jenner, que tiene todavía hoy en día adversarios irreducibles. El psicoanálisis ha tropezado siempre con un prejuicio manifiesto. Cuando hablábamos de la curación de un caso difícil, se nos respondía que ello no probaba nada, pues nuestro enfermo hubiera curado aunque no hubiera sido sometido a nuestro tratamiento. En cambio, cuando una enferma que ha pasado ya por cuatro ciclos de depresión y de manía, y sometida, durante una pausa consecutiva a la melancolía, al tratamiento psicoanalítico se encuentra tres semanas después del mismo al principio de un nuevo período de manía, todos los miembros de la familia, con la aprobación de cualquier alta autoridad médica llamada a consulta, expresan la convicción de que esta nueva crisis no puede ser sino consecuencia del tratamiento intentado. Contra los prejuicios no hay solución alguna; es necesario esperar y dejar que el tiempo vaya erosionándolos. Llega un día en que los mismos hombres piensan sobre las mismas cosas de muy distinta manera que el día anterior. Mas, ¿por qué no pensaron la víspera como piensan hoy? Es esto algo que queda en un oscuro misterio.
Es, sin embargo, posible que el prejuicio contra la terapéutica analítica se halle ya en vías de disminución y quiero ver una prueba de ello en la difusión continua de nuestras teorías y en el aumento, en determinados países, del número de médicos que practican el psicoanálisis. Cuando yo era un joven médico he visto acoger en los círculos médicos el tratamiento por la sugestión hipnótica con la misma indignación que después hubo de despertar el psicoanálisis y que ahora lo oponen al análisis gente de puntos de vista 'moderados'. Pero el hipnotismo no ha cumplido como agente terapéutico todo lo que al principio prometía. Nosotros, psicoanalistas, debemos considerarnos como sus legítimos herederos, y no olvidamos todos los alientos y las explicaciones teóricas que a él debemos. Las desventajas que se reprochan al psicoanálisis se reducen, en el fondo, a fenómenos pasajeros producidos por la exageración de los conflictos en los casos de análisis torpemente hechos o bruscamente interrumpidos. Ahora que sabéis como nos conducimos con los enfermos, podéis juzgar si nuestra labor puede causar un perjuicio duradero.
Cierto es que el análisis se presta a abusos en diversas formas y que la transferencia constituye un instrumento peligroso entre las manos de un médico poco concienzudo. Pero ¿conocéis acaso un método o un procedimiento terapéutico que no se preste al abuso? El bisturí tiene que cortar bien si ha de constituir un instrumento de curación. Llegado al término de estas lecciones, quiero hacer constar, sin que ello constituya un mero artificio oratorio, que reconozco y lamento todos los defectos y las lagunas de mi exposición. Lamento, sobre todo, haberos prometido retornar sobre un determinado tema, al que aludí de pasada, y no haber podido cumplir mi promesa a consecuencia del rumbo que hubieron de tomar después mis explicaciones. De todos modos, habéis de tener en cuenta que la materia cuya exposición he emprendido ante vosotros se halla aún en pleno desarrollo y que por tanto, su exposición ha de resultar, como ella, incompleta. Más de una vez he reunido en mis conferencias todo el material necesario para deducir una conclusión; pero me he abstenido de ello, pues mi propósito no era el de haceros peritos en estas materias, sino tan sólo proporcionaros algunos esclarecimientos e incitaros a su más profundo estudio.
Freud, S. (1917) Lección XXVII. La transferencia
Lección XXVII. La transferencia
Señoras y señores: Viendo ya próximo el fin de estas conferencias, esperáis, sin duda, oírme tratar de aquella terapia en la que reposa la posibilidad de practicar el psicoanálisis. No puedo, en efecto, eludir este tema, pues si así lo hiciera, os dejaría en la ignorancia de un nuevo hecho, sin cuyo conocimiento resultaría harto incompleta vuestra inteligencia de las enfermedades investigadas en el curso de estas lecciones. Sé que no esperáis que os inicie en la forma de practicar el análisis con un fin terapéutico. Lo que deseáis es conocer, de un modo general, los medios de que la terapia psicoanalítica se sirve y los resultados que obtiene. Reconociendo que vuestro deseo se halla perfectamente justificado, no voy sin embargo, a satisfacerlo por medio de una exposición directa, sino que me limitaré a proporcionaros datos suficientes para que por vosotros mismos podáis deducir una respuesta a vuestras interrogaciones.
Reflexionad un poco. Conocéis ya las condiciones esenciales de la enfermedad y los factores que actúan sobre el sujeto después de enfermar. ¿Qué acción terapéutica puede ser posible en estas circunstancias ? En primer lugar, nos hallamos ante la predisposición hereditaria, factor en cuya importancia insistimos poco los psicoanalistas, porque ya otros se encargan de hacerlo por nosotros, y nada tenemos que agregar por nuestra cuenta. Pero esto no quiere decir que no reconozcamos toda su enorme significación. Como terapeutas, hemos tenido ocasión de comprobar el poder de la disposición, no habiéndonos sido posible modificarla en lo más mínimo y permaneciendo, por tanto, para nosotros como algo dado, que limita y restringe nuestra actuación. Hallamos después la influencia de los sucesos infantiles tempranos, influencia a la que atendemos preferentemente en el análisis. Estos sucesos infantiles pertenecen al pasado y nada puede ya deshacerlos. Por último, y reunidas en el concepto de «frustración real», se nos muestran todas aquellas desgraciadas circunstancias de la vida que nos imponen una privación de amor, pobreza, las discordias familiares, una elección enferma de pareja conyugal, desfavorables circunstancias sociales y la presión exigente de los estándares éticos sobre el individuo.
Cada uno de estos elementos señala un camino a la intervención terapéutica; mas para que esta intervención diera algún resultado, tendría que ser semejante a la que, según la popular leyenda vienesa, ejerció el emperador José; esto es, tendría que provenir de un poderoso personaje ante cuya voluntad se doblegasen los hombres y desapareciesen las dificultades. No es éste ciertamente nuestro caso. Pobres, sin poder personal ninguno y obligados a ganarnos el sustento en el ejercicio de nuestra profesión, no podemos ni siquiera prestar asistencia gratuita a un cierto número de enfermos -como otros médicos con otros métodos terapéuticos lo hacen -, pues nuestra terapéutica demanda mucho tiempo y es muy laboriosa como para que eso sea posible. Quizá creáis ver en uno de los factores antes detallados el punto de apoyo que necesitamos para ejercer nuestra influencia curativa.
Pensáis, en efecto, que si la limitación ética impuesta por la sociedad es responsable de la privación de que el enfermo sufre, podrá el tratamiento aliviarle, incitándole directamente a traspasar dicha limitación, y a procurarse satisfacción y salud, negándose a conformar su conducta a un ideal al que la sociedad concede un gran valor, pero en el que no siempre se inspira el individuo. Equivaldría esto a afirmar que se puede recobrar la salud viviendo sin restricciones la propia vida sexual. Si el tratamiento analítico implicase un consejo de este género, merecería ciertamente el reproche de ser opuesto a la moral general, que lo que se le ha dado al individuo ha sido sacado de la comunidad. Pero todo esto es absolutamente erróneo. El consejo de vivir sin traba alguna nuestra vida sexual no interviene para nada en la terapia psicoanalítica. Como ya os he indicado, existe en el enfermo un tenaz conflicto entre la tendencia libidinosa y la represión sexual, o sea entre su lado sensual y su lado ascético, y este conflicto no se resuelve, ciertamente, ayudando a uno de tales factores a vencer al otro. En los neuróticos, es el ascetismo la instancia victoriosa, y a consecuencia de esta victoria se ve obligada la sexualidad a buscar una compensación en la formación de síntomas.
Si, por el contrario, procurásemos la victoria a la sensualidad, sería la represión sexual la que intentaría compensarse del mismo modo al ser descartada, es decir, con síntomas. Así, pues, ninguna de estas dos soluciones puede poner término al conflicto interior, dado que siempre quedará insatisfecho uno de los elementos que lo provocaron. Por otro lado, son muy raros los casos en que el conflicto es tan débil que la intervención del médico basta para resolverlo, y, a decir verdad, estos casos no precisan de un tratamiento psicoanalítico. Las personas sobre las que el médico podría ejercer una influencia de este género obtendrían fácilmente idéntico resultado sin la intervención del mismo. Cuando un joven abstinente se decide a entregarse a una relación sexual ilegítima, o cuando una mujer insatisfecha busca una compensación en otro hombre, no suelen haber esperado para hacerlo la autorización del médico, ni siquiera la de sus analistas.
Al tratar de esta cuestión no suele tenerse en cuenta una importantísima circunstancia: la de que el conflicto patógeno de los neuróticos no es comparable a una lucha normal entre tendencias psíquicas y sobre un mismo terreno psicológico. En los neuróticos, la lucha se desarrolla entre fuerzas que han llegado a la fase de lo preconsciente y lo consciente, y otras que no han pasado el límite de lo inconsciente. Resulta, pues, que los adversarios se hallan situados en distintos planos como el oso polar con la ballena, según una familiar analogía; y, por tanto, es imposible toda solución hasta que se logra ponerlos frente a frente, labor que, a mi juicio, es la que solamente corresponde efectuar a la terapéutica. Puedo, además, aseguraros que estáis en un error si creéis que aconsejar y guiar al sujeto en las circunstancias de su vida forma parte de la influencia psicoanalítica. Por el contrario, rechazamos siempre que nos es posible este papel de mentores, y nuestro solo deseo es el de ver al enfermo adoptar por sí mismo sus decisiones. Así, pues, le exigimos siempre que retrase hasta el final del tratamiento toda decisión importante sobre la elección de una carrera, la iniciación de una empresa comercial, el casamiento o el divorcio. Convenid que no es esto lo que pensabais. Sólo cuando nos hallamos ante personas muy jóvenes o individuos muy desamparados o inestables nos resolvemos a asociar a la misión del médico la del educador. Pero entonces, conscientes de nuestra responsabilidad, actuamos con todas las precauciones necesarias.
De la energía con que me defiendo contra el reproche de que el tratamiento psicoanalítico impulsa al enfermo a vivir sin freno alguno su vida sexual, haríais mal en deducir que nuestra influencia se ejerce en provecho de la moral convencional. Esta intención nos es tan ajena como la primera. No somos reformadores, sino observadores; pero lo que nadie puede impedirnos es que nuestra observación posea un carácter crítico. Por tanto, no podemos tomar la defensa de la moral sexual convencional y aprobar la forma en que la sociedad intenta resolver, en la práctica, el problema de la vida sexual. Podemos decir a la sociedad que lo que ella llama su moral cuesta más sacrificios de lo que vale, y que sus procedimientos carecen tanto de sinceridad como de prudencia. Estas críticas las formulamos claramente ante los pacientes, acostumbrándolos así a reflexionar sin prejuicios sobre los hechos sexuales como sobre cualquier otro género de realidades, y cuando, terminado el tratamiento, recobran su independencia y se deciden, por su propia voluntad, en favor de una solución intermedia entre la vida sexual sin restricciones y el ascetismo absoluto, nuestra conciencia no tiene nada que reprocharnos, pues nos decimos que aquel que después de haber luchado contra sí mismo consigue elevarse hasta la verdad, se encuentra al abrigo de todo peligro de inmoralidad y puede permitirse tener para su uso particular una escala de valores morales muy diferente de la admitida por la sociedad. Debemos guardarnos, además, de exagerar la participación de la abstinencia en la producción de las neurosis. Solamente en un pequeño número de casos consigue el sujeto poner fin, por medio de la iniciación de unas relaciones sexuales que no perturben mucho a la situación patógena derivada de la privación y de la acumulación de la libido.
Como veis, no puede explicarse el efecto terapéutico del psicoanálisis por la autorización de prescindir de toda restricción sexual. Al tratar de disipar este vuestro error, creo haberos sugerido una orientación más acertada. La utilidad del psicoanálisis -pensáis ahora -se deriva, sin duda, del hecho de reemplazar lo inconsciente por lo consciente. Exacto, atrayendo lo inconsciente a la conciencia, levantamos las represiones, anulamos las precondiciones que presiden la formación de síntomas y transformamos el conflicto patógeno en un conflicto normal que acabará por hallar alguna solución. Nuestra actuación se limita a provocar en el enfermo esta simple modificación psíquica, y cuanto más completa sea ésta, mayor será el efecto terapéutico. Igualmente, en los casos en que no podemos suprimir una represión (u otro proceso psíquico del mismo género) resulta por completo ineficaz nuestra intervención. El fin que en nuestra labor perseguimos puede expresarse por medio de diversas fórmulas, tales como las de: transformación de lo inconsciente en consciente, levantamiento de las represiones, llenar las lagunas mnésicas.
Todo ello viene a ser lo mismo. Pero esta afirmación os dejará quizá insatisfechos. Os habíais formado de la curación de un neurótico una idea distinta, figurándoos que después de haberse sometido al penoso trabajo de un psicoanálisis se convertía en otro hombre, y he aquí que os afirmo que su curación consiste en que tiene un poco más de consciente y un poco menos de inconsciente que antes. Mas, a mi juicio, no dais la importancia debida a una tal transformación interna. El neurótico curado se ha transformado, en efecto, en otro hombre; pero en el fondo sigue, naturalmente, siendo el mismo; esto es, el que hubiera podido ser independientemente del tratamiento en condiciones más favorables, y esto ya es mucho. Teniendo, además, en cuenta la penosa labor que es necesario llevar a cabo para obtener esta modificación tan insignificante en apariencia de la vida psíquica del hombre, no dudaréis ya de la importancia de esta diferencia de niveles psíquicos que conseguimos producir. Quiero hacer ahora una pequeña digresión para preguntaros si sabéis qué es lo que se denomina una terapéutica causal. Llamamos así a un método terapéutico que, en lugar de atacar las manifestaciones de una enfermedad, busca suprimir las causas de la misma. Ahora bien: la terapéutica psicoanalítica, ¿es o no una terapéutica causal? La respuesta a esta interrogación no es nada sencilla, pero nos ofrece quizá la ocasión de darnos cuenta de la inutilidad de plantearnos tal problema de esta manera.
En la medida en que la terapéutica analítica no tiene por fin inmediato la supresión de los síntomas, se comporta como terapéutica causal; pero considerada desde un distinto punto de vista, se nos muestra como no causal. Desde hace mucho tiempo hemos seguido el encadenamiento de las causas más allá de las represiones hasta las disposiciones instintivas, sus intensidades relativas en la constitución del individuo y las desviaciones que presentan con respecto a su desarrollo normal. Suponed ahora que podamos intervenir por procedimientos químicos en este mecanismo, aumentando o disminuyendo la cantidad de libido existente en el momento dado o reforzando un instinto a expensas de otro. Esto sería una terapéutica causal en el sentido propio de la palabra, terapéutica en provecho de la cual habría llevado a cabo nuestro análisis una previa e independiente labor de reconocimiento. Pero no pudiendo intentar por ahora ejercer una influencia de este género sobre los procesos de la libido, nuestro tratamiento psíquico se dirige sobre otro anillo de la cadena, anillo que no forma parte de las raíces visibles de los fenómenos, pero que se halla, sin embargo, muy alejado de los síntomas y nos ha sido hecho accesible a consecuencia de circunstancias muy especiales.
¿Qué deberemos hacer para reemplazar en nuestros enfermos lo inconsciente por lo consciente? Creímos, en un momento, que ello era muy sencillo y que nos bastaba descubrir lo inconsciente y ponerlo ante la vista del enfermo, pero hoy sabemos que esto era un error de corto de vista. El conocimiento que el sujeto posee de su propio inconsciente no equivale al que nosotros hemos llegado a adquirir, y cuando le comunicamos este último, no lo sustituye al suyo, sino que lo sitúa al lado del mismo. Debemos, por tanto, formarnos de lo inconsciente del sujeto una representación tópica y buscar en sus recuerdos el lugar en que a consecuencia de una represión ha podido constituirse. Una vez suprimida dicha represión, la sustitución de lo inconsciente por consciente puede llevarse a cabo sin dificultad alguna. Mas, ¿cómo levantar tales represiones? Nuestra labor llega aquí a una segunda etapa. Primero está la búsqueda de la represión y a continuación la supresión de la resistencia que mantiene la represión.
La supresión de la resistencia se lleva a cabo por el mismo procedimiento; esto es, procediendo primero a descubrirla y atrayendo sobre ella la atención del enfermo, pues se deriva también de una represión, sea de aquella misma que intentamos resolver o de otra anterior. Resistencia que ha sido creada por una contracarga destinada a conseguir la represión de la tendencia reprochable e indeseada. Por tanto, llevaremos ahora a efecto aquello que al principio nos propusimos; esto es, interpretaremos, descubriremos y comunicaremos al enfermo los resultados que obtengamos, pero esta vez ya en lugar y momento favorables. La contracarga o la resistencia no forma parte de lo inconsciente. sino del yo -nuestro colaborador -, aun en los casos en que aquélla no es consciente. Trátase aquí de la doble significación que podemos dar a lo inconsciente, considerándolo como fenómeno o como sistema. Esto parece dificultoso y oscuro; ¿pero, es que no estamos repitiendo algo que ya hemos dicho antes? Hace mucho que nos hemos preparado para ello. Esperamos que la resistencia desaparezca en el momento en que nuestra interpretación le descubra el yo, y en estos casos laboremos con las siguientes fuerzas motivacionales: Contamos, ante todo, con el deseo que el enfermo abriga de recobrar la salud, deseo que le ha decidido a entrar en colaboración con nosotros; y contamos, además, con su inteligencia, a la que proporcionamos el apoyo de nuestra interpretación. Es, en efecto, indudable que la inteligencia del sujeto podrá reconocer más fácilmente la resistencia y hallar la traducción correspondiente a lo que ha sido reprimido si le proporcionamos previamente la representación de aquello que debe reconocer y encontrar.
Si os digo que miréis al cielo para ver un globo, lo encontraréis antes que si me limito a indicaros que levantéis los ojos sin precisaros aquello que sobre vuestras cabezas se cierne. Del mismo modo, el estudiante que mira por primera vez a través de un microscopio no ve nada si el profesor no le dice lo que debe ver, aunque esté ahí y sea visible. Volvamos ahora al terreno de los hechos. En un gran número de enfermedades nerviosas, tales como las histerias, las neurosis de angustia y las neurosis obsesivas, nuestras premisas demuestran ser ciertas. Buscando la represión de esta forma, descubriendo las resistencias y señalando lo que es reprimido, llegaríamos a buen término nuestra labor; la cual es: vencer los resistencias, levantar la represión y transformar en consciente el material inconsciente. En esta labor experimentamos la clara impresión de que, a propósito de cada una de las resistencias que de vencer se trata, se desarrolla en la mente del enfermo una violenta lucha, una lucha psíquica normal sobre un mismo terreno psicológico y entre motivaciones contrarias; esto es, entre fuerzas que tienden a mantener la contracarga y otras que impulsan a abandonarla. Las primeras motivaciones son las primitivas; esto es, aquellas que han provocado la represión, y entre las últimas se encuentran algunas recientemente surgidas y que parecen tender a resolver el conflicto en el sentido que deseamos. Hemos conseguido de este modo reanimar el antiguo conflicto que produjo la represión y someter a una revisión el proceso a que la misma pareció dar fin.
Para lograr esta revisión indicamos al enfermo que la anterior solución fue causa de su enfermedad y le prometemos que otra nueva y distinta le hará recobrar la salud. Por último, le hacemos ver que desde aquel rechazo primitivo han variado extraordinariamente y en un sentido favorable todas las circunstancias. En la época en que la enfermedad se formó, el yo era débil e infantil y tenía quizá razones suficientes para proscribir las exigencias de la libido como una fuente de peligros. Pero hoy es más fuerte y más experimentado y posee, además, en el médico un fiel colaborador. Por tanto, podemos esperar que el conflicto reavivado tenga una solución más favorable que en la época en que terminó en la represión y como ya hemos dicho, el éxito que obtenemos en las histerias, las neurosis de angustia y las neurosis obsesivas justifica en principio nuestras esperanzas.
Existen, sin embargo, enfermedades en las que ante idénticas condiciones patológicas fracasan por completo nuestros procedimientos terapéuticos. Trátase igualmente en ellas de un conflicto primitivo entre el yo y la libido, conflicto que ha conducido también a una represión, aunque ésta pueda caracterizarse tópicamente de un modo distinto. Nos es asimismo posible descubrir en la vida de los enfermos los puntos en los que las represiones se produjeron; aplicamos al sujeto iguales procedimientos, le hacemos idénticas promesas, le ayudamos del mismo modo ofreciéndole representaciones anticipatorias; y una vez más el tiempo transcurrido entre las represiones y el presente favorece un resultado diferente del conflicto. Pues bien; a pesar de todo esto, no conseguimos levantar una sola resistencia ni suprimir una sola represión. Estos enfermos, paranoicos melancólicos o dementes precoces permanecen no afectados del todo y son refractarios al tratamiento psicoanalítico. ¿Cuál puede ser la explicación de esto? No porque carezcan de inteligencia. Cierto es que el éxito del tratamiento exige que el enfermo alcance cierto nivel intelectual; pero los paranoicos, por ejemplo, llegan incluso a sobrepasarlo en sus ingeniosísimas combinaciones. Tampoco nos es posible atribuir nuestro fracaso a la ausencia de alguna de las fuerzas instintivas auxiliares, pues los melancólicos poseen -al contrario de los paranoicos -perfecta conciencia de hallarse enfermos y sufrir gravemente, sin que esto les haga más accesibles al tratamiento psicoanalítico. Ante estos hechos, que no resultan inexplicables, surge en nosotros la duda de si no habremos comprendido acertadamente las condiciones del éxito obtenido en el tratamiento de las demás neurosis.
Limitándonos a la histeria y a las neurosis de angustia, no tardamos en descubrir un segundo hecho totalmente inesperado. Advertimos, en efecto, que los enfermos de este género se comportan con respecto a nosotros de un modo singularísimo. Creímos haber pasado revista a todos los factores que habíamos de tener en cuenta en el curso del tratamiento y haber precisado nuestra situación con respecto al paciente hasta dejarla reducida a un cálculo matemático, pero ahora nos damos cuenta de que en este cálculo se ha introducido un nuevo elemento inesperado. Pudiendo este elemento presentarse bajo muy diversas formas, os describiré por ahora sus aspectos más frecuentes y más fácilmente inteligibles. Comprobamos ante todo que el enfermo, al que sólo la solución de sus dolorosos conflictos debiera preocupar, manifiesta un particular interés por la persona de su médico. Todo lo que a éste concierne le parece poseer más importancia que sus propios asuntos y distrae su atención de su enfermedad. De este modo, resulta que las relaciones que se establecen entre el médico y el enfermo son durante algún tiempo muy agradables. El enfermo se muestra afable y dócil, se esfuerza en testimoniar su reconocimiento siempre que puede y revela sutilezas y cualidades de su carácter, que quizá no nos hubiésemos detenido a buscar. Esta conducta acaba por conquistarle las simpatías del médico, el cual bendice el azar que le ha proporcionado ocasión de acudir en ayuda de una persona tan digna de interés. Si alguna vez habla con los familiares del enfermo, advertirá, encantado, que la simpatía que el mismo le inspira obtiene una total reciprocidad. En su casa no cesa el enfermo de elogiar al médico, en el que descubre todos los días nuevas cualidades. «Esta muy entusiasmado con usted. Tiene en usted una ciega confianza, y todo lo que usted le dice es para él el Evangelio», os dirán las personas que le rodean. E incluso alguna de ellas más avispada exclamará: «Nos tiene ya aburridos de tanto hablar de usted.»
Es de suponer que el médico será lo bastante modesto para no ver en todas estas alabanzas sino una expresión del contenido que procura al enfermo la esperanza de curación y un efecto de la ampliación de su horizonte intelectual a consecuencia de las sorprendentes perspectivas que el tratamiento abre ante sus ojos. En estas condiciones realiza el análisis grandes progresos; pues el sujeto comprende las indicaciones que se le sugieren, profundiza en los problemas que ante él hace surgir el tratamiento, produce con fluente abundancia recuerdos y asociaciones y asombra al médico con la seguridad y acierto en sus interpretaciones, satisfaciéndole, además, por la buena voluntad con que acepta las novedades psicológicas que le son comunicadas, novedades que en la mayoría de los normales despiertan la más viva oposición. A esta favorable actitud del enfermo durante el trabajo analítico corresponde una evidente mejoría objetiva en todos los aspectos del estado patológico.
Pero el buen tiempo no puede durar siempre, y llega un día en que el cielo se nubla, comienzan a surgir dificultades en el curso del tratamiento, y el enfermo pretende que ya no acude a su mente idea ninguna. Experimentamos entonces la clara impresión de que no se interesa ya por la labor emprendida, se sustrae a la recomendación que le ha sido hecha de decir todo aquello que a su imaginación acudiese sin dejarse perturbar por ninguna consideración crítica y se conduce como si no estuviera en tratamiento y no hubiera firmado un pacto con el médico, mostrándose preocupado por algo que no quiere revelar. Es ésta una peligrosa situación para el tratamiento, y nos hallamos ante una violenta resistencia. ¿Qué es lo que ha sucedido? Cuando hallamos el medio de esclarecer de nuevo la situación, comprobamos que la causa de la perturbación reside en un profundo e intenso cariño que del paciente ha surgido hacia el médico, sentimiento que no aparece justificado ni por la actitud de aquél ni por las relaciones que se han establecido entre los dos durante el tratamiento. La forma en la que esta ternura se manifiesta y los fines que persigue dependen, naturalmente, de las circunstancias personales de ambos protagonistas. Si se trata de una paciente joven y el médico lo es también, experimentaremos la impresión de que por parte de la primera se trata de un enamoramiento normal, encontraremos natural que una joven se enamore de un hombre con el que permanece a solas largos ratos, dialogando sobre sus más íntimos asuntos, y al que admira por la superioridad que le confiere su papel de poderoso auxiliar contra su enfermedad, olvidando que se trata de una neurótica en la que sería más lógico esperar una perturbación de la capacidad de amar.
Cuando más se apartan de este caso hipotético las circunstancias personales de médico y enfermo, más nos asombrará hallar, a pesar de todo, en el segundo, idéntica actitud afectiva. Pase todavía cuando se trata de una joven casada, que, víctima de un matrimonio desgraciado, experimenta una seria pasión por su médico, soltero, y se halla pronta a obtener su divorcio y casarse con él, o, en último término, si hubiese serios obstáculos sociales llegar a ser su querida. Estas cosas suceden también fuera del psicoanálisis. Pero en los casos de que nos ocupamos oímos expresar a mujeres, tanto casadas como solteras, manifestaciones que revelan una singularísima actitud ante el problema terapéutico, pues pretenden haber sabido siempre que no podían curarse sino por el amor y haber tenido la certidumbre, desde el comienzo del tratamiento, de que la relación con el médico que las trataba les procuraría por fin aquello que la vida les había rehusado hasta entonces. Esta esperanza es lo que les ha dado fuerzas para superar las dificultades del tratamiento y, además -añadimos nosotros-, lo que ha aguzado su inteligencia, facilitándoles la comprensión de nuestras opiniones, tan contrarias a las normas generales.
Tal confesión de las pacientes nos produce extraordinario asombro, pues echa por tierra todos nuestros cálculos. ¿Será posible que hayamos dejado pasar inadvertido hasta ahora un hecho de tan enorme importancia? Así es, en efecto, y cuanto más amplia se hace nuestra experiencia, menos podemos oponernos a esta humillante rectificación de nuestras pretensiones científicas. Al principio pudimos creer que el análisis tropezaba con una perturbación provocada por un suceso accidental sin relación ninguna con el tratamiento propiamente dicho; pero cuando vemos reproducirse regularmente, en cada nuevo caso, este amor del enfermo hacia el médico y lo vemos manifestarse incluso en las condiciones más desfavorables y aun en aquellos, casos en que resulta grotesco, esto es cuando se trata de una paciente de avanzada edad o de un anciano médico de blanca y venerable barba -casos en los que, a nuestro juicio, no puede haber atractivo ninguno ni fuerza de seducción posible-, entonces nos vemos obligados a abandonar la idea de un perturbado azar y a reconocer que se trata de un fenómeno que presenta las más íntimas relaciones con la naturaleza misma del estado patológico.
Este nuevo hecho, que tan a disgusto nos vemos obligados a aceptar, lo designamos con el nombre de «transferencia». Trataríase, pues, de una transferencia de sentimientos sobre la persona del médico, pues no creemos que la situación creada por el tratamiento pueda justificar la génesis de los mismos. Sospechamos más bien que toda esta disposición afectiva tiene un origen distinto; esto es, que existía en el enfermo en estado latente y ha sufrido una transferencia sobre la persona del médico con ocasión del tratamiento analítico. La transferencia puede manifestarse como una apasionada exigencia amorosa o en formas más mitigadas. Ante un médico entrado en años, la joven paciente puede no experimentar el deseo de entregarse a él, sino el de que la considere como una hija predilecta, pues su tendencia libidinosa puede moderarse y convertirse en una aspiración a una inseparable amistad ideal exenta de todo carácter sensual. Algunas mujeres llegan incluso a sublimar la transferencia y modelarla hasta hacerla en cierto modo viable. En cambio, otras la manifiestan en su forma más cruda y primaria, la mayor parte de las veces irrealizable, pero en el fondo se trata siempre del mismo fenómeno, que tiene, en todos los casos, idéntico origen.
Antes de preguntarnos dónde conviene situar este nuevo hecho me habéis de permitir que complete su descripción. ¿Qué sucede en los casos en que los pacientes pertenecen al sexo masculino? Pudiera creerse que escapan a la intervención de la diferencia sexual o de la atracción sexual. Pues bien, en ellos sucede exactamente lo mismo que en las pacientes femeninas. Los sujetos masculinos presentan igual adhesión al médico, se forman también una exagerada idea de sus cualidades, dan muestras de intenso interés por todo lo que al mismo se refiere y se manifiestan celosos de todos aquellos cercanos al médico en la vida real. Las formas sublimadas de la transferencia de hombre a hombre son tanto más frecuentes, y tanto más raras las exigencias sexuales directas, cuanto menor es la importancia de la homosexualidad manifiesta en relación a las otras vías de aprovechamientos de estos componentes instintivos. En sus pacientes masculinos observa de este modo el médico, con mayor frecuencia que en los femeninos, una forma de expresión de la trasferencia que a primera vista os parecerá hallarse en contradicción con todo lo que hasta el presente hemos descrito. Esta forma de transferencia es la hostil o negativa.
Debo indicaros, ante todo, que la transferencia se manifiesta en el paciente desde el principio del tratamiento y constituye durante algún tiempo el más firme apoyo de la labor terapéutica. No la advertimos ni necesitamos ocuparnos de ella mientras su acción es favorable al análisis, pero en cuanto se transforma en resistencia nos vemos obligados a dedicarle toda nuestra atención y comprobamos que su posición con respecto al tratamiento ha variado por completo. Esta variación puede orientarse en dos direcciones contrarias: Primera, los sentimientos amorosos derivados de la transferencia pueden adquirir tal intensidad y manifestar tan a las claras su origen sexual, que lleguen a provocar la aparición de una oposición interna a ella. Y segunda, puede también tratarse de una transferencia de sentimientos hostiles. Generalmente, estos sentimientos hostiles surgen con posterioridad a los amorosos; pero a veces aparecen también simultáneamente a ellos, ofreciéndonos entonces una excelente imagen de aquella ambivalencia sentimental que domina en la mayor parte de nuestras relaciones íntimas con los demás. Los sentimientos hostiles indican, al igual de los amorosos, una adherencia sentimental, idénticamente a como la obediencia y la rebelión son indicios de signo contrario de una misma dependencia real, aunque con un signo negativo en vez de positivo antes de ella. Resulta, pues, incontestable que tales sentimientos hostiles hacia el médico merecen igualmente el nombre de transferencia, dado que la situación creada por el tratamiento no proporciona pretexto alguno suficiente para su formación. Esta necesidad en que nos vemos de admitir una transferencia negativa nos prueba que nos hemos engañado en nuestros juicios sobre la transferencia positiva o de sentimientos de ternura.
El origen de la transferencia, su posible aprovechamiento en beneficio de nuestros fines terapéuticos, la naturaleza de las dificultades que opone a nuestra labor y los medios que hemos de emplear para dominarlas son cuestiones a tratarse en detalle en una guía técnica de análisis y cuyo estudio no puedo emprender en esta conferencia con toda la amplitud que por su importancia merecen. Me limitaré, pues, a haceros algunas breves observaciones sobre ellas. Claro es que no cedemos a las exigencias que la transferencia inspira al enfermo, pero ello no quiere decir que debamos acogerlas hostilmente ni mucho menos rechazarlas con indignación. El medio de vencer la transferencia es demostrar al enfermo que sus sentimientos no son producto de la situación del momento ni se refieren, en realidad, a la persona del médico, sino que repiten una situación anterior de su vida. De este modo le forzamos a remontarse desde esta repetición al recuerdo de los sucesos originales. Conseguido esto, la transferencia cariñosa y hostil que parecía amenazar gravemente el éxito del tratamiento nos proporciona ahora fácil acceso a los más íntimos sectores de la vida psíquica convirtiéndose en la mejor herramienta terapéutica.
Con algunas nuevas consideraciones quisiera disipar la extrañeza que ha de haberos producido este inesperado fenómeno. No debemos olvidar que la enfermedad del paciente cuyo análisis emprendemos no constituye algo acabado e inmutable, sino que se halla siempre en vías de crecimiento y desarrollo, como un ser viviente. La iniciación del tratamiento no pone fin a este desarrollo; pero una vez que la acción terapéutica domine al paciente, podemos comprobar que la enfermedad cambia bruscamente de orientación, refiriendo ahora todas sus manifestaciones a la relación entre médico y enfermo. Así, pues, la transferencia es comparable a la capa vegetal existente entre la corteza y la madera de los árboles, capa que constituye el punto de partida de la formación de nuevos tejidos y del aumento de espesor del tronco. Cuando la transferencia llega a adquirir esta intensidad, impone a nuestra investigación y elaboración de los recuerdos del paciente un considerable retraso. Resulta, en efecto, que no nos hallamos ya ante la enfermedad primitiva, sino ante una nueva neurosis transformada que ha venido a sustituir a la primera. Pero esta nueva edición de la antigua dolencia ha nacido ante los ojos del médico, el cual se halla, además, situado en el propio nódulo central de la misma, y podrán, por tanto, orientarse más fácilmente. Todos los síntomas del enfermo pierden en estos casos su primitiva significación y adquieren un nuevo sentido dependiente de la transferencia, desapareciendo a veces aquellos que no han sido susceptibles de una tal modificación. La curación de esta nueva neurosis artificial coincide con la de la neurosis primitiva, objeto verdadero del tratamiento, quedando así conseguidos nuestros propósitos terapéuticos. El sujeto que consigue normalizar y liberar de la acción de las tendencias reprimidas sus relaciones con el médico mostrará esta misma normalidad en todos los actos de su vida, una vez terminado el tratamiento.
En las histerias, histerias de angustia y neurosis obsesivas es donde la transferencia presenta esta importancia extraordinaria e incluso central, desde el punto de vista del tratamiento, razón por la cual reunimos estas afecciones bajo el nombre común de neurosis de transferencia. Para todos aquellos que, habiendo practicado el psicoanálisis, han conseguido formarse una exacta noción de la transferencia, no puede existir ya la menor duda sobre la naturaleza libidinosa de las tendencias que en los síntomas de estas neurosis se manifiestan. Podemos, pues, decir que el descubrimiento de la transferencia ha confirmado definitivamente nuestra convicción de que los síntomas constituyen satisfacciones libidinosas sustitutivas. Se nos plantea ahora la labor de rectificar nuestra anterior concepción dinámica del proceso de curación y armonizarla con los nuevos conocimientos adquiridos. Cuando llega para el enfermo el momento de comenzar la lucha normal contra las resistencias que el análisis le ha revelado, precisa de un poderoso impulso que decida el combate en el sentido que deseamos; esto es, en el de la curación, pues en caso contrario podría repetirse la primitiva solución del conflicto y volver a quedar reprimido en lo inconsciente todo aquello que habíamos logrado atraer a la conciencia. El factor que decide el resultado no es ya la introspección intelectual del enfermo, facultad que carece de energía y de libertad suficientes para ello, sino únicamente su actitud con respecto al médico. Si su transferencia lleva el signo positivo, revestirá al médico de una gran autoridad y considerará sus indicaciones y opiniones como dignas de crédito.
En cambio, aquellos enfermos en que ésta no existe o cuya transferencia es negativa, no prestan al médico la menor atención. La creencia en el terapeuta reproduce aquí la historia misma de su desarrollo. Fruto exclusivo del amor, no tuvo al principio necesidad ninguna de argumentos, y sólo mucho después concede a éstos importancia bastante para someterlos a un examen crítico: cuando son formulados por personas amadas. Los argumentos que no tienen por corolario el hecho de emanar de personas amadas, no ejercen ni han ejercido jamás la menor influencia en la vida de la mayor parte de los humanos. De este modo, resulta que el hombre no es, en general, accesible por su lado intelectual, sino en proporción a su capacidad de revestimiento libidinoso de objetos; razón por la cual, podemos afirmar que el grado de influencia que la más acertada técnica analítica puede ejercer sobre él, depende por completo de la medida de su narcisismo, barrera contra tal influencia.
Todo hombre normal posee la facultad de concentrar catexias de objeto libidinosas sobre personas, y la inclinación a la transferencia comprobada por nosotros en las neurosis anteriormente citadas no constituye sino una extraordinaria intensificación de esta facultad general. Como es natural, este tan difundido e importantísimo rasgo del carácter humano ha sido ya advertido y apreciado en todo su valor por algunos investigadores. Así, Bernheim dio pruebas de una gran penetración fundando su teoría de los fenómenos hipnóticos en el principio de que todos los hombres son, en una cierta medida, «sugestionables», particularidad que no es sino la tendencia a la transferencia, concebida en una forma algo limitada; esto es, sin considerar la transferencia negativa. Sin embargo, no pudo nunca explicar este autor la naturaleza ni la génesis de la sugestión. Para él constituye ésta un hecho fundamental, cuyos orígenes no tenía necesidad de explicar, y no vio tampoco el lazo de dependencia existente entre la sugestionabilidad y la sexualidad, o sea la actividad de la libido. Por lo que a nosotros respecta, nos damos cuenta de que si antes excluimos la hipnosis de nuestra técnica analítica, redescubrimos ahora la sugestión bajo la forma de transferencia.
Creo deber interrumpirme aquí y cederos la palabra para permitiros expresar una objeción que, sin duda, se agita impetuosamente en vuestro pensamiento: «Acabáis, pues, por confesar -me diréis -que laboráis con ayuda de la sugestión, como todos los partidarios del hipnotismo. Hace mucho tiempo que lo sospechábamos. Mas entonces, ¿de qué os sirven la evocación de los recuerdos del pasado, el descubrimiento de lo inconsciente, la interpretación y la retraducción de las deformaciones, labor que supone un enorme gasto de energía, de tiempo y de dinero, si el único factor eficaz resulta ser la sugestión? ¿Por qué no sugerís directamente contra los síntomas, como otros honrados hipnotizadores lo hacen? Y luego si, queriendo excusaros de haber verificado un tan largo rodeo, alegáis los numerosos e importantes descubrimientos psicológicos que decís haber realizado y que la sugestión directa no hubiera hecho posibles, ¿quién nos garantiza la verdad de estos descubrimientos? ¿No pueden acaso ser también un efecto de la sugestión y que forzáis al paciente ir a donde queréis y a lo que os parece cierto?» Estas objeciones que me planteais presentan un enorme interés y exigen una respuesta; pero aplazaré su discusión para mi próxima conferencia, pues en la presente quiero dejar cumplida la promesa, con que la inicié, de haceros comprender, con auxilio del fenómeno de la transferencia, por qué todos nuestros esfuerzos terapéuticos fracasan en las neurosis narcisistas.
Nada más sencillo de explicar. Diré en pocas palabras cómo se resuelve e enigma y cómo ajustan cada uno de los elementos. La observación nos muestra que los enfermos atacados de neurosis narcisista carecen de la facultad de transferencia o sólo la poseen como residuos insignificantes. Estos enfermos rechazan la intervención del médico, pero no con hostilidad, sino con indiferencia, razón por la cual no son accesibles a su influjo. Lo que el les dice los deja fríos, no les causa mayor impresión. Resulta de este modo que el proceso por el que conseguimos la curación, y que consiste en reavivar el conflicto patógeno y vencer la resistencia opuesta por la represión, no puede tener efecto en estos pacientes. Permanecen como siempre son. Por propia iniciativa intentan ellos repetidamente modificar su estado, en procura de mejoría, pero estas tentativas no conducen sino a nuevos efectos patológicos. Nada podemos, por tanto, hacer en su favor. Fundándonos en los datos clínicos que nos han sido proporcionados por nuestros enfermos de este género, podemos afirmar que en ellos ha debido descartarse las catexias de objeto y la libido de los objetos transformarse en libido del yo, siendo éste el carácter que diferencia a esta neurosis de las que constituyen el grupo antes examinado (histeria, neurosis angustiosa y neurosis obsesiva). Ahora bien: la forma en que la misma se conduce ante nuestros intentos terapéuticos confirma nuestro punto de vista. No presentando el fenómeno de la transferencia, permanecen inaccesibles a nuestros esfuerzos y no resultan curables por nosotros.
Señoras y señores: Viendo ya próximo el fin de estas conferencias, esperáis, sin duda, oírme tratar de aquella terapia en la que reposa la posibilidad de practicar el psicoanálisis. No puedo, en efecto, eludir este tema, pues si así lo hiciera, os dejaría en la ignorancia de un nuevo hecho, sin cuyo conocimiento resultaría harto incompleta vuestra inteligencia de las enfermedades investigadas en el curso de estas lecciones. Sé que no esperáis que os inicie en la forma de practicar el análisis con un fin terapéutico. Lo que deseáis es conocer, de un modo general, los medios de que la terapia psicoanalítica se sirve y los resultados que obtiene. Reconociendo que vuestro deseo se halla perfectamente justificado, no voy sin embargo, a satisfacerlo por medio de una exposición directa, sino que me limitaré a proporcionaros datos suficientes para que por vosotros mismos podáis deducir una respuesta a vuestras interrogaciones.
Reflexionad un poco. Conocéis ya las condiciones esenciales de la enfermedad y los factores que actúan sobre el sujeto después de enfermar. ¿Qué acción terapéutica puede ser posible en estas circunstancias ? En primer lugar, nos hallamos ante la predisposición hereditaria, factor en cuya importancia insistimos poco los psicoanalistas, porque ya otros se encargan de hacerlo por nosotros, y nada tenemos que agregar por nuestra cuenta. Pero esto no quiere decir que no reconozcamos toda su enorme significación. Como terapeutas, hemos tenido ocasión de comprobar el poder de la disposición, no habiéndonos sido posible modificarla en lo más mínimo y permaneciendo, por tanto, para nosotros como algo dado, que limita y restringe nuestra actuación. Hallamos después la influencia de los sucesos infantiles tempranos, influencia a la que atendemos preferentemente en el análisis. Estos sucesos infantiles pertenecen al pasado y nada puede ya deshacerlos. Por último, y reunidas en el concepto de «frustración real», se nos muestran todas aquellas desgraciadas circunstancias de la vida que nos imponen una privación de amor, pobreza, las discordias familiares, una elección enferma de pareja conyugal, desfavorables circunstancias sociales y la presión exigente de los estándares éticos sobre el individuo.
Cada uno de estos elementos señala un camino a la intervención terapéutica; mas para que esta intervención diera algún resultado, tendría que ser semejante a la que, según la popular leyenda vienesa, ejerció el emperador José; esto es, tendría que provenir de un poderoso personaje ante cuya voluntad se doblegasen los hombres y desapareciesen las dificultades. No es éste ciertamente nuestro caso. Pobres, sin poder personal ninguno y obligados a ganarnos el sustento en el ejercicio de nuestra profesión, no podemos ni siquiera prestar asistencia gratuita a un cierto número de enfermos -como otros médicos con otros métodos terapéuticos lo hacen -, pues nuestra terapéutica demanda mucho tiempo y es muy laboriosa como para que eso sea posible. Quizá creáis ver en uno de los factores antes detallados el punto de apoyo que necesitamos para ejercer nuestra influencia curativa.
Pensáis, en efecto, que si la limitación ética impuesta por la sociedad es responsable de la privación de que el enfermo sufre, podrá el tratamiento aliviarle, incitándole directamente a traspasar dicha limitación, y a procurarse satisfacción y salud, negándose a conformar su conducta a un ideal al que la sociedad concede un gran valor, pero en el que no siempre se inspira el individuo. Equivaldría esto a afirmar que se puede recobrar la salud viviendo sin restricciones la propia vida sexual. Si el tratamiento analítico implicase un consejo de este género, merecería ciertamente el reproche de ser opuesto a la moral general, que lo que se le ha dado al individuo ha sido sacado de la comunidad. Pero todo esto es absolutamente erróneo. El consejo de vivir sin traba alguna nuestra vida sexual no interviene para nada en la terapia psicoanalítica. Como ya os he indicado, existe en el enfermo un tenaz conflicto entre la tendencia libidinosa y la represión sexual, o sea entre su lado sensual y su lado ascético, y este conflicto no se resuelve, ciertamente, ayudando a uno de tales factores a vencer al otro. En los neuróticos, es el ascetismo la instancia victoriosa, y a consecuencia de esta victoria se ve obligada la sexualidad a buscar una compensación en la formación de síntomas.
Si, por el contrario, procurásemos la victoria a la sensualidad, sería la represión sexual la que intentaría compensarse del mismo modo al ser descartada, es decir, con síntomas. Así, pues, ninguna de estas dos soluciones puede poner término al conflicto interior, dado que siempre quedará insatisfecho uno de los elementos que lo provocaron. Por otro lado, son muy raros los casos en que el conflicto es tan débil que la intervención del médico basta para resolverlo, y, a decir verdad, estos casos no precisan de un tratamiento psicoanalítico. Las personas sobre las que el médico podría ejercer una influencia de este género obtendrían fácilmente idéntico resultado sin la intervención del mismo. Cuando un joven abstinente se decide a entregarse a una relación sexual ilegítima, o cuando una mujer insatisfecha busca una compensación en otro hombre, no suelen haber esperado para hacerlo la autorización del médico, ni siquiera la de sus analistas.
Al tratar de esta cuestión no suele tenerse en cuenta una importantísima circunstancia: la de que el conflicto patógeno de los neuróticos no es comparable a una lucha normal entre tendencias psíquicas y sobre un mismo terreno psicológico. En los neuróticos, la lucha se desarrolla entre fuerzas que han llegado a la fase de lo preconsciente y lo consciente, y otras que no han pasado el límite de lo inconsciente. Resulta, pues, que los adversarios se hallan situados en distintos planos como el oso polar con la ballena, según una familiar analogía; y, por tanto, es imposible toda solución hasta que se logra ponerlos frente a frente, labor que, a mi juicio, es la que solamente corresponde efectuar a la terapéutica. Puedo, además, aseguraros que estáis en un error si creéis que aconsejar y guiar al sujeto en las circunstancias de su vida forma parte de la influencia psicoanalítica. Por el contrario, rechazamos siempre que nos es posible este papel de mentores, y nuestro solo deseo es el de ver al enfermo adoptar por sí mismo sus decisiones. Así, pues, le exigimos siempre que retrase hasta el final del tratamiento toda decisión importante sobre la elección de una carrera, la iniciación de una empresa comercial, el casamiento o el divorcio. Convenid que no es esto lo que pensabais. Sólo cuando nos hallamos ante personas muy jóvenes o individuos muy desamparados o inestables nos resolvemos a asociar a la misión del médico la del educador. Pero entonces, conscientes de nuestra responsabilidad, actuamos con todas las precauciones necesarias.
De la energía con que me defiendo contra el reproche de que el tratamiento psicoanalítico impulsa al enfermo a vivir sin freno alguno su vida sexual, haríais mal en deducir que nuestra influencia se ejerce en provecho de la moral convencional. Esta intención nos es tan ajena como la primera. No somos reformadores, sino observadores; pero lo que nadie puede impedirnos es que nuestra observación posea un carácter crítico. Por tanto, no podemos tomar la defensa de la moral sexual convencional y aprobar la forma en que la sociedad intenta resolver, en la práctica, el problema de la vida sexual. Podemos decir a la sociedad que lo que ella llama su moral cuesta más sacrificios de lo que vale, y que sus procedimientos carecen tanto de sinceridad como de prudencia. Estas críticas las formulamos claramente ante los pacientes, acostumbrándolos así a reflexionar sin prejuicios sobre los hechos sexuales como sobre cualquier otro género de realidades, y cuando, terminado el tratamiento, recobran su independencia y se deciden, por su propia voluntad, en favor de una solución intermedia entre la vida sexual sin restricciones y el ascetismo absoluto, nuestra conciencia no tiene nada que reprocharnos, pues nos decimos que aquel que después de haber luchado contra sí mismo consigue elevarse hasta la verdad, se encuentra al abrigo de todo peligro de inmoralidad y puede permitirse tener para su uso particular una escala de valores morales muy diferente de la admitida por la sociedad. Debemos guardarnos, además, de exagerar la participación de la abstinencia en la producción de las neurosis. Solamente en un pequeño número de casos consigue el sujeto poner fin, por medio de la iniciación de unas relaciones sexuales que no perturben mucho a la situación patógena derivada de la privación y de la acumulación de la libido.
Como veis, no puede explicarse el efecto terapéutico del psicoanálisis por la autorización de prescindir de toda restricción sexual. Al tratar de disipar este vuestro error, creo haberos sugerido una orientación más acertada. La utilidad del psicoanálisis -pensáis ahora -se deriva, sin duda, del hecho de reemplazar lo inconsciente por lo consciente. Exacto, atrayendo lo inconsciente a la conciencia, levantamos las represiones, anulamos las precondiciones que presiden la formación de síntomas y transformamos el conflicto patógeno en un conflicto normal que acabará por hallar alguna solución. Nuestra actuación se limita a provocar en el enfermo esta simple modificación psíquica, y cuanto más completa sea ésta, mayor será el efecto terapéutico. Igualmente, en los casos en que no podemos suprimir una represión (u otro proceso psíquico del mismo género) resulta por completo ineficaz nuestra intervención. El fin que en nuestra labor perseguimos puede expresarse por medio de diversas fórmulas, tales como las de: transformación de lo inconsciente en consciente, levantamiento de las represiones, llenar las lagunas mnésicas.
Todo ello viene a ser lo mismo. Pero esta afirmación os dejará quizá insatisfechos. Os habíais formado de la curación de un neurótico una idea distinta, figurándoos que después de haberse sometido al penoso trabajo de un psicoanálisis se convertía en otro hombre, y he aquí que os afirmo que su curación consiste en que tiene un poco más de consciente y un poco menos de inconsciente que antes. Mas, a mi juicio, no dais la importancia debida a una tal transformación interna. El neurótico curado se ha transformado, en efecto, en otro hombre; pero en el fondo sigue, naturalmente, siendo el mismo; esto es, el que hubiera podido ser independientemente del tratamiento en condiciones más favorables, y esto ya es mucho. Teniendo, además, en cuenta la penosa labor que es necesario llevar a cabo para obtener esta modificación tan insignificante en apariencia de la vida psíquica del hombre, no dudaréis ya de la importancia de esta diferencia de niveles psíquicos que conseguimos producir. Quiero hacer ahora una pequeña digresión para preguntaros si sabéis qué es lo que se denomina una terapéutica causal. Llamamos así a un método terapéutico que, en lugar de atacar las manifestaciones de una enfermedad, busca suprimir las causas de la misma. Ahora bien: la terapéutica psicoanalítica, ¿es o no una terapéutica causal? La respuesta a esta interrogación no es nada sencilla, pero nos ofrece quizá la ocasión de darnos cuenta de la inutilidad de plantearnos tal problema de esta manera.
En la medida en que la terapéutica analítica no tiene por fin inmediato la supresión de los síntomas, se comporta como terapéutica causal; pero considerada desde un distinto punto de vista, se nos muestra como no causal. Desde hace mucho tiempo hemos seguido el encadenamiento de las causas más allá de las represiones hasta las disposiciones instintivas, sus intensidades relativas en la constitución del individuo y las desviaciones que presentan con respecto a su desarrollo normal. Suponed ahora que podamos intervenir por procedimientos químicos en este mecanismo, aumentando o disminuyendo la cantidad de libido existente en el momento dado o reforzando un instinto a expensas de otro. Esto sería una terapéutica causal en el sentido propio de la palabra, terapéutica en provecho de la cual habría llevado a cabo nuestro análisis una previa e independiente labor de reconocimiento. Pero no pudiendo intentar por ahora ejercer una influencia de este género sobre los procesos de la libido, nuestro tratamiento psíquico se dirige sobre otro anillo de la cadena, anillo que no forma parte de las raíces visibles de los fenómenos, pero que se halla, sin embargo, muy alejado de los síntomas y nos ha sido hecho accesible a consecuencia de circunstancias muy especiales.
¿Qué deberemos hacer para reemplazar en nuestros enfermos lo inconsciente por lo consciente? Creímos, en un momento, que ello era muy sencillo y que nos bastaba descubrir lo inconsciente y ponerlo ante la vista del enfermo, pero hoy sabemos que esto era un error de corto de vista. El conocimiento que el sujeto posee de su propio inconsciente no equivale al que nosotros hemos llegado a adquirir, y cuando le comunicamos este último, no lo sustituye al suyo, sino que lo sitúa al lado del mismo. Debemos, por tanto, formarnos de lo inconsciente del sujeto una representación tópica y buscar en sus recuerdos el lugar en que a consecuencia de una represión ha podido constituirse. Una vez suprimida dicha represión, la sustitución de lo inconsciente por consciente puede llevarse a cabo sin dificultad alguna. Mas, ¿cómo levantar tales represiones? Nuestra labor llega aquí a una segunda etapa. Primero está la búsqueda de la represión y a continuación la supresión de la resistencia que mantiene la represión.
La supresión de la resistencia se lleva a cabo por el mismo procedimiento; esto es, procediendo primero a descubrirla y atrayendo sobre ella la atención del enfermo, pues se deriva también de una represión, sea de aquella misma que intentamos resolver o de otra anterior. Resistencia que ha sido creada por una contracarga destinada a conseguir la represión de la tendencia reprochable e indeseada. Por tanto, llevaremos ahora a efecto aquello que al principio nos propusimos; esto es, interpretaremos, descubriremos y comunicaremos al enfermo los resultados que obtengamos, pero esta vez ya en lugar y momento favorables. La contracarga o la resistencia no forma parte de lo inconsciente. sino del yo -nuestro colaborador -, aun en los casos en que aquélla no es consciente. Trátase aquí de la doble significación que podemos dar a lo inconsciente, considerándolo como fenómeno o como sistema. Esto parece dificultoso y oscuro; ¿pero, es que no estamos repitiendo algo que ya hemos dicho antes? Hace mucho que nos hemos preparado para ello. Esperamos que la resistencia desaparezca en el momento en que nuestra interpretación le descubra el yo, y en estos casos laboremos con las siguientes fuerzas motivacionales: Contamos, ante todo, con el deseo que el enfermo abriga de recobrar la salud, deseo que le ha decidido a entrar en colaboración con nosotros; y contamos, además, con su inteligencia, a la que proporcionamos el apoyo de nuestra interpretación. Es, en efecto, indudable que la inteligencia del sujeto podrá reconocer más fácilmente la resistencia y hallar la traducción correspondiente a lo que ha sido reprimido si le proporcionamos previamente la representación de aquello que debe reconocer y encontrar.
Si os digo que miréis al cielo para ver un globo, lo encontraréis antes que si me limito a indicaros que levantéis los ojos sin precisaros aquello que sobre vuestras cabezas se cierne. Del mismo modo, el estudiante que mira por primera vez a través de un microscopio no ve nada si el profesor no le dice lo que debe ver, aunque esté ahí y sea visible. Volvamos ahora al terreno de los hechos. En un gran número de enfermedades nerviosas, tales como las histerias, las neurosis de angustia y las neurosis obsesivas, nuestras premisas demuestran ser ciertas. Buscando la represión de esta forma, descubriendo las resistencias y señalando lo que es reprimido, llegaríamos a buen término nuestra labor; la cual es: vencer los resistencias, levantar la represión y transformar en consciente el material inconsciente. En esta labor experimentamos la clara impresión de que, a propósito de cada una de las resistencias que de vencer se trata, se desarrolla en la mente del enfermo una violenta lucha, una lucha psíquica normal sobre un mismo terreno psicológico y entre motivaciones contrarias; esto es, entre fuerzas que tienden a mantener la contracarga y otras que impulsan a abandonarla. Las primeras motivaciones son las primitivas; esto es, aquellas que han provocado la represión, y entre las últimas se encuentran algunas recientemente surgidas y que parecen tender a resolver el conflicto en el sentido que deseamos. Hemos conseguido de este modo reanimar el antiguo conflicto que produjo la represión y someter a una revisión el proceso a que la misma pareció dar fin.
Para lograr esta revisión indicamos al enfermo que la anterior solución fue causa de su enfermedad y le prometemos que otra nueva y distinta le hará recobrar la salud. Por último, le hacemos ver que desde aquel rechazo primitivo han variado extraordinariamente y en un sentido favorable todas las circunstancias. En la época en que la enfermedad se formó, el yo era débil e infantil y tenía quizá razones suficientes para proscribir las exigencias de la libido como una fuente de peligros. Pero hoy es más fuerte y más experimentado y posee, además, en el médico un fiel colaborador. Por tanto, podemos esperar que el conflicto reavivado tenga una solución más favorable que en la época en que terminó en la represión y como ya hemos dicho, el éxito que obtenemos en las histerias, las neurosis de angustia y las neurosis obsesivas justifica en principio nuestras esperanzas.
Existen, sin embargo, enfermedades en las que ante idénticas condiciones patológicas fracasan por completo nuestros procedimientos terapéuticos. Trátase igualmente en ellas de un conflicto primitivo entre el yo y la libido, conflicto que ha conducido también a una represión, aunque ésta pueda caracterizarse tópicamente de un modo distinto. Nos es asimismo posible descubrir en la vida de los enfermos los puntos en los que las represiones se produjeron; aplicamos al sujeto iguales procedimientos, le hacemos idénticas promesas, le ayudamos del mismo modo ofreciéndole representaciones anticipatorias; y una vez más el tiempo transcurrido entre las represiones y el presente favorece un resultado diferente del conflicto. Pues bien; a pesar de todo esto, no conseguimos levantar una sola resistencia ni suprimir una sola represión. Estos enfermos, paranoicos melancólicos o dementes precoces permanecen no afectados del todo y son refractarios al tratamiento psicoanalítico. ¿Cuál puede ser la explicación de esto? No porque carezcan de inteligencia. Cierto es que el éxito del tratamiento exige que el enfermo alcance cierto nivel intelectual; pero los paranoicos, por ejemplo, llegan incluso a sobrepasarlo en sus ingeniosísimas combinaciones. Tampoco nos es posible atribuir nuestro fracaso a la ausencia de alguna de las fuerzas instintivas auxiliares, pues los melancólicos poseen -al contrario de los paranoicos -perfecta conciencia de hallarse enfermos y sufrir gravemente, sin que esto les haga más accesibles al tratamiento psicoanalítico. Ante estos hechos, que no resultan inexplicables, surge en nosotros la duda de si no habremos comprendido acertadamente las condiciones del éxito obtenido en el tratamiento de las demás neurosis.
Limitándonos a la histeria y a las neurosis de angustia, no tardamos en descubrir un segundo hecho totalmente inesperado. Advertimos, en efecto, que los enfermos de este género se comportan con respecto a nosotros de un modo singularísimo. Creímos haber pasado revista a todos los factores que habíamos de tener en cuenta en el curso del tratamiento y haber precisado nuestra situación con respecto al paciente hasta dejarla reducida a un cálculo matemático, pero ahora nos damos cuenta de que en este cálculo se ha introducido un nuevo elemento inesperado. Pudiendo este elemento presentarse bajo muy diversas formas, os describiré por ahora sus aspectos más frecuentes y más fácilmente inteligibles. Comprobamos ante todo que el enfermo, al que sólo la solución de sus dolorosos conflictos debiera preocupar, manifiesta un particular interés por la persona de su médico. Todo lo que a éste concierne le parece poseer más importancia que sus propios asuntos y distrae su atención de su enfermedad. De este modo, resulta que las relaciones que se establecen entre el médico y el enfermo son durante algún tiempo muy agradables. El enfermo se muestra afable y dócil, se esfuerza en testimoniar su reconocimiento siempre que puede y revela sutilezas y cualidades de su carácter, que quizá no nos hubiésemos detenido a buscar. Esta conducta acaba por conquistarle las simpatías del médico, el cual bendice el azar que le ha proporcionado ocasión de acudir en ayuda de una persona tan digna de interés. Si alguna vez habla con los familiares del enfermo, advertirá, encantado, que la simpatía que el mismo le inspira obtiene una total reciprocidad. En su casa no cesa el enfermo de elogiar al médico, en el que descubre todos los días nuevas cualidades. «Esta muy entusiasmado con usted. Tiene en usted una ciega confianza, y todo lo que usted le dice es para él el Evangelio», os dirán las personas que le rodean. E incluso alguna de ellas más avispada exclamará: «Nos tiene ya aburridos de tanto hablar de usted.»
Es de suponer que el médico será lo bastante modesto para no ver en todas estas alabanzas sino una expresión del contenido que procura al enfermo la esperanza de curación y un efecto de la ampliación de su horizonte intelectual a consecuencia de las sorprendentes perspectivas que el tratamiento abre ante sus ojos. En estas condiciones realiza el análisis grandes progresos; pues el sujeto comprende las indicaciones que se le sugieren, profundiza en los problemas que ante él hace surgir el tratamiento, produce con fluente abundancia recuerdos y asociaciones y asombra al médico con la seguridad y acierto en sus interpretaciones, satisfaciéndole, además, por la buena voluntad con que acepta las novedades psicológicas que le son comunicadas, novedades que en la mayoría de los normales despiertan la más viva oposición. A esta favorable actitud del enfermo durante el trabajo analítico corresponde una evidente mejoría objetiva en todos los aspectos del estado patológico.
Pero el buen tiempo no puede durar siempre, y llega un día en que el cielo se nubla, comienzan a surgir dificultades en el curso del tratamiento, y el enfermo pretende que ya no acude a su mente idea ninguna. Experimentamos entonces la clara impresión de que no se interesa ya por la labor emprendida, se sustrae a la recomendación que le ha sido hecha de decir todo aquello que a su imaginación acudiese sin dejarse perturbar por ninguna consideración crítica y se conduce como si no estuviera en tratamiento y no hubiera firmado un pacto con el médico, mostrándose preocupado por algo que no quiere revelar. Es ésta una peligrosa situación para el tratamiento, y nos hallamos ante una violenta resistencia. ¿Qué es lo que ha sucedido? Cuando hallamos el medio de esclarecer de nuevo la situación, comprobamos que la causa de la perturbación reside en un profundo e intenso cariño que del paciente ha surgido hacia el médico, sentimiento que no aparece justificado ni por la actitud de aquél ni por las relaciones que se han establecido entre los dos durante el tratamiento. La forma en la que esta ternura se manifiesta y los fines que persigue dependen, naturalmente, de las circunstancias personales de ambos protagonistas. Si se trata de una paciente joven y el médico lo es también, experimentaremos la impresión de que por parte de la primera se trata de un enamoramiento normal, encontraremos natural que una joven se enamore de un hombre con el que permanece a solas largos ratos, dialogando sobre sus más íntimos asuntos, y al que admira por la superioridad que le confiere su papel de poderoso auxiliar contra su enfermedad, olvidando que se trata de una neurótica en la que sería más lógico esperar una perturbación de la capacidad de amar.
Cuando más se apartan de este caso hipotético las circunstancias personales de médico y enfermo, más nos asombrará hallar, a pesar de todo, en el segundo, idéntica actitud afectiva. Pase todavía cuando se trata de una joven casada, que, víctima de un matrimonio desgraciado, experimenta una seria pasión por su médico, soltero, y se halla pronta a obtener su divorcio y casarse con él, o, en último término, si hubiese serios obstáculos sociales llegar a ser su querida. Estas cosas suceden también fuera del psicoanálisis. Pero en los casos de que nos ocupamos oímos expresar a mujeres, tanto casadas como solteras, manifestaciones que revelan una singularísima actitud ante el problema terapéutico, pues pretenden haber sabido siempre que no podían curarse sino por el amor y haber tenido la certidumbre, desde el comienzo del tratamiento, de que la relación con el médico que las trataba les procuraría por fin aquello que la vida les había rehusado hasta entonces. Esta esperanza es lo que les ha dado fuerzas para superar las dificultades del tratamiento y, además -añadimos nosotros-, lo que ha aguzado su inteligencia, facilitándoles la comprensión de nuestras opiniones, tan contrarias a las normas generales.
Tal confesión de las pacientes nos produce extraordinario asombro, pues echa por tierra todos nuestros cálculos. ¿Será posible que hayamos dejado pasar inadvertido hasta ahora un hecho de tan enorme importancia? Así es, en efecto, y cuanto más amplia se hace nuestra experiencia, menos podemos oponernos a esta humillante rectificación de nuestras pretensiones científicas. Al principio pudimos creer que el análisis tropezaba con una perturbación provocada por un suceso accidental sin relación ninguna con el tratamiento propiamente dicho; pero cuando vemos reproducirse regularmente, en cada nuevo caso, este amor del enfermo hacia el médico y lo vemos manifestarse incluso en las condiciones más desfavorables y aun en aquellos, casos en que resulta grotesco, esto es cuando se trata de una paciente de avanzada edad o de un anciano médico de blanca y venerable barba -casos en los que, a nuestro juicio, no puede haber atractivo ninguno ni fuerza de seducción posible-, entonces nos vemos obligados a abandonar la idea de un perturbado azar y a reconocer que se trata de un fenómeno que presenta las más íntimas relaciones con la naturaleza misma del estado patológico.
Este nuevo hecho, que tan a disgusto nos vemos obligados a aceptar, lo designamos con el nombre de «transferencia». Trataríase, pues, de una transferencia de sentimientos sobre la persona del médico, pues no creemos que la situación creada por el tratamiento pueda justificar la génesis de los mismos. Sospechamos más bien que toda esta disposición afectiva tiene un origen distinto; esto es, que existía en el enfermo en estado latente y ha sufrido una transferencia sobre la persona del médico con ocasión del tratamiento analítico. La transferencia puede manifestarse como una apasionada exigencia amorosa o en formas más mitigadas. Ante un médico entrado en años, la joven paciente puede no experimentar el deseo de entregarse a él, sino el de que la considere como una hija predilecta, pues su tendencia libidinosa puede moderarse y convertirse en una aspiración a una inseparable amistad ideal exenta de todo carácter sensual. Algunas mujeres llegan incluso a sublimar la transferencia y modelarla hasta hacerla en cierto modo viable. En cambio, otras la manifiestan en su forma más cruda y primaria, la mayor parte de las veces irrealizable, pero en el fondo se trata siempre del mismo fenómeno, que tiene, en todos los casos, idéntico origen.
Antes de preguntarnos dónde conviene situar este nuevo hecho me habéis de permitir que complete su descripción. ¿Qué sucede en los casos en que los pacientes pertenecen al sexo masculino? Pudiera creerse que escapan a la intervención de la diferencia sexual o de la atracción sexual. Pues bien, en ellos sucede exactamente lo mismo que en las pacientes femeninas. Los sujetos masculinos presentan igual adhesión al médico, se forman también una exagerada idea de sus cualidades, dan muestras de intenso interés por todo lo que al mismo se refiere y se manifiestan celosos de todos aquellos cercanos al médico en la vida real. Las formas sublimadas de la transferencia de hombre a hombre son tanto más frecuentes, y tanto más raras las exigencias sexuales directas, cuanto menor es la importancia de la homosexualidad manifiesta en relación a las otras vías de aprovechamientos de estos componentes instintivos. En sus pacientes masculinos observa de este modo el médico, con mayor frecuencia que en los femeninos, una forma de expresión de la trasferencia que a primera vista os parecerá hallarse en contradicción con todo lo que hasta el presente hemos descrito. Esta forma de transferencia es la hostil o negativa.
Debo indicaros, ante todo, que la transferencia se manifiesta en el paciente desde el principio del tratamiento y constituye durante algún tiempo el más firme apoyo de la labor terapéutica. No la advertimos ni necesitamos ocuparnos de ella mientras su acción es favorable al análisis, pero en cuanto se transforma en resistencia nos vemos obligados a dedicarle toda nuestra atención y comprobamos que su posición con respecto al tratamiento ha variado por completo. Esta variación puede orientarse en dos direcciones contrarias: Primera, los sentimientos amorosos derivados de la transferencia pueden adquirir tal intensidad y manifestar tan a las claras su origen sexual, que lleguen a provocar la aparición de una oposición interna a ella. Y segunda, puede también tratarse de una transferencia de sentimientos hostiles. Generalmente, estos sentimientos hostiles surgen con posterioridad a los amorosos; pero a veces aparecen también simultáneamente a ellos, ofreciéndonos entonces una excelente imagen de aquella ambivalencia sentimental que domina en la mayor parte de nuestras relaciones íntimas con los demás. Los sentimientos hostiles indican, al igual de los amorosos, una adherencia sentimental, idénticamente a como la obediencia y la rebelión son indicios de signo contrario de una misma dependencia real, aunque con un signo negativo en vez de positivo antes de ella. Resulta, pues, incontestable que tales sentimientos hostiles hacia el médico merecen igualmente el nombre de transferencia, dado que la situación creada por el tratamiento no proporciona pretexto alguno suficiente para su formación. Esta necesidad en que nos vemos de admitir una transferencia negativa nos prueba que nos hemos engañado en nuestros juicios sobre la transferencia positiva o de sentimientos de ternura.
El origen de la transferencia, su posible aprovechamiento en beneficio de nuestros fines terapéuticos, la naturaleza de las dificultades que opone a nuestra labor y los medios que hemos de emplear para dominarlas son cuestiones a tratarse en detalle en una guía técnica de análisis y cuyo estudio no puedo emprender en esta conferencia con toda la amplitud que por su importancia merecen. Me limitaré, pues, a haceros algunas breves observaciones sobre ellas. Claro es que no cedemos a las exigencias que la transferencia inspira al enfermo, pero ello no quiere decir que debamos acogerlas hostilmente ni mucho menos rechazarlas con indignación. El medio de vencer la transferencia es demostrar al enfermo que sus sentimientos no son producto de la situación del momento ni se refieren, en realidad, a la persona del médico, sino que repiten una situación anterior de su vida. De este modo le forzamos a remontarse desde esta repetición al recuerdo de los sucesos originales. Conseguido esto, la transferencia cariñosa y hostil que parecía amenazar gravemente el éxito del tratamiento nos proporciona ahora fácil acceso a los más íntimos sectores de la vida psíquica convirtiéndose en la mejor herramienta terapéutica.
Con algunas nuevas consideraciones quisiera disipar la extrañeza que ha de haberos producido este inesperado fenómeno. No debemos olvidar que la enfermedad del paciente cuyo análisis emprendemos no constituye algo acabado e inmutable, sino que se halla siempre en vías de crecimiento y desarrollo, como un ser viviente. La iniciación del tratamiento no pone fin a este desarrollo; pero una vez que la acción terapéutica domine al paciente, podemos comprobar que la enfermedad cambia bruscamente de orientación, refiriendo ahora todas sus manifestaciones a la relación entre médico y enfermo. Así, pues, la transferencia es comparable a la capa vegetal existente entre la corteza y la madera de los árboles, capa que constituye el punto de partida de la formación de nuevos tejidos y del aumento de espesor del tronco. Cuando la transferencia llega a adquirir esta intensidad, impone a nuestra investigación y elaboración de los recuerdos del paciente un considerable retraso. Resulta, en efecto, que no nos hallamos ya ante la enfermedad primitiva, sino ante una nueva neurosis transformada que ha venido a sustituir a la primera. Pero esta nueva edición de la antigua dolencia ha nacido ante los ojos del médico, el cual se halla, además, situado en el propio nódulo central de la misma, y podrán, por tanto, orientarse más fácilmente. Todos los síntomas del enfermo pierden en estos casos su primitiva significación y adquieren un nuevo sentido dependiente de la transferencia, desapareciendo a veces aquellos que no han sido susceptibles de una tal modificación. La curación de esta nueva neurosis artificial coincide con la de la neurosis primitiva, objeto verdadero del tratamiento, quedando así conseguidos nuestros propósitos terapéuticos. El sujeto que consigue normalizar y liberar de la acción de las tendencias reprimidas sus relaciones con el médico mostrará esta misma normalidad en todos los actos de su vida, una vez terminado el tratamiento.
En las histerias, histerias de angustia y neurosis obsesivas es donde la transferencia presenta esta importancia extraordinaria e incluso central, desde el punto de vista del tratamiento, razón por la cual reunimos estas afecciones bajo el nombre común de neurosis de transferencia. Para todos aquellos que, habiendo practicado el psicoanálisis, han conseguido formarse una exacta noción de la transferencia, no puede existir ya la menor duda sobre la naturaleza libidinosa de las tendencias que en los síntomas de estas neurosis se manifiestan. Podemos, pues, decir que el descubrimiento de la transferencia ha confirmado definitivamente nuestra convicción de que los síntomas constituyen satisfacciones libidinosas sustitutivas. Se nos plantea ahora la labor de rectificar nuestra anterior concepción dinámica del proceso de curación y armonizarla con los nuevos conocimientos adquiridos. Cuando llega para el enfermo el momento de comenzar la lucha normal contra las resistencias que el análisis le ha revelado, precisa de un poderoso impulso que decida el combate en el sentido que deseamos; esto es, en el de la curación, pues en caso contrario podría repetirse la primitiva solución del conflicto y volver a quedar reprimido en lo inconsciente todo aquello que habíamos logrado atraer a la conciencia. El factor que decide el resultado no es ya la introspección intelectual del enfermo, facultad que carece de energía y de libertad suficientes para ello, sino únicamente su actitud con respecto al médico. Si su transferencia lleva el signo positivo, revestirá al médico de una gran autoridad y considerará sus indicaciones y opiniones como dignas de crédito.
En cambio, aquellos enfermos en que ésta no existe o cuya transferencia es negativa, no prestan al médico la menor atención. La creencia en el terapeuta reproduce aquí la historia misma de su desarrollo. Fruto exclusivo del amor, no tuvo al principio necesidad ninguna de argumentos, y sólo mucho después concede a éstos importancia bastante para someterlos a un examen crítico: cuando son formulados por personas amadas. Los argumentos que no tienen por corolario el hecho de emanar de personas amadas, no ejercen ni han ejercido jamás la menor influencia en la vida de la mayor parte de los humanos. De este modo, resulta que el hombre no es, en general, accesible por su lado intelectual, sino en proporción a su capacidad de revestimiento libidinoso de objetos; razón por la cual, podemos afirmar que el grado de influencia que la más acertada técnica analítica puede ejercer sobre él, depende por completo de la medida de su narcisismo, barrera contra tal influencia.
Todo hombre normal posee la facultad de concentrar catexias de objeto libidinosas sobre personas, y la inclinación a la transferencia comprobada por nosotros en las neurosis anteriormente citadas no constituye sino una extraordinaria intensificación de esta facultad general. Como es natural, este tan difundido e importantísimo rasgo del carácter humano ha sido ya advertido y apreciado en todo su valor por algunos investigadores. Así, Bernheim dio pruebas de una gran penetración fundando su teoría de los fenómenos hipnóticos en el principio de que todos los hombres son, en una cierta medida, «sugestionables», particularidad que no es sino la tendencia a la transferencia, concebida en una forma algo limitada; esto es, sin considerar la transferencia negativa. Sin embargo, no pudo nunca explicar este autor la naturaleza ni la génesis de la sugestión. Para él constituye ésta un hecho fundamental, cuyos orígenes no tenía necesidad de explicar, y no vio tampoco el lazo de dependencia existente entre la sugestionabilidad y la sexualidad, o sea la actividad de la libido. Por lo que a nosotros respecta, nos damos cuenta de que si antes excluimos la hipnosis de nuestra técnica analítica, redescubrimos ahora la sugestión bajo la forma de transferencia.
Creo deber interrumpirme aquí y cederos la palabra para permitiros expresar una objeción que, sin duda, se agita impetuosamente en vuestro pensamiento: «Acabáis, pues, por confesar -me diréis -que laboráis con ayuda de la sugestión, como todos los partidarios del hipnotismo. Hace mucho tiempo que lo sospechábamos. Mas entonces, ¿de qué os sirven la evocación de los recuerdos del pasado, el descubrimiento de lo inconsciente, la interpretación y la retraducción de las deformaciones, labor que supone un enorme gasto de energía, de tiempo y de dinero, si el único factor eficaz resulta ser la sugestión? ¿Por qué no sugerís directamente contra los síntomas, como otros honrados hipnotizadores lo hacen? Y luego si, queriendo excusaros de haber verificado un tan largo rodeo, alegáis los numerosos e importantes descubrimientos psicológicos que decís haber realizado y que la sugestión directa no hubiera hecho posibles, ¿quién nos garantiza la verdad de estos descubrimientos? ¿No pueden acaso ser también un efecto de la sugestión y que forzáis al paciente ir a donde queréis y a lo que os parece cierto?» Estas objeciones que me planteais presentan un enorme interés y exigen una respuesta; pero aplazaré su discusión para mi próxima conferencia, pues en la presente quiero dejar cumplida la promesa, con que la inicié, de haceros comprender, con auxilio del fenómeno de la transferencia, por qué todos nuestros esfuerzos terapéuticos fracasan en las neurosis narcisistas.
Nada más sencillo de explicar. Diré en pocas palabras cómo se resuelve e enigma y cómo ajustan cada uno de los elementos. La observación nos muestra que los enfermos atacados de neurosis narcisista carecen de la facultad de transferencia o sólo la poseen como residuos insignificantes. Estos enfermos rechazan la intervención del médico, pero no con hostilidad, sino con indiferencia, razón por la cual no son accesibles a su influjo. Lo que el les dice los deja fríos, no les causa mayor impresión. Resulta de este modo que el proceso por el que conseguimos la curación, y que consiste en reavivar el conflicto patógeno y vencer la resistencia opuesta por la represión, no puede tener efecto en estos pacientes. Permanecen como siempre son. Por propia iniciativa intentan ellos repetidamente modificar su estado, en procura de mejoría, pero estas tentativas no conducen sino a nuevos efectos patológicos. Nada podemos, por tanto, hacer en su favor. Fundándonos en los datos clínicos que nos han sido proporcionados por nuestros enfermos de este género, podemos afirmar que en ellos ha debido descartarse las catexias de objeto y la libido de los objetos transformarse en libido del yo, siendo éste el carácter que diferencia a esta neurosis de las que constituyen el grupo antes examinado (histeria, neurosis angustiosa y neurosis obsesiva). Ahora bien: la forma en que la misma se conduce ante nuestros intentos terapéuticos confirma nuestro punto de vista. No presentando el fenómeno de la transferencia, permanecen inaccesibles a nuestros esfuerzos y no resultan curables por nosotros.
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